viernes, 25 de julio de 2014

LEÓN Y LOLA: Capítulo V


Cuando conocí a León, apenas hablaba. Una mañana se me ocurrió preguntarle:

- ¿En qué piensas, León?
Y me respondió. 
- ¿Qué le respondió?
No lo recuerdo, algo sin importancia, supongo.
Yo fui el primero en afirmar que ese chico era extremadamente inteligente, que no me cabía duda de ello, y eso que apenas hablaba. De hecho, un día, delante de mis narices, se comió La Colmena.
- ¿De abejas?
No, hombre, de hojas. Al libro me refiero, la novela de Camilo José Cela.
- Ah, que se la leyó.
No, no, se la comió. Arrancó las hojas a tiras y se la comió.
- ¿Y de ahí dedujo usted que era un niño superdotado?
No, hombre, no en absoluto, eso lo deduje por otras cosas, pero imagine usted, comerse La Colmena... ¿qué no habría hecho con Nada?
- Cómo?
Nada.
-¿Recuerda que le he explicado al principio, cuando usted me ha abierto la puerta...?
Porque usted antes ha llamado.
- Bueno, sí, porque yo antes he llamado...
A ver si se va a creer usted que estoy yo aquí en mi casa detrás de la puerta abriéndola cada dos por tres a ver si aparece alguien por arte de birlibirloque. Ni mucho menos, caballero.
- Bueno, pues eso, que si se acuerda de que le he explicado que León había robado un coche y se había dado a la fuga prácticamente a las puertas de la comisaría.
Pues, si he de serle sincero, no. en absoluto, niente, nichts, rien... yo es que... verá usted, yo me olvido de las cosas, o más bien, las cosas se me olvidan, que es más exacto. Si quiere que me acuerde, tendrá que ser así a salto de mata o a troche y moche, pero si lo que quiere es algo puntual, eso mejor pregúnteselo a mi mujer que es la que sabe de lo que me acuerdo yo.
- ¡Aurora! ¡Verdad que yo no me acuerdo de las cosas! ¡Y verdad que tú no te olvidas de lo que yo me tengo que acordar cuando me olvido! ¿Y me quieres, Aurora? ¡Ya sé que te lo pregunto siempre, pero es que no quiero que se me olvide!
¿Decía usted?
No, no, mi mujer no está muerta, está en la cocina, lo que pasa es que ella es así con vergüenza y no le gusta hablar, pero muerta  qué va a estar, hombre, si lo sabré yo, está en la cocina.

CONTINUARÁ

Texto: Álvaro García Hernández.
Ilustración: Gabriel Pacheco.

jueves, 24 de julio de 2014

LEÓN Y LOLA: Capítulo IV


- Echo de menos la locura como si fuese una amiga que se ha muerto.

- Querrás decir que echas de menos a tu amiga como si fuese una locura que se ha muerto.
- Para mí es lo mismo.

Lola tiene el pelo moreno y ondulado, las uñas de los pies largas y un pulmón más grande que el otro; le gusta masticar con el lado izquierdo y no puede evitar andar como si llevara bragas de cartón. Si nadie se lo impide, se muerde los padrastros hasta el codo.

- Mi padre es don perfecto, no se ha equivocado en su vida. Se sabe hasta la fecha en que caducan las cosas de la nevera y siempre está diciendo que todo el mundo es tonto, yo la primera.
- ¿Por qué me dices ahora eso, Lola?
- Pues porque sé que lo que él estará pensando es que Alma era tonta, estúpida, imbécil... lo sé. Cuando me ha traído en el coche, lo estaba mirando y sé que pensaba que mi amiga era la más imbécil del mundo y que se merecía lo que le han hecho por estúpida.
- Lola, no puedes pensar eso de tu padre. 
- Usted no lo conoce. ¿Usted qué carrera tiene?
- ¿Yo? Pues... psicología, es lógico, soy psicóloga de la policía, pues tendré la carrera de psicología, ¿no?
- Sí, ¿y cuántos máster o doctorados o tesinas de esas ha hecho? ¿Ninguna? Pues mi padre las ha hecho todas. Para mi padre, usted es tonta, imbécil y todo lo que...
- Tampoco creo yo que sea así, vamos...
- Usted no lo conoce.
- Eso es cierto, pero volvamos a la pregunta que te he hecho al principio, Lola. ¿Cómo te sientes tras el fallecimiento de tu amiga?
- Usted sale ahora al vestíbulo y le pregunta a mi padre qué piensa de esto y le dirá que es una gilipollez, que él se sacó cinco carreras y la segunda fue psicología y que usted no tiene ni puñetera idea de lo que está haciendo y que solo lo hace porque es una funcionaria patética.
- Lola, por favor, dejemos ya eso, ¿quieres? 
- Pues no se me ocurre de qué otra cosa hablar. Si quiere le digo a mi padre que entre.
- No, deja a tu padre un momento, a ver si es posible. ¿Podemos centrarnos en Alma?
- Y con mi madre hace lo mismo, mi madre no acabó de sacarse la carrera porque se quedó preñada de mí, pues para mi padre, mi madre es un cero a la izquierda, una tía que limpia en casa y que le hace la comida; si la oye cómo le habla, parece que mi madre sea retrasada, ni siquiera le contesta, agacha así la cabeza y se va, y todo porque mi padre tiene cinco carreras y mi madre casi ni una, como usted.
- Lola...
- ¿Qué?
- Te estoy preguntando por Alma.
- ¿Le cuento un secreto?
- Claro, estamos aquí para eso.
- Mi padre le ha puesto los cuernos a mi madre, por lo menos que yo sepa, tres veces, que seguro que serán más.
- Lola...
- Pero ponerle los cuernos de llegar yo a casa del instituto y mi madre sentada en un banco de la plaza con la bolsa de la compra y los guisantes congelados derretidos empapando el suelo.
- Lola...
- Mi padre es el hombre más guapo del mundo.
- Lola, ¿mañana vas a volver al instituto o prefieres...?
- ¿Yo? Claro, tenemos que entregar un trabajo de Filosofía yo y Alma. Uy, Alma y yo. Que siempre me confundo.

CONTINUARÁ

Texto: Álvaro García Hernández.
Ilustraciones: Gabriel Pacheco.