martes, 29 de julio de 2014

LEÓN Y LOLA: Capítulo VI

El amor no existe, es una debilidad de imbéciles que no saben estar solos. Cuanto más tonta es una persona, más necesita que la quieran. 

León tiene el pelo negro e hirsuto, lo lleva rasurado, le da un aire de tipo duro con unos profundos ojos verdes. Piensa frases estúpidas sobre el amor mientras observa a un grupo de chicas sentadas en un banco, fuman mientras esperan a que suene el timbre de entrada, solo entonces apurarán el cigarro y llegarán tarde a clase.

Ahora todo el mundo sabe quién es él: al que detuvo la policía por robar un coche. Pero es no importa ya. Porque León ha decidido usar su don para hacer daño, como quien usa unas bragas para causar una guerra.

León tiene un don: tiene la capacidad infalible de olfatear, percibir, sentir u oler el miedo a la soledad en la gente. Del mismo modo que todos podemos percibir cuando nos están mirando fijamente por la espalda, o igual que podemos lograr encontrarnos con alguien por la calle si lo deseamos intensamente, exactamente igual que podemos notar cuando están pensando en nosotros, del mismo modo, León puede percibir la soledad en las personas.

Suena la sirena, todos los rezagados forman un embudo para colarse por la puerta antes de que cierren, es una alumna de primer curso, apenas una niña que huele a tabaco, León la coge por la mano y le pregunta, sin preámbulos ni presentaciones más allá de haberla mirado a los ojos hace un segundo:


- ¿Te vienes?


Y ella siente que por fin lo ha encontrado, que tiene ese algo especial...

Ese es el don de León.

A la hora del recreo, la niña de primero, con sus ojos castaños, su pelo moreno cogido con una coleta y su cara de muñeca encontrará a sus amigas sentadas en su trozo de la valla del patio, bajo la acacia, y todas le preguntarán. Y ella les intentará contestar que se ha enrollado con León, intentará no explicarles que el placer de sus besos le hacía temblar por momentos, pero se echará a llorar porque él, de repente, se ha vuelto loco, me ha apartado así, me ha mirado como... como si fuera una fea. Y me ha empezado a decir que el amor no existe, que era tonta, que me fuera...

Quizás, solo quizás, su mejor amiga se levante enfadada y se escape por la puerta de los profesores y encuentre a León sentado en un banco con un libro de filosofía en la mano y quizás, solo quizás, pretenda recriminarle la manera en que ha engañado a una niña puesto que ella es repetidora... León la mirará a los ojos, casi la olerá, casi sonreirá, cerrará el libro de filosofía y le preguntará:

- ¿Tus padres están en casa ahora?

Texto: Álvaro García Hernández.
Ilustración: Gabriel Pacheco.

viernes, 25 de julio de 2014

LEÓN Y LOLA: Capítulo V


Cuando conocí a León, apenas hablaba. Una mañana se me ocurrió preguntarle:

- ¿En qué piensas, León?
Y me respondió. 
- ¿Qué le respondió?
No lo recuerdo, algo sin importancia, supongo.
Yo fui el primero en afirmar que ese chico era extremadamente inteligente, que no me cabía duda de ello, y eso que apenas hablaba. De hecho, un día, delante de mis narices, se comió La Colmena.
- ¿De abejas?
No, hombre, de hojas. Al libro me refiero, la novela de Camilo José Cela.
- Ah, que se la leyó.
No, no, se la comió. Arrancó las hojas a tiras y se la comió.
- ¿Y de ahí dedujo usted que era un niño superdotado?
No, hombre, no en absoluto, eso lo deduje por otras cosas, pero imagine usted, comerse La Colmena... ¿qué no habría hecho con Nada?
- Cómo?
Nada.
-¿Recuerda que le he explicado al principio, cuando usted me ha abierto la puerta...?
Porque usted antes ha llamado.
- Bueno, sí, porque yo antes he llamado...
A ver si se va a creer usted que estoy yo aquí en mi casa detrás de la puerta abriéndola cada dos por tres a ver si aparece alguien por arte de birlibirloque. Ni mucho menos, caballero.
- Bueno, pues eso, que si se acuerda de que le he explicado que León había robado un coche y se había dado a la fuga prácticamente a las puertas de la comisaría.
Pues, si he de serle sincero, no. en absoluto, niente, nichts, rien... yo es que... verá usted, yo me olvido de las cosas, o más bien, las cosas se me olvidan, que es más exacto. Si quiere que me acuerde, tendrá que ser así a salto de mata o a troche y moche, pero si lo que quiere es algo puntual, eso mejor pregúnteselo a mi mujer que es la que sabe de lo que me acuerdo yo.
- ¡Aurora! ¡Verdad que yo no me acuerdo de las cosas! ¡Y verdad que tú no te olvidas de lo que yo me tengo que acordar cuando me olvido! ¿Y me quieres, Aurora? ¡Ya sé que te lo pregunto siempre, pero es que no quiero que se me olvide!
¿Decía usted?
No, no, mi mujer no está muerta, está en la cocina, lo que pasa es que ella es así con vergüenza y no le gusta hablar, pero muerta  qué va a estar, hombre, si lo sabré yo, está en la cocina.

CONTINUARÁ

Texto: Álvaro García Hernández.
Ilustración: Gabriel Pacheco.