
La primera moto que tuve, le tocó a mi madre en un sorteo, en la Feria de Valencia; a la que fuimos mientras mi hermano mayor estaba ingresado por estamparse con una Rieju 49 cc contra una pared. No era una gran moto, más bien me avergonzaba que me vieran con ella, pero eso sí, gracias a ella, yo dejé de darle a los pedales a los doce años.
El primer día que probé mi moto, la Macal, salí corriendo todavía más del colegio, llegué al taller, dejé la mochila, no hice caso a mi padre, no hice caso a nadie, me subí a la moto, la arranqué, crucé la Nacional III, busqué la cuesta abajo más empinada que hubiera en mi pueblo, aceleré a tope durante unos metros y luego derrapé.
Volví a casa con la moto rota, la camiseta llena de polvo, el pantalón desgarrado y el codo y la rodilla del lado derecho repelados echando sangre. Mi padre me prohibió coger la Macal.
Un mes después, mi padre se había ablandado, yo me había pasado los días pegando los plásticos rotos de mi moto nueva con cinta aislante y anunciando a mis amigos que pronto cogería la Macal de nuevo. Efectivamente, ese día llegó (es lo bueno y lo malo que tienen los días, que llegan siempre) ese día volvía a entrar al taller, volví a arrancar la Macal, volví a no hacer caso a nadie, volví a cruzar la Nacional III, volví a la cuesta más empinada de mi pueblo donde me esperaban mis amigos de la escuela, volví a acelarar a tope durante un buen rato y luego volví a derrapar.
Esta vez el faro ya no lo pude pegar con cinta aislante y volví al taller con él en la mano, con la camiseta llena de polvo, con un agujero en el pantalón y con las zapatillas nuevas raspadas que me lo notaron por mucho que les di con el dedo mojado. Mi padre me volvió a prohibir coger la Macal.
Un mes después, y ya nos acercábamos al verano, mi padre, que siempre ha sido un buenazo, me había comprado un faro nuevo para la moto y se ve que se había aburrido de escucharme arrancarla y acelerar en el taller con el caballete puesto, cosa que era lo único que me permitían hacer; pues eso, que se aburrió y me volvió a dar permiso para cogerla, pero esta vez, cuando ya estaba yo saliendo por las puertas del taller dispuesto a dirigirme a la dichosa cuesta más empinada de mi pueblo para derrapar delante de mis amigos de la escuela (sí, algo cabezón sí que soy), mi padre me paró de un grito y me explicó algo que nunca jamás he vuelto a olvidar: -Álvaro, ¿tú sabes que los frenos de las motos van al reves que los de la bici? ¿No estarás frenando con el de delante y por eso te caes?
¡Buahh! A partir de entones, mi vida cambió por completo, pues no derrapé yo ni nada y me aplaudieron mis amigos en la cuesta. Un mundo nuevo se abrió ante mí ese verano de mi primera moto. Chicas turnándose a montar, olor a gasolina, el sonido del caballete, el cigarrillo en la boca, veinte duros en el bolsillo... Yo era el rey del mundo.
Por desgracia, al verano siguiente se produjo mi regicidio, pues todos cumplimos catorce, acabamos la escuela y, plam, de repente, las motos salían como setas por mi pueblo, que si Vespinos, que si Derbi Variant, que si Rieju Drac, que si Suzuki Dr Big... y yo con mi motillo que sólo sabía derrapar y no cogía más de cincuenta y cinco... Me vi humillado, ya no molaba, las chicas preferían subir con otros, y yo, por mucho que le quitara partes del tubo de escape a mi querida Macal para que corriera más, lo único que conseguía hacer era más ruido. Y lo peor de todo es que tenía que aguantar ese cacharro hasta los dieciséis. Hasta 1992, ese era el año de mi ilusión.
Recordándolo ahora, aquellos tres años con la Macal tienen más momentos vergonzosos que otra cosa, pero también le debo reconocer que me dio una libertad y unas posibilidades de hacer el idiota tales, que estoy convencido de que sin ella, yo no sería como soy ahora, seguro, aunque sea por las cicatrices que aún tengo: una vez me caí por conducir con los pies, una vez me adelantó un ciclista en una cuesta arriba, una vez me la robaron mis amigos y se paró y la tuvieron que devolver pedaleando y cuando me la dejaron arrancó, otra vez me paró la policía por conducirla con las manos en los bolsillos porque hacía frío, otra vez me caí y me abuelo me curó escupiéndome, la partí por la mitad saltando ribazos, me caí contra una cabina de teléfonos, contra siete esquinas, en más de veinte curvas, en dos rectas, en una fuente, contra un perro y contra la escalera de unos pintores. Qué bien me lo pasé, leches. Y qué larga se me hizo la espera.
¿Por qué soñaba 1992?
Porque a mi hermano, tras estamparse con la Rieju 49 cc, mi abuelo le compró una más grande, una Rieju Marathon 74 cc que él se encargó de trucar hasta que parecía que iba a reventar. Esa moto, la Rieju, era la más molona de mi pueblo, corría tanto y hacía tanto ruido que nadie podía evitar levantar la cabeza cuando mi hermano pasaba por una calle. Y yo quería eso. Evidentemente, conociendo mi historial y las veces en que había vuelto a mi casa con el faro de mi motillo en la mano, mi hermano pensaba todo lo contrario y se compró el candado más gordo que había en la ferretería para evitarme tentaciones. Pero... pasó lo que al pastel en la guardería.
Fue un domingo, yo estaba solo en casa, como siempre, acabé de comer y bajé al taller a intentar arrancar la Rieju. Como siempre. ¡¡¡ Pero!!! Mi primera sorpresa: ¡no tenía el candado! Mi segunda sorpresa: ¡arrancó! Lo juro, no recuerdo apenas el resto de primeras veces de mi vida, pero esa no la olvidaré nunca: la primera vez que probé una moto que asustaba. Fue increíble, alucinante, emocionante, flipante y además derrapé y no me caí. Ahora sí iba a ser el rey del mundo, ahora sí que se girarían al verme pasar, ahora sí que querrían subir las chicas conmigo, ¡ahora sí que iba a ser el puto amo del mundo!
La rompí al domingo siguiente. Me equivoqué en la gasolina y me la cargué. Me dolió tanto que lloré, más que más porque me había cargado mi sueño y porque me iba a tocar otra vez ir con la Macal. Pero no fue así, gracias a Dios, mi padre aún era un buenazo y me iba conociendo, pues tenía un motor nuevo preparado para cuando mi hermano me cediera su moto y yo, previsiblemente, la rompiera. Como así hice.
Por eso, a la semana siguiente, yo de nuevo tuve mi ansiada Rieju y a partir de entonces pasé los dos mejores años de mi vida encima de una moto: me caí en una acequia y me estampé la cabeza contra una tapia, un coche me persiguió por ir adelantando por la Nacional III sin luces (el coche era mi padre probando el de un cliente que le dijo mira el imbécil ese sin luces), la gripé otras dos veces en las cuestas más largas de la comarca, me caí dando vueltas porque una alcantarilla estaba helada, salté, derrapé, tomé curvas imposibles, casi chafo a una pareja que fornicaban en medio el monte sobre una manta, hice ruido, vacilé en la puerta del instituto, asusté a todas las chicas, gané todas las carreras, fui el puto amo del mundo hasta que un día me saqué el carné del coche y la Rieju se murió.
Desde entonces no he vuelto a llevar moto, a veces he cogido la XR 600 de mi hermano o la de algún amigo para dar una vuelta pero... ya no es lo mismo.
Hasta hoy, pues hoy me he comprado mi nueva moto. Y lo cierto es que me he dado cuenta de que la vida se repite en círculos, pues después de darle muchas vueltas y estar a punto de comprarme ya una Yamaha MT03 nuevecita, me he parado, he pensado que poco a poco, que primero debo probar si tengo el conocimento suficiente para llevar moto por aquí por Valencia, que mejor comprarme una de segunda mano pequeña para probar... Hoy la he visto, sé que la voy a llamar la motillo, sé que se me van a reír los alumnos del instituto cuando me vean llegar, sé que era de una señora mayor que nunca la trucó ni ganó carreras, sé que les diré que es porque ahora ya tengo una edad de tener conocimiento, pero en realidad sé que mi vida se repite en círculos extraños y que lo que he hecho es volver a tener una moto ridícula y a soñar con comprarme la de mi vida al año que viene, es decir, volver a vivir la que fue mi edad del conocimiento.
La vida es una eterna adolescencia de infelices disimulos, queda demostrado. Yo seguiré riéndome de los que quieren ser adultos.
PD: Pronto subiré fotos de la motillo, jeje.




