RELATO: PERDÓNAME LA ROPA
Mario se levanta triste de lunes, con esas ganas incómodas de suicidarse en pijama al comprobar que el suelo está frío, la leche caducada y café no queda. Todo se puso de acuerdo esta mañana para fastidiarle. Enciende la vieja estufa de resistencias rojas y se acurruca en el suelo frente a ella. Se le hiela el culo. Se estira y coge un cojín y se sienta en él con las rodillas encogidas. Oye ruido en la galería del balcón, son sólo las ocho de un noviembre eterno, estira el cuello y gira la cabeza para comprobar que Lucía, tras los cristales, ya está despierta.Le sorprende y agrada espiarla y comprobar que hace cosas, no como él. Está recogiendo ropa para poner una lavadora. Pone a calentar leche en un cazo. Se está llenando la abollada bañera. Recoge las pinzas sueltas de la cuerda. Se nota que ella también tiene frío porque se frota las manos y cierra deprisa la ventana. Como si el calor fuera un gato.
Cuando Lucía abre su puerta y sonríe pasándose el mechón de pelo tras la oreja, sabe que aparecerá Mario. Siempre llama igual con los nudillos. Y se felicita por su acierto, se lo esperó en pijama y así se presenta en medio de la escalera, como un perdedor en medio de un parbulario. Pero con un montón de ropa arrugada abrazado entre sus manos.
- ¿Quieres que te lave la ropa, Mario?
A veces, quizás por eso le mandaban las pastillas y lo internaron en aquel psiquiátrico, a veces Mario piensa tan rápido las palabras que se le escapan de la boca y en realidad no quiso decir eso, lo pensó porque él puede pensarlo todo, porque eso va por dentro, porque nadie sabe en cada momento lo que él está pensando y le produce placer pensar lo que realmente diría si tuviera valor y no todo ese miedo que siente a la gente que le puede herir en cada momento porque no saben que él lo que dice, a veces, sólo lo quiso pensar porque le da gustito pensar idioteces pero no es él en realidad, son esas voces o normalmente una sola voz que él cree que es suya que se le quedó dentro y contra la que él lucha que a veces se le escapa porque ella sabe lo que Mario en realidad de verder de verdad quiere cuando habla y lo que piensa no lo debe decir porque entonces...
- En realidad quisiera que me hubieras abierto desnuda como una puta.
Y se da cuenta de que se ha equivocado, de que es un enorme error, de que no debería haber hablado. De que ella era amable y él un idiota que jamás...
Lucía da un portazo. Desde el comedor de Mario, las luces de la casa de enfrente se van apagando habitación tras vieja habitación. Las cortinas aparecen a golpes como telones de pequeños escenarios. La casa entera de la vecina, como el café, como la leche, como el suelo y esa estufa que no calienta, se ha acabado enfadando con Mario.
Se ha ido desperdiciando un día eterno de noviembre entre cuatro paredes que nunca conocerán la calle que vive abajo. Mario ha permanecido todo el día en pijama frente a su estufa de resistencias rojas, sentado en el suelo, con la vista perdida, repasando en su cabeza discusiones interiores, estupideces dichas, pensadas, ganas de morirse a veces, ese sentimiento de conducir saludos entre la gente que no puede controlar, que le provocó palizas en el colegio, peleas sin sentido en cualquier parte, intentos de suicidio, bofetones, lágrimas, insultos... que lo llevaron a encerrarse en este piso. Sin que nadie lo haya entendido, sin que nadie lo haya perdonado y preguntado por qué le sucede eso, si acaso estará enfermo, porque nadie comprende que en el fondo Mario es bueno, que piensa cosas raras, pero que él no las quiere en realidad, que él lo único que quiere es ser normal y que la gente no se pregunte qué le pasa a ese loco... Luego, ya por la tarde, con el sol oscureciendo en un piso vacío donde sólo vive una estufa de resistencia en un comedor a oscuras y un inquilino escondido tras el sofá, Mario intentará recordar qué habría sido de su vida si no se hubiera equivocado tanto, si su cabeza no hubiera pensado todo lo que él ha acabado diciendo, si sus manos no hubieran hecho todo lo que en un momento fugaz y cientos de ellos su cabeza le incitó a hacer, a gritar, a pegar, a obedecer lo que esa voz maldita le dicta sin que él se sienta capaz de someterla. Y al final, con ganas de llorar a solas, de noche en un noviembre a las seis de la tarde, habitante sola la estufa de resistencias rojas iluminando a oscuras el comedor, Mario comienza a llorar de desesperación al pensar que nadie nunca, que él no merecerá la pena, que nadie quiera saber nunca no por qué se comporta así, sino sólo saber cómo quisiera comportarse Mario y lo buena persona que quisiera ser.
Es entonces cuando llaman a la puerta con los nudillos como si fuera la cena que bajó un momento a la calle.
Es Lucía, que al ver a Mario secándose los ojos piensa que estuvo todo el día llorando.
Es Lucía, que le ofrece su ropa de esta mañana, antes sucia y arrugada, ahora limpia y planchada.
Es Lucía, desnuda como una película de sexo.
Es Lucía. Y Mario comprende las dos posibilidades le ofrece al estar callada. Y tan desnuda en un rellano con sus pies congelados, con sus pechos entre los brazos, con sus púbis de sombra... que Dios seguro que se estará masturbando. Pero Mario comprende ese silencio y ese desnudo en el rellano.
Y esta vez elige sin hacer caso a sus voces...
Coge su ropa doblada, que huele a que estuvo toda la tarde planchándola, la mira a los ojos y le da las gracias y ella se gira despacio sabiendo que él la está mirando andar desnuda hasta cerrar la puerta...
Quizás Lucía no sea la mujer más hermosa del mundo, quizás incluso hasta sea puta, quizás tenga tantas cosas que Mario odia que jamás se habría imaginado amarla. Pero ella hace algo que nunca hizo nadie antes por él...
Le perdona la ropa.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

1 comentarios:
¿Para qué negarlo? últimamente evito leer tus idas de pinza, me embotan el cerebro y me hacen plantearme si existen textos más extraños, obviamente existen pero como tambien evito leerlos no los conozco, sin embargo a las Ana Ynadas no me puedo resistir, y con cada trozo más me gustan.
Besos desaparecido
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