domingo, 29 de abril de 2007
ENTRE LIMONES, CHRIS STEWART

Autor/es: Chris Stewart
Título: Entre limones. Historia de un optimista
Editorial: Almuzara
Todos los urbanitas acelerados hemos sentido alguna vez la llamada de lo silvestre. Un deseo intenso de contactar con la agrestre naturaleza y vivir de lo que seamos capaces de sacar de ella. Escapar de una realidad asfixiante para deleitarse con el silencio y las postales de ensueño. Generalmente ese grito interno se ahoga en los atascos de regreso de un fin de semana en una casa de turismo rural, y el anhelo acaba cubierto por la vorágine del día a día. Lo que Entre limones. Historia de un optimista (Almuzara) nos plantea no es nada novedoso, sino una de esas tantas historias de europeos que descubren en las Alpujarras granadinas su unión con la tierra. Pero claro, esto no deja de ser fascinante, por lo singular del sitio, de sus habitantes, de sus costumbres y de su protagonista: Chris Stewart (como anécdota mencionaremos que fue el primer batería de Genesis), quien cuenta sin tapujos sus peripecias y su desenvoltura, junto a su esposa Ana, en la sierra andaluza. Entre Limones ha sido uno de los éxitos literarios de la temporada, best seller en muchos países. La novela funciona porque las hormiguitas de ciudad nos identificamos con las patosidades y osadías de Chris, o Cristóbal, como muy pronto es denominado por los alpujarreños. Tenemos las mismas ideas de agricultura y ganadería que él, aunque en esto nos saca ventaja, pues sabía esquilar ovejas... Y porque aunque es un guiri, y a los españoles siempre nos hará gracia esa manera de hacer de los guiris en nuestro país, le acaban saliendo bien las cosas. Está escrita de manera sencilla y simpática, sin alardes, destacando la belleza de la naturaleza y de los animales. Disfrutando de la sencillez de las gentes y de las pequeñas historias de los pastores y otros emigrantes europeos. Consigue meternos en su piel y en todas las chaladuras que se le ocurre hacer con su cortijo. Menos mal que llega la primavera...(suspiro).
Me ha encantado este libro, no es perfecto, ni posee un gran estilo, más bien, su placer radica en la sencillez y la simpleza que coinciden en el estilo y en el carácter del protagonista, lo cual le otorga una simpática coherencia de optimista que te acaba por contagiar ese viejo tópico de "beatus ille". Totalmente recomendable para leer al sol.
sábado, 28 de abril de 2007
LA CIUDAD PERDIDA DE SAN JUAN DE DIOS
-La ciudad perdida de San Juan de Dios-
(Primera Parte)
I
-El pequeño Shir-
- No se esfuerce, señor, es mudo.
El doctor Manrai, sentado en la mecedora de su balcón abierto a la laguna, miraba a su pequeño esclavo shir y recordaba aquellas palabras del sucio vendedor en el mercado.
- Sé que no es cierto, Yello, -le hablaba como se le hablaría a un cachorro de animal rescatado de un cepo.- sé que puedes hablar como supe aquel día que me entendías en el regateo por traerte a casa. Hay algo en ti, -el pequeño Shir miraba al doctor Manrai desde un rincón del cuarto, lejos de la luz que lanzaba la lámpara de aceite, agazapado, atado con su correa de cuero a una argolla de la pared, el color negro de su piel tan sólo ofrecía sus ojos blancos a las palabras del doctor.- algo extraño a tu raza de esclavos. Por eso te compré, por eso te traje, te he atado y te hablo ahora. Tú, Yello, serás mi último experimento. Yo, igual que me oyes, conseguiré que hables.
Tras este pequeño monólogo, el doctor giró su cabeza hacia el sofocante calor de su balcón de madera, hacia la ciudad nocturna que reposaba como los cientos de barcos, pequeñas barcas de pescadores, barcazas de carga… atracados en la laguna.
Todavía permanecían iluminados algunos balcones por teas de aceite.
Todavía permanecían iluminadas las calles del puerto por faroles, cubriendo con círculos de luz el empedrado bajo la noche cuajada de estrellas; mientras que conforme la ciudad iba escalando las laderas de las colinas, desaparecían las luces, apenas faroles para indicar la casa de un convaleciente o, simplemente, el cuarto de trabajo de un insomne con el balcón abierto.
La oscuridad nocturna se hacía dueña de todo conforme sus ojos se elevaban hacia las murallas y se perdían en el horizonte de la impenetrable selva que rodeaba la ciudad.
Bajo el sofocante calor de la noche de verano se comenzó a oír la voz de la Mashama orando sobre los tejados dormidos. Como un coro de una sola voz masculina para emitir un lamento de mujer. Con su canto al anochecer, la Mashama era la conciliadora de sueños y la ahuyentadora de espíritus de la ciudad. La tradición escrita en las Crónicas de Reyes Muertos describía cómo la Mashama era elegida entre los niños recién nacidos tras la muerte de la última cantante, siendo aún un bebé, el elegido, siempre varón, era quirúrgicamente castrado y encerrado en la Torre Vigía, acogido como heredero por las partituras, los enseres y juguetes de la que fuera su predecesora. No había otra regla, como un pájaro enjaulado, fueran cuales fueran las palabras o lecciones que guardaban las paredes de la Torre Vigía, la nueva Mashama cantaría.
Acostumbraban a pasar años, más de una decena, hasta que la Mashama era poseída por la soledad, el amor, la tristeza infinita de quien no sabe qué es ni por qué fue encarcelado. Esa era la clave de su hermoso lamento.
Un lamento tan profundo que vuelve los sueños hermosos y aleja con su dolor a los malos espíritus de la ciudad.
Un lamento que, esa noche, el doctor Manrai escuchaba, con sus largas llamadas de amor hacia las estrellas, con sus quejidos de soledad recorriendo las calles, con sus secretos sostenidos sobre los tejados como si fuera la primera vez que lo hiciera, como si fuera un extranjero en la ciudad, como cuando lo fue, tantos años atrás…
Ya era bien entrada la mañana cuando Tito, el joven jardinero del doctor Manrai, abrió la puerta del huerto con su llave y subió las escaleras de piedra hacia la sala del balcón, sabiendo que allí encontraría al doctor con los ojos abiertos mirando a la laguna.
- Saludos de Dios, doctor. ¿Habló hoy?
- Ni una palabra, Tito. Y llegas tarde, también tú como siempre.
- Me entretuve en el puerto con los barcos nuevos que han llegado al amanecer. Dicen que es una flota entera de barcos fantasmas que atraparon a la deriva en alta mar. Dicen que no hay un solo marinero, pero que en todos está todo como si se acabaran de lanzar todos por la borda. Mire…- Tito se asomó al balcón y se estiró intentando ver.- Ay, es que desde aquí no se pueden ver.
- ¿Seguro que estaban abandonados, Tito?
- Seguro, seguro.
- Y, ¿sabes si alguien ha subido a los barcos?
- No, no están atracados en el puerto, están un poco más para allá, anclados, no puede subir nadie, sólo ha subido una comisión de jueces.
- ¿Jueces…? ¿Tienen bandera esos barcos?
- Arrancadas, doctor, todas las banderas arrancadas y los libros de bitácora desaparecidos.
- ¿Cómo son? ¿Son barcos de mar o de río?
- No, son todos barcos de mar, construidos con maderas negras, más negros que un shir. Mire, si se estira se puede ver un poco la quilla de uno –el doctor rehusó levantarse-, no tienen remos y las velas no son triangulares sino cuadradas y negras también, me dijo Somersha, el viejo tabernero, que deben ser muy veloces, pero que tienen tanto calado que algunos casi están tocando el fondo del puerto con la quilla, que eso es porque no son barcos de carga sino de batalla, por tener la borda tan baja.- Tito se detenía en los detalles de su explicación con orgullo, sabiendo que pocas veces la atención del doctor dejaba de ser amable y fingida hacia sus chismorreos.
- ¿Y te dijo Somersha de dónde son esos barcos?
- No, él dice sólo que son barcos de guerra y que ningún barco de guerra se abandona intacto sin batalla, y menos toda una flota.
- Muy bien, Tito, y ahora saca al pequeño shir al huerto, asegura la cancela y déjale que vague un poco en libertad entre las plantas mientras tú las riegas, pero no les pierdas ojo, y despierta también a Babilonia, yo voy a tomar mi baño.
- ¿Se va a preparar usted el baño, doctor? –preguntó Tito intentando aparentar inocencia.
- Tito, ¿no has preparado mi baño? –El doctor conocía a su jardinero. En San Juan, el oficio de jardinero era una labor meritoria de confianza, pues el jardín era la parte pública de una casa, el lugar de las visitas sociales, por lo que su cuidado, era una labor de alta responsabilidad que llevaba a denominar al criado principal de la casa, por antonomasia, jardinero, única profesión que podía otorgar a un shir, la condición de liberto negro. Sin embargo, el doctor Manrai había elegido a un blanco huérfano de padre para esta labor. Y el paso de los años le daba la razón a su intuición: su jardinero adolescente era un excelente jardinero y un pésimo adolescente con el que el único castigo válido era la paciencia.
- Iba a hacerlo cuando usted me dijo que sacara al shir.- Tito sonreía, pícaro, con la cabeza agachada.
- Tito, ¿no te cansas nunca de hacer el vago? Primero mi baño, Tito, luego todo lo demás. Como siempre.
Tito ya se retiraba solícito hacia el jardín cuando la voz del doctor lo detuvo.
- Ah, no, Tito, una cosa. Hoy quiero que vistas a Yello…
- ¿A quién, doctor? –se atrevió a interrumpir Tito.
- Al pequeño shir, Tito, al shir. Quiero que lo vistas con uno de tus trajes de contrato.
- Ah, bueno.- El joven jardinero se encogió de hombros y volvió a encaminarse hacia el jardín.
- ¿No me vas a preguntar por qué, Tito?
- No, porque sé que usted lo va a decir.
- Quiero…-el doctor sonrió mirando sonreír a Tito- quiero llevar a Yello a que lo conozca el viejo juez Pileto. Tal vez él sepa por qué no quiere hablar.
- No habla porque no quiere, doctor. Y el viejo juez Pileto lo único que conseguirá será que tampoco quiera oír, porque…
- ¡Tito! –el doctor sabía imponer toda su severa autoridad con una sola mirada que hasta el pequeño shir sintió en su rincón de la sala.- Tito, siempre un respeto hacia los jueces, ellos son la ley, Tito, recuérdalo, lo único que te diferencia a ti de un esclavo, lo único que te diferencia del pequeño shir no es el color de tu piel; la diferencia es que tú conoces y respetas las leyes, Tito, sin leyes, no hay hombres, Tito, un hombre sin leyes es un esclavo, Tito. –Pero el doctor se dio cuenta de que no sólo su jardinero atendía a su reprimenda, sino que el pequeño shir había dejado de pestañear y miraba a su amo con sumo interés. Luego Tito pidió disculpas, agachó su cabeza y desapareció escaleras abajo hacia el jardín.
LOS NIÑOS SIN SOMBRA (III)
Los Niños sin Sombra
Tercera Parte: El Rayo de la Muerte.
Cuando me preguntaron sobre
algún arma capaz de contrarrestar
el poder de la bomba atómica
yo sugerí la mejor de todas:
La paz.
Albert Einstein
Diciembre de 2001
Moscú-Cárcel de Lefortovo
(Rusia)
-25ºC
- Tú eres todavía un niño. –Era un hombre de setenta años sentado en un suelo sucio, desaliñado, con todo el pelo blanco, desde una larga melena mal cortada que le tapaba hasta los hombros, hasta una barba también blanca que se mesaba sin parar, como unos de esos viejos vicios adquiridos con los años.- Tu mundo es todavía pequeño, como este vaso de agua.- Había alargado su mano y agarrado del suelo una vieja lata oxidada que se llenaba con el agua de una gotera.- Todavía no sabes que existe el mar.-Con sed avariciosa bebió de la lata oxidada y luego se la ofreció al adolescente de cara cruzada por las cicatrices que lo escuchaba. Rechazó con cortesía la invitación, sin embargo, parecía muy interesado en las palabras del anciano.-Tú me has hablado de odio. Te entiendo. Pero yo te insisto. Todavía eres un niño. Pese a estar aquí encerrado. Todavía no sabes cuánto odio puede albergar el ser humano.-Y, con el mismo gesto de mucho tiempo, volvió a colocar la lata oxidada en la trayectoria de la gotera.
Cuando el anciano hacía esto, cuando callaba, el silencio permitía escuchar nítidamente los gritos, los golpes metálicos, las puertas de barrotes arrastrándose por el suelo, todo sonidos lúgubres, lejanos, como de cárcel en diciembre, allá abajo, pues ellos se encontraban prisioneros en una celda extraña, alta, muy arriba, construida o añadida sobre los tejados del ala principal de la prisión de Lefortovo.
- El odio es un gasto de energía inútil. Como el amor. Mi consejo, si es que aceptas el consejo de preso condenado a Cadena Perpetua, es que no derroches tu energía. Haz como yo. No odies ni ames.
Y es a finales de diciembre, Moscú nevada, blanca desde la Plaza Roja hasta los tejados de esa cárcel en la que un olvidado preso político da consejos de loco a un adolescente cruzado de cicatrices, cubierto hasta la cabeza con una manta raída, sentados en el suelo de una celda de dos metros, alrededor de una lata de conservas en la que arde un líquido, una pequeña llama azul sobre la que colocan las manos a la espera de morirse de frío cuando los dejen allá arriba olvidados.
- Hazme caso. Aunque todavía seas un niño, pero tú ni odies ni ames, haz como yo, calla, así pensarán que eres el más sabio. Pero no.-Y se acariciaba las barbas como buscando algún pensamiento en ellas.- No me hagas caso. ¿Sí? Lo que debes hacer es odiar. Odia y calla. Porque si callas todo el mundo pensará que eres más sabio y te querrán matar. ¿Mírame a mí? Por tanto. Debes matarlos a todos porque todos quieres matarte a ti. Sí.- La llamita azul se extinguía dejando que la oscuridad invadiera la celda.- ¿Me entiendes? Debes matar a todos. Porque todos querrán sacarte los códigos que hay en tu cabeza. A todos. Al primero de ellos al presidente Yeltsin, y después al presidente Putin… Todos quieren tus códigos. Esos códigos que memorizaste. Sólo tú los sabes. Sin los códigos no hay arma que dé poder a las Rusias. Por eso debes callar. Como yo. No hables. Si nadie sabe que puedes hablar, dejarán de torturarte. Pensarán que estás loco y que olvidaste tu propio idioma. No importa. No importa que el mundo entero piense que estás loco. Lo importante es que dejen de torturarte, a ti también, veo esas horribles cicatrices.-Y el anciano volvió a alargar su mano pero esta vez cogió la sucia botella de vodka y dio un largo trago.- Tú debes callar y matar, no debes odiar ni amar, sólo calla, schhhh… silencio, si ellos piensan que eres mudo, dejarán de torturarte, dejarán de preguntarte por los códigos de las armas para destruir el mundo, tú calla, aunque eres un niño, pero torturado, sé sabio, más sabio que tus torturadores.
- Pero, doctor.-Era la primera palabra en horas que el adolescente pronunciaba y quiso hablar más al ver el vaho que de su boca exhalaba su aliento en el frío congelado de aquella celda de Moscú en diciembre.-Yo no conozco los códigos.
- Oh, es cierto. Cierto. Y, sin embargo, contigo sí que hablo. Eres el único con quien he hablado en años. Schhhh…. Es mi secreto, ven.-Y seguía dando largos tragos a la sucia botella de vodka.-Contigo hablo porque tú también has sido torturado, pero sobre todo, porque tú eres un niño y los niños siempre dicen las verdad, y tu verdad es que eres sabio porque te callarás los códigos.
- Doctor. Doctor.-En su rostro deformado se observaba un aura de bondad.-Yo no conozco los códigos.-El vaho salía de su boca.
- Cierto. Cierto. Te han torturado sin que pudieras decirles los códigos. Ven. Ven aquí. ¿Sabes dónde escondí esos códigos? ¿Sabes dónde han estado escondidos todos estos años? –Y, sujetándole la nuca con la mano, el anciano apretaba su frente contra la frente del adolescente y lo miraba a los ojos. Con el índice de la otra mano se señaló con fuerza en la sien.-Aquíííííí…. Siempre han estado aquíííííí… Ven, ven que te los diga, así, al oído, ¿crees que te acordarás…? ¿Sí? Pues verás, préstame atención pues sólo yo los conozco, están aquí, nunca han salido de aquí, el propio Tessla, ¿me oyes?, el mismísimo Tessla, el doctor Tessla, me los dijo a mí al oído… y ahora… presta mucha atención… 1010101010101000000001111111100000010100111110101001001010101010101010101010100111110000010101001010111011001001010101010101010101010101001100101111010101010101010010101010101010111111110000001010101010000100010001000101011010101010010100101001010000100101001010101010010100100101010100101001010000101111001000111110000111000111100111111110010101010100010101010100010101001010010010101001111000111001010010010010100100010101010010010001001001010010101010101111111001010101010001101010001010010010000001010101001010010101010101010101010101010101010110101011010101010101010101010101010101010101010101010101010101010101010101010101010101010101010100101010101011001100110101010101001010101010101010000101011111001010101000010101010101010001010010101001010101010010101011010101001010111111110101010101010100101010101001010101010010101010100101010101011… ¿Los recordarás?
- Sí, profesor.
Tercera Parte: El Rayo de la Muerte.
Cuando me preguntaron sobre
algún arma capaz de contrarrestar
el poder de la bomba atómica
yo sugerí la mejor de todas:
La paz.
Albert Einstein
Diciembre de 2001
Moscú-Cárcel de Lefortovo
(Rusia)
-25ºC
- Tú eres todavía un niño. –Era un hombre de setenta años sentado en un suelo sucio, desaliñado, con todo el pelo blanco, desde una larga melena mal cortada que le tapaba hasta los hombros, hasta una barba también blanca que se mesaba sin parar, como unos de esos viejos vicios adquiridos con los años.- Tu mundo es todavía pequeño, como este vaso de agua.- Había alargado su mano y agarrado del suelo una vieja lata oxidada que se llenaba con el agua de una gotera.- Todavía no sabes que existe el mar.-Con sed avariciosa bebió de la lata oxidada y luego se la ofreció al adolescente de cara cruzada por las cicatrices que lo escuchaba. Rechazó con cortesía la invitación, sin embargo, parecía muy interesado en las palabras del anciano.-Tú me has hablado de odio. Te entiendo. Pero yo te insisto. Todavía eres un niño. Pese a estar aquí encerrado. Todavía no sabes cuánto odio puede albergar el ser humano.-Y, con el mismo gesto de mucho tiempo, volvió a colocar la lata oxidada en la trayectoria de la gotera.
Cuando el anciano hacía esto, cuando callaba, el silencio permitía escuchar nítidamente los gritos, los golpes metálicos, las puertas de barrotes arrastrándose por el suelo, todo sonidos lúgubres, lejanos, como de cárcel en diciembre, allá abajo, pues ellos se encontraban prisioneros en una celda extraña, alta, muy arriba, construida o añadida sobre los tejados del ala principal de la prisión de Lefortovo.
- El odio es un gasto de energía inútil. Como el amor. Mi consejo, si es que aceptas el consejo de preso condenado a Cadena Perpetua, es que no derroches tu energía. Haz como yo. No odies ni ames.
Y es a finales de diciembre, Moscú nevada, blanca desde la Plaza Roja hasta los tejados de esa cárcel en la que un olvidado preso político da consejos de loco a un adolescente cruzado de cicatrices, cubierto hasta la cabeza con una manta raída, sentados en el suelo de una celda de dos metros, alrededor de una lata de conservas en la que arde un líquido, una pequeña llama azul sobre la que colocan las manos a la espera de morirse de frío cuando los dejen allá arriba olvidados.
- Hazme caso. Aunque todavía seas un niño, pero tú ni odies ni ames, haz como yo, calla, así pensarán que eres el más sabio. Pero no.-Y se acariciaba las barbas como buscando algún pensamiento en ellas.- No me hagas caso. ¿Sí? Lo que debes hacer es odiar. Odia y calla. Porque si callas todo el mundo pensará que eres más sabio y te querrán matar. ¿Mírame a mí? Por tanto. Debes matarlos a todos porque todos quieres matarte a ti. Sí.- La llamita azul se extinguía dejando que la oscuridad invadiera la celda.- ¿Me entiendes? Debes matar a todos. Porque todos querrán sacarte los códigos que hay en tu cabeza. A todos. Al primero de ellos al presidente Yeltsin, y después al presidente Putin… Todos quieren tus códigos. Esos códigos que memorizaste. Sólo tú los sabes. Sin los códigos no hay arma que dé poder a las Rusias. Por eso debes callar. Como yo. No hables. Si nadie sabe que puedes hablar, dejarán de torturarte. Pensarán que estás loco y que olvidaste tu propio idioma. No importa. No importa que el mundo entero piense que estás loco. Lo importante es que dejen de torturarte, a ti también, veo esas horribles cicatrices.-Y el anciano volvió a alargar su mano pero esta vez cogió la sucia botella de vodka y dio un largo trago.- Tú debes callar y matar, no debes odiar ni amar, sólo calla, schhhh… silencio, si ellos piensan que eres mudo, dejarán de torturarte, dejarán de preguntarte por los códigos de las armas para destruir el mundo, tú calla, aunque eres un niño, pero torturado, sé sabio, más sabio que tus torturadores.
- Pero, doctor.-Era la primera palabra en horas que el adolescente pronunciaba y quiso hablar más al ver el vaho que de su boca exhalaba su aliento en el frío congelado de aquella celda de Moscú en diciembre.-Yo no conozco los códigos.
- Oh, es cierto. Cierto. Y, sin embargo, contigo sí que hablo. Eres el único con quien he hablado en años. Schhhh…. Es mi secreto, ven.-Y seguía dando largos tragos a la sucia botella de vodka.-Contigo hablo porque tú también has sido torturado, pero sobre todo, porque tú eres un niño y los niños siempre dicen las verdad, y tu verdad es que eres sabio porque te callarás los códigos.
- Doctor. Doctor.-En su rostro deformado se observaba un aura de bondad.-Yo no conozco los códigos.-El vaho salía de su boca.
- Cierto. Cierto. Te han torturado sin que pudieras decirles los códigos. Ven. Ven aquí. ¿Sabes dónde escondí esos códigos? ¿Sabes dónde han estado escondidos todos estos años? –Y, sujetándole la nuca con la mano, el anciano apretaba su frente contra la frente del adolescente y lo miraba a los ojos. Con el índice de la otra mano se señaló con fuerza en la sien.-Aquíííííí…. Siempre han estado aquíííííí… Ven, ven que te los diga, así, al oído, ¿crees que te acordarás…? ¿Sí? Pues verás, préstame atención pues sólo yo los conozco, están aquí, nunca han salido de aquí, el propio Tessla, ¿me oyes?, el mismísimo Tessla, el doctor Tessla, me los dijo a mí al oído… y ahora… presta mucha atención… 1010101010101000000001111111100000010100111110101001001010101010101010101010100111110000010101001010111011001001010101010101010101010101001100101111010101010101010010101010101010111111110000001010101010000100010001000101011010101010010100101001010000100101001010101010010100100101010100101001010000101111001000111110000111000111100111111110010101010100010101010100010101001010010010101001111000111001010010010010100100010101010010010001001001010010101010101111111001010101010001101010001010010010000001010101001010010101010101010101010101010101010110101011010101010101010101010101010101010101010101010101010101010101010101010101010101010101010100101010101011001100110101010101001010101010101010000101011111001010101000010101010101010001010010101001010101010010101011010101001010111111110101010101010100101010101001010101010010101010100101010101011… ¿Los recordarás?
- Sí, profesor.
LOS NIÑOS SIN SOMBRA (II):
LOS NIÑOS SIN SOMBRA
EN BUSCA DEL LIBRO PERDIDO DE DIOS
Y si alguno quitare de las
Palabras del libro de esta
Profecía; Dios quitará su
Parte del libro de la vida.
Apocalipsis.
11 de Septiembre de 2001
Washington
(EE.UU.)
15ºC
Boeing 757-200 del vuelo 77 de American Airlines
El padre Guillom es el pasajero 33 del vuelo que salió esa mañana de Washington con destino Los Ángeles. Observa por la ventanilla las nubes y el paisaje aéreo de América, está absorto en sus pensamientos, no va vestido de sacerdote, lleva un traje y un maletín, parece un ejecutivo más.
A su lado se ha sentado alguien, tan absorto está en unas palabras que ni siquiera le presta atención, sigue mirando las nubes blancas y los prados verdes cruzados de carreteras interestatales.
- ¿Qué fue lo que le dijeron?
Al reconocer la voz, sus pensamientos se desvanecen y su cabeza se gira sorprendida. El rostro que vuelve a ver es desagradable por las cicatrices, pero él sólo se fija en los ojos. Le contesta:
- Les pregunté cuál era la profecía que contenía el Libro.
- ¿Y ellos se la dijeron?
- Me dijeron que estaba escrito, me dijeron que el último día de septiembre, comenzaría el fin del mundo cuando oriente derrumbaría dos torres en el corazón de occidente.
- Y usted cree que esas torres son…
- No lo creo, sé que son las Torres Gemelas de nueva York, por eso viajo a Wasington, he concertado una cita con el Jefe de la CIA para advertirle de ello.
- Buen intento. Mala promesa.
- ¿Qué quieres decir?
- Que no le dijeron el último día sino el undécimo. Su dominio del arameo no es muy notable.
- ¿Cómo?
- Que llega tarde, mi querido padre Guillom. Además, le advirtieron de que nunca revelara a nadie la profecía.
- Pero… ¿tú lo sabías? ¿Cómo lo has sabido?
- Ya sabe, padre Guillom, estaba escrito… Yo… sólo sé que eso todavía no ha sucedido. Que usted no puede evitar lo que Dios ha escrito.
- No te entiendo, ¿de qué hablas?
- Le hablo de que lo que se escribió en ese libro es el pasado, pues sucederá en el futuro, si usted quiere cambiar el futuro que el libro tiene escrito, lo único que hará será quitarme a mí del pasado y que todo vuelva a empezar.
- No te entiendo.
- Está escrito en el libro, usted no lo podrá evitar, recuerde… ¡No pronuncie nunca las palabras que oyó o su futuro será el pasado del mundo! Usted ha mezclado pasado y futuro con esa profecía, ahora… sobramos, no estamos escritos.
- Estás loco, Óscar, nunca debí confiarte mi secreto, ni mucho menos enviarte a por el libro…
- Todavía no lo ha entendido, padre, no somos nosotros los que buscamos el libro sino el libro quien nos escoge a nosotros. Pero usted está intentando corregir lo que el libro anunció, evitar la profecía de las torres, usted quiere borrar lo que Dios escribió, usted quiere corregir a Dios… Eso traerá problemas, usted ha mezclado el tiempo, el pasado, el presente y el futuro… ahora…
- ¿Ahora qué?
- Ahora creo que esto es ayer… esto ya ha sucedido, Padre Guillom, estaba escrito, pero no creo que el mundo lo vea suceder…
- ¿Qué quieres decir?
- Mire…
En ese momento, varios pasajeros de rasgos árabes se levantaron, atraparon a dos azafatas, a varios pasajeros, amenazándolos con pequeños cuchillos en el cuello y el pánico estalló dentro del avión.
Uno de los árabes marchó empujando de malas maneras a una de las azafatas, una pobre chica rubia con cara de adolescente hasta la cabina; el resto de secuestradores se dedicaban a gritar silencio, a advertir en inglés que si se comportaban no sucedería nada, pero todo el mundo estaba muy nervioso, para colmo, una mujer que hablaba por teléfono comenzó a gritar que habían secuestrado otros aviones y que habían estrellado uno contra las Torres Gemelas, y ya la histeria se apoderó de todo el avión.
Bueno, de todos no, un joven de rostro deformado por las cicatrices que estaba sentado junto a un aparente ejecutivo, no estaba nervioso, al contrario, repasó ante sus ojos un resguardo de envío urgente DHL y, después, el adolescente de las cicatrices, con parsimonia sacó un cigarrillo liado de su bolsillo y comenzó a fumarlo entre los gritos, los llantos, los ataques de histeria, los amagos de infarto de los pasajeros de un avión, el Boeing 757-200 del vuelo 77 de American Airlines que, según noticias oficiales, se estrelló contra el Pentágono ese 11 de Septiembre de 2001[1].
[1] Aunque, en realidad, nunca aparecieron imágenes de ese avión, ni los restos de las víctimas. Tiempo después, diversas teorías intentaron explicar la misteriosa desaparición del tercer avión del 11-S. A día de hoy, sigue oficialmente desaparecido.
http://es.wikipedia.org/wiki/Conspiraciones_del_11-S#El_Pent.C3.A1gono
EN BUSCA DEL LIBRO PERDIDO DE DIOS
Y si alguno quitare de las
Palabras del libro de esta
Profecía; Dios quitará su
Parte del libro de la vida.
Apocalipsis.
11 de Septiembre de 2001
Washington
(EE.UU.)
15ºC
Boeing 757-200 del vuelo 77 de American Airlines
El padre Guillom es el pasajero 33 del vuelo que salió esa mañana de Washington con destino Los Ángeles. Observa por la ventanilla las nubes y el paisaje aéreo de América, está absorto en sus pensamientos, no va vestido de sacerdote, lleva un traje y un maletín, parece un ejecutivo más.
A su lado se ha sentado alguien, tan absorto está en unas palabras que ni siquiera le presta atención, sigue mirando las nubes blancas y los prados verdes cruzados de carreteras interestatales.
- ¿Qué fue lo que le dijeron?
Al reconocer la voz, sus pensamientos se desvanecen y su cabeza se gira sorprendida. El rostro que vuelve a ver es desagradable por las cicatrices, pero él sólo se fija en los ojos. Le contesta:
- Les pregunté cuál era la profecía que contenía el Libro.
- ¿Y ellos se la dijeron?
- Me dijeron que estaba escrito, me dijeron que el último día de septiembre, comenzaría el fin del mundo cuando oriente derrumbaría dos torres en el corazón de occidente.
- Y usted cree que esas torres son…
- No lo creo, sé que son las Torres Gemelas de nueva York, por eso viajo a Wasington, he concertado una cita con el Jefe de la CIA para advertirle de ello.
- Buen intento. Mala promesa.
- ¿Qué quieres decir?
- Que no le dijeron el último día sino el undécimo. Su dominio del arameo no es muy notable.
- ¿Cómo?
- Que llega tarde, mi querido padre Guillom. Además, le advirtieron de que nunca revelara a nadie la profecía.
- Pero… ¿tú lo sabías? ¿Cómo lo has sabido?
- Ya sabe, padre Guillom, estaba escrito… Yo… sólo sé que eso todavía no ha sucedido. Que usted no puede evitar lo que Dios ha escrito.
- No te entiendo, ¿de qué hablas?
- Le hablo de que lo que se escribió en ese libro es el pasado, pues sucederá en el futuro, si usted quiere cambiar el futuro que el libro tiene escrito, lo único que hará será quitarme a mí del pasado y que todo vuelva a empezar.
- No te entiendo.
- Está escrito en el libro, usted no lo podrá evitar, recuerde… ¡No pronuncie nunca las palabras que oyó o su futuro será el pasado del mundo! Usted ha mezclado pasado y futuro con esa profecía, ahora… sobramos, no estamos escritos.
- Estás loco, Óscar, nunca debí confiarte mi secreto, ni mucho menos enviarte a por el libro…
- Todavía no lo ha entendido, padre, no somos nosotros los que buscamos el libro sino el libro quien nos escoge a nosotros. Pero usted está intentando corregir lo que el libro anunció, evitar la profecía de las torres, usted quiere borrar lo que Dios escribió, usted quiere corregir a Dios… Eso traerá problemas, usted ha mezclado el tiempo, el pasado, el presente y el futuro… ahora…
- ¿Ahora qué?
- Ahora creo que esto es ayer… esto ya ha sucedido, Padre Guillom, estaba escrito, pero no creo que el mundo lo vea suceder…
- ¿Qué quieres decir?
- Mire…
En ese momento, varios pasajeros de rasgos árabes se levantaron, atraparon a dos azafatas, a varios pasajeros, amenazándolos con pequeños cuchillos en el cuello y el pánico estalló dentro del avión.
Uno de los árabes marchó empujando de malas maneras a una de las azafatas, una pobre chica rubia con cara de adolescente hasta la cabina; el resto de secuestradores se dedicaban a gritar silencio, a advertir en inglés que si se comportaban no sucedería nada, pero todo el mundo estaba muy nervioso, para colmo, una mujer que hablaba por teléfono comenzó a gritar que habían secuestrado otros aviones y que habían estrellado uno contra las Torres Gemelas, y ya la histeria se apoderó de todo el avión.
Bueno, de todos no, un joven de rostro deformado por las cicatrices que estaba sentado junto a un aparente ejecutivo, no estaba nervioso, al contrario, repasó ante sus ojos un resguardo de envío urgente DHL y, después, el adolescente de las cicatrices, con parsimonia sacó un cigarrillo liado de su bolsillo y comenzó a fumarlo entre los gritos, los llantos, los ataques de histeria, los amagos de infarto de los pasajeros de un avión, el Boeing 757-200 del vuelo 77 de American Airlines que, según noticias oficiales, se estrelló contra el Pentágono ese 11 de Septiembre de 2001[1].
[1] Aunque, en realidad, nunca aparecieron imágenes de ese avión, ni los restos de las víctimas. Tiempo después, diversas teorías intentaron explicar la misteriosa desaparición del tercer avión del 11-S. A día de hoy, sigue oficialmente desaparecido.
http://es.wikipedia.org/wiki/Conspiraciones_del_11-S#El_Pent.C3.A1gono
LOS NIÑOS SIN SOMBRA (I): HAZ SIEMPRE LO QUE TEMAS.
LOS NIÑOS SIN SOMBRA
PRIMERA PARTE:
HAZ SIEMPRE LO QUE TEMAS
De mis disparates de juventud,
lo que me da más pena
no es el haberlos cometido,
sino el no poder volver a cometerlos.Pierre Benoit
De mis disparates de juventud,
lo que me da más pena
no es el haberlos cometido,
sino el no poder volver a cometerlos.Pierre Benoit
25 de Junio de 2001
En un tren de venecia a Budapest.
(Fronteras de los antiguos Países del este)
29ºC
Era un crío, no podía ser él, apenas tendría quince años y cara de niño recién castigado, no podía ser él. Águeda pensaba en el quinceañero que tenía sentado enfrente, recostado contra el asiento de escai marrón de aquel viejo tren hacia Budapest: parecía cansado y tímido, como incómodo ahí solo, pero no dejaba de teclear en el ordenador portátil que apoyaba sobre sus rodillas.
Ella no lo miraba directamente, sino a través del reflejo en el cristal de la ventanilla, tras la cual se desvanecía un paisaje verde de bosque frondoso… con árboles… postes… pasos a nivel… árboles…
Él tenía el pelo castaño tapándole la cara, como si no se peinase y se lo hubiese cortado en un lavabo. Sus ojos eran muy grandes y oscuros, pero miraban como si el mundo fuese un libro de matemáticas que suspendió. Tenía una cara delgada de pasar hambre, los pómulos muy marcados y la nariz huesuda, mientras que los labios eran rectos y finos. Llevaba una desgastada camiseta negra con algún que otro agujero y unos vaqueros demasiado grandes, que se le habían descosido por los bajos, al pisárselos con aquellas sandalias mugrientas.
Sin embargo, pese a lo desaliñado de su aspecto, aquel quinceañero no daba la sensación de ser un vagabundo, desaliñado sí, pero un vagabundo no; tal vez fuera por el moderno ordenador portátil, porque no olía mal pese al calor de aquel vagón a treinta grados, por la pulcritud con que sus dedos largos sujetaban un enorme teléfono móvil Nokia, o por ese aire de tímido mendigo atareado que, en un tren desvencijado cruzando Eslovenia en junio, resultaba tan fuera de lugar.
No, fuera por lo que fuera, no parecía pertenecer a uno de esos grupos de mochileros mugrientos que poblaban el tren, tenía algo distinto, incluso algo distinto a todo el mundo que ella hubiera olvidado, como si todos en ese tren estuvieran de vacaciones y él hubiera suspendido para septiembre… exacto, era eso, como si tuviera algo tan importante por acabar que no pudiera permitirse mirar por la ventanilla, como si su madre lo hubiese dejado castigado ahí. No, ¿cómo iba a ser ese crío tímido un terrorista?
Se fue haciendo de noche, se encendieron las luces del tren y el paisaje acabó por desaparecer; entonces, el cristal de la ventanilla se convirtió en un espejo, a través del que Águeda vio entrar nítidamente a otra chica; ella sí tendría su edad, veintitantos, y también ella iba de mochilera, pero ella de verdad, cargada con una de esas viejas mochilas militares que llevan el saco de dormir arriba.
Era una joven pequeñita, de pelo rizado corto y cara redondita, que pidió ayuda con unos movimientos torpes, como una tortuguita diminuta intentando desembarazarse de su enorme caparazón.
Él la ayudó como si le diera vergüenza tocar a una chica, dejando el portátil a un lado y levantándose para cogerle la mochila y subírsela en los maleteros metálicos del techo, ella le dio las gracias en inglés y él, tras sentarse y esconderse un poco tras el portátil, le preguntó en francés su destino, la chica se sorprendió mientras se ponía cómoda porque nadie le había adivinado el acento francés desde que dejó Canadá.
Era cooperante internacional y se bajaría en Zagreb.
Él se atrevió a preguntarle si no le daba miedo bajarse en Zágreb ella sola; ella le dijo que claro que le daba miedo estando el fin de la guerra de los Balcanes tan reciente, pero que tenía un amigo Casco Azul de la ONU que la estaría esperando.
Águeda, callada, se sintió a la vez torpe y celosa, ella llevaba desde Venecia viajando frente a ese crío y sólo habían cruzado miradas y alguna sonrisa incómoda de chiquillo tímido que no se fía de la gente mayor; mientras que aquella chica-tortuguita le preguntaba con comodidad si no era muy joven para viajar solo, si no le daba miedo que le robaran el portátil, si siendo menor no tendría problema para cruzar las fronteras de los Países del Este… y el maldito crío hasta parecía que por fin se sentía cómodo.
Por suerte para los celos de Águeda, la chica-tortuguita pronto se cansó de preguntarle al crío qué hacía alguien tan joven en ese tren, de modo que desplegó su asiento y el de enfrente hasta juntarlos y se acurrucó para dormir. Águeda se sorprendio de esa tranquilidad ante la posibilidad de que se le pasara la estación de Zábreb que había dicho; sin embargo, horas silenciosas después, en cuanto el tren se detuvo en la frontera con Croacia, entendió que eso era muy difícil, pues en la oscuridad de una estación mal iluminada se empezaron a oír ladridos de perros, soplidos de puertas abriéndose, pasos y voces extrañas registrando el tren, tumulto de gente de madrugada removiéndose por todas partes...
Ajetreados minutos después, un policía desaliñado, con barba de tres días y un sucio uniforme marrón, abría la puerta de su camarote, dejando colgada de su hombro una manoseada metralleta.
El policía croata les pidió sus pasaportes y billetes con una orden seca e inequívoca:
- ¡Ticketttttss! ¡Passssportttttss!
Mientras el policía revisaba el de la chica-tortuguita, ella recibía la ayuda del crío del portátil para colocarse de nuevo bajo su enorme mochila-caparazón. El policía no inspiraba ninguna confianza, pero le devolvió su pasaporte y se apartó para que bajara, ella se despidió en francés del chico y en inglés de Águeda, él le deseó buena suerte.
Ella no. Había algún problema. Para desgracia de Águeda, el policía se estaba entreteniendo demasiado con su pasaporte, apenas había revisado el de un quinceañero que viajaba solo y, sin embargo, el de ella no dejaba de hojearlo. El policía sin afeitar levantó los ojos del pasaporte y le preguntó algo en croata, Águeda le pidió que se lo dijera en inglés, pero el policía insistía en preguntárselo en croata, eso sí, cada vez con peores modales.
- Te está preguntando ¿qué piensas hacer en Croacia?¾ por fin el quinceañero listillo intervenía en inglés para salvarla de aquella situación.
- Yo voy a Budapest,¾le confesó ella inclinándose hacia él y recogiéndose el pelo tras la oreja¾para nada quiero quedarme en Croacia.¾El crío aprovechó para meter los ojos en el escote de ella.
- Dice que sólo tienes billete hasta aquí, que debes bajarte.¾Le contestó como si se alegrara de su desgracia.
- No, eso es mentira, yo tengo mi Interrail, yo puedo viajar adonde quiera, por toda Europa, yo no me pienso quedar aquí. Y una mierda.
- Él dice que no, que tu billete está mal, que sólo tienes pagado hasta aquí, que tienes que bajarte.¾ Pero el puñetero crío se lo decía en inglés con una sonriseta de “aquí te quedas”.
Águeda sintió entonces la tentación de mostrarle a aquel incompetente la placa de policía que escondía colgada de su cuello, sin embargo, mucho antes de ese gesto, el puñetero quinceañero listillo se adelantó y le hizo un par de preguntas al policía en algo que pareció croata también. Tras las respuestas, se volvió a dirigir a Águeda:
- Give me 20 €.¾ Pero se lo dijo como si le pidiera dinero a su madre para el almuerzo.
Quizás debiera haber protestado, mostrarse más enérgica, ordenar que viniera un superior… pero estaba en Croacia, en un tren destartalado, eran las cinco de la madrugada y lo único que quería era descansar, sentarse en un retrete limpio, darse un baño, lavarse el pelo, dormir en una cama con sábanas recién lavadas, comer ...
Le dio los veinte euros, el asqueroso policía se los introdujo arrugados en el bolsillo del pantalón, le devolvió sus papeles, dijo algo y cerró la puerta en sus narices. Mientras Águeda le daba las gracias en inglés a su quinceañero, vio cómo bajaban de mala manera a una pareja de franceses del tren y un perro pastor alemán les ladraba bajo una farola.
- De nada.¾Le contestó él.
- Ah, ¿eres español? Pero has hablado en Croata.
- Sí, aunque no lo hablo muy bien aún.
- Es que no deberíamos saber croata, ese tipo debía saber inglés.
- Y sabe. Lo que pasa es que quería asustarla.¾ ¡Le estaba hablando de usted! ¡Águeda se puso roja de vergüenza!
- Ah, ¿sí? Y ¿qué habría hecho si yo me hubiese negado a darle los veinte euros?
- No lo sé, y prefiero no saberlo. Yo, en cuanto me acerco a Croacia, escondo el portátil y el móvil.
- Sí, pero sólo me ha pedido dinero a mí, ni a ti ni a la chica-tortuga.
- La chica-tortuga, qué bueno.¾ Por primera vez el quinceañero sonreía menos desconfiadamente. Tenía los dientes muy blancos.¾ Ya, porque habrá visto en su pasaporte que es la primera vez que usted cruza.
- Ah, y tú, ¿ya habías cruzado Croacia antes?
- Emm… sí. ¾ Y se giró buscando algo en su mochila pequeña, sacó una botella de agua turbia y se tomó una pastilla.¿Quiere? Es suero fisiológico, para no deshidratarse.
- No, gracias, llevo agua yo, lo que quiero es ir al baño.
- Si quiere, mejor espere a que salgamos de Zagreb, está prohibido meterse en los servicios mientras registran el tren.
- Ya, lo había pensado, pero es que llevo sin ir desde que salimos de Venecia, como no conozco a nadie…
- Ya.Dio la sensación de que el crío ya no quería hablar más.
- ¿Y tú, adónde vas? Le preguntó Águeda intentando que pareciera una pregunta casual.
- ¿Yo? A Budapest. Le contestó él. ¿Y usted?
- No lo sé, a Budapest, luego a Cracovia a lo mejor. No sé, quería hacer un interraíl y un amigo me recomendó que hiciera el de los Países del Este, lo que pasa es que al final él no se pudo venir y como ya tenía comprado el billete...
- ¿En qué trabaja?¾Ahora era él el que parecía interrogar como si fueran preguntas casuales. ¡Pero la seguía llamando de usted!
- ¿Yo? Soy profesora de mecanografía.-Contestó ella muy rápido.
- Ya.-Dudó recostándose en el asiento.
- ¿Cómo?
- Que sí, que las mecanógrafas cuando viajan por Europa del Este llevan pistola y una placa de policía.¾ Le soltó el recostándose hacia atrás en el asiento y cruzando los brazos, como un niño enfadado porque no le dejaron salir.
- ¿Cómo dices?
- Cuando se ha girado a buscar su monedero, se le ha marcado la empuñadura de la pistola en la espalda, además, usted se has pasado todo el viaje palpándose la placa bajo la camiseta, y ha estado a punto de enseñársela al policía. No, no se preocupe, a mí no me tiene que dar explicaciones. Vaya al baño si quiere, yo le cuidaré las cosas.
- Perdona, ¿tú de qué vas, chaval? ¿Estás paranoico o algo de eso?
- Que sí. Da igual, déjelo. Olvídeme.¾Como un crío enfadado que da un portazo a su habitación.
No volvieron a hablar en todo el viaje, incómodo sobre todo, ninguno de los dos durmió más; él se levantaba cada media hora, como había observado Águeda que era su costumbre, para tomarse una pastilla con su agua sucia en el pasillo; también se rompió la rutina cuando se hicieron las doce de la noche y varios SMS sonaron en el móvil de Nokia Communicator de él; lo demás, fueron sólo desiertas estaciones cruzadas en silencio hasta ver amanecer con el monótono traqueteo del tren sobre los raíles.
A las seis y media de la mañana, los primeros rayos del sol les cegaron los ojos con fuerza, devolviendo la vida a los colores que les rodeaban; se empezaron a oír algunas palabras de compartimentos contiguos o de mochileros cruzando por el pasillo, llamadas, puertas que se abrían y cerraban, alguna risa... los tubos de neón del techo se apagaron: el tren despertaba.
Por suerte para el silencio incómodo de aquel vagón, con el sol, conforme se acercaban al gigantesco lago Bálaton, fueron entrando nuevos acompañantes diurnos: bañistas de fin de semana, incluso familias enteras con sus sandalias de goma agrietada, sus toallas en bolsas de plástico arrugadas por el manoseo y sus pelos mal cortados.
Ese género de acompañantes tuvieron durante las horas matinales que tardaron en recorrer la costa de ese inmenso lago, pero entre ellos no hablaron, él volvió a sacar su portátil, a mandar y recibir sus mensajes con el Nokia Communicator y ella intentó de nuevo continuar ese libro Paolo Coelho sin poder dejar de mirar el agua sin olas de aquel mar dulce.
26 de Junio de 2001
BUDAPEST
(Hungría)
21ºC
De la estación de trenes de Budapest se sale por unos subterráneos de azulejo blanco atestados de vendedores ambulantes, sobre todo floristas y fruteros que muestran, encima de cajones de madera, la poca mercancía que han podido acarrear hasta allí en bolsas de malla o en carritos de bebé o de la compra, fruteros y floristas.
También hay una tienda de tabaco, otra de recuerdos, los servicios públicos, pero, sobre todo, hay gente que no hace nada, que está sentado en el suelo de esos pasillos mirando al que viene, a los que se van, sin pedir limosna, sin ofrecer nada, simplemente mirando a la turista que viene, cargada con su mochila, que intenta esquivar al hombre de traje años setenta que pierde el tren, que al final se chocan por apartarse los dos hacia la pared, sonríen, no pasa nada, todos lo han visto.
- ¡Oye! ¡Perdona! ¡Oye! ¡OYE!¾ El quinceañero se giró estando ya en la calle, por donde pasan los autobuses y esos antiguos coches pequeñitos que tanto cuidan por aquellos países, sabía quién era antes de girarse y comprobar que la mecanógrafa agitaba su mano mientras escalaba las escaleras que la sacaran de aquel subterráneo. Cuando Águeda llegó a él, estaba sin resuello.
- Perdona, ¿me puedes ayudar?, no te lo vas a creer… me han robado la cartera en la estación.¾ Necesitó apoyarse en las rodillas para recuperar el aliento.
- Si fueras policía sabrías lo que hacer, mecanógrafa, no; y yo sólo soy un mochilero paranoico. Chaval.¾ Le respondió él como esperando una disculpa.
- Está bien, perdona, te mentí anoche, pero es que no me gusta ir diciendo por ahí que soy policía. Entiéndeme, tampoco...
- De acuerdo. ¿Qué te han robado?
- Pues… el monedero, el dinero, las tarjetas, el DNI...
- ¿No llevabas dinero aparte? ¿En los calcetines? ¿En las bragas?
- Sí, llevo, aquí donde la placa, llevo unos cien euros.
- ¿Y documentación aparte, el pasaporte, los billetes?
- No, no; el pasaporte y el interraíl los llevo también escondidos, si ha sido que me he chocado, porque ha debido de ser entonces, que me he dado cuenta pero...
- No pasa nada, dime el banco que es y anulamos las tarjetas por teléfono.
- ¿Tú sabes, desde aquí?
- Sí, pero tú ¿qué vas a hacer? Yo tengo prisa. ¿Me acompañas al albergue o te esperas, hacemos lo de las tarjetas y ya te vas por tu cuenta? ¿Qué quieres que hagamos?
- Pues, si no te molesta, preferiría acompañarte. Luego ya veré lo que hago.
- Vale, entonces cogemos este bus, pase señora (lo dijo en castellano, sería una broma), sube, sube, yo llevo el abono.
- ¿Tienes un abono de los autobuses de Budapest?
- Sí, bueno… ya le… ya te dije que no es la primera vez que vengo.
EL DIABLO DIBUJADO
EL DEMONIO DEL PAN
1900
¡Ser, ser siempre, ser sin término!
¡Sed de ser, sed de ser más! ¡Hambre de Dios!
¡Sed de amor eternizante y eterno!
¡Ser siempre! ¡Ser Dios!
"¡Seréis como dioses!", cuenta el Génesis (III, 5)
que dijo la serpiente a la primera pareja de enamorados.
"Si en esta vida tan sólo hemos de esperar en Cristo,
somos los más lastimosos de los hombres",
escribía el Apóstol (I Cor., XV, 19),
y toda religión arranca históricamente del culto a los muertos,
es decir, a la inmortalidad.
Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida.
Preámbulo.- En el que se narra la primera noche de Nilo en Madrid, muertos sus padres, se siento solo, triste y atemorizado al perder sus ilusiones adolescentes contra la cruda realidad.
- Madrid, 24 de septiembre de 1900 -
" Llego a ti escribiendo a lápiz entre pentagramas en un tren de tercera, atravesados en mis rodillas, y sobre ellas un viejo carpesano de piel con hojas y legajos, mi vida. Patética y zozobrante.
Apenas he mirado por la ventanilla de este tren de madera picado de corcheas y silencios, durante todo el viaje, no lo haré, ahora. No he visto adioses ni olivares, no he visto sierra ni páramos baldíos de la meseta, no he visto enlutados cuervos ni polvorientos rebaños, tampoco andenes arañados de aire frío en los rostros de gente, tampoco casuchas destartaladas de basuras en descampados, ardiendo patéticas un humo negro de puchero vacío, no he visto ni siquiera cómo se iban acercando edificios grises, cómo el frío se volvía agrio entre respiraciones ajenas a bienvenidas. No, no he visto, porque no, porque los tenía preñados de bocados amargos... Para chirriar y padecer lo helado de este aire madrileño, adonde el hambre y la horfandad me llevan... no quiero mirar... no he viso nada... solo pentagramas.
Nilo... Porque mi padre tocó el piano, él decidió mi nombre apenas hace veinte años, se pasó la vida entera para poder comprarlo, el único lujo que tuvo a sus manos. Una noche, estando embarazada de mí y escuchándole apoyada en él, a mi madre se le cayó un anillo, dentro del armazón de cuerdas y martillos... Cuando mi padre logró descubrir el escondite de la joya, encontró también un pequeño sello, pegado en los recovecos del instrumento. Tan sólo ponía Nilo. Pero mi padre interpretó aquello como un segismundiano vaticinio... su hijo se llamaría así como su piano... Nilo.
Todavía guardo aquel sello. Del piano, viviré mientras pueda.
Vivir, es lo último que me soporta en estos momentos. - Quiero ser escritor-, qué estúpido suena de escribir. He sido yo. Estúpido...
Mis momentos de verdadera lucidez (no sé si este es uno de ellos) son como sombras de agua en la madera de un oboe odiado, ni yo mismo los entiendo. Mis propias palabras se me vuelven ajenas. Incluso a veces me he visto pensar, me veo desde lejos envidioso; pero es que yo soy el envidioso y quien me mira es ese yo mismo virtuoso al que envidio porque no conozco, al que no alcanzo a comprender, el que me humilla como a un gracioso segundón. Me veo y llego a pensar que es él quien escribe y yo quien lo avergüenza. Hasta le concibo pseudónimos para que se vaya, para que me deje despreocupado con mi estupidez. Pero no puedo... aun encerrándolo dentro de mi peor mueca, él pugna por salirme entre las venas, me golpean sus palabras en el cerebro, me da patadas en las sienes, me rima, me compara, me vomita sonetos, me llena de quimeras, de metas y poemas hasta arrebatarme las manos para reventar en unos versos... lo siento escribir como si yo fuera su atril, su pupitre, su pluma y su tintero... mi sodomita.
... definitiva... soy un perro feo con una sarna preciosa...
Mi madre me dejó una carta de recomendación para una vieja amiga suya que hospeda aquí hace años, quizás ella me dé pensión en su hotel y yo le dé pena, o quizás sólo el pésame.
Mi padre me dejó otra, una epístola dirigida a un gran escritor de Málaga que ahora mora estos lares: don Alejandro Sawa; quizás me dé un empleo, o quizás me dé vergüenza pedírselo y a él risa verme."
Nilo guardó aquellas emborronadas partituras en el cartapacio, el cartapacio en la maleta, la maleta al suelo y, de nuevo, se sentó en la cama; el único mueble de aquel cuartucho gris. Una camita dorada con su hierros coruscantes, adquirida por la patrona seguramente allá por el Rastro, en alguna tienda de las Américas, no por más de siete duros.
Desde la puerta cerrada para verla entera, era el único lujo burgués de toda la habitación: reliquia despreciada por el resto de habitantes, morbosos conocedores de la mitad de nombres que en ella habían dado su alma a Dios, agonizando sobre aquel armatoste dorado. ¡La Cama de Caronte! - había bromeado otro huésped desde el oscuro pasillo, al pasar frente a la puerta abierta del nuevo inquilino.
El único mueble, el resto de baldosas negras de aquella angosta habitación lo ocupaban la oscuridad, el mal olor, la humedad y, de nuevo en el suelo, la vieja maleta.
Sin zapatos tras ella, un muchacho, de hombros puntiagudos como colgados de percha, de rostro dibujado a carboncillo bajo el agua, con los ojos negros como dos gotas de tinta y las manos largas que soñaría Velázquez, observaba dos artificiales retratos de estudio sepia: en uno de ellos, el de la mano derecha, un matrimonio posaba incómodo contra un falso fondo medieval, con su jardín ruinoso haciéndose el enmohecido y sus falsas enredaderas de flores blancas. En el otro, el del corazón, una adolescente al agua se sujetaba el negro pelo y el vestido blanco contra el viento, quizás de marzo temprano, de un florido campo prerrafaelita.
Desde la calle, observándolo a través de un ventanuco turbio, dejándole tiempo para mirar por enésima vez a su alrededor... comenzó a desvestirse como dispuesto a deleitar a cualquier fémina víctima del insomnio, con la enmarañada delgadez de su cuerpo, a la luz de una candileja: se despegó la cristiana chaqueta con cuidado de no llevarse parte de la judía camisa, precipitó un diluvio de papeles, crucificó ambas de los dos clavos junto a la ventana, se desencajó los protestantes zapatos y sacudió los ateos pantalones con la doble intención de sacarles las arrugas y de que sonara algún bendito céntimo, olvidado por aquellos excomulgados forros...
Por fin se metió en la cama, se encontró mareado por el viaje, como si todavía los ojos mantuvieran la velocidad desgarrada de la ventanilla, todavía con la inercia contenida... apagó la candileja, que humeó largo rato, se tendió, hundió la cabeza en la desconocida almohada y se quedó mirando al cielo del deprimente ventanuco de celda.
El olor a agosto en una noche de verano de Málaga... o ese olor a fresco de fuente en el camino verde bajo las sombras de las acacias... o ese olor quieto en las puertas abiertas entre la cal del sofoco... como manos muertas le levantaban los cartílagos de la garganta... volvía a sentir su salitre en el pelo, el olor marinero de los domingos en el puerto, los chillidos de las gaviotas... la arena ardiendo bajo la planta desnuda de los pies... siendo chiquillo, montado en las barcas varadas y jugaba a ser grandes marineros y fieros piratas por África, donde todos eran negros.... las ventanas abiertas en julio, su madre tendiendo la ropa en el patio de vecinos.. aquella noche de mayo y por toda la casa el intenso piano de su padre...
El olor a naranjos calientes bajo un sol de siesta, los tréboles crujiéndole bajo las suelas de esparto, el tacto tibio del agua en la alberca... el cuerpo moreno de Yolanda bajo el agua... el cuerpo abrazado de Yolanda sobre las piedras ardientes que evaporaban sus gotas... sus ojos verdes... premio de poesía que el Liberal se honra en conceder a su talento y originalidad literaria, tres reales, por el amor de su vida, tres reales, por una despedida... Lágrimas. Manos blancas. Lágrimas. Manos blancas. Lágrimas. Manos blancas...
Olor de la casa paterna vacía, llena de huecos y siluetas, de paredes desnudas y pasillos desiertos, de la llave en la cerradura y documentos por firmar sobre la vieja pila de la cocina. Aquella última noche deshabitada en la casa que fue su hogar, escuchando a los incontrables grillos del patio sin limonero... que la muerte huele a húmedo, que la soledad huele a polvo y que ser huérfano no tiene nada de romántico, más bien... como sólo tener lejía para desayunar....
Al día siguiente...
Capítulo I.- . En el que se describe el encuentro que tuvo Nilo con el gran escritor Alejandro Sawa, quien le animó para que se convirtiera en literato y le enseñó que no podía vivir sin escribir.
¡Esta tortura de vivir en el café y en la calle! ¿por qué no habría podido condenárseme a otros lugares de destierro? teniendo cuidado, viviendo obseso por la idea de que la sonrisa que forma parte de mi máscara social no llegue a parecerse demasiado a un rictus doloroso o a una mueca de desprecio! Cristo en la cruz no ha conocido el suplicio de verse forzado a decir "Gracias" a sus sayones, ni "Camarada" al bruto bilateral, cuyo único lazo de compañerismo con el Dios-hombre consistió en morir a su lado, aunque con menos afrenta, de la misma muerte. Vivir es atacar. Vivotear es resistir.
Alejandro Sawa, Iluminaciones en la sombra.
...el día en que Nilo conoció a Alejandro Sawa, llovía. Su primera mañana en Madrid y le daba por llover, toda la noche había estado lloviendo en el ventanuco y por dentro, a corcheas entre sueños y candileja. Había empezado a clarear entre el macilento vaho mientras se convencía, con los pies desnudos sobre las baldosas negras, de que, fríos los dedos mientras recogía papeles y parituras del suelo, mientras se forraba el cuerpo de arrugadas notas, mientras se embutía por el cuello de la camisa hojas sudadas y reescritas… de que estaba sólo.
Amaneció lloviendo mientras, desempañando con los dedos un ojo en el cristal, imaginaba el trayecto que debía recorrer desde esos baldosines mojados de allá abajo hasta un callejón de las Negras(extraño nombre para un palacio). Se lo había explicado la noche anterior uno de los huéspedes, un comisionista que, por suerte, compartía su fervor literario:
- No tiene pérdida, una vez se llega a esta calle, no tiene pérdida. O pregunte por él, que allí, se lo digo yo, todo el mundo le conoce.
Dejó de llover a eso de las nueve, mientras sorbía café con leche en una larguísima mesa de comedor y recorría las paredes con la mirada perdida, observando el atareado ir y venir de la única criada que parecía haber en toda la casa... Petra, se llamaba Petra.
Salió a la calle... los charcos volvieron a llenarse de burbujas y los portales de gente guareciéndose. Así toda la asquerosa mañana. Hasta que a las once quiso escampar.
Entonces Nilo se levantó de la escalera a la calle, trece escalones negros cubiertos de hojas de periódico desgarradas por el paso, se dio unas palmadas en los pantalones, se palpó la carta entre los papeles que forraban su cuerpo, se despidió de la mujer obesa de la portería, se aferró el viejo cartapacio de música de su padre y echó a andar hacia arriba entre los charcos, acordándose de las indicaciones del comisionista... "que allí todo el mundo le conoce."
Por lo mucho que Nilo podía llegar a imaginar, Alejandro Sawa debía ser un gran escritor, un hombre anciano y venerable, plácidamente acomodado en una casa de recreo de un callejón del Pardo, o tal vez en un ilustre hotel en el mismísimo callejón del Palacio Real... Un hombre soberbio, austero, terrible, despreciable en el trato humano pero imprescindible en el medro social. Alejandro Sawa debía ser un sofista enjuto por el estudio y la laboriosidad, de ojos pequeños y mortificantes, los más pétreos negociadores, vestido impecablemente a la última moda de París, pero sin estridencias, muy sobrio, tremendamente sobrio, tanto en sus hábitos como en el trato personal.
De todo aquello se acordaba el pobre desilusionado mientras llamaba con los nudillos a una puerta vieja y parchaeda, de un pasillo infinito y oscuro, de una casa de vecindad atestada de cochambre, llantos de críos, gritos de madres, puñetazos en las paredes, portazos, pasos corriendo por su cabeza...
- ¿Sí?¿Qué desea? - Quien le había abierto era una mujer triste como una rosa seca en frasco de cristal, de pálidos ojos azules descolgados por terribles ojeras, con un cierto acento francés.
- Buenos días, vive aquí don Alejandro Sawa.
- Sí, vive aquí, pero en estos momentos no está. Si usted fuera tan amable de esperar algunos días... En este momento ha ido a cobrar unos sueldos que le deben en un periódico, si usted fuera tan amable de esperar algunos días...
- Perdone, señora, pero creo que... Yo, le traigo una carta de recomendación de mi padre, soy escritor.
- Ah, perdone, no le había entendido. Si quiere usted, puede pasar y esperarle aquí sentado en el suelo. Quizás tarde. Mucho.
- Eh..., verá, preferiría, si usted... me indicara donde puedo localizarle.
- Pregunte usted en el primer restaurant o café que encuentre... ellos sabrán decirle.
Después de ver la lluvia gruesa haciendo burbujas sobre los charcos del empedrado; después de ver la lluvia fina dejándose arrastrar por el viento contra las caras constreñidas; después de observar en decenas de cristales esas formas variopintas, esas carreras lentas y precipitadas de las gotas al suicidarse; después de seguir un centenar de indicaciones de mozos maleducados sobre unos momentos antes, hace un rato, si te das prisa... al doblar esta calle; después de perderse por aceras agrietadas, socavones inundados y canaleras imprevistas; con los zapatos y los calcetines empapados, con el estómago en sopas de café de recuelo, con la ropa fría de quien ya no la calienta y la seguridad de no saber volver nunca más a la casa de huéspedes, Nilo Saleza entró en el último café indicado: si era posible, un tanto más sórdido que los anteriores, un tanto más oscuro, más sucio, más abandonado...
- ¿Qué no lo ves? El que está en aquella mesa del rincón.
Un hombre soberbio, austero, terrible, a la moda de París, muy sobrio, tremendamente sobrio... cabeceando sobre aquella mesa se sostenía un viejo, afeitado a tijera o a pellizcos, con unas melenas casi blancas, más bien amarillentas y los ojos soñolientos de quien no los cierra ni para dormir. Con una voz pastosa y ronca le respondió:
- ¿De quién dice usted que es hijo?
- De Saleza, señor; el pianista, señor.
- Saleza... Saleza... no recuerdo ahora... ¿recuerdas tú, León? - Y le estaba preguntando a la puta pata de la mesa... Que de tanto insistir en que le contestara, y de que a falta de lucernas, candiles, farolillos o velas, apenas se veía dónde se ponía la mano... doblarse como un siempretieso hecho de tripas... aquel viejo ebrio se acabó cayendo al suelo. Pero tenía razón, no le preguntaba a la pata de la mesa, le preguntaba a un enorme perrazo que se abalanzó sobre Nilo cuando este se agachó para ayudarle a incorporarse.
- ¡León! ¡Silencio! .- Y el perro, ciertamente bien apodado pero mal educado, dejó de ladrar a Nilo cuando quiso, se dio una vuelta por el desierto local, husmeó la barra, reconoció al dueño y a sus perneras y por fin se tumbó en la mismísima entrada.
- No se asuste usted, joven... - le confesó en voz baja desde el suelo- Esa es buena señal. León sólo ladra a las personas de talento... A las demás, las desprecia....- Y viendo que no hacía por levantarse, Nilo no tuvo más remedio que sentarse en el suelo con él, en un café por cerrar, empapado por la lluvia, muerto de hambre, desilusionado por encontrar a un vagabundo en una tasca cuando había salido a buscar a un señor en un palacio... - Tu padre, tu padre - y se miraba su propia mano, una mano blanca, larga, de dama o de prelado -, tu padre tocaba el aire con los dedos, y el aire tenía música. Tu padre... tocaba el piano hasta en el aire. Dame esa carta, y... pide otro quince.
Acabando de mirar la carta, acabado ese quince y otros más, acabada la paciencia del dueño, Alejandro Sawa volvía a repetirle otra vez, mientras les barrían de mala gana los despuntados zapatos; manteniendo un estilo ampuloso y grandilocuente que le otorgaba hasta cierta dignidad sofista, pese a parecer un don Pantaleón arrastrado:
- Pero yo ya no soy nadie... sólo soy un pobre valetudinario... Mira, perdí la esmeralda de Nerón... Yo, que he vivido en el gran mundo del arte y de la gloria... en París... yo... que vivo en París... que he recibido en mi frente el beso consagrador del gran Hugo, que he bebido el ajenjo con el pobre Lelián, que he sido contertulio de la Closerie des Liles y de la Rotonde, que he tratado de igual a Catulle Mendès que a Theophile Gautier, - y podía ver cómo aquellas palabras erguían al viejo bardo hasta, que volvía a caer...- Ahora no soy nadie... En mí puedes comprobar la vanidad de todas las cosas... Quieres ser literato... ¡oh jeunesse, jeunesse!... deberás tener un corazón grande y un estómago pequeño... Cést la boheme...¿sabía usted que yo soy griego? Sí, tan griego como mi primo Moreas, como Sócrates y Pitágoras... Pero tuve que acabar mis días aquí...en Celtiberia... Donde los buitres que cada día devoran mi hígado visten levita... ¡Pero no! ¡No se desanime usted por las palabras de este viejo aeda! ¡Cante! ¡Recite! ¡Recítenos algo!
Era el dueño del café mirándole como si le estuviera matando al perro, el perro rascándose la oreja como si tuviera vocación de poeta, aquel ebrio Pantaleón exigiéndole desde el suelo que... que se pusiera a recitar sus poesías... allí... entonces...Nilo Saleza les regaló su virginidad púdica:
De haber sabido
Como las golondrinas entienden
Sin tener reloj,
Cuándo se muere septiembre.
De haber sabido,
Como las moscas al sol,
Que habría tormenta fuerte.
De haber sabido,
Que te ibas a morir,
Como se mueren las golondrinas
Que las moscas se comen,
Habría matado las tormentas,
Enterrados los relojes,
Nos habría casado en la huerta,
Habrías comido flores.
Pero yo no supe ver...
Lo que todo me anunciaba,
Me quedé sin septiembre,
Se paró mi reloj.
Se me murió Yolanda.
- ¡Bravo, magnífico! - aplaudió el gran Alejandro Magno de la literatura-. ¡Eso me suena a Verlaine! ¡Tiene el ritmo moderno! Y esa melancolía... ¡Ahora entiendo su vacío!... Se aparta usted de los clásicos que aquí se estilan..., lo cual, ciertamente, será un obstáculo en su carrera... Pero, por fortuna, ya aquí en Celtiberia los gustos han cambiado... Y cambiarán, cambiarán porque jóvenes como usted, como Villaespesa, como Machado siguen las banderas de Rubén Darío y de los poetas de Francia... Todavía se burlan de ellos, pero acabarán por imponerse..., y usted debe incorporarse a ese movimiento... Hay que renovarse o morir, según el lema d'annunziano... Entre todos limpiaremos los establos de Ogygias... Daremos la batalla a la Hydra y la venceremos...- Nilo, emocionado como un chiquillo con zapatos nuevos, acudía solícito a levantarlo.- No se confunda, disimule... - le confesó al oído mientras lo hacía- Es usted malísimo, pésimo, infame... pero si este energúmeno alcanza a comprender que le hemos tenido este establo de Ogygias abierto para un poeta tan malo... nos mata... también él pretende reconstruir el querido mito de la vieja Hélade... quisiera servir las mismas aguas que brotaron de la fuente de Castalia... ¡Magnífico, joven! ¡Magnífico! ¡Con su talento y mis deudos daremos la batalla a la Hydra y la venceremos...! ¡Hasta mañana!
Mario lee un cartapacio de poemas encuadernado a cordel, áspero el papel y puerilmente barroca la letra; cubierto con una manta, encajado entre los dos sillones verdes enfrentados, el hueco tibio de Herodes, desapareciendo por la puerta, le queda en los nudillos sobre el regazo. Piensa, mirando por los ventanales del comedor a los tejados de enfrente, chorreantes bajo la lluvia que atasca las canaleras:
- ... y hacer florecer los campos de tu piel, con los eneros de mis dedos... Huele a sopa de pollo hirviendo... ¡Celio!
Insistir, aunque pareciera fruto que brotara de una voluntad acérrima, es que era tanto la huida como el ataque, lo único que podía hacer. Insistir día tras día, poema tras poema, café tras café, curda tras curda...Aquella primera, que, para más inri, tuvo que acompañar al viejo etílico de nuevo hasta el callejón de las Negras, volvió a la casa de huéspedes llorando; la segunda noche, devorado de rabia; la tercera noche... imaginándose que a quien le lamía el aliento en su hombro no era al Sawa escritor, sino a su hermano gemelo borracho que se estaba aprovechando de él para...
Cada persona es una perspectiva nueva del universo pero ver el mundo es un error cuando crees que el mundo entero te mira. Convicción muy fuerte es considerarte protagonista de un drama de segundones, firme voluntad la que engendra, patéticos resultado acabar descubierto un guiñol de trapo en un cajón oscuro donde, cada nueva función, eligen sin criterio a los títeres desconocidas manos. Nilo te crees, es un primer paso, te crees aquel al que van las casualidades, todo el mundo en un vórtice de sucesos caóticos dispuestos para tu ombligo. Nunca ceder, desde esa posición, en una torre de trapos, todo lo malo tiene un sentido, todo lo bueno era esperable, todo está por llegar porque el mundo, desde una perspectiva incierta, gira dándole vueltas a tus quimeras. Todos actúan así, todos interpretan su papel, todos hablan de ti, a ti es a quien hay que dar la réplica, hacerte hablar, guiarte en esa farsa para que llegues a tu destino cuando tú ya lo sabes, te asomaste entre bastidores, que el mundo entero es un teatro para que tú seas su primer actor.
Ernesto Durtal observa, reclinado en el diván, el cuerpo dormido de la sirena varada en su cama; como encharcadas fotografías caídas en un ataúd de rojo raso, se le precipitan los recuerdos de la noche anterior: los rostros críticos como enterradores a hombros de una mesa cubierta de cafés en vez de flores, como semen de cigarros los humos que atravesaban las miradas, como de enterrado en un charco su voz de soprano recitando, el ridículo, el asco en sus labios... Herodes rasca en la puerta desde afuera.
- Despierta, por favor despierta. Quiero que leas. No, habla más bajo. No quiero que nos oigan. Lee, lee esta misma poesía, sí, por favor, lee, sí, es necesario. Le falta dolor, eso dijeron, le falta dolor... No, mejor yo, yo te la leeré, tú sólo tienes, sí, tú sólo tienes que dejarme tus uñas, sí, tus uñas, quiero que me las claves en la espalda, no, así no, más fuerte, más fuerte, quiero que me claves las uñas hasta hacerme sangre, sí, hasta hacerme sangre, de lo contrario, si no lo haces, seré yo quien te haga daño a ti... Sí, así, así... Ah.. veces la gente es de mármol y... respira de mentiras las sombras que le falta a la lluvia... prudentes, como trenes de ceniza vieja, pasean con sus pies... de olivo muerto sobre mi ge... nio, mientras chillo, yo soy un vencejo muerto, mi... entras grito, con vuestro mármol harán tumbas de sordomudos, aquí, de mí... sobrevivirá un libro de epitafios... Ah...
La noche del segundo martes, solitario a la mesa, acodado mientras Nilo recitaba, como en cualquier otra escuela de borrachos, observado por una mujer de mugriento pelo, canoso, que se lo mordía con los dientes podridos, mientras a su lado, su marido perdía a unas cartas renegridas por el paso vicioso de los dedos sudados; por una niña de cuerpo desmembrado, colgada de un ridículo vestido azul tiñoso, que le alzaba, como malicioso telón de un sexo impúber en segunda sesión; por una docena más de ojos vidriosos o en penumbra y sonrisas de sorna y colilla, por fin, Alejandro Sawa le dijo a Nilo Saleza:
- ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravísimo! ¡Sí, joven, usted es bueno! ¡Qué digo bueno! ¡Usted es magnífico! ¡Sí, joven, usted... usted y yo venceremos! ¡Venceremos! ¡Con su talento y mis... deudos! Yo tendré una vejez gloriosa como la de Hugo. Al fin tendrán que rendirme el tributo que merezco... Las apoteosis son siempre finales..., porque coronan una larga lucha... ¿Qué importa que aquí me vea en este estado, víctima del impío Monte de Piedad? ¿No se vieron en trances análogos los más grandes genios?...¿No pasaron por cárceles y burdeles? La adversidad es como mi perro León, que sólo les ladra a los hombres de talento... Mire usted, joven, su querido padre no me recomendaba a usted en vano... Yo puedo ayudarle, porque sin duda voy a tener una gran influencia con directores de periódicos... Yo soy amigo de Burell, el admirable cronista de Cristo en Fornos, de Pío Sandoval, le hablaré de usted... y de Ortega Munilla, el de La Cigarra, de Alfredo Vicenti, el de El Liberal... ¡Sacudiré mi pereza, dejaré de comulgar en la absenta, de adorar al hada glauca de Verlaine, escribiré novelas, obras de teatro..., fundaremos revistas, editoriales..., y para todo contaré con usted, mon jeune ami...yo haré de usted un poeta...!
Toda una semana de si quiere pasar y sentarse en el suelo, de mira, ahora mismo se acaba de marchar, de si te das prisa aún lo coges, de negativas, de invitaciones, de ¿quién dice que era su padre?, de Hélades, de Hugos, de París, de epitafios, de Hydras, de Celtiberias, de negativas, de ganas de llorar, de volver, de desaparecer de aquella pesadilla en la que para encontrar trabajo tenía que recitar poesías a un borracho por todos los tugurios de un ciudad gris, sucia y fría como una prostituta al amanecer. Para que le llamaran malo. Pésimo. Infame... poeta. Poeta. ¿Por qué había cambiado de opinión ese deshecho humano? ¿Cuánto tardaría en explicarle la mentira?
Burla. Ese borracho se estaba burlando de él, haciendo el ridículo por los tugurios como un mono y sus felatios, de la mano de quien cuando su padre lo conoció, joven, sería una gran promesa de las letras. Pero, ahí, entonces, borracho y viejo como un Pantaleón, sólo era los restos de un convite de palabras... riéndose de Nilo.
No, no era ese el motivo del advenimiento. Sino que Sawa, para el sol, ya sólo tendría fe.
Ateo del sol. Ciego, ciego como Homero y Belisario... el pobre anciano Sawa. Pausadamente, por las implacables parcas... tijeretazo a tijeretazo... sus iris habían ido cerrándose ...poco a poco... a la luz... Y aquella noche, postrero tijeretazo, don Alejandro Sawa pudo ver extinguirse el último quinqué de sus días. Peroraba o declamaba antiguos tributos, hermosas causas, fragmentos de vidas joviales que pasaron por ese cuerpo maltratado como amantes fugaces, dejándole, al final de sus días, la pertinaz nostalgia de aquellas pasiones y la ruina, la decrepitud al epicúreo.
Sino soez, permitir que la última luz que viera tan magno poeta, no fuese la del sol desde una orilla del Sena en abril, escuchando el murmullo melancólico de aquella fuente en el parque donde la Luna se reflejaba en argentinos retazos, o... ¡muerte sublime!, ante el rostro desencajado en lágrimas de esa mujer que siempre le negó un beso, tan sólo una sonrisa embrujadora, vivos los labios, muertos los ojos... la última luz que Alejandro Sawa contempló, fue la del segundo quinqué del fondo mirando hacia la barra de la taberna El Rincón, a la que se llegaba subiendo desde el paseo de las Acacias hasta el Arenal.
Cierto que le había tomado algo de cariño a aquel impertinente, cierto que mostraba algunos fugaces fulgores de tino, acaso de talento; pero lo más cierto de todo es que estaba viejo, empeñado, estigmado por el fracaso, la ruina, la soledad y ahora… esa ceguera:
- La vida es dolor, hijo, y toda emoción estética no es bella sino porque ahoga momentáneamente un quejido de la carne. Esta es la primera lección que debes aprender.Dime que me estás mirando, la vida es dolor. Y el poeta, desde Verlaine hasta ti mismo, víctima como es de su plétora de sensibilidad, debe luchar porque su muerte sea la más desoladora, sólo así conseguirá hacer de su vida la más hermosa quimera... Dime, ¿querrás tú hacer de este derrengado anciano, el más hermoso de los cadáveres? Ahora que mis ojos tan sólo podrán mostrarme el tenebroso sendero hacia el ocaso, ¿querrás ser tú, salve las distancias, mi Virgilio en los infiernos...? A cambio, la permuta que te ofrezco... una última contienda, aunque ya la virtud me negó frisar su rostro con estas manos... como un Hércules centenario me comprometo... yo me alejaré de estos templos... volveré a las tribunas si tu mano me lleva, te cederé un rincón a mi lado en el ágora, vestirás mi clámide... si consientes en ser el Jasón de esta decrépita Argo... yo te llevaré hasta el vellocino de oro que tanto ansías... Pero tú, tú debes escribir, debes vencer tu azoramiento, abrir tus entrañas a las arpías del sentimiento... Aprende, aprende de este viejo aeda a hacerle el amor a la poesía como a la más insaciable de las mesalinas, que seas tú su más sumiso esclavo... porque una vez hayas bebido de la fuente de Castalia... nunca más tu boca volverá a saciar su sed infinita con otro placer, que no sea la ambrosía de la literatura... porque la Leyenda vale más y es más verdadera que la Historia. Los personajes de Homero son más vivaces que la gran mayoría de nuestra generación ambiente. Los conozco mejor, son más reales... Déme esta mano... dígame que me está mirando a los ojos... ¿acepta entonces el contrato que le propongo...?
Celio García Viñes se recuerda andando por la orilla del Miño desde su mesa, tras tantos días de lluvia, para un gallego en Madrid, la nostalgia es una carta a su madre, que estará subiendo la cuesta de piedra que cae a un río de aguas negras:
"Adorada madre, ayer me llamaron de usted. Pero no como me llamó don Braulio la mañana que murió padre. No, me llamó de usted un gran escritor. Sé que lo habrás adivinado. Don Ramón María, a quien tanto le debo. Pero anoche me llamó de usted ante todos, en una tertulia a la que nos hacen el favor de invitar. Es un paso muy grande madre, tanto que le permito que se haga todas las esperanzas del mundo. Ese usted venía porque ya es inminente la publicación. Pronto imprimirán mi libro madre. Muy pronto. Con su dedicatoria y todo. Aquí la gente me aprecia, madre. Nos aprecian a todos, a Jesús, a Mario, a Ernesto y a mí; personas mayores, grandes hombres, que se tratan incluso con ministros, nos saludan en la calle, nos preguntan por nuestros libros. Por mi libro, madre, antes de que lo hayan impreso ya todo el mundo lo conoce. Por eso me llaman de usted, madre. Anoche, que como he publicado algunas de las poesías en periódicos, ya le mandaré el recorte si sale alguna nueva, pues anoche el propio don Ramón llevaba, escuche madre, llevaba un recorte mío en su bolsillo, que, fíjese, me dijo que le había impresionado mucho a uno de los poetas, al poeta más grande del mundo, madre. Don Ramón le envió un recorte de una poesía mía a un poeta extranjero que se llama Rubén Darío, y éste le contestó que le había gustado mucho. ¿Lo entiende madre? Ya incluso saben de mí en el extranjero. Pero no, no como Ernesto, yo no quiero irme a París y escribir libros en francés, él lo hizo porque tiene dinero y porque no tiene a mi bendita Belén. Qué ganas tengo de que la conozca, madre. Seguro que la va a querer usted mucho, y Celia y Consuelo también la querrán mucho, madre, ya verán, cuando yo vuelva, con mi libro y mi novia, ya verá como entonces no se arrepentirá de todo lo que ahora estamos pasando. Ya verá, madre, cómo se alegrará mucho de...
- ¡Celio!
... su hijo".
- Acepto, maestro, acepto... pero, ¿qué debo hacer?
- Torpe lazarillo me entregáis... ¡Escribe! ¡Escribe! ¡Escribe hasta que vomites el alma! Dame... dame, ¿y ese cartapacio que tanto has insistido que leyera? ¿Dónde lo guardas hoy? Dame... dale, Virgilio, a Cicerone tus pergaminos...
Torcuato Latino mira otra mañana de lluvia desde el ventanuco de su celda, lluvia casi a las doce de la mañana, arrinconado contra la pared, estirando la sábana que la pequeña ramera se tapa hasta la cara despintada, apoya la cabeza de lado y mira las gotas de agua en el cristal.
- A veces me pienso y me avergüenzo al recordar...
- ¡Celio!
- ... lo patético que resulto, en la mayoría de ocasiones, por ello le echo la culpa a otro. Sí, yo, aquí, callado en una cama que nunca pude imaginar, apartando mi piel de la piel mordida de una golfa en la que anoche por cinco ocasiones deposité mi lúbrica semilla, yo soy Jesús para que no me vean. Lo seguiré siendo, por el hijo de puta de mi padre y por la puta de mi madre, seré Jesús, como otros calzones, unos nuevos, siempre blancos, que guardaré, lo único puro de este desperdicio social, consciente desperdicio, inconscientemente social. Y Jesús, como otro más, mira a Torcuato Latino, robándole vida y haciendo el ridículo. Como Cristo y Judas bajo el mismo sudario. ¿Qué soy?, nadie sin él, Jesús no es nadie sin Torcuato, como Torcuato no es nadie sin Celio, sin Mario y sin Ernesto. Al fin y al cabo, soy su mejor amigo. Yo sé que me alegro sinceramente por lo de Celio, pero no sé muy bien lo que siente Torcuato, que lo tiene como un chiquillo ante el que actuar, Torcuato es mi guiñol y Celio mi entusiasta espectador. Quizás por ello hice el ridículo anoche cuando salté encima de la mesa y quise coronarle, ¿por qué lo hice? En su momento de mayor triunfo, ¿por qué quise yo robarle la atención?
- ¡Torcuato! ¿Son las doce, hay sopa del pollo de ayer, quieres?
LOS MILAGROS DE SAN PÉRDIDO
PRINCIPIO
I
Hubo una vez un hombre al que le piaba una golondrina en la cabeza, abrió los ojos y se encontró tendido dentro de una cama, de su frente brotó una golondrina hacia la techumbre de madera, yeso y cañas, donde se tejían cuerdas infinitas pobladas de golondrinas piando sobre su cabeza. Y es que, surcando el aire de aquel altillo, volaban golondrinas en zigzags, en círculos, suspendidas, mirándole, piando como si todas ellas comentaran en algarabía su presencia.
El hombre levantó su cabeza de la almohada y, siguió teniendo una golondrina enfrente y, sin embargo, ni ropa... a los pies de aquel camastro... era alguien, un cuerpo desnudo que se alzara, como una niña alta y delgada, con el pelo de tinta china y los ojos tan negros que daba vértigo asomarse a ellos, contra toda su piel, como hecha sin venas, de leche en octubre, albinísima.
Cuando la niña se dio cuenta de que había despertado, se le acercó a la cabecera, con sus pezones en carne viva y su pubis de violetas duras. Tenía su expresión un aire de inocencia tan extremo, que, al abrir la boca, no parecía sino que fuera a emitir idéntico chillido de las excéntricas golondrinas. Sin motivo, no lo hizo, no emitió sonido alguno, tan sólo se apoyó torpemente en la bragueta del hombre para darle un beso en la frente. Tan sólo eso hizo, darle un beso en la frente.
¡Una puerta se sintió abrir con voces subiendo por la escalera! ¡Todas las golondrinas en aleteo reaccionaron alteradas!, y la niña, junto a ellas, ¡se arrojó por la única ventanuca! que había, revoloteando, desaparecieron... y luego, el hombre, como un grillo sordo, comprendió lo que era el silencio.
Cuando entró doña Virtudes en el pajar de arriba de su casa y le vio el culo así al enfermo: asomado en la ventanuca, con cara de que un ángel le hubiera abierto la puerta del retrete, se convenció de que realmente había sido buena idea acogerlo aquella noche. Como torpe respuesta al asentir de la dueña, el convaleciente alcanzó a taparse con la sábana, pues, desde aquella precisa mañana hasta mucho tiempo después, no conseguiría deshacerse del extraño vigor sexual que le acometió, cuando ya nadie en San Pérdido se acordaría de llamarle extranjero, tan sólo, para todos, Tomás el Bibliotecario.
Doña Virtudes, viuda desde antes de que su primer hijo tomara la primera comunión y madre de otros seis más, le explicó al extranjero todo lo que consideró necesario: que era domingo y que había vuelto de misa, y que don José cada día estaba más zorritonto, pues había consentido que los niños, figúrese usted, en lugar de rezar el padre nuestro, lo silbaran.
Al llamar la mujer a uno de sus supuestos hijos cuando él le pidió por favor dónde habían sido tan amables de dejar sus ropas, el hombre pensó que el niño iría a buscarlas; pero el niño entró y doña Virtudes le ordenó:
- Anda, Bartolín, devuélvele su traje a nuestro invitado que parece que ya le va a hacer falta.
Incómodo a pesar de estar ya dentro de sus desarremangados pantalones, el extranjero se hacía cruces a que doña Virtudes le obsequiara con un plato que ella misma le aseguró ser su especialidad. Incómodo y haciéndose cruces porque había visto salir al obediente Bartolín tras la orden de su madre:
- Anda, Bartolín, vete a buscar a la gata, que hoy mamá hará potaje.
Por suerte, saliendo el vivaracho Bartolín, entró a la cocina un hombre de bien, corpulento e impecablemente vestido de paño, que le saludó con campechanía, ofreciéndole al mismo tiempo un churro, de los que en una bolsa de papel grasiento llevaba. O por desgracia, pues en cuanto Tomás aceptó agradecido la invitación, obtuvo por respuesta:
- Pero hombre, ¡ya ha cogido el más gordo...!
Pero bueno, don Criterio, el alcalde de San Pérdido, luego accedió a olvidarse de ese pequeño detalle y ofreció al invitado salirse un ratito al sol para que le describiese con pocas palabras, así en sui generis, qué era lo que hacía allí en San Pérdido.
De acuerdo, si la casa en la que hasta esos momentos había permanecido, le había conmovido al extranjero de muy noble construcción aunque un tanto estrecha, la salida a la calle le confirmó las mismas impresiones de pueblo de juguete; también la de incómoda extrañeza, al ver a un padre vestido de domingo, de la mano de su esposa, dar un cachete en la boca a su retoño de apenas siete años si llegaba, vestido de marinerito el niño, al que ordenaban recogiera un enorme cigarro del empedrado suelo.
- Pues si no te lo fumas ahora... pues hala, guárdaselo que se lo fumará para cenar.
Momentos después, padre, madre y retoño, saludaban muy afablemente a don Criterio y compañía, se interesaban por la salud del acogido y aceptaban, para después de la comida, los tres churros más escuálidos de entre los que la bolsa en la mano del alcalde les ofrecía.
- ¿Usted cree en Dios, Tomás?
- Pues sí, supongo que sí, aunque no lo recuerdo.
- Ah, pero ¿usted lo conoce?
- No, quiero decir, que no recuerdo si creo en Dios o no.
- Vaya, por un momento me ha puesto usted el corazón en la boca.
- ¿Por qué?
- Hombre, entiéndalo, yo soy ateo-republicano, digámoslo así, en sui generis, que si usted resulta que ha conocido a Dios... pues hombre. Usted ya me entiende: Dios o República. Y tener que claudicar a estas alturas ante la democracia, pues hombre, que prefiero morir engañado a vivir con miedo de ése, ya pasé bastante durante la guerra.
- Ah, ¿pero usted fue a la Guerra?
- ¿Yo? ¿A qué Guerra?
- Pues, no sé, a la Guerra, no sé yo, usted lo ha dicho: a la guerra.
- Ah, pero usted se refiere a la Guerra pero así, en sui generis. No, ir no fui, lo que hizo fue venir ella, aunque yo era muy crío entonces, sólo le digo que cuando acabó, planté un alcornoque sobre la tumba de mi padre, con el tengo ordenado que me hagan a mí el ataúd.
- Ah, pero su padre murió.
- Hombre, Tomás, pues como todos los padres, y el que no se muera, malo.
- Ya, ya.
- No, pero al mío lo mataron los Guardias por Republicano, como decía mi madre, lo mandaron al cielo por no creer en él. Pregunte, pregunte ahora luego a la Virtudes que le explique cómo murió mi padre.
- ¿Cómo murió?
- Hombre, pues ya que insiste, se lo contaré. Pues... esto… sí, que cuando empezó la Guerra, pues hubo alguno que se echó al monte, que huyó, vamos, los montaraces que se les dijo. Pero mi padre no, mi padre se quedó en el pueblo, por eso, porque sabía que alguien lo tenía que hacer, que alguien se tenía que quedar, como también sabía que a él sería al primero que irían a buscar. Y así fue, que aún me acuerdo, el día que los Guardias se llevaron a mi padre de mi casa, yo todavía llevaba los pantalones cortos y aún no era ni novio de la Garoza, mi esposa, le quiero decir. Pues eso, que mi madre, nada más que cerró la puerta, me hizo un atillo y me mandó al molino de la Noria, donde, no por curiosidad, todas las madres habían mandado a sus hijos. ¿No ha visto usted el molino? Ah, pues ya se lo enseñaré. Pues eso, que en el molino acabamos todos los niños conforme nos fueron mandando nuestras madres, pero durante muchos días. Claro, fíjese usted los días que pasarían y que allí no asomaba ningún mayor, que al final, pues eso, poco a poco nos fuimos organizando: yo me hice alcalde, al Braulio lo hice médico, a Paquito el de la Paca lo hice Guardia Civil, a Pepín lo hice cura, a la Garoza la hice mujer... Claro, usted entiéndame, pues si éramos ciento y pocos críos allí encerrados en el molino, que ni podíamos salir, ni venía nadie y los días pasaban y pasaban, pues el que se puso malo por el que tuvo hambre, o allí nos organizábamos o... Pues eso, que a la que salimos, ya... puede que años después, cuando ya no se oían tiros y nadie venía y ya estábamos hartos de estar allí encerrados, pues salimos y resultó que en el pueblo no había quedado prácticamente nadie, ni Guardias ni padres... como un pueblo fantasma de esos así en sui generis, usted me entiende, que luego, después de que registráramos todas las casas, las despensas, el Hospital, la Iglesia... al único que encontramos de los mayores fue a don Severo, que ni nos ayudó ni nos explicó... como si no lo hubiéramos encontrado, que claro, que puestos así, fue la cosa más natural del mundo... Pepín se fue a la Iglesia, Braulio se fue al Hospital, Paquito al Cuartel de la Guardia Civil, yo al Ayuntamiento... y más o menos todos a casa de sus padres, ¿qué íbamos a hacer? Pues eso, cuando ya cada uno más o menos aprendió su oficio, pues Pepín, bueno, don José, nos casó a la Garoza y a mí, y así, pues, ya se lo puede imaginar, hasta ahora.
En ese momento bajaba la calle corriendo un hombre vestido de cartero, por la gorra oficial y el zurrón, nada más lo delataba, todo al contrario, su aspecto de fugitivo, sus albarcas desgastadas, el sudor de su camisa arremangada con los faldones azules por fuera, más lo acercaban a ser un emisario de guerra fugitivo, que el cartero de un pueblo abandonado, que intentaba frenar ante ellos:
- Don Criterio, buenos días, y compañía -queriendo recuperar el resuello- que le estaba buscando, que dice su señora, que si va a comer en casa. Que dice don José que le diga a Beatriz que le toca confesarse. Que dice la señorita Lourdes, que le diga a don Braulio, que si se puede pasar por la casa amarilla a ver si la Leandra está preñada o no. Que dice la madre del rey al mendigo, que no, redaños, que ni quiere ser su esposa ni remendarle los pantalones a ese abanto. Y la Leandra, que les diga a Petrarca, a Garcilaso, a don Damone, a Salicio y a los comunistas, que sí, que ahora casi seguro que está preñada.
- Muy bien, muy bien Rodrigo, dígale a mi señora esposa que no, que me quedaré a comer con Tomás el Bibliotecario en casa de doña Virtudes. Y... uy, Rodrigo, me parece...
- ¡Qué! ¡Qué le parece!
Pero ni le dio tiempo a girarse, por la calle había bajado como una flecha otro joven casi idéntico, Ricardo el Hartista, que luego se lo explicó don Criterio, el otro cartero, y ni se detuvo, con la mano abierta pasó y le sacudió un collejazo al pobre Rodrigo que casi lo estampa contra Tomás:
- ¡Tú la llevas! -le gritó alegre- ¡Ah, y buenos días, don Criterio! ¡Y compañía!
- ¡Mecagontó! ¡Ya sabía yo que hoy me iba a tocar! ¡No corras no! -Pero él sí que arrancó calle abajo a perseguirlo, justo en el momento, con tan mala suerte, en que por la calle que cruzaba apareció un gato negro al que Bartolín perseguía, el pobre hombre, por esquivar al gato, tropezó y cayó al suelo, con tan mala suerte, que el cigarro sin acabar que el retoño había vuelto a tirar unos pasos más adelante sin que sus padres lo vieran, justo debajo la camisa se le quedó al darse de bruces contra los adoquines y acabar, levantándose, la camisa echándole humo, él gritando con los dientes llenos de sangre porque se quemaba y espolsaba la camisa para sacarse la colilla corriendo para llegar a la fuente antes de...
- Pero, don Criterio, pobre hombre, ¿no le vamos a ayudar?
- Quite, quite Tomás, no sea bromista, y que nos lo pegue a nosotros.
- ¿Pegarnos? ¿El qué?
- Pues el cenizo, hombre; ¿no lo ha visto?, ellos se persiguen, Rodrigo a Ricardo, Ricardo a Rodrigo y se van pasando el cenizo, y el que no lleva el cenizo hace de cartero y el que lleva el cenizo... pues eso, que lo lleva y a ver quién lo toca... y que te lo pegue.
- ¿Está usted hablando en serio?
- Yo nunca bromeo Tomás, nunca en mi vida he bromeado, ni cuando me casé.
- Nuestro invitado será el bibliotecario de San Pérdido, Virtudes. Ya está todo apalabrado.- Le anunciaba el alcalde a la espalda de la anfitriona, mientras escarbaba en sus dientes con un palillo los restos del potaje, pues ella se encontraba de cabeza a un pozo esquinero, por el que hacía descender a la desafortunada gata, cogida de una lienza, lanzando arañazos, con una fiambrera atada al rabo. Para cuando doña Virtudes se levantaba y cortaba la lienza con unas tijeras de coser, ya el trastabilleo metálico del negro animal se perdía por el fondo del pozo esquinero, Bartolín encendía su cigarro y el pobre extranjero interrogaba al alcalde con cara de extrañeza.
- Pero si yo le he dicho que no recuerdo mi oficio, que no recuerdo ni siquiera mi nombre, que no recuerdo nada de lo que me sucedió para llegar a encontrarme aquí.
- Eso no importa. Nada de eso importa aquí en San Pérdido-. Sentenció el alcalde.
I
Hubo una vez un hombre al que le piaba una golondrina en la cabeza, abrió los ojos y se encontró tendido dentro de una cama, de su frente brotó una golondrina hacia la techumbre de madera, yeso y cañas, donde se tejían cuerdas infinitas pobladas de golondrinas piando sobre su cabeza. Y es que, surcando el aire de aquel altillo, volaban golondrinas en zigzags, en círculos, suspendidas, mirándole, piando como si todas ellas comentaran en algarabía su presencia.
El hombre levantó su cabeza de la almohada y, siguió teniendo una golondrina enfrente y, sin embargo, ni ropa... a los pies de aquel camastro... era alguien, un cuerpo desnudo que se alzara, como una niña alta y delgada, con el pelo de tinta china y los ojos tan negros que daba vértigo asomarse a ellos, contra toda su piel, como hecha sin venas, de leche en octubre, albinísima.
Cuando la niña se dio cuenta de que había despertado, se le acercó a la cabecera, con sus pezones en carne viva y su pubis de violetas duras. Tenía su expresión un aire de inocencia tan extremo, que, al abrir la boca, no parecía sino que fuera a emitir idéntico chillido de las excéntricas golondrinas. Sin motivo, no lo hizo, no emitió sonido alguno, tan sólo se apoyó torpemente en la bragueta del hombre para darle un beso en la frente. Tan sólo eso hizo, darle un beso en la frente.
¡Una puerta se sintió abrir con voces subiendo por la escalera! ¡Todas las golondrinas en aleteo reaccionaron alteradas!, y la niña, junto a ellas, ¡se arrojó por la única ventanuca! que había, revoloteando, desaparecieron... y luego, el hombre, como un grillo sordo, comprendió lo que era el silencio.
Cuando entró doña Virtudes en el pajar de arriba de su casa y le vio el culo así al enfermo: asomado en la ventanuca, con cara de que un ángel le hubiera abierto la puerta del retrete, se convenció de que realmente había sido buena idea acogerlo aquella noche. Como torpe respuesta al asentir de la dueña, el convaleciente alcanzó a taparse con la sábana, pues, desde aquella precisa mañana hasta mucho tiempo después, no conseguiría deshacerse del extraño vigor sexual que le acometió, cuando ya nadie en San Pérdido se acordaría de llamarle extranjero, tan sólo, para todos, Tomás el Bibliotecario.
Doña Virtudes, viuda desde antes de que su primer hijo tomara la primera comunión y madre de otros seis más, le explicó al extranjero todo lo que consideró necesario: que era domingo y que había vuelto de misa, y que don José cada día estaba más zorritonto, pues había consentido que los niños, figúrese usted, en lugar de rezar el padre nuestro, lo silbaran.
Al llamar la mujer a uno de sus supuestos hijos cuando él le pidió por favor dónde habían sido tan amables de dejar sus ropas, el hombre pensó que el niño iría a buscarlas; pero el niño entró y doña Virtudes le ordenó:
- Anda, Bartolín, devuélvele su traje a nuestro invitado que parece que ya le va a hacer falta.
Incómodo a pesar de estar ya dentro de sus desarremangados pantalones, el extranjero se hacía cruces a que doña Virtudes le obsequiara con un plato que ella misma le aseguró ser su especialidad. Incómodo y haciéndose cruces porque había visto salir al obediente Bartolín tras la orden de su madre:
- Anda, Bartolín, vete a buscar a la gata, que hoy mamá hará potaje.
Por suerte, saliendo el vivaracho Bartolín, entró a la cocina un hombre de bien, corpulento e impecablemente vestido de paño, que le saludó con campechanía, ofreciéndole al mismo tiempo un churro, de los que en una bolsa de papel grasiento llevaba. O por desgracia, pues en cuanto Tomás aceptó agradecido la invitación, obtuvo por respuesta:
- Pero hombre, ¡ya ha cogido el más gordo...!
Pero bueno, don Criterio, el alcalde de San Pérdido, luego accedió a olvidarse de ese pequeño detalle y ofreció al invitado salirse un ratito al sol para que le describiese con pocas palabras, así en sui generis, qué era lo que hacía allí en San Pérdido.
De acuerdo, si la casa en la que hasta esos momentos había permanecido, le había conmovido al extranjero de muy noble construcción aunque un tanto estrecha, la salida a la calle le confirmó las mismas impresiones de pueblo de juguete; también la de incómoda extrañeza, al ver a un padre vestido de domingo, de la mano de su esposa, dar un cachete en la boca a su retoño de apenas siete años si llegaba, vestido de marinerito el niño, al que ordenaban recogiera un enorme cigarro del empedrado suelo.
- Pues si no te lo fumas ahora... pues hala, guárdaselo que se lo fumará para cenar.
Momentos después, padre, madre y retoño, saludaban muy afablemente a don Criterio y compañía, se interesaban por la salud del acogido y aceptaban, para después de la comida, los tres churros más escuálidos de entre los que la bolsa en la mano del alcalde les ofrecía.
- ¿Usted cree en Dios, Tomás?
- Pues sí, supongo que sí, aunque no lo recuerdo.
- Ah, pero ¿usted lo conoce?
- No, quiero decir, que no recuerdo si creo en Dios o no.
- Vaya, por un momento me ha puesto usted el corazón en la boca.
- ¿Por qué?
- Hombre, entiéndalo, yo soy ateo-republicano, digámoslo así, en sui generis, que si usted resulta que ha conocido a Dios... pues hombre. Usted ya me entiende: Dios o República. Y tener que claudicar a estas alturas ante la democracia, pues hombre, que prefiero morir engañado a vivir con miedo de ése, ya pasé bastante durante la guerra.
- Ah, ¿pero usted fue a la Guerra?
- ¿Yo? ¿A qué Guerra?
- Pues, no sé, a la Guerra, no sé yo, usted lo ha dicho: a la guerra.
- Ah, pero usted se refiere a la Guerra pero así, en sui generis. No, ir no fui, lo que hizo fue venir ella, aunque yo era muy crío entonces, sólo le digo que cuando acabó, planté un alcornoque sobre la tumba de mi padre, con el tengo ordenado que me hagan a mí el ataúd.
- Ah, pero su padre murió.
- Hombre, Tomás, pues como todos los padres, y el que no se muera, malo.
- Ya, ya.
- No, pero al mío lo mataron los Guardias por Republicano, como decía mi madre, lo mandaron al cielo por no creer en él. Pregunte, pregunte ahora luego a la Virtudes que le explique cómo murió mi padre.
- ¿Cómo murió?
- Hombre, pues ya que insiste, se lo contaré. Pues... esto… sí, que cuando empezó la Guerra, pues hubo alguno que se echó al monte, que huyó, vamos, los montaraces que se les dijo. Pero mi padre no, mi padre se quedó en el pueblo, por eso, porque sabía que alguien lo tenía que hacer, que alguien se tenía que quedar, como también sabía que a él sería al primero que irían a buscar. Y así fue, que aún me acuerdo, el día que los Guardias se llevaron a mi padre de mi casa, yo todavía llevaba los pantalones cortos y aún no era ni novio de la Garoza, mi esposa, le quiero decir. Pues eso, que mi madre, nada más que cerró la puerta, me hizo un atillo y me mandó al molino de la Noria, donde, no por curiosidad, todas las madres habían mandado a sus hijos. ¿No ha visto usted el molino? Ah, pues ya se lo enseñaré. Pues eso, que en el molino acabamos todos los niños conforme nos fueron mandando nuestras madres, pero durante muchos días. Claro, fíjese usted los días que pasarían y que allí no asomaba ningún mayor, que al final, pues eso, poco a poco nos fuimos organizando: yo me hice alcalde, al Braulio lo hice médico, a Paquito el de la Paca lo hice Guardia Civil, a Pepín lo hice cura, a la Garoza la hice mujer... Claro, usted entiéndame, pues si éramos ciento y pocos críos allí encerrados en el molino, que ni podíamos salir, ni venía nadie y los días pasaban y pasaban, pues el que se puso malo por el que tuvo hambre, o allí nos organizábamos o... Pues eso, que a la que salimos, ya... puede que años después, cuando ya no se oían tiros y nadie venía y ya estábamos hartos de estar allí encerrados, pues salimos y resultó que en el pueblo no había quedado prácticamente nadie, ni Guardias ni padres... como un pueblo fantasma de esos así en sui generis, usted me entiende, que luego, después de que registráramos todas las casas, las despensas, el Hospital, la Iglesia... al único que encontramos de los mayores fue a don Severo, que ni nos ayudó ni nos explicó... como si no lo hubiéramos encontrado, que claro, que puestos así, fue la cosa más natural del mundo... Pepín se fue a la Iglesia, Braulio se fue al Hospital, Paquito al Cuartel de la Guardia Civil, yo al Ayuntamiento... y más o menos todos a casa de sus padres, ¿qué íbamos a hacer? Pues eso, cuando ya cada uno más o menos aprendió su oficio, pues Pepín, bueno, don José, nos casó a la Garoza y a mí, y así, pues, ya se lo puede imaginar, hasta ahora.
En ese momento bajaba la calle corriendo un hombre vestido de cartero, por la gorra oficial y el zurrón, nada más lo delataba, todo al contrario, su aspecto de fugitivo, sus albarcas desgastadas, el sudor de su camisa arremangada con los faldones azules por fuera, más lo acercaban a ser un emisario de guerra fugitivo, que el cartero de un pueblo abandonado, que intentaba frenar ante ellos:
- Don Criterio, buenos días, y compañía -queriendo recuperar el resuello- que le estaba buscando, que dice su señora, que si va a comer en casa. Que dice don José que le diga a Beatriz que le toca confesarse. Que dice la señorita Lourdes, que le diga a don Braulio, que si se puede pasar por la casa amarilla a ver si la Leandra está preñada o no. Que dice la madre del rey al mendigo, que no, redaños, que ni quiere ser su esposa ni remendarle los pantalones a ese abanto. Y la Leandra, que les diga a Petrarca, a Garcilaso, a don Damone, a Salicio y a los comunistas, que sí, que ahora casi seguro que está preñada.
- Muy bien, muy bien Rodrigo, dígale a mi señora esposa que no, que me quedaré a comer con Tomás el Bibliotecario en casa de doña Virtudes. Y... uy, Rodrigo, me parece...
- ¡Qué! ¡Qué le parece!
Pero ni le dio tiempo a girarse, por la calle había bajado como una flecha otro joven casi idéntico, Ricardo el Hartista, que luego se lo explicó don Criterio, el otro cartero, y ni se detuvo, con la mano abierta pasó y le sacudió un collejazo al pobre Rodrigo que casi lo estampa contra Tomás:
- ¡Tú la llevas! -le gritó alegre- ¡Ah, y buenos días, don Criterio! ¡Y compañía!
- ¡Mecagontó! ¡Ya sabía yo que hoy me iba a tocar! ¡No corras no! -Pero él sí que arrancó calle abajo a perseguirlo, justo en el momento, con tan mala suerte, en que por la calle que cruzaba apareció un gato negro al que Bartolín perseguía, el pobre hombre, por esquivar al gato, tropezó y cayó al suelo, con tan mala suerte, que el cigarro sin acabar que el retoño había vuelto a tirar unos pasos más adelante sin que sus padres lo vieran, justo debajo la camisa se le quedó al darse de bruces contra los adoquines y acabar, levantándose, la camisa echándole humo, él gritando con los dientes llenos de sangre porque se quemaba y espolsaba la camisa para sacarse la colilla corriendo para llegar a la fuente antes de...
- Pero, don Criterio, pobre hombre, ¿no le vamos a ayudar?
- Quite, quite Tomás, no sea bromista, y que nos lo pegue a nosotros.
- ¿Pegarnos? ¿El qué?
- Pues el cenizo, hombre; ¿no lo ha visto?, ellos se persiguen, Rodrigo a Ricardo, Ricardo a Rodrigo y se van pasando el cenizo, y el que no lleva el cenizo hace de cartero y el que lleva el cenizo... pues eso, que lo lleva y a ver quién lo toca... y que te lo pegue.
- ¿Está usted hablando en serio?
- Yo nunca bromeo Tomás, nunca en mi vida he bromeado, ni cuando me casé.
- Nuestro invitado será el bibliotecario de San Pérdido, Virtudes. Ya está todo apalabrado.- Le anunciaba el alcalde a la espalda de la anfitriona, mientras escarbaba en sus dientes con un palillo los restos del potaje, pues ella se encontraba de cabeza a un pozo esquinero, por el que hacía descender a la desafortunada gata, cogida de una lienza, lanzando arañazos, con una fiambrera atada al rabo. Para cuando doña Virtudes se levantaba y cortaba la lienza con unas tijeras de coser, ya el trastabilleo metálico del negro animal se perdía por el fondo del pozo esquinero, Bartolín encendía su cigarro y el pobre extranjero interrogaba al alcalde con cara de extrañeza.
- Pero si yo le he dicho que no recuerdo mi oficio, que no recuerdo ni siquiera mi nombre, que no recuerdo nada de lo que me sucedió para llegar a encontrarme aquí.
- Eso no importa. Nada de eso importa aquí en San Pérdido-. Sentenció el alcalde.
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