miércoles 12 de noviembre de 2008

RELATO: SALIR DE TU ARMARIO

Esta mañana, una ambulancia ha estado parada mucho rato encima de la acera. También un coche de policía, y a ratos dos, han estado mal aparcados mientras los agentes subían y bajaban las escaleras como airgamboys de azul. Luego han llegado operarios del ayuntamiento. Luego ha llamado un arquitecto a la puerta y Mario le ha explicado que sólo viven él y Lucía en la finca, si no contamos al viejo loco de abajo. Y el arquitecto del ayuntamiento le ha dicho que no lo contaran, que se había muerto, que tenía el piso lleno de trastos hasta el techo, que iban a precintarlo porque había peligro para la estructura de una finca tan vieja y que lo limpiarían encargados municipales.
Son las siete y ya hace rato que hizo de noche como si no hubiesen pagado la luz. Mario toca a la puerta de Lucía. Ella le abre como si quien se abrocha la chaqueta.
- No era necesario que te vistieras de ladrón, Mario. Y lo del gorro ese ya me parece exagerado.
- Schisss.
- Mario, estamos solos. Ya no vive nadie más en toda la finca.
- Da igual, vamos a romper un precinto de la policía y a hacer allanamiento de morada.
- Lo que tú digas. Si así te da menos miedo...
Con esta conversación ya han llegado al piso de abajo, frente a la puerta precintada. Mario saca su linterna.
- Yo no tengo miedo.
Lucía enciende la luz.
- Te estás empeñando en quitarle todo el misterio. Apaga la luz.
Mario le da la copia de las llaves que siempre tuvo de ese piso pues también pertenecía a su familia, cuando Lucía abre, él se ajusta el gorro negro y lanza la luz de la linterna a aquel interior oscuro como un ratón de sol.
Lo cierto es que ambos están impresionados pero no llegan a cogerse de las manos. El piso entero es un enorme trastero lleno de periódicos viejos, muebles pequeños apilados, revistas en columnas hasta el techo, cajas de zapatos hasta las lámparas, pasillos de ropa vieja amontonada que hacen de aquel piso una gruta de basura, un laberinto de despojos, un concierto de recuerdos ajenos.
Lucía se entretiene con una pila de libros iluminados bajo la ventana que da a la calle por la farola naranja.
Mario explora como un niño en una tienda de juguetes abandonada y encuentra lo que busca: la bañera. Su curiosidad. ¿Qué guardará un loco en su bañera? Discos, discos de vinilo en perfecto estado y dinero viejo inservible. Mario lo piensa e intenta hacer uno de esos chistes que juntan dos cosas, pero sólo se le ocurre que los billetes los habría usado de papel higiénico, mientras que con los discos sólo se le ocurren extraños bocadillos.
Llama a Lucía para contarle su descubrimiento y su ocurrencia. Pero Lucía no contesta. Vuelve hacia donde ella se quedó leyendo y no la encuentra. La vuelve a llamar. Se pierde por esos pasillos de papeles hasta el techo y no la encuentra. Tiene miedo. Se siente solo. Esa casa le está aterrorizando. Siente que el loco está ahí. Está muerto. Le está mirando. Ha matado a Lucía. Le está esperando. Le entran escalofríos de miedo. Siente pánico de esa oscuridad. De esos rincones deshechos de desechos. Quiere salir de allí antes de que lo mate. Llama a Lucía a gritos. Intenta encender la luz. Sólo oscuridad y huecos de los que saldrá el muerto. La llama a gritos sabiendo que no está solo, que la ha matado. Quiere salir corriendo. Pero no puede. No puede dejar sola a Lucía allí dentro. Se arrepiente. Siente terror. Su cuerpo tiembla. Espera una mano fría en su espalda. Unos ojos que se abran en la oscuridad. Una cara horrible que se abalance frente a él. Llama a Lucía. Su cuerpo se agarrota. No la puede dejar sola.
El momento de tensión máxima: una mano le agarra por la espalda.
Mario se gira.
Es Lucía.
Mario tiembla como un hombre de tela colgado de las cuerdas de la terraza. Lucía lo abraza. Él por fin puede articular palabra:
- ¿Dónde te has ido? Creía que te había matado.
- Mario, he subido un momento a hacer pis.
Y Lucía baja la mirada y se da cuenta de que no ha sido la única.
Ambos suben al piso de arriba, Lucía se mete al pobre Mario a su casa. Lo lleva a su habitación sabiendo que a partir de entonces padecerá una nueva fobia el pobre, que tendrá miedo a la oscuridad. Es como un trapo, cierra la puerta de su cuarto. Abre la puerta del armario. Tira la ropa al suelo y mete a Mario dentro. Le cuesta que le suelte la mano. Cierra la puerta y saca la llave de la cerradura. Luego apaga la luz y sale de la habitación. El armario tiembla de pánico al quedarse a oscuras.
Entonces Lucía vuelve a entrar pero sólo enciende la luz de la lamparita. Se sienta en la cama frente al espejo que da al armario. Se descalza junto a la tenue llama de la bombilla. Se quita los calcetines negros. Se saca por arriba el suéter de cuello alto. Se desabrocha un botón del pantalón. El armario sigue temblando de miedo. Se quita la camiseta. Se baja la cremallera del pantalón y se los saca como para irse a dormir. Se queda en bragas y sujetador. El armario sigue temblando. Quizás un poco menos. Se desabrocha el sujetador y lo deja a un lado de la cama. Se rasca una teta y comprueba si le huele un sobaco. Se levanta y se baja las bragas. Las recoge del suelo frente al espejo y se da cuenta de que tiene el vello púbico un poco largo. Se lo peina así con cuidado con la mano. El armario apenas tiembla ya en el espejo que lo refleja. Lucía saca el pijama de debajo de la almohada. Se pone las bragas de dormir delante de la cara para ver dónde tienen la etiqueta. Se pone las bragas de dormir ya sentada en la cama. Luego se coloca la camiseta vieja de dormir que siempre se le engancha en una teta. Se la baja del todo y el armario en el espejo ya ha dejado de temblar. Ahora ella se acuesta.
- ¿Por qué no te has ido corriendo del piso?
Y el armario le contesta:
- Me daba miedo quedarme solo.
- ¿Pero tú pensabas que yo no estaba allí, que estabas solo?
Y el armario le contesta:
- No. Yo sólo tenía miedo de haberme quedado solo.
- Eso te digo, de haberte quedado a solas.
- No. De haberme quedado solo.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Dios cuanto tiempo, no sé nisiquiera si me recordaras, soy Laura Morales Perez alumna de Xeste , iba a la clase de Virginia y según tu la esposa de David Rovira :D Hacía mucho tiempo que no pasaba por aqui y no he podido evitar esbozar una sonrisa al ver que todavía sigues escribiendo esos textos que enganchan que lees y lees y no te das cuenta de lo que estas haciendo , bueno espero que todo siga bien y que te quede mucho mucho por escribir.

Álvaro dijo...

Me acuerdo, señora de Rovira, y de su esposo también. Un abrazo a ambos.