miércoles 19 de noviembre de 2008

RELATO: LA RETORCIDA PENA DE EDMUNDO ABRIL

Si Edmundo Abril se sentía triste aunque fuera la primera mañana de mayo y todos los almendros de las huertas que rodeaban el pueblo hubiesen perdido las flores blancas y sus hojas aparecieran verdes, se negaba a colocar una sola teja en un tejado.
Edmundo Abril sólo admitía enlucir fachadas los días que llevaban erre y que no hubiera nadie enfermo en el pueblo.
Para lograr que Edmundo Abril sustituyera un sanitario o un lavabo en un cuarto de baño, había que esperar siempre a que lloviera.
Nunca encajó, Edmundo, en toda su vida, una ventana en septiembre por mucho dinero que le hubiesen ofrecido.
Edmundo, todo el mundo lo sabía, sólo hacía tabiques rectos los días que había hecho el amor. Y el problema es que era soltero.
Pese a todo ello. Todo el mundo en aquel pueblo de casas blancas y callejones repletos de tiestos rojos y flores detrás de las rejas sabía que Edmundo Abril era el mejor albañil de todos los alrededores, no el único, pero poco le faltaba, aunque también un caso extremo de maniático supersticioso.
Físicamente, Edmundo Abril era un hombre más bien pequeño, algo encogido, de piel tensa aunque pálida y ojos grandes en una cabeza pequeña; mirándolo de perfil, parecía una de esas nubes que a veces les atribuimos formas de caras, aunque vistiéndola de blanco impoluto en verano y con una rebequilla y una bufandilla grises cuando el frío apretaba por las mañanas y le obligaba a andar todavía más encogido.
Nadie cuestionaba las manías de Edmundo, y si las cuestionaban les daba lo mismo. Cuando uno quería hacer obras en casa, debía sacar un calendario zaragozano y preparar los días concretos en que llovería para poner ventanas, los días que llevarían erre para enlucir la fachada, incluso proveerse de una botellita de mistela para no dejar que Edmundo se pusiera triste y lo dejara sin tejado. De hecho, sólo a algún forastero que venía de nuevo le extrañaba y desesperaba descubrir que no tendría retrete donde orinar en su nueva casa hasta que no lloviera en el pueblo, lo cual, ante la cara de tranquilidad de Edmundo al explicarlo, todavía solía desesperarles más y se metían en sus casas y sacaban las puertas de quicio y entonces se acordaban de al día siguiente sería uno de septiembre y pasarían un mes sin puerta.
Sin embargo, como suele suceder siempre que se cuenta una historia, algo cambió en la rutina de todos y de Edmundo un verano en que llegó la dueña de la Casa de la Farmacia, que volvía de la capital para pasar en el pueblo los veranos, y quiso acondicionarse la vieja casona familiar que hacía esquina en la plaza para que ella y sus tres hijas jóvenes y solteras pudieran sentarse por las tardes al fresco en su propia puerta.
¡Ni una pared recta! Desde que Edmundo Abril, en junio, aceptó el encargo de la Casa de la Farmacia y se vio rodeado de aquellas cuatro mujeres que le decían cómo querían dejar de bonita la casa, ¡no le salió ni una pared recta!
Tampoco era algo difícil de comprender, pues si bien tanto la madre como la hija pequeña le quedaban lejanas de tamaño o edad a Edmundo, las dos hijas mediana y mayor no eran lo que se pudiera decir feas en sentido estricto de la palabra, y además aparecían con vestidos y camisas de dormir o echar la siesta que Edmundo no había imaginado en su vida, y lo hacían con algo de confianza, como si se hubieran acostumbrado a aquel albañil soltero que nunca había hecho nada más en el pueblo que tener manías y ahora resulta que algo raro le estaba pasando entre aquellas risas femeninas para que le estuvieran saliendo las paredes más torcidas que una senda para bajar una cuesta.
Cualquiera iba a verlo, era cosa curiosa, y también era verano, la casa grande de la Farmacia abierta sin ventanas, con medio tejado roto, los andamios levantados, unas mujercitas vestidas de colores habitándola y un montón de paredes a cual más curvada, a cuál más retorcida que parecía que la estuvieran haciendo de arcilla.
En el pueblo enseguida los comentarios se fueron con los paseos de la tarde, con los almuerzos en los patios... Edmundo no pondría una teja en esa casa y en ninguna si aquello no lograban solucionarlo. Y lo peor era que pronto se acabaría agosto, que llegaría septiembre y no sólo la viuda de la Farmacia se quedaría sin tejado, por la tristeza, sin paredes rectas por falta de amor, sino que hasta sin ventanas se vería si Edmundo no conseguía...
De todos modos, al final, como suele pasar cuando alguien no debe enterarse de algo, la señora viuda se enteró del motivo por el cual su albañil la estaba desquiciando y volviendo loca que ni con manzanillas ni con baños de eucalipto de calmaban sus nervios de levantarse y ver que todas las paredes de su casa estaban torcidas como si se hubieran derretido del sol de aquel agosto y encima aquel maniático de Edmundo Abril no despegaba ni palabra, se pasaba el día triste mirando al tejado y haciendo así con la cabeza, como quien no puede no por propia voluntad sino porque el destino así lo ha tratado. Y la pobre viuda acabó hablando de ello en la tienda, hablando de ello en los paseos de la tarde, hablando de ello en la consulta del doctor... Y todo el mundo le daba la solución, Edmundo no haría una sola pared recta hasta que no hiciera el amor. Y entonces aquella viuda que había sacado a tres hijas adelante ella sola comprendió que el significado de aquella expresión era un peligro para sus hijas y decidió que se las llevaría del pueblo inmediatamente, que no volverían allí, que había sido una locura volver a aquella aldea insignificante...
Y se preparó el viaje. Y llegó septiembre. Y la señora viuda despidió a Edmundo y la casa quedó derretida con sus muros torcidos como muestra de un amor imposible, y unos días antes todas las mujeres del pueblo se fueron acercando y saludando preguntando si se irían al final y pidiendo que no se fueran, que no se fueran... Y la señora viuda pensaba y lo pensó, cuando dejó al pueblo con su casa derretida de amor y sus habitantes llorando en la estación del tren, que cuánto la iban a echar de menos a ella y a sus tres hijitas preciosas, y lo que no sabía la muy idiota es que el pueblo entero estaba llorando porque con ellas se iban en tren todos sus futuros tejados.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.