viernes 5 de septiembre de 2008

RELATO: MI TESTAMENTO IMAGINADO.

Mi familia, los García, procede del sur de Escocia, de donde tuvo que emigrar mi bisabuelo paterno por culpa de un secreto misterioso que jamás debió revelar. Bueno, en realidad, más bien fue porque se acostó con el rey de Escocia. Según me contaba mi bisabuelo cuando me enseñó a fumar, todo sucedió por culpa del ajedrez, ya que todas las noches el rey de Escocia le dijo a mi abuelo que o le contaba un cuento todas las noches o lo mandaría colgar de la torre más alta de su casa. El problema era que mi abuelo era albañil y para ello tuvo que aceptar el encargo del rey de antes construir él mismo un torre en la casa del rey de Escocia, que era una casa pequeñita con dos habitaciones en una aldea frente al mar. Y, mi abuelo, cuando vio la oportunidad de marcharse en esa barca abandonada que había aparecido, lo que hizo fue desvirgar a la reina, el problema era que como había pasado la noche entera contándole cuentos al rey de Escocia, se quedó dormido en su cama y a quien desvirgó mi abuelo fue al Rey. Que de ahí viene nuestro apellido escocés, García, que significa: aquel a quien no debes dar la espalda cuando duermes.

El caso es que después de aquello, mi abuelo ya dejó de llevarse bien con el rey de Escocia y decidieron entre los dos que o bien se partían su isla o bien uno de los dos se marchaba de allí en la primera barca que apareciera. Y mi abuelo, que no era tonto, me contó que se quedó con la mitad de la isla que quiso, que fueron las piedras, mientras que al rey de Escocia le dejó la otra mitad, la tierra. Con lo cual, ambos se declararon la guerra pero para hacerlo tuvieron que elegir un terreno neutral y sólo pudo ser en el agua, y como cada vez de las cientos que intentaron firmar la paz se tenían que desnudar y meter al agua porque el rey de Escocia sólo tenía un traje, pues acababa descuidándose y dándole la espalda... Tanto es así, que el rey de Escocia decidió rendirse antes de comenzar la guerra y regalar a mi bisabuelo, en perfecto gaélico, toda el agua de Escocia. Por eso mi bisabuelo escocés trajo a España el apellido gaélico García, porque un día se propuso recorrer de principio a fin sus nuevas posesiones y empezó a andar por debajo del agua para comprobar hasta dónde llegaba y claro, siguiendo el sol y el calor, un día mi abuelo acabó apareciendo en Tarragona, en un poblado romano abandonado y en ruinas, de donde acabó aburrido y emigrando en autobós hasta Cuenca por no tener con quién hablar, pues le habían dicho que allí encontraría mujer seguro. Y encontró a la suya.

Mi bisabuela materna, Teodosia, fue prostituta hasta los trece años, cuando conoció a mi abuelo y se casó. o cierto es que se casó virgen por una razón muy sencilla. Mi bisabuela materna Teodosia fue la prostituta más fea de toda Cuenca, de hecho, los hombres le pagaban por no verla y mi bisabuela se forró. Así de fea era la muy prostituta. El caso es que mi abuelo, que como había cogido el vicio ese de que le dieran la espalda y hacer el amor al descuido de sus años mozos en Escocia, cuando le advirtieron de la fealdad monstruosa de mi bisabuela, no le dio importancia, pues lo cierto era que con sus quince o trece años recién cumplidos, mi bisabuela tenía un culo de ciclista que para sí ya lo quisieran el resto de prostitutas y por ello se la quedó mi abuelo, que con vestido blanco y velo y todo, la montó allí delante de todos los invitados lo menos cinco veces, pero mi bisabuela, no, tozuda, que ella se bajaba del carro, y mi bisabuelo venga a montarla al carro hasta que al final tuvieron una hija que fue mi abuela, la primera mujer que vio un elefante de todo mi pueblo.
A mi abuela se le fue la cabeza antes de acabar la escuela y lo único que sabía decir era que había visto a un elefante encerrado en una casa que no sabía dónde estaba. Evidentemente, en lugar de llevarla al médico o a un psiquiátrico, lo que hicieron sus padres, mis bisabuelos con ella casi provoca la pérdida del apellido García: le quitaron el apellido. De hecho, le quitaron el nombre. De hecho, no la reconocían cuando iban por la calle a ver si la chiquilla se aburría de ellos y los dejaba en paz. Que mi abuela me haya contado, se pasó abandonada por la calle diciendo lo del elefante y sin que la reconocieran sus padres desde los siete a los dieciséis años, es decir, doce años según ella, que no se acercó nunca por la escuela. El caso es que lo que salvó a mi abuela de perder el apellido fue un incendió en la casa más misteriosa del pueblo, una casa abandonada que decían que tenía todas las paredes forradas de monedas o de billetes o de papel o de la que fuera, pero que tenía las paredes forradas y un día de invierno se pegó fuego y aparecieron por primera vez los bomberos y como era la primera vez que veían el fuego les pareció tan hermoso que no quisieron apagarlo y entonces sacaron al santo en procesión para que lloviera y cuando se puso a llover a las tantas de la noche y se apagó el fuego después del aguacero, la puerta de la casa se cayó quemada y negra como un diente que desvela una inmensa cueva y... lo que apareció tras la puerta hizo comprender a todos que mi abuela nunca había estado loca, que sí que había visto un elefante... Lo que apareció fue una televisión Radiola que se ve que se habían dejado encendida desde los tiempos de Maricastaña y que se había recalentado después de tantos años que por eso lo de las voces y los fantasmas en la casa abandonada, por los seriales de televisión y las películas de madrugada.

El caso es que todo el pueblo vio bien que le devolvieran el nombre a mi abuela y hasta que le regalaran la televisión Radiola y así, con el apellido y todo, mi abuela montó un cineclub con su tele y poco a poco, con mucho esfuerzo y tesón, del cineclub pasó a un proyector de Superocho, una vez pagado el proyector de Superocho, juntó todo el dinero que tenía y lo invirtió todo en comprar un cine, el cine de mi pueblo, donde yo me crié viendo películas desde las cinco de la tarde hasta las dos de la madrugada, que a mí me dejaban en una butaca y se olvidaban de mí y medio dormía, medio veía, medio fui creciendo poco a poco y en mi cabeza acabaron mezclándose de tal manera las historias de las películas con sus protagonistas que desde muy pequeñito he podido mezclar perfectamente el reinado de los Reyes Católicos con Simbad el marino en technicolor mientras un vampiro con dientes de ratón podía volar por encima de las casas y secuestrar a Wendy y dejarla embarazada después de pasarle una fresa por el ombligo y descubrir que su padre y su hermano entraron sobre Roma a bordo de un tanque de colores luchando contra un avión de tres alas rojo y al final saber que tengo más imaginación que recuerdos. Sinceramente, no sé qué preferiré dejarle a él en mi testamento. Ni si me acordaré entonces de haber imaginado esto.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Y dicen que conforme creces la imaginación se pierde. Evidentemente tú eres la excepción que confirma la regla ;)
¿Cómo te va?

¡¡¡Muaks!!!


Brujita

Milmariposas dijo...

Ostras, Pedrín...

Me has dejado perplejadita, que diría Flanders...

No sé si es que te fumas algo muy, pero que muy potente, para empezar el curso con fuerzas renovadas... o es que precisamente los efectos colaterales de tener que empezar el nuevo curso te ha afectado seriamente a la neurona...

A ver si me sacas de dudas...

Saludines