viernes 10 de octubre de 2008

RELATO: ACARICIAR TORMENTAS CON UNAS TIJERAS

Es octubre y una tormenta de tarde descarga agua como una catarata de viento y gotas contra las ventanas, el piso, anciano y achacoso, soporta el aguacero de oscuridad por la tarde con quejidos de ventanas de madera y cristales a punto de romperse. Mario coloca toallas enrolladas bajo las ventanas para evitar que no entre el agua, como un marinero abandonado de un barco que se hunde en medio de la tempestad que anuncia el otoño. Ya ha acabado. Quizás sean las seis de la tarde pero ya parece de noche. La lluvia arrecia y se detiene en oleadas de viento que tiene carácter, personalidad, voluntad de semidiós que quiere arrasar el mundo, levantar tejados en las cornisas, abrir ventanas de la cocina, empujar con fuerza el ventanal del balcón y entrar adonde el silencio y sus silbidos no llegan, al resguardo protegido de los pies secos y los muebles quietos de Mario.
Mario enciende la luz. Como un interruptor remoto. Se ha encendido también la lamparita de leer en el piso de Lucía. Sus ventanas están cubiertas de vaho a través de la lluvia, las ilumina esa luz amarillenta bajo la que ella está sentada mirando llover. Mario no quiere pero lo piensa: llueve incluso demasiado para dar una tarde libre a su vecina puta y dejarla en el paro, al menos un rato, ¿quién va a querer follar con la que está cayendo?
Mario se da cuenta de que de tanto mirarla a través de la tormenta que cae en el deslunado, sus cristales también se han llenado de vaho. Sin dudarlo, como cuando era pequeño y lo llevaban a la escuela en aquel autobús viejo, pasa su mano haciendo un agujero por el que poderla seguir mirando.
Pero ella no está.
Llaman al timbre.
Es Lucía con unas de esas tijeras antiguas que guardaban las abuelas en el costurero.
- Llevas el pelo muy largo, ya. ¿Te lo tengo que cortar?
Mario no responde, obedece, la deja pasar y entra como un niño a una iglesia comiéndose una madalena. Mario coloca una silla frente al balcón por el que se cuela un charquito de agua, Lucía cierra la puerta, bajo la lamparita para que ella tenga luz. Se preocupa pensando en que necesitará algo para abrocharse al cuello, pero ella se coloca tras él, saca un peine y le empieza a peinar el pelo mojado todavía de haber sacado la cabeza para sentir la lluvia.
- Mejor quítate la camiseta.
Mario obedece y ella lo deja de peinar por un instante. A continuación, desaparece y vuelve, con una sábana arrugada en la mano, se la lanza por encima como si Mario fuese una mesa a la que poner el mantel. A continuación, se la anuda al cuello y, mientras va dejando poquito a poco de llover tan fuerte y la tormenta se vuelve más silenciosa, Lucía corta un mechón del cuello, el viento todavía silba por entre los cristales, Lucía corta otro mechón mientras Mario mantiene la cabeza recta mirando al vaho que se forma frente a él en el balcón.
Hay veces, escasísimas veces en que a tu fantasía le da la realidad la razón, y Mario, esa tarde de lluvia en otoño, cuando Lucía se reclina sobre él para rebajarle el flequillo, se da cuenta de que bajo su desgastada camiseta, los roces de Lucía son caricias pues nota que no lleva sujetador.
Le corta el pelo, con la misma naturalidad que llueve y a veces el sol rompe entre una nube, Lucía acaricia los hombros de Mario, gira su cabeza contra su pecho en posturas quizás no tan necesarias para asegurarse el corte perfecto, pero sí para poder oler sus axilas, notar en la punta de la nariz que lo que recorrió su mejilla fue uno de sus pezones, que sobre su nuca reposan ambos pechos mientras le sostiene un mechón de pelo mojado con las tijeras en la mano, que... por los cristales del balcón caen gotas de vaho mientras los dos siguen respirando.
Cuando Lucía termina, se ha hecho de noche, Mario no se levanta de la silla, ni siquiera deja que ella le retire la sábana llena de pelos, ella limpia sus tijeras y su peine en el lavabo y Mario se atreve a preguntarle cuándo volverá. Ella sonríe y le contesta con naturalidad infantil:
- Cuando lo vuelvas a llevar largo, Mario.
Y Mario se queda mojado mirando a la tormenta.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

10 comentarios:

Milmariposas dijo...

Delicioso relato.

Definitivamente, Mario es un antihéroe romántico. Lo suyo por Lucía merecería el óscar a la paciencia, el tesón y la ternura desinteresada.

Una vez más, bravo, Álvaro!

Xavi dijo...

Hace tiempo que te leo. Increible como escribes. Pero aún me parece más increible es que me conecte cada noche para ver con que me sorprendes...
Y todavía no me has fallado ninguna...pero el ANA YNADAS de hoy me ha hecho no se...cosa.

Un saludo.

Álvaro dijo...

Muchísimas gracias, Xavi. Te alegran el día comentarios así. Espero que cuando salga el libro te guste.

pilar dijo...

Esta mañana, no sé cómo, he llegado a este diario y no sé si equivocadamente o no pero.....volveré....Genial!!

Un beso

Kaz dijo...

Eres como Mary Popins, que al final de la película se va y deja a los niños...

Bueno, como siempre, me gusta Ana Ynadas, trasmiten algo.

Haber si vuelvo a saber de ti.



Besos

Álvaro dijo...

Cada vez, gracias a cosas como éstas, tengo más claro que nunca debí perder la esperanza con Ana Ynada y que su publicación va a ser un pequeño enorme éxito.
Gracias Ari, Xavi, Pilar,Milmariposas...

Anónimo dijo...

Pues yo no te quiero nada, no obstante felicidades mías y de miss wade, os queremos (vaya contradicción). El sábado será un hermoso día. Presidente.

Isabel dijo...

La verdad es que no dejas de soprender....fantastico.
Desde aquel verano que me diste una libreta(que aun la tengo) con una historia preciosa, sigues igual, o mejor.

Saludos

Anónimo dijo...

xatin. llevas dias sin escribir.
A ver si te aplicas un poco...
que nos tienes a tus fans aquí esperando.

un abrazo. nos vemos pronto

Anónimo dijo...

es que esta muy liado con el bodorrio...ja ja ja, nos vemos el sabado...preparate hermoso

Jesus