RELATO: COMO UN NIÑO RECIÉN VENIDO DE LAS PUTAS
La primera vez que fui a las putas de mi pueblo fue el día en que cumplí once años. Porque mi abuela me regaló un set de jardinería, lo cual fue una soberana estupidez porque estábamos todos en el apartamento de la playa. Y cuando digo todos me refiero a mi familia con abuela estúpida incluída. A la familia del Esteban que veraneaban en el apartamento de al lado que era de una hermana de la madre del Esteban que era soltera. Y la familia del Crespo incluída su hermana pero no su padre, que se pasaba los días subiendo y bajando del pueblo porque era fontanero y no se podía coger vacaciones. Como decía, la culpa de que yo me fuera de putas con once años la tuvo mi abuela por regalarme un kit de jardinería con el que por la mañana sólo pude desenterrar los cuatro cactus del balcón hasta que se me ocurrió bajarme a la playa desierta a las ocho y media de la mañana a excavar con mis miniherramientas verdes. No hacen falta más explicaciones, a los diez minutos mi madre me observó desde el balcón llorando en medio de la arena con la minipala clavada en un pie. Lo de siempre, lloré, me dieron un guantazo, me lavaron la herida con agua oxigenada mientras yo decía que escocía y luego decidieron que había que llevarme a don Alejandro, al médico, a que me volviera a poner la antitetánica por si acaso (es cierto, mi madre no entendía que yo ya estaba inmunizado), pero claro, ¿subir adrede por el imbécil del crío? En ese momento, tocó a la puerta el padre del Crespo que se subía al pueblo porque en la piscina del pueblo se había roto el filtro del cloro y estaba todo el mundo con los ojos rojos.
Interrumpir las vacaciones en la playa para volver de improviso al pueblo tenía algo de especial en mi imaginación que se deshizo enseguida por la falta de conversación. El padre de Crespo tenía una furgoneta C15 blanca con las letras de Fontenería y Calefacción pintadas en las puertas, no era un hombre muy hablador, más bien era un hombre callado. Y eso que yo lo invité a hablar levantándome las gasas de la herida, bajando la ventanilla y sacando la cabeza, cambiando la radio sin escucharla, girándome para ver lo que llevábamos atrás, encendiendo cerillas y tirándolas a la cuneta...
- Ahora yo me voy a la piscina a mirar lo del filtro. Tú te quedas aquí en el médico. Cuando acabe, vendré a por ti. No te muevas.-Ciertamente, el padre de Crespo nunca fue muy hablador.
Don Alejandro, el médico, me vio la herida del pie, me preguntó cómo me la había hecho, se rió un poco, me dijo si aún me dolía el brazo, si se me había curado bien el chichón de la cabeza, si me había dolido cuando me quitaron los puntos de la mano, me revolvió el pelo y me dijo que me esperara fuera a que viniera el padre del Crespo.
Lo realmente interesante comenzó cuando vi aparecer la furgoneta del padre del Crespo y me dijo que subiera, que le habían llamado que teníamos que ir a un sitio a arreglar una urgencia... A las putas se les habían atascado los retretes.
Cuando el padre del Crespo me pilló que se me escapaba una sonriseta con mi bañador de flores y mi camiseta de Comando G, me dio un pescozón y me advirtió que me portara bien... jeje.
Lo cierto es que el local de las putas de mi pueblo me pareció el bar más triste del mundo, eran las doce de la mañana, estaba cerrado y olía un montón a tabaco rancio. Había un hombre reponiendo las neveras detrás de la barra y otro trayendo cajas de un almacén afuera. Primera decepción: no había putas. Pero me dieron un batido de vainilla y me dejaron que me sentara en la barra mientras el padre del Crespo subía unas escaleras con su caja de herramientas.
Cuando más aburrido bajó la primera puta: era una chica joven con el pelo tintado y recogido, llevaba unos pantalones vaqueros cortos y una camiseta muy ancha.
- Uy, ¿y este jovencito quién es?
- Soy Álvaro, vengo con el fontanero, pero me ha dicho que me quede aquí.
- Uy, qué bonico. Nazario, ponme un café con leche. ¿Que tú dónde querías ir?
- Pues adonde están las putas.
- Jaja. Pero bueno, ¿y qué te crees que te vas a encontrar ahí?
- Pues... no sé, pero si les digo a estos que me han traído a las putas y que no he visto a ninguna...
Creo que esa fue la primera vez que descubrí cómo afectan las palabras a las mujeres, aunque sean palabras equivocadas, como han sido la mayoría de las de mi vida. Yo no pensé que esa chica tan joven lo fuera no por otra cosa sino porque me imaginaba a las putas como señoras mayores muy gordas que enseñaban las tetas y cantaban ópera riéndose. Lo juro. Pero no pensé que esa muchacha lo fuera.
- Uy, qué bonico. ¿Tú quieres que te enseñe dónde están las putas?
Me acabé el batido de vainilla de un trago mientras el dueño de la barra le dejaba a la muchacha del pelo mal tintado su café con leche hirviendo y ella se lo tomaba de un trago que le debió abrasar la garganta.
Me cogió de la mano, me abrió una cortina de canutillos y me subió por unas escaleras, yo esperaba ver un salón rojo con sofás y cojines y un montón de señoras gordas y, lo que vi fueron un montón de habitaciones con rejas en las ventanas abiertas y mujeres haciéndo las camas, fregando, barriendo con las escobas o bajando de la terraza con ropa tendida. Eso no era muy divertido. Y yo, no sé por qué, me estaba encabezonando en verle a una de ellas las tetas.
Y se las vi. De una apareció una señora de la edad de mi madre en bragas por el pasillo y con unas tetas enormes al aire y a mí, que me habían sentado en una cama mientras todas me decían lo bonico y lo gracioso que era, se me salieron los ojos de las órbitas y todas se escandalizaron y ella les regañó y se metió a otra habitación.
Y entonces yo, comprendiendo con mi agilidad de pensamiento infantil que los hombres iban a las putas porque allí todo lo que deseabas se cumplía, empecé a desear volver a ver al Sandokan, mi gato atigrado que se había fugado de casa el invierno anterior y ya no había vuelto.
¡¡¡Y apareció!!! Lo juro, apareció mi gato atigrado por el pasillo. ¡¡¡Y era el mío!!! (Luego, mi padre me tuvo que explicar que se lo habían llevado allí porque se estiraba las uñas en las cortinas y mi madre le dijo que se deshiciera de él y mi padre se lo dio al padre del Crespo) ¡¡¡Mi gato!!! ¡¡¡Mi Sandokán!!! Enseguida yo era el centro de atención de todas las putas recién levantadas, sentado en esa cama chirriante con mi gato en brazos y tan emocionado que no sabía lo que desear... Bueno... sí... ahora que ya había recuperado al Sandokán, lo que más quería era ver... ¡a la hermana del Crespo desnuda! Ya lo he dicho.
¡¡¡Y...!!!
¡¡¡Apareció!!!
Bueno, en realidad no era la hermana del Crespo, pero era igual. Era igual que la hermana del Crespo que nos llevaba a todos locos ese verano (menos al Crespo, que la odiaba) con un bikini blanco que se había comprado y que se lo desabrochaba cuando se tumbaba en la piscina y... Aunque no era ella, mi imaginación la vio igual y no tendría muchos más años que ella y cuando pasó por el pasillo y se detuvo y me descubrió en medio de las otras putas con mi gato y mi bañador y mi camiseta de Comando G, se tapó así con las manos, se enfadó y se fue corriendo.
Pero yo la vi.
Para mi desgracia, inmediatamente apareció el padre del Crespo metiéndose la camisa por fuera, se paró, volvió a desaparecer y volvió con su caja de herramientas. Le dijo a todo el mundo que ya estaban arreglados los retretes y me montó en la C15 con mi gato en brazos y esta vez sí que habló a pesar de que yo tenía hambre. Me explicó cómo le habían llamado a la piscina, qué hombres había en la piscina cuando lo llamaron, cómo se lo dijo a todo el mundo, cómo no pasaba nada por ir allí a trabajar, que eran personas muy decentes, que pagaban bien, que todo el mundo tenía derecho a vivir, que él no había ido nunca antes, que lo habían llamado porque todos los demás estaban de vacaciones, que... no fuera a pensar... Pero yo en lo único que pensaba era en la chica desnuda y en si volveríamos alguna vez allí.
Pero no volvimos. Ni volví. Ni he vuelto nunca.
Sin embargo, cuando llegué a los apartamentos con mi Sandokán en brazos fui el centro de atención y de regañinas de mi madre a mi padre y de preguntas de todo el mundo, tanto, que hasta la hermana del Crespo se levantó de la silla blanca en el balcón con su bikini blanco y me pidió que le dejara al gato. Y yo, se lo dejé, le di a mi Sandokán de mis brazos a sus brazos y...
- ¿Qué miras, criajo, por qué me miras así con esa cara de tonto?
Pero yo no decía nada, yo pensaba en que había sido el mejor cumpleaños de mi corta vida, que me habían llevado a un sitio, que había recuperado a mi gato, y que... y que había visto... y...y yo miraba a la hermana del Crespo y... sonreía como un niño recién venido de las putas. Mi mejor regalo.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

1 comentarios:
Álvaro, que historia más bonita, la he leído un par de veces, y creo que aún me quedan otras tantas. Me encanta como escribes, cada vez más.
Un besazo.
Tu Magdalena.
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