martes 16 de septiembre de 2008

RELATO: EL AMANTE DE LOS PIES DESCALZOS

Tengo pesadillas. Desde que era muy pequeño. Horribles. De hecho, gran parte de mi insomnio deviene provocado por el temor a quedarme dormido. Aunque eso no importa. Mi miedo sólo es un preámbulo a la carta que hoy he recibido. Quizás para intentar explicar el valor ajeno que incluso más, después de ahora, de acabar de hablar por teléfono con Demetrio, siento.
Hace años, Demetrio dejó dejó de ser abogado de éxito en una ciudad todavía más llena de taxis que ésta y se compró una casa en ruinas en medio de unos campos de naranjos. Lo cierto es que por aquel entonces se pudo permitir la inversión de gastar sus ahorros en reconstruirla con la bucólica perspectiva de trasnformarla en una casa rural escondida en un entorno de naranjos y una pequeña acequia que cruzaba el terreno con un canto de agua clara. Para su felicidad, Marta dejó su trabajo en una tienda de moda y lo acompañó en esa huída al campo. Pasó el tiempo.
Con la llegada del primer verano, Demetrio nos escribió cartas a todos para que fuéramos a visitarlos y no sólo comer juntos y contarnos cómo había ido el año, sino también poder enseñarnos con orgullo de romano lo que había conseguido reconstruir de aquella casa en ruinas. Lo cierto es que la casa era una especie de paraíso en guerra, pues entre sombrillas clavadas en montones de arena y jarras de cerveza fría, pululaban gallinas, varios perros y una especie de estanque que Demetrio mostraba como con disimulo, pues todo se encontraba oculto a través de un camino cerrado entre naranjos al que nos permitió acceder pintando piedras de blanco en cada cruce desde que había escrito dónde debíamos abandonar la carretera comarcal. Al atardecer, cuando el cielo se convirtió en una noche sin luna cuajada de estrellas, cuando los grillos comenzaron a cantar y el silencio de nuestras voces permitió escuchar el roce del agua corriendo por la acequia e inundando el estanque donde todavía cantaba alguna rana, todos sentimos envidia por Demetrio y ese mundo escondido que se estaba construyendo con sus propias manos manchadas de yeso y pintura.
Había un problema, nos confesó, todos bebíamos vino en ese momento. Preguntamos cual como quien preguntaba el color de un vestido de novia. Que había un fantasma en la casa. Marta entonces se puso muy incómoda. De hecho, cogió algunos platos de la cena y se metió hacia dentro subiendo un tablón de madera sobre los escalones rotos.
Supongo que porque lo conocíamos lo tomamos en serio desde el primer momento, Demetrio había sido uno de los mejores abogados y de entonces le venía el mérito de no mentir más que cuando eso le iba a reportar dinero.

- Hay alguien que quiere matarnos. De hecho, -Demetrio miró hacia dentro de la casa-, de hecho, Marta se irá con vosotros mañana. Ella no lo soporta más, cuando yo resuelva esto, -volvió a mirar hacia la casa- volverá.
Todos nos quedamos callados girnado las copas de vino sobre la tabla de la mesa o clavando la mirada en Demetrio.
- Antes de que alguno me pregunte ¿en serio? para que os lo explique con más detalle, lo haré yo. Empezamos a notar cosas extrañas ya las primeras noches, conforme se fueron haciendo más evidentes nos fuimos preocupando hasta que yo decidí, por Marta sobre todo, acercarme al pueblo y preguntar en el ayuntamiento si sabían algo de esta casa. Y sabían, claro que sabían. En esta casa murió una persona, la hija del dueño, del hombre que la construyó, se murió de pena. Su padre era el rico del pueblo y le construyó la casa para cuando se casara con su novio de toda la vida, pero parece que el novio murió en la guerra de Cuba a finales de siglo y que ella se volvió loca sin llegar a casarse.
- Espera, Demetrio, ¿qué cosas son las que empezaste a notar extrañas?
- Pues, al principio, aparte de los ruidos en la casa por la noche, cuando yo me levantaba por las mañanas, veía en el suelo sucio de yeso pisadas muy claras de pies descalzos, armarios abiertos, ventanas abiertas, las cosas que yo había dejado en un sitio aparecían en otro.
- Pero, ¿sabes cómo murió ella?
- No, eso nadie lo sabe. Saben que el padre de la muchacha se marchó a Cuba a buscar al novio desesperado por ver que su hija sólo hacía que decir que soñaba que lo habían matado y que tampoco el padre volvió y que nadie apareció por esta casa, que la muchacha se encerró, que pasaron años y que nadie se acercó por aquí, que se olvidaron de ella.
- Entonces, ¿no sabes si ella éstá muerta? Bueno, sí porque fue a principios de siglo, pero que te quiero decir que no sabes que ella murió aquí.
- No, sí que lo sé. Me lo ha dicho ella.
-¿Cómo?
- Sí, cuando puse el generador de luz, entonces ella, bueno, su fantasma, empezó a encender luces en la planta de arriba durante toda la noche, claro, yo estaba durmiendo y oía cómo el generador saltaba y nos despertábamos y veíamos luz arriba y yo subía y se veían pisadas desnudas en el suelo sobre el yeso.
- ¿Y qué hiciste? ¿Qué has hecho todos estos meses?
- Verla, principalmente, verla. Ella enciende la luz de su cuarto, arriba y se queda asomada a la ventana. De hecho, un poco me he acostumbrado a ella -Demetrio volvió a girarse hacia la casa-, pero Marta no, Marta no lo soporta más. A ella la odia. De hecho, al primera vez que la sentimos fue una noche de noviembre mientras hacíamos el amor que Marta dio un grito porque sintió que unas manos heladas le estaban tocando. Yo encendí la luz y la puerta de nuestra habitación se cerró de golpe como si alguien se acabara de marchar corriendo. A partir de ese día, Marta sabe que siempre la tiene cerca. De hecho, la ha intentado empujar por las escaleras, ha notado sus manos heladas empujándole la cabeza en la bañera, la nota en todo momento tras ella e incluso viendo cómo va dejando las huellas a su paso de sus pies descalzos mientras friega el suelo.
- ¿Y qué vais a hacer?
- Pues, no lo sé, lo cierto es que a mí no me molesta, a mí a veces me habla, me acaricia el pelo, juega con las herramientas, me las aleja, me salpica el agua, me escribe corazones en el espejo del cuarto de baño, me llama por las noches... No sé, lo único que tenemos claro es que Marta se marcha con vosotros, yo no, yo me quedo, yo voy a acabar esta casa y ya veré cómo lo resuelvo. Sólo os pido eso, que no dejéis de responderme a mis cartas pero sobre todo que cuidéis mucho de Marta, yo encontraré la solución.
Del modo más literal que he podido, recuerdo que esa fue la parte principal de la conversación que tuvimos, de hecho, no nos quedamos a dormir después de todo aquello, de hecho, todos nos sentimos incómodos a partir de ese momento; Demetrio nos había hecho ir porque había vendido el coche y no tenía otro medio para que Marta se marchara durante ese tiempo necesario hasta que él resolviera el problema. Verlos despedirse fue muy cinemetográfico, ella había resistido lo indecible porque amaba a Demetrio hasta dejarlo todo por su sueño, pero se notaba que no podía soportarlo más, de hecho, todos la imaginamos un poco como esa fantasma que esperaba a su novio. Demetrio le prometió entre besos y abrazos que resolvería el problema, y ayer me llegó su carta, dice esto:
"Ya está solucionado, Álvaro, he conseguido terminar la casa, ahora todo está bien, entendí lo que pasaba, me caso con ella. Dadle muchos recuerdos a Marta. Explícaselo tú, Álvaro, intenta que lo entienda.
Siempre vuestro, Demetrio."


Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

3 comentarios:

Marta dijo...

Me ha encantado, como todo lo que escribes. Enhorabuena =) Hacía ya tiempo que no te escribía comentarios, pero ya sabes que siempre me meto aquí y lo leo todo.
¡Un besazo!
Marta Galindo

Anónimo dijo...

Como la moderación está habilitada y podrás borrarlo si no te conviene...

Joder, 'croqueta', ¿qué pasa?

Buscando por una web de libros perdidos me da por escribir un "Tu y Yo somos tres + álvaro" y consigo encontrarte.

Supongo que no tendrás ni zorra de quién soy: un (muy) antiguo alumno tuyo, del IES2 de Cheste. Tercero de ESO y del año del curso ni me acuerdo.

Dejando las tonterías, espero que todo te vaya medianamente bien, que siga así en el futuro y que sobretodo sigas dando las clases como las impartías en mi curso. Veo en tu blog que por lo menos, sigues contando la anécdota del profesor que te hizo cambiar. ¡Si supieses quién soy no pensarías que tengo suficiente memoria com para acordarme de estas cosas! ¡Y sigo sin tenerla!

Me pasaré de vez en cuando por aquí, para darte un saludo, leer tus relatos (que ahora ya me parecen interesantes) y ver como te va.

Un saludo enorme. ¡Me ha encantado volver a encontrarte!

Por cierto, como ya he dicho, no hace falta que este comentario lo dejes como publicado. Me conformo con saber que lo has leído :P.

Álvaro dijo...

Croqueta. Jaja. Es cierto, no sé quién eres aunque puedo imaginar que estés cerca de ser Hugo, lo cual te ofenderá si no lo eres, pero no te preocupes, al último alumno de ese curso que vi fue a Dani en una discoteca, por lo que... De todos modos,me ha emocionado tu comentario, muchas gracias.