RELATO: LLENAR DE PÁJAROS LOS RELOJES
Hay algo en esta vida que me impulsa a vivir. Fuera de grandes descubrimientos existenciales, mis ganas de dormir poco y saltar de la cama tienen más que ver con ese dios de los pequeños detalles al que a veces se me olvida rebuscar bajo la cama.Mi madre me dijo siempre, también mi padre cuando cenábamos y me preguntaban por cosas del colegio, que nunca me hiciera ilusiones. De hecho, me recalcaron esa frase más que ninguna otra que pueda recordar de mi infancia. No es ningún reproche, pero se equivocaban.
Me he pasado esta media vida que llevo gastada haciéndome grandes ilusiones y viviendo de los pequeños detalles como un náufrago recogiendo monedas en la orilla de arena. Cuando me levanto, en lo primero que pienso es en si mi mujer estará a mi lado, luego, inmediatamente o casi, pienso en si habrá llegado a mi correo ese mail mágico que espero desde hace años confirmándome que he vuelto a ganar otro premio, sin embargo, no me desespero, me alegra el día tomarme el café recién hecho espiando a la vecina de enfrente que siempre se olvida de correr las cortinas cuando sale de la ducha, me gusta meter los cruasanes en el horno y tomarlos calentitos mientras leo dos o tres periódiocos y compruebo cuánta gente leyó este blog ayer, me apetece la ducha hirviendo en el cuarto de baño que yo mism diseñé y que pierde agua, pero en el que se está tan calentito que a veces me entretengo haciendo una pompa de jabón enorme entre el vaho a las siete menos cuarto de la mañana, me hace gracia, luego, es un secreto, correr en pelotas por el pasillo como un niño hasta la cama para acurrucarme un poquito más junto a ella y asegurarme de que mi camisa preferida está limpia y huele muy bien, me entretiene planchar, lo hago con la tele encendida mientras repiten las mismas noticias cada cuarto de hora en el telediario matinal, mientras tanto, pienso en la frase que les pondré en la pizarra a mis niños, pienso en lo que les tengo que explicar ese día, pienso que me encanta ser profesor, que fue mi sueño desde los quince años y que yo mismo los sentaría a cada uno en su silla sólo porque me hicieran caso, cuando ya estoy vestido, me cambio las monedas del pantalón de ayer al bolsillo del que me acabo de poner, nunca son muchas, pero siempre van con un billete arrugado que me basta para almorzar y tomarme un par de cafés al sol en algún rinconcito del instituto. Luego, cuando bajo a la calle, siempre acabo comprando el tabaco en el quiosco sólo por comprobar cómo Eugenio me da los buenos días saludando con la mano como un niño, una vez ya en el coche, me prometo a mí mismo que el próximo domingo lo lavaré y me acuerdo de los coches que he lavado en verano en la puerta de mi casa en el pueblo en manga corta, y pongo la radio, echo de menos un programa que hacían antes, pero a cambio he empezado a escuchar las noticias de los mayores y, cuando me aburren, pongo el CD y alguna canción de Los Ramones a todo volumen y me cuelo en el atasco de por las mañanas con la energía de un recién drogado. Me apasiona conducir, sea la moto o el coche, siempre procuro rascar rueda en alguna curva o apurar frenada en la salida de la autovía para disfrutar del vicio de la velocidad que todavía conservo, mientras tanto, durante el viaje, suelo jugar a mi entretenimiento de pensar en si pudiera viajar en el tiempo y hacerme diseñador de coches cuando todos eran viejos y yo me inventaría todos los sistemas que llevan ahora los nuevos. Por fin llego a trabajar, y lo confieso, todavía me impresiona que me traten con respeto, como a un adulto, como a alguien serio, cuando mientras les devuelvo los buenos días yo sigo pensando en qué personaje de tebeo se parece ese profesor o profesora que estoy poco a poco conociendo. En clase me río, lo hago siempre aunque intente evitarlo, pues todavía no me he olvidado de lo que me costó conseguir decir buenos días soy el profesor de castellano y nunca salgo convencido, sino más bien al contrario, de que he dado una clase horrible, de que no me han entendido, de que se me está olvidando todo y de que me entretendré cuando llegue la primavera estudiando un rato en la biblioteca que me dio tan buenos ratos...
En fin, no soy ni tan listo como mis padres hubieran querido ni tan guapo como yo deseaba ser a los quince años, pero creo y cada día me convenzo de que nada de eso me hace falta para entender que la vida no son meses, ni semanas, ni mucho menos años, sino sólo días pequeñitos llenos de detalles que, como niños con una bolsa de caramelos, debemos disfrutar hasta relamernos. Y lo de las grandes ilusiones... no me impacientan, el tiempo es de lo poco que tengo, tiempo para seguir haciéndome ilusiones, para seguir llenando de pájaros los relojes.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

3 comentarios:
Juuu....hecho de menos las frases en la pizarraaaa T_T aunque la verdad,se hechan de menos tus clases en general.
Saludos.
PD:He leido las últimas entradas...y ya sabes que estan muy chulas.
Dios, pero a qué hora te levantas tú!!!!???. Si no recuerdo mal, al Instituto se entraba a las 8.....Ahora en serio, estoy contigo, hay que disfrutar del día a día y de las pequeñas cosas.
No es necesario que te den el premio, ya te lo has llevado. Sigue pensando así.
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