martes, 15 de mayo de 2007


Hay un tiempo para todo, hasta para perderlo, porque no tienes nada, sólo tiempo, no quieres ni eso, me decido a perderlo...


Que te echo de menos,
Con el estómago lleno de septiembres
Con los ojos llenos de tus labios
Con mis labios muertos de hambre.
De imaginarte tras los teléfonos
Te echo de menos.
Con ganas de bailar en la cocina
Cuando te pienso al despertar
De mis mañanas de Noviembre.
Que quiero vivirte en bicicleta
Como no viví entre pisotones.
Que quiero respirarme tus sonrisas
De naranja, con mis ventanas de vinagre.
Constipado de tu aleteo
Quiero estornudar entre tu pelo
Todas las promesas que nunca imaginé tener.


Si pudiera barnizar su cuerpo de agosto con mis manos de otoño, mirarme al besarla entre sus muslos envuelto, con su mano dormida tocarme en silencio, despertarla, hacerla reír como miel a fuego lento, y, al mirarme tras la almohada, abrazarla, de manera tan tan necesitada, como un soldado que murió, de tiempo olvidado, en la trinchera de sus piernas.

Era una mujer morena como una noche de agosto al piano, hermosa y suave como el sexo de una magdalena, con aquellos ojos verdes de Melibea al desvirgar, la nariz a punto de nieve y los labios repletos de moras calientes. Llevaba un vestido oscuro y largo, quizás demasiado grueso, quizás demasiado opaco, para un cuerpo digno de poseer su propio escenario.