martes, 20 de mayo de 2014

DESPUÉS DE SOFÍA LOREN


- Si no te importa, preferiría no mirar cuando se besen, mi papá me ha dicho que es pecado y que el Señor lo ve todo.


Qué tonta que era entonces. Me acuerdo de instantes como quien encuentra cromos viejos en el baúl de los juguetes. Las vueltas que da la vida... me quiero acordar de qué película era aquella pero no me viene. Sé que salía Sofía Loren y que tú llevabas esa americana de cuero negro que a mí tanto me fascinaba por su olor. 

Y cómo me gustaba ir cogida de tu brazo por las calles en invierno, con el peligro de que alguien nos viera, de que alguien le fuera con el cuento a mi padre, tu entonces tenías cuarenta y yo catorce.
¡Qué tonta era entonces!

¡Ya me acuerdo! Era una que la Loren se enfadaba y se iba corriendo así con un vestido palabra de honor por medio de una feria o de un mercado. Pero era en Roma, eso sí que me acuerdo porque me lo dijiste tú cuando salió el Coliseo, que habías estado allí. 

¡Cómo me gustaba cuando me hablabas de cosas así! Con esa voz que ponías. Del Coliseo, de los romanos, de los misiles de Cuba, de Olof Palme, de Nelson Mandela, del muro de Berlín, de Felipe González, del aceite de colza, de...

¡¡¡Boccaccio 70!!! ¡Ahora me he acordado! Boccaccio 70. Es verdad. Boccaccio 70. Esa fue. Qué tonta que era entonces. Si mi padre lo hubiera sabido. Sofía Loren. Boccaccio 70. Cómo me he podido olvidar. Boccaccio 70. Esa fue la película que vimos antes.

Texto: Álvaro García Hernández.
Ilustración: Alberto Montt.

lunes, 19 de mayo de 2014

LA MUERTE Y LOS PIES FEOS

La muerte solo nos hace pequeños, nos toca de cerca, en el hombro y... desapareciendo al final de la calle. Y ella que se pasó toda la vida soportando el complejo de tener los pies más feos del mundo entero. Cuando se lo confesó a su madre, el verano en que aquella se empecinó en ponerle sandalias y una cinta de raso roja en el pelo rubio, la respuesta fue digna de una comadrona: 

- Dios te dio unos pies horribles, hija mía, pero tú procura que no se te estropeen las tetas.

Con los años y los veranos de zapato cerrado, Natividad se echó un novio que se libró de la mili y la dejó preñada una noche de baile en las fiestas de agosto. Inmediatamente, su padre, que un día pudo tener una farmacia y acabó con la gasolinera del pueblo, la envió a estudiar corte y confección a la ciudad. Donde Natividad no enhebró una sola aguja ni dio un solo pespunte, más que a luz un bebé precioso en la Casa de Socorro a la que la llevó su tío Gabriel, que a la sazón era el chófer del alcalde en un coche así muy largo que en el pueblo llamaban Haiga.

Natividad se mira los pies feos en la bañera, apartando la espuma sobre ellos. Hoy archivó un acta de defunción esperada, años enteros contados con sus días por sus propios dedos esperando todas las mañanas que sucediera el hecho, y el hecho sucedió, quizás de tanto desearlo pero esa mañana de abril, la secretaria número RV3312, Natividad Romero Ruiz, tenía entre sus manos el acta de defunción de doña Concepción Yuste Llorente, para más señas, la madre adoptiva de la que fue su hija y lo debe seguir siendo.

Fue cierto que Almudena la dieron en adopción enseguida, las propias monjas se interesaron y encargaron de ello, pero también lo fue que Natividad apenas era una niña de dieciséis años y sus padres la obligaron a ello. 

Fue cierto que Natividad se encargó, una vez aprobada la oposición de Secretaria Municipal, de locaizar a su hija y a la madre adoptiva, pero fue rechazada, incluso agrededida en una ocasión, denunciada, como quien da un puñetazo a una cuna y un bocado en el ojo a una madre. Así las cosas, su vida transcurrió a veces escondida y otras veces disfrazada espiando a la niña tras la valla del colegio, entre familiares el día de su primera comunión. Y es más, las más de las noches recibía Natividad llamadas calladas, amenzantes, que sabía bien ella que eran de doña Concepción Yuste deseándole que se muriera y las dejara en paz.

Natividad se mira los pies feos en la bañera, apartando la espuma sobre ellos. Su hija pequeña toca a la puerta del baño y asoma la cabeza, se llama Eva y es preciosa, encantadora:

- ¿Estás bien, mamá? Te estaba llamando el papá. 
- Sí, sí. Estoy bien, salgo ya, cariño, salgo ya.
- ¿En qué piensas, mamá, qué te pasa?
- En nada, hija mía, en nada. En que por muy preciosas y encantadoras que sean las tetas, una siempre piensa en sus pies feos...

Texto: Álvaro García Hernández.
Ilustración: Alberto Montt.