miércoles, 27 de febrero de 2008

LO MÁS BONITO QUE HICE POR UNA DENTISTA

Hoy creo que me he vuelto a cargar la muela que me quiso empastar la última dentista de la que huí; además, acabo de recibir un mail equivocado de la primera amiga a la que le conté esta historia en el que ella le cuenta a su novio cuánto lo echa de menos desde Rusia.
Siempre he creído en las señales divinas, en Dios sólo cuando lo necesito, pero en las casualidades creo como un calvo en un crecepelo. Es por ello por lo que me decido a contar esta historia.


En realidad ha habido dos dentistas en mi vida, pero de lo que quise a la primera hace mucho tiempo que me prohibí hablar, de hecho, nuestra relación se ha ido enfriando desde que se volvió a cambiar de número de teléfono, me dejó de devolver los anónimos y ya no me coge las llamadas que le hago de madrugada y me callo...
Lo más bonito que hice por una dentista sucedió en una biblioteca donde yo habité como el ratón Firmin durante unos años de oposiciones infructuosas. Imagino que la vi por primera vez allá por el mes de enero y, desde mi mesa atestada de libros abiertos, lo primero que me vino a la cabeza fue desnudarla sin duda alguna: ¡Dios mío y qué mal vestía la pobre! Pues llevaba puesto un abrigo hecho, seguramente, con las faldas de una mesa camilla, una falda hecha con un abrigo y seguramente una blusa hecha con una cama. Lo juro, ésta vez no fue vicio, era necesidad lo que me obligaba a querer desnudarla.

Sin embargo, tuve la suerte o la desgracia de que se sentara en una mesa frente a mí. Sin embargo, tuve la suerte o la desgracia de mirarla y descubrir que me miraba.
¿Qué iba a hacer yo, rodeado de Rubén Darío, de Juan Ramón Jiménez, de Cernuda y de Machado? Me puse nervioso, me pasé la tarde rebuscando papeles y firmando recetas sin nombre, pues he de reconocer que, cuando me enamoro, me tiembla el pulso más que a un practicante jubilado. Aquella tarde no leí, no estudié, no resumí ni subrayé, aquella tarde respiré los versos, olí las poesías, mordí los fragmentos que hablaban de amor hasta el punto que un bedel me tuvo que pedir que dejara de mascar las obras completas de Bécquer.


Pero yo ya no hacía caso a nadie, ya no vivía ni me acordaba de respirar el aire, volvía a casa y echaba de menos la biblioteca, apenas dormía, madrugaba como un sereno para estar a las puertas una o dos horas antes, casi de noche, por ser el primero. No comía, no bebía, no podía; no veía los informativos, no devolvía los mensajes de texto, porque había algo que hacía que el mundo entero fuera rico y sólo yo pobre: necesitaba saber su nombre.

Por suerte, apareció un amigo un día que me sacó de mi agonía, me levantó la cabeza de mi trinchera de papeles y poesías y me preguntó qué me pasaba. Y yo... agachando la cabeza en la biblioteca, con susurros mientras la miraba, le confesé que amaba a aquella joven y que necesitaba saber su nombre.


Él se acercó, se lo preguntó, volvió y me dijo que Lucía.


¡Qué había hecho! ¡Estaba descubierto! ¡Ahora ella reía con sus amigas, me miraban, se reían! ¡Yo estaba muerto! Aunque es verdad. Ahora, al menos, sabía el nombre de mi enfermedad. Lucía.


El día siguiente fue el más horrible de mi vida, pues no la vi, claro, era domingo, pero es que perdí la cartera, me cagó una paloma, creo que un mendigo me metió mano en el autobús y además me pillé el dedo pequeño con la puerta de casa. Pero es que yo no quería que llegara el lunes, es que yo no la quería ver, es más, incluso me planteé cambiar de biblioteca, estudiar en otro lado, de hecho, probé un rato a estudiar en un cine y el supermercado de mi barrio, pero todo era distinto, la poesía no sabía igual sin ella, esquivando carritos, perdiendo el turno en la carne y muerto de frío en los congelados.


Por eso decidí volver el lunes a la biblioteca, volver a mi mesa, atrincherarme detrás de las obras completas de Galdós y rezar para que ella nunca más volviera y no morirme de la vergüenza. Pero el problema es que ella volvió, puntual como la primavera en Viena, ella volvió y, lo que es peor, se acercó a mi mesa, alzó su cabeza por encima de mi trinchera y me preguntó si estaba libre esa silla, si podía sentarse ella.


Se llamaba Lucía, vestía peor que la mendiga de mi calle, pero era la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Le dije que no, que sí, que ni... no sé lo que le dije pero ella se sentó y sacó sus dientes y los puso encima de la mesa. Yo, pasado el rato de vergüenza, alcé la cabeza por encima de mi trinchera y la vi contando ese puñado de dientes entre papeles y deduje, o dentista o santera, y como no conocía a ninguna santera que estudiara un libro de periodoncias, llegué a la conclusión de que mi amada se llamaba dentista y era Lucía. Sí, llegué a esa conclusión. Estaba tonto, lo sé.


A partir de aquella mañana, sucedieron los días más felices de mi existencia, pues poco a poco fui sabiendo de ella, fui hablándole entre molares y Lope de Vega, entre caninos y Quevedo, entre incisivos y Garcilaso. Yo cada día le tenía preparado un poema nuevo para que ella lo leyera, y ella cada día me enseñaba un diente de esos que eran de un muerto y se los habían dado en la escuela. Todo era maravilloso. Se llamaba Lucía y cuando la veía me latían hasta los huesos. Se llamaba Lucía y me hacía caso.


Llegó por fin la primavera, nuestra relación se iba consolidando, ella ya sabía distinguir a Góngora de Quevedo y yo ya sabía la diferencia entre el molar derecho y el izquierdo, las tardes se hacían más largas, a veces nos quedábamos charlando al atardecer en la puerta de la biblioteca, o la acompañaba por el parque hasta su parada o simplemente la perseguía a una distancia prudente para hacerle fotos con el móvil sin saldo. Imagino que por eso me atreví, también porque no cambió su vestuario con el calor, pues alternaba día sí día no, una falda escocesa con el abrigo de mesa camilla y unos pantalones largos con un suéter viejo de cuello alto. Pero es que un día trajo una cinta que le había grabado un amigo para estudiar mejor, evidentemente, yo me morí de celos y apuñalé con la pluma tres o cuatro hojas del diccionario de la RAE, justo por la definición de cuernos, cornamenta y cornudo, por lo que pasé el día taciturno como Segismundo el día que le cortaron la luz, hasta que ella misma lo notó, creo yo, o sería yo el que quiso que lo notara, no sé, pero el caso es que le dije que no era bueno el violín que ese impertinente le había grabado sin doble pletina, que yo mismo le grabaría al día siguiente, un Cd completo de música perfecta para que estudiara pensado en mí, pensando, pensando en ella quise decir.


Le grabé a Chopín. Pasé la noche en vela esperando a que el maldito Emule lo descargara con mi conexión telefónica de llamadas restringidas, pero por fin, a las siete de la mañana, pude grabarle los Nocturnos de Chopín a Lucía, la obra más romántica que existe, la mejor declaración de amor a piano que se pueda sentir. Y yo mismo me seduje, yo mismo me atreví, escuchándolos, pensando en que ese Cd llegaría a ella, a su cuarto, a su casa, a sus desnudos matinales, a verla sin ese abrigo de polipiel, le escribí sobre el Cd unos simples versos: Hoy la tierra y los cielos me sonríen,hoy llega al fondo de mi alma el sol...


Evidentemente, cuando ella recibió de mi mano sudada el Cd grabado y me preguntó qué eran los versos que todavía se distinguían escritos pese al sudor. Yo callé, no le dije nada, no le dije que eran de Bécquer, no le dije que tenían continuación, no le dije que había recargado mi saldo. Tan sólo tuve que esperar esa tarde a que ella se marchara, a despedirnos como siempre con un hasta mañana, a verla marchar inconfundible entre la gente con su falda escocesa y su suéter verde, entonces le di a enviar ese mensaje, entonces ella recibió el final de Bécquer: Hoy la he visto..., la he visto y me ha mirado...¡hoy creo en Dios!


Cierto es que tan sólo me contestó que era muy bonito, cierto que podía haber dicho algo más, cierto que yo leí y releí su respuesta durante todo el fin de semana como unas cien veces, cierto que interpreté esa contestación desde un punto de vista lingüístico, semiótico, sintáctico e incluso, ya desesperado, la analicé fonológicamente, pero no me acabó de quedar claro si ella correspondía a mi amor o me estaba rechazando.


Por eso decidí marcharme. Por eso y porque era mayo y mis oposiciones quedaban demasiado cerca, por eso me armé de valor al lunes siguiente y le dije, mientras se abrochaba la blusa verde, que me iba, que me marchaba de biblioteca.


Pero ella no dijo nada de Bécquer, es más, ella no dijo nada. Pasó la mañana mandando mensajes con ese móvil enorme que tenía que sólo parecía que pudiera caber en el abrigo largo de polipiel que todavía traía pese a estar los bancos llenos de gente en manga corta. Y yo, triste, empecé a sospechar que había hecho el idiota. Ya no le leí más poesías, ya no me enseñó más sus dientes, ya no coincidíamos a la salida, ya no volví a confiar en Becquer.


Y lo peor no fue eso, lo peor no sucedió ese día, lo peor no fueron esos mensajes que mandaba, lo peor, lo que me rompió el corazón, fue que al día siguiente apareció el galán que los había recibido, el que le había grabado la cinta sin doble pletina, el que se sentaba a su lado, el que tenía ahora sus dientes en la mano mientras yo lloraba tras mi trinchera apuñalando a Cernuda y a Zorrilla en mi doliente pena. Me iría.


Estaba decidido. Ese sería mi último día ahí. Cambiaría de biblioteca y no la volvería a ver.


Pero antes de eso llevé a cabo mi último plan, pues el amor es lo que tiene, que cuanto más daño te hacen más quieres perdonar, y como ya no me fiaba de Bécquer para ayudarme en mi tormento, me pasé la tarde en la sección de préstamo como quien busca un libro y sólo encuentra documentos. Pero lo llevé a cabo. En la distancia, Darío sería mi Ícaro y ella mi sol, sus palabras la cera que ella derritiera y... casi me quedo dentro por no encontrar la página concreta.


Lo más bonito que he hecho por una dentista fue eso. Despertar por la mañana. Marcharme en metro a una biblioteca extraña. Sentirme solo entre libros de Derecho Mercantil y abogadas cruzadas de piernas. Fue a las diez a diez, siempre me acordaré, que por fin supuse que ella habría llegado a nuestra antigua mesa y la encontraría sin mí, fue entonces cuando me decidí a enviar el mensaje de Movistar, un mensaje extraño, pues tan sólo ponía: P DAR AZU 185


Evidentemente, mi dentista no entendía y me contestó, que qué le estaba contando yo. Y yo le dije que era una referencia bibliográfica. No le dije nada más, nunca la volvía ver, creo que ese año volví a suspender las oposiciones, no me dejaron los del tribunal que les explicara que había estado enamorado.


¿Que qué ponía en la página 185 de Poesía Darío Azul?


EL IDEAL
"Y luego, una torre de marfil, una flor mística, una estrella a quien enamorar... Pasó, la vi como quien viera un alba, huyente, rápida, implacable.
Era una estatua antigua como un alma que se asomaba a los ojos, ojos angelicales, todos ternura, todos cielo azul, todos enigma.
Sintió que la besaba con mis miradas y me castigó con la majestad de su belleza, y me vio como una reina y como una paloma. Pero pasó arrebatadora, triunfante, como una visión que deslumbra. Y yo, el pobre pintor de la Naturaleza y de Psyquis, hacedor de ritmos y de castillos aéreos, vi el vestido luminoso de la hada, la estrella de su diadema y pensé en la promesa ansiada del amor hermoso. Mas de aquel rayo supremo y fatal sólo quedó en el fondo de mi cerebro un rostro de mujer, un sueño azul."


Y... ¿qué me contestó ella?


Que era muy bonito.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

lunes, 25 de febrero de 2008

PEGARLE UN TIRO AL PROFESOR DE CASTELLANO

Tengo los brazos llenos de cardenales, todavía agujetas en las piernas, como si me hubieran dado una paliza, pero contento, mucho, y se lo agradezco en el alma a quien me invitó este fin de semana a una locura más: IRME CON MIS ALUMNOS DEL AÑO PASADO A JUGAR A PAINT BALL CONTRA ELLOS. Es decir, que este fin de semana cumplí el sueño de todo alumno: PODER ACRIBILLAR A TIROS A SU PROFESOR DE CASTELLANO.
Y he de reconocer que me encantó.
Me encantó primero volver a verlos, pues entre los profesores que dejé en aquel instituto, todavía se refieren a ellos como: LOS TUYOS, ÁLVARO. Me encantó llegar a La Cañada y saludarlos un poco sin saber cómo, pero eso se me pasó pronto, me contaron que algunos siguen este blog, que otros siguen suspendiendo, pero todos estaban igual que yo de verlos. Y, de todos modos, la incomodidad se pasó cuando llegamos allí y de nuevo volví a ser el que se los llevaba de excursión, recogiendo las autorizaciones, asegurándome de que no se dejaran nada, haciéndoles prestar atención al instructor, y luego... cuando ya nos metieron en el campo de batalla, cuando ya me quedé con mi batallón a solas, volví a a gritarles, a ordenarles por dónde atacar, a mandarlos a la lucha... Y me sentí muy bien, tan bien que me di cuenta de que me encantaba que ellos disfrutaran por encima de todo cuando era su profesor, por eso me atreví a hacer el suicida, gritarles: ¡¡¡ESTÁS MUERTO!!! Con la careta manchada de pintura y ellos tirados en la trinchera, acusarles de tramposos, salir corriendo entre sus armas e intentar ganarles mientras ellos me acribillaban a pintura.
¡QUÉ LOCO! No lo haría con nadie más, no con la tranquilidad que lo hice antes de ayer, ¿qué profesor se iba a dejar disparar, se iba a esconder vestido de militar tras unas tablas llamando a sus ex-alumnos cobardes, mariquitas, gandules... para que vinieran a dispararme y se rieran, qué profesor iba a hacer eso...? Yo lo sé. CUALQUIERA QUE LES HAYA DADO CLASE, entre ellos la que hoy es su profesora y me invitó, cualquiera que los conozca, cualquiera se dejaría disparar por esos alumnos.


Muchas gracias a todos.





¿APRENDERÁN MIS ALUMNOS ALGÚN DÍA A BAILAR PEGADOS LOS PASODOBLES EN LAS VERBENAS DE SU PUEBLO?

Viendo a mis chiquillos con sus pantalones arrastraos, con sus sus piercings, fumando los cigarros así como con asco a las puertas del instituto, con las crestas retorcidas y los flequillos esos que se hacen ellos; con la goma de las bragas por encima de los pantalones ellas, con los pendientes esos gordos, los colgantes de Tous y los pelos raros que se peinan, con sus móviles sonando música rara y mascando chicle como si le fueran a sacar el tuétano, pintadas como dependientas del Zara y enrollándose en los portales como si le quisieran sacar al novio el aire... paso con el coche para entrar al insituto y me lo pregunto... ¿les afectará el tiempo como a todas las generaciones que a mí me han precedido, es decir, acabarán como viejas culonas sentadas en sillas de madera plegables alrededor de una orquesta de verano, cubiertas con una rebequita de lana, con las palmas de las manos así encima de las rodillas, esperando a que suene el pasodoble de Islas Canarias y que ellos, vestidos con pantalones de tergal, calvos y barrigones las saquen a bailar las lentas en la verbena del pueblo?

Texto: Álvaro García.

Imagen: Alberto Montt.

jueves, 21 de febrero de 2008

CICATRICES

Cuando yo era pequeño, tener cicatrices molaba, de hecho, las mejores eran las que te salían en las rodillas y en los codos y tenían costra, que además de ser poco discretas ya de por sí, se hacían más llamativas cuando tu madre te las embadurnaba completamente de mercromina para que se curaran, y tú entrabas a clase y sabías que ya podía el maestro explicar lo que le diera la gana que tú te ibas a pasar la mañana rascándote las costras a ver hasta donde podías tirar sin que arrancaras carne también y saliera así una gota gorda de sangre cuando la tapabas y apretabas que se te caía por la pierna chorreando y le pedías al maestro si te dejaba ir al baño a limpiarte y entonces llegaba tu momento de gloria porque te paseabas por toda la clase luciendo tu cicatriz sangrante ante las caras de asco de la niñas.
Pero de todos modos, las cicatrices que de verdad molaban, las que te hacían crearte un nombre en la clase de 3º de EGB eran en las que te daban puntos, que entonces sí que molaban porque todos te rodeaban y te preguntaban cuántos puntos te habían dado y luego, para demostrarlo, te levantabas poco a poco el esparadrapo y mostrabas con orgullo tu herida llena de mercromina y pus entre hilos negros resecos. Lo malo era que la gloria duraba lo que duraban los puntos, de modo que, cuando decías que ya te los iban a quitar, todo el mundo dejaba de prestarte atención porque había otro que se había roto un brazo y al lado de eso, tus miserables cinco puntos y tu esparadrapo roñoso no podían competir.
Luego ya, cuando crecí, un verano, en la piscina, se puso de moda hacerse tatutrices en las piernas rascándote el nombre o las iniciales de la chica que te gustaba para que así todo el mundo supiera que harías cualquier cosa por esa tía, hasta hacer el idiota, como hacías, evidentemente, rascándote sangre hasta que se formaba la dichosa inicial; inicial, sólo inicial, que al principio de la moda, el idiota veraneante de la capital que la impuso, se rascó el nombre entero de la novia "MARÍA ISABEL" con los dos apellidos "GONZÁLEZ DE LA FUENTE", que cuando acabó, se lo tuvieron que llevar a urgencias para inyectarle una transfusión de sangre y encima la chica en cuestión lo mandó a la mierda por masoca.
No, lo lógico eran las iniciales, y como mucho, si se quería ser más chulo, un corazón; pero el problema era que, como pasa con los tatuajes, esas malditas cicatrices eran para siempre, por lo que cuando yo me rasqué la cicatriz de "A Y J" y a los cuatro días dejé a la susodicha Jessi, no tuve más remedio con mis pantalones cortos y la cicatriz en rojo sangre, que aprovecharla y ligarme solo a las tías de mi pandilla cuyo nombre empezara por "J", es decir, que me pude enrollar con Judith, con la Jenni, con Josefina, con Julia y con Jolanda, que no se llevaba las gafas de ver a la piscina porque su madre le decía que se bañaba con ellas y las perdería y sin ellas tenía cinco dioptrías en cada ojo, por lo que lo de mi cicatriz ni se enteró, es más, la tocó una vez así con los dedos y creyó que ponía "AY!" y me dijo: ¿Qué te duele?
Lo de las cicatrices es como lo de los viejos y sus enfermedades, que tú le hablas a alguien de las tuyas y, con total certeza, él o ella te hablará de las suyas, lo cual es un viejo truco para ligar cuando ya por fin la chica ha subido a casa y no sabes cómo decirle que esa película ya la has visto, que de hecho, no tienes vídeo, que es más, que han cortado la luz en la calle esa noche, que lo entienda de alguna manera pero lo que tú quieres no es precisamente ver Dirty Dancing en versión original, de modo que, siempre empiezas por la misma pregunta:
Oye, tú crees que habrá alguna persona en el mundo que no tenga una sola cicatriz.
Y ella, dependiendo de si hizo la ESO o el BUP te contestará que todos tenemos una cicatriz al menos, el ombligo, o que depende de si de pequeño se cayó mucho.
Pero eso sí, automáticamente, la conversación sobre cuántas cicatrices tiene cada uno ya se habrá desencadenado, y de hablar de cicatrices a enseñarlas va un paso, y a no ser que ella se empeñe en enseñarte la de la cesárea de su chiquillo el pequeño... eso sólo podrá acabar en gente desnudándose en un sofá.
Por si acaso hay alguien que se quiera desnudar, yo tengo:
Un cicatriz en forma de "U" en este dedo de una vez que se me rompió la garrafa de ir a por el vino a la cooperativa de mi pueblo.
Una cicatriz en forma de "X" en el rabillo del ojo de los primeros puntos que me dieron cuando el Cesar el Arsenio me partió una teja en la cabeza.
Una cicatriz del tamaño de una moneda de diez duros en el hombro... izquierdo, sí, izquierdo, de una de las primeras hostias que me pegué con la moto.
Tres cicatrices redondas en el antebrazo izquierdo de quemazos de cigarro una tarde que me aburría.
Una cicatriz del tamaño de una moneda de quinientas pesetas bajo el escroto de una vez que me caí con la moto conduciéndola con los pies y arrastré el culo por media calle, que llegué a mi casa que parecía que me habían hecho un hombre.
Una cicatriz del tamaño de un escupitajo en la pierna izquierda del año pasado que me di tres veces tres días seguidos en el mismo sitio con un pico de una tabla mientras hacía el armario de mi habitación.
Dos cicatrices en las respectivas bolillas interiores de los tobillos (soy maestro, no médico) de caerme la moto encima.
Y... que yo sepa... aparte de la del ombligo... creo que ya no tengo más.
¿Y tú, cuántas cicatrices tienes?
De las de mercromina, de esas del alma no, que esas suelen dar poca risa.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

martes, 19 de febrero de 2008

APRENDER INGLÉS

Apenas me queda un mes para viajar a La India y, además de las vacunas que nos tuvimos que poner:
La Doctora:- ¿Os habéis vacunado del tétanos?
Óscar: -Ni idea, yo creo que en el pueblo no había vacunas de esas cuando éramos pequeños.
Kike: -Yo, de la Hepatitis, sí.
Álvaro: -Ni idea, pero puedo llamar a la mama, si quiere.

La Doctora: -¿Os habéis vacunado contra la Hepatitis?
Óscar: -Esa sí, que el otro día en la guardería de mi hijo nos la pusieron a todos.
kike: -Yo, de la Hepatitis, sí.
Álvaro: -Ni idea, pero puedo llamar a la mama, si quiere.

La Doctora: -Muy bien, ahora os pondremos las vacunas del tétanos y de la Hepatitis (A Kike), sí, a ti no, ya lo sé. Y luego os doy estas recetas para que os toméis vía oral las de la Malaria y la Diarrea del Viajero.
Óscar: -Entonces, ¿yo no me tengo que vacunar de nada?

La Doctora: -No, tú no.
Kike: -¿Y yo?

La Doctora: -No, no, no... tú del Tétanos.
Álvaro: ¿Entonces llamo a la mama o no hace falta?

Ahora ya sólo queda lo del visado y lo de aprender inglés. De hecho, hoy mismo me lo he propuesto y, con el ímpetu que me caracteriza en toda empresa que empiezo, ya me he puesto esta mañana a aprenderme el diccionario entero mientras mis niños hacían los deberes. De hecho, ya sé cómo se dice Abad, Abadesa, Abadía, Abdicar, Abdonminal, Abjurar, Abnegar, Abolir, Abstención...
He hecho un cálculo rápido y, a este ritmo, para cuando llegue a Bombay, ya iré más o menos por la hache, por lo que podré decirle al taxista que: "Mis abdominales de abad no bloquean bien la banda que coge la cintura del conductor y del delantero de la derecha de donde departo en el elemental, elegido y elevado idioma inglés que he hecho hipotéticamente al hablar."
Sí, ya sé que siendo profesor de castellano debería conocer otros métodos para aprender inglés, pero he intentado quitarle a un alumno su libro de inglés de 1º de ESO y no se ha dejado, a cambio sí que me daba el de castellano, el muy tunante, por lo que el único libro de inglés que había en clase era el diccionario... y aún tendré que dar gracias, que si llega a ser francés, sólo había un libro de recetas de cocina, que con ése habría llegado yo a Bombay sin saber pedir un taxi, pero haciendo unas crepes más buenas...

sábado, 16 de febrero de 2008

CAPÍTULO III.- DE CANICAS Y LIBERTAD.

(Salón-comedor de las chicas, noche de lunes, en la mesa, metódicamente ordenada, Águeda subraya y repasa el libro de código penal, lápices ordenados, rotuladores de subrayar ordenados, goma de borrar impecable, estuche, gafas, tacita de té. Mientras que, en el suelo, Bea se atrinchera tras montones de folios, de fotocopias, de libros a los que ni siquiera presta atención, está leyendo un tesina sobre poetisas modernistas. Plano desde el balcón hacia adentro, aparece Borja por la izquierda, bajando las escaleras de la trampilla, fastidiado en lo puntilloso de un maniático reconocido.)

Borja (en cuanto cierra la trampilla): ¡No lo aguanto, lo quiero matar, nada de herirlo, no una paliza, quiero matarlo, quiero que se ahogue en el mar con una bolsa del DIA en la cabeza y la boca y las narices llenas de trapos, verlo dentro de una caja hermética, de acero, dentro de una fosa, llena de cal, pegar el oído a su ataúd... y escuchar que ya no respira! ¡Eso es lo que quiero!(Y se enciende un cigarro nervioso).
Águeda: No creo que en el DIA tengan bolsas para su cabeza, tendrás que buscar una del Corte Inglés de la sección muebles.
Borja: No, si no digo Crespo. Digo el gilipollas ese que se ha venido a estudiar con él. Que parece que se va a ahogar y nunca lo consigue. ¿No lo oís? (Y todos se quedan mirando al techo en silencio, luego Borja empieza a imitarlo respirando fuerte por la nariz) Es un monstruo, el monstruo de te voy a quitar el aire, dame ese aire que te ibas a llevar a la boca, no respiréis vosotros, que lo necesito yo todo, no hagáis ruido a ver si no me voy a oír respirar y me ahogo. ¡Agg! Me pone de los nervios.
Bea: Exagerado... Pero si eso no molesta, lo de mi hermana sí que molestaba.
Borja: ¿Qué hacía tu hermana? ¿Partir nueces mientras estudiaba.?
Bea: No, en serio, fue un problema muy grave, mis padres pensaban que nunca podría dormir con alguien, que no se podría casar, por ejemplo, cosa que ella nunca ha querido, pero bueno... no en serio, fue algo muy grave.
Águeda: Bea, nos vas a contar algún día cuál era ese problema tan grave de tu hermana.
Bea: No, no os lo toméis en broma, mis padres incluso la llevaron a un hipnotizador de esos que salía en lo de la Rafaela Carrá, que luego...
Águeda: ¡Beatriz Belén! ¿Nos vas a contar de una vez lo que le pasó a tu hermana?
Bea: Con qué, ¿con lo de respirar o con lo del hipnotizador?
Águeda: Y dices tú que ese tío te saca de quicio. Si vivir con esta es como vivir con Epi, que empieza una frase y ella misma se sorprende de acabarla...
Bea: Pues sí que lo sé, que te iba a contar lo de mi hermana que se le metió la canica en la nariz.
Borja: Que tu hermana se metió una canica en la nariz, ¿cuál hermana, Libertad? Y, ¿cómo?
Bea: Sí. Pues, ¿cómo va a ser? Empujando con el dedo.
Águeda: Eh, no Bea, lo que mi hermano te quiere decir, es que si había alguna razón justificada para que tu hermana se metiera con el dedo una canica en la nariz.
Bea: Ah, claro.
Águeda: Ah, ¿sí? ¿Cuál?
Bea: Pues ver si podía. (Los dos hermanos se miran como única respuesta) Y pudo. (Idéntica respuesta) No, en serio, mi hermana se pasaba el día respirando así, con un silbido (lo imita) así...
Borja: Sí, igual que respira el tarado ese de allá arriba.
Águeda: Bea, yo he estado con tu hermana y nunca la he oído respirar así.
Bea: Claro que no, porque cuando tú conociste a mi hermana ya no era virgen. (De nuevo la respuesta de las miradas).
Borja: Vamos a ver, Bea, ¿me quieres decir que ese tío respira así porque le aprieta el frenillo?
Bea: Qué va. Ese tío respirará así porque de pequeño también se tragó una canica, o un lapicero, o... yo qué se. Pero sí sé que mi hermana se curó haciendo el amor con su novio. (Borja hace amago de irse)
Águeda: No, no te vayas, si te lo va a contar de todas maneras, luego cuando veas a su hermana no la mires a la cara y ya está...
Borja: Hombre, si acaso será ella la no me tendría que mirar a mí.
Águeda: No, y tú a ella, porque si de su hermana te puede contar hasta el último detalle de su primera vez, adivina lo que habrá contado de ti...
Borja: Bea... (con miradas suplicante)
Bea: Ese es otro tema, yo lo que os estaba contando es que mi hermana, la primera vez, pues estaba muy nerviosa, pues el chico también era virgen, y ella que le deba miedo y quería hacerlo arriba por si él era muy bruto, pero que ella estaba muy nerviosa, que se ahogaba, que se ponía más nerviosa y no podía porque se ahogaba, que no podía, que se ahogaba, y que ¡plam! De una, la canica salió, ella respiró y... (debe dar a entender que todo entró).
Águeda: ¿Estás hablando en serio?
Bea: Te lo juro, además, cuando veas a su marido le preguntas que por qué lleva siempre una canica en el bolsillo que la llama virgo.
Borja: La puta madre, qué familia... Oye, pero puede ser, puede que ese tío lo que pase es que tenga algo en la nariz.
Águeda: Sí, vegetaciones.
Borja: No, en serio... Y si yo pudiera... de algún modo... hacer que la expulsara.
Bea: Si quieres, yo en el estuche del clarinete tengo vaselina...
(En ese momento suena el timbre de la puerta, se extrañan por las horas que son, Borja va hasta la mirilla y se gira sorprendido).
Borja: Bea, es tu hermana, con maletas.

[CORTE PUBLICITARIO]

(Nueva secuencia, idéntica situación, a la que se ha unido Libertad, rodeada de sus maletas, en medio del salón-comedor).
Bea: ¿Qué pasa? ¿Qué haces aquí?
Libertad: (A punto de llorar) He dejado a Pablo.
Todos: ¿Por qué?
Libertad: (mientras se lo explica va buscándose en el bolsillo) Porque ayer, que no sabía qué ropa era limpia ni sucia, que me pongo a lavarle a unos pantalones y noto que llevan algo en el bolsillo, que meto la mano... y... (saca de su bolsillo algo en el puño)... mira... (le muestra dos canicas en la palma de su mano) (Nadie dice nada) ¡Es que nadie me va a preguntar qué quieren decir estas dos canicas para que haya dejado a mi marido por ellas!
Borja: Vale, yo me subo con Crespo y el oso hormiguero (Y Borja desaparece por la trampilla mientras Bea y Águeda abrazan a Libertad).

(Nueva secuencia, comedor-salón de los chicos, visto desde el pasillo de las habitaciones. Crespo y el chico que resopla están estudiando sobre la barra americana de la cocina. Borja cierra la trampilla.)
Crespo: ¿Qué hacías tanto rato? ¿Tenían fluorescente blanco o no?
Borja: Hostia tío, ni te lo imaginas. Acaba de llegar la hermana de Bea, que se ve que el marido le ha puesto los cuernos.
Crespo: ¡No jodas, pero si está que se rompe!
El oso hormiguero: Chicos, por favor, estamos estudiando...
Borja: ¡Que te den por culo, joder, que no tienes ni idea de lo que estamos hablando!
Crespo: Pero... y cómo se ha enterado, que los ha pillado in fraganti, ahí, en su propia cama, dale que te pego...
Borja: No, que va, que le ha pillado con dos canicas en el bolsillo.
Crespo (Perplejo): Aha... que le ha puesto los cuernos porque lleva dos canicas en el bolsillo... y si le llega a pillar con un cromo de la selección. ¿Era que se había vuelto gay?
Borja: Que no, joder, que es un rollo distinto, pero que es así, que se sabe por eso... (Borja debe intentar hacer ver a Crespo que no puede darle detalles porque está el otro chico ahí. Por eso esquiva un poco la situación bebiendo de la cerveza que se había dejado antes de bajar)
El oso hormiguero (molesto): Oye, perdona, tienes algún problema conmigo.
Borja: ¿Contigo? ¿Que si tengo algún problema? Sí, tengo un problema, un problema muy gordo: ¡que respiras, que haces ruido al respirar, que parece que te quieras respirar la habitación entera, que me pones de los nervios! (Y mientras se pone de los nervios, apretando la botella, se le cuela el dedo gordo en el cuello) ¡Mierda! Pero... ¡mierda! ¡Encima esto!
Crespo: Eh, eh, espera, que yo sé cómo sale eso... mira, agita así la mano y la cerveza hará espuma y te saldrá el dedo como un tapón de champán.
Borja: ¿Seguro?
Crespo: Que sí, joder, hazlo.
(Borja agita la mano siguiendo las instrucciones de Crespo pero lo único que consigue cuando se asoma para ver si el dedo sale es que la poca espuma salga disparada, le moje a él la cara y empape al Oso hormiguero, éste intenta sujetar la cerveza pero al final Borja estira y pega con la botella en la barra, dejándolo todo hecho un desastre)

(Cambio de secuencia, en el salón-comedor de las chicas, plano opuesto al balcón. Libertad sentada a la derecha del sillón con su hermana a la izquierda consolándola, mientras Águeda está sentada en la mesa de centro. Aparece Crespo por la trampilla...)
Crespo: Eh... hola... Liber... que... que si me podíais dejar algo de aceite o vaselina o algo de eso. Es que Borja se ha puesto tonto con mi compañero y no sé cómo (embobado con Libertad, descubre las canicas en su mano)... se la ha metido... (Libertad cambia de expresión)... quiero decir que... que no, que ha sido con una botella, pero que ahora no se la puede sacar... (todas las caras de expresión)... la botella, quiero decir... que... Que me dejéis algo...
(Bea marcha a la habitación pero no debe quedar ningún momento de silencio)
Crespo: ¿Cómo estás, Libertad? Eh... quiero decir, que... que si vas a volver pron... que si te vas a quedar aquí much...
Libertad: No lo sé, Crespo.
Crespo: Ah, pues, bien, ¿no? Quiero decir...
Águeda: Crespo, no te esfuerces.
Bea: Bueno, ten (saliendo y dándole el bote de vaselina) pero te la doy con la condición de que no me la devuelvas y que no me cuentes nunca que vais a hacer con ella.
Crespo: Eh, no, si sólo es... Nada, no, nada. (Hace un amago de irse) Ah, no me acordaba, y no me podríais dejar también un poco de mercromina... es que el chico este parece que se ha hecho un poco de sangre...

[CRÉDITOS]
(Comedor-salón de las chicas, tomando té y hablando, consolando a Libertad. Todo está en silencio, apenas tamizado por una suave música que recorre sus rostros. De repente se oyen gritos del piso de arriba): ¡Estira! ¡No puedo! ¡Estira! ¡No puedo! ¡Estira o nos vamos a pasar así toda la noche! ¡Tú, sujétalo por detrás! ¡Ahora! ¡Estira! (Se oye un golpetazo) ¡Mi nariz, me habéis roto la nariz! ¡Mi nariz! (Y una canica se oye caer, se oye rodar, se asoma y precipita por la trampilla, baja las escaleras y acaba, por fin, en el pie de Libertad...)

viernes, 15 de febrero de 2008

DEFENDERSE POR SER PROFESOR

La mayoría de las personas critican otras formas de actuar porque no saben hacer las cosas de otra manera, y yo, como en tantos otros sentidos, pertenezco a esa inmensa mayoría. Trabajo así y dudo mucho de que pueda aprender a trabajar de otra manera, y mucho menos que quiera.
Ser profesor es rutinario, y yo tengo un déficit de atención bárbaro, de hecho, cuando me están hablando y me aburro, más o menos a los cinco minutos, vuelvo a imaginarme un hospital medieval que construyo desde hace un par de años en mi cabeza; pero ese no es el tema, el tema es que no sé ser profesor de otra manera porque me aburro.
Por eso es por lo que siempre estoy organizando actividades extraescolares, también, supongo, porque guardo un grato recuerdo de las que en mi instituto organizaron para mí, de hecho, gran parte de mi cabreo viene de mis recuerdos de aquellos años que pasé haciendo BUP, recuerdos personales que comparo con la manera de convivir en este instituto que tienen mis alumnos.
Durante mi vida de adolescente estudiante de BUP: abrí un bar, alquilé discotecas y salas de fiesta, organicé más fiestas de las que puedo recordar, alquilé barras de bar, discotecas móviles, contraté servicios de panadería y chucherías, defraudé a hacienda, me fui de viaje organizado por nosotros mismos con lo que habíamos defraudado, me emborraché en la capilla del instituto con todos mis compañeros, hice ouija, me compré una pecera, practiqué tragafuegos con Colacao, pedí un exorcismo a gritos, me enrollé con una compañera mientras la profesora ponía diapositivas, ensayé teatro hasta horas en las que el profesor me tenía que llevar a mi casa en su coche particular, me conchabé con los bedeles para conseguir todos los exámenes de Historia de COU y se los pasé a la mitad de la clase (la otra mitad eran tíos), fumé en los lavabos hasta dejarlos como Londres en febrero, gané concursos de cartas de amor, de relatos, me fui a todos los viajes que pude, pinté las paredes del colegio, me escondí en rincones oscuros durante horas para leer libros que no debía haber leído, aprendí de profesores en sus despachos mientras me expulsaban de las clases de francés, me reí, corrí, leí, pedí ayuda... en definitiva viví, viví como hasta estos días no me había dado cuenta.
¿Por qué me acuerdo de esto y me cabreo? Porque los alumnos de mi centro, salvo escasísimas excepciones, son jubilados de quince años, no tienen ganas de comerse el mundo, no tienen audacia, no quieren romper, cambiar, gritar y, sobre todo, jugar. Lo dan todo por admitido, no sólo es que no tengan iniciativas propias como las que yo he enumerado, sino que rechazan cualquier actividad extra por el simple hecho de sacarles de la rutina. Piensan como cuarentones de sofá, que si los llevas de viaje, que si les mandas deberes, que si les haces esto o lo haces lo otro... todo lo aceptan sin ganas, como cansados, a mil kilómetros de proponer ellos mismos aventuras nuevas.

Sin embargo, por encima de esta sensación de trabajar en un geriátrico de pantalones enseñando las bragas, lo que más me cabrea de esta semana es el haber descubierto que los padres de mis alumnos les han enseñado a ser abogados ante mí, pues se ya les perdoné que se quejaran de mí en una sesión de evaluación por haberlos suspendido a todos, ahora me vuelvo a encontrar con niños acusándome cuando les hacía fotos de que estaba invadiendo su intimidad, de que yo no tenía derecho a hacerles fotos en el centro, porque sus padres les habían dicho que me podían denunciar si subía esas fotos a Internet.
Soy su profesor, por lo que sus padres, lo primero que les tenían que enseñar es a respetarme, obedecerme y, sobre todo, no a confiar en mí, eso me parece que se gana, pero sí a fiarse, demonios, a fiarse de mí, pues me pasé media vida estudiando para poder educarlos.
Soy su profesor, por lo que mis alumnos, lo primero que tendrían que haber aprendido es a disfrutar de cualquier actividad extraescolar que yo les proponga, ese es el objetivo final de cualquier actividad extraescolar, disfrutar, disfrutar de ser niños, de ser adolescentes, de ser libres, de pertenecer a esa pequeña parte social que todavía puede hacer trastadas, reírse de sí mismos, equivocarse, pasarse de la raya... comportarse como adolescentes al fin, y no como jubilados sentados en sus sillones de escai mirando a la raya y diciendo... -Como te pases, te denuncio, y ni se te ocurra obligarme a divertirme o a jugar porque te denuncio.

Mis profesores hicieron conmigo lo que quisieron, me educaron en libertad; yo no es que no pueda educar a mis niños en libertad, es que no me siento libre para educarlos.



Perdón el desorden de ideas.
Texto: Álvaro García.
Foto: Ari.

miércoles, 13 de febrero de 2008

TELEGRAMA

“SIGUE LLOVIENDO. HOY ME VACUNO CONTRA LA MALARIA. MAÑANA SAN VALENTÍN. TOCO PRIMERA CANCIÓN PIANO. COMPRÉ BILLETE BOMBAY POR ERROR. TODO BIEN. ESPERO ALLÍ TAMBIEN."

martes, 5 de febrero de 2008

CAPÍTULO II.- DE SIESTA Y BRAGAS.

(Salón-comedor del ático, plano desde el pasillo a las habitaciones que permite ver a la derecha el sofá azul en el que Crespo y Borja dormitan viendo la tele, con los pies puestos sobre una mesa de centro de gruesa madera rústica colmada de paquetes de tabaco, platos con pipas, cervezas, coca-colas, ceniceros, revistas, apuntes, el mueble de la televisión también es de madera rústica, bajo, por encima de él estanterías de escayola blanca sobre las paredes amarillas, un ventilador de techo marcha con la misma pereza que provocan los documentales de la 2. Frente a la cámara, la cocina junto al recibidor, todo abierto sin tabiques y una trampilla de madera en el espacio de suelo que permite andar entre la barra americana de la cocina y la puerta si estuviera abierta. Sobre dicha barra americana platos sucios, una fuente, yogurs abiertos, al fondo, una cocina moderna y bien decorada, pero lleno el fregadero a rebosar, los fogones soportando todavía sucios cazos y una cafetera abandonada. Todo debe indicar dejadez y desorden.)

Crespo: (tampoco con muchas ganas) Ya verás como la cebra le muerde al cocodrilo en el ojo y se le escapa... (suenan unos golpes en la trampilla. Ambos se miran. Pero lo dejan correr) ¿Lo ves? Si alguna vez te ataca un cocodrilo tienes que morderle en un ojo.(Vuelven a sonar los golpes. Esta vez seguidos de la voz de Águeda.)
Águeda: Borja, ¿quieres abrir? (Golpes ya muy insistentes).
Borja: Abre tú, que estás más cerca (y se arremolina contra el cojín).
Crespo: Abre tú, es tu hermana.
Águeda: ¡Queréis abrir de una vez!
Crespo: (Levantándose con muchísima pereza) Vale... ya vamos... (Se agacha en la trampilla y descorre el cerrojo, la abre y aparece la cabeza airada de Águeda. Crespo vuelve al sofá como si ella le fuera a quitar el sitio.)
Águeda: Nos hemos quedado sin butano. ¿En el Mercadona venden?
(Crespo y Borja se miran, ambos le responden al mismo tiempo): Sí.
Águeda: ¿Y qué tengo que hacer? Compro la botella allí y les digo que me la suban a casa.
(Crespo y Borja, idéntica respuesta): Claro.
Águeda: Vale, ¿vosotros queréis una?
Borja: No, da igual, aún nos queda.
(Fin de la secuencia, Águeda desaparece por la trampilla gritándole a Bea): Bea, que sí que venden en el Mercadona, ¿lo ves?)

(Nueva secuencia, los chicos siguen en el sofá viendo un programa del corazón, las chicas subirán enfadadas, las dos Águeda y Bea)
Crespo: ¿Te imaginas que tuvieran un hijo Yola Berrocal y el Padre Apeles?
Borja: Si, y en vez de bautizo celebrarían una Tómbola.
Crespo: Sí, y los padrinos serían Mariñas y la Carmele Marchante.
Borja: Pues anda que este, te imaginas que tuvieran un hijo Dinio y Marujita Díaz.
Crespo: No.
Águeda: ¡Sois gilipollas!
Bea (Que al salir de la trampilla ha echado la mano encima de una mancha en el suelo): Y encima unos guarros, ¿qué es esto? (por lo que tiene que lavarse la mano en el fregadero mientras Águeda se encara con ellos).
Águeda: Y te recuerdo que es a mí a quien le de papá el dinero. ¿Sabes?, tú ves pasándote de gracioso que ya verás...
Crespo: Pero...
Águeda: Tú calla o le diré a tu madre que te gastas el dinero de las fotocopias en comprarte los Phoskitos por cajas.
Crespo (mirando a Bea, que se incorpora al grupo apoyando a Águeda): Yo no tengo la culpa, es mi metabolismo, soy débil.
Bea: Bueno, nos vais a decir de una vez dónde se compra el butano. Porque la cajera del Mercadona, aparte de reírse de nosotras preguntándolo por megafonía, nos ha dicho, que por lo menos en su barrio, hay que esperar a que pase un camión lleno de botellas y entonces decirle al chico cuántas queremos quedarnos, pero que la mayoría de las veces hacen lo que les da la gana o ni te hacen caso si no les interesa.
Crespo: Exactamente lo mismo que nos pasa a nosotros con las mujeres.
Borja: No, pues tú llamas por teléfono antes y ya quedas en un día concreto.
Bea: Sí, y va a venir un camión aposta para nosotras, lo que hará será decirnos que sí y pasará de nosotras.
Crespo: Exactamente lo mismo que nos pasa a nosotros con las mujeres.
Borja: Qué va, si os dicen que vienen, vendrán, ¿por que os iban a decir que sí y luego no iban a venir?
Águeda: Pues por quitársenos de encima.
Borja: Joder, y entonces ¿que pasa, que todo el mundo sabe comprar butano menos vosotras que no vais a conseguir una botella ni pagando?
Crespo: Exactamente lo mismo que me pasa a mí con las mujeres.
Águeda: No, pues yo llamaré ahora a la compañía de butano que sea, pero si no nos la traen esta tarde, mañana por la mañana tendremos que ducharnos aquí.
Borja: ¿Sí? Pues tendrá que ser pronto, porque a nosotros también nos queda poco gas y lo más seguro es que se nos acabe y os quedéis a medias.
Bea (sin poder reprimirse, pero tampoco enfadada): Tampoco sería la primera vez...
(Fin de la secuencia, las chicas vuelven a desaparecer mientras los chicos se miran picados para después continuar mirando la televisión).


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(Nueva secuencia pero idéntica situación, las chicas vuelven a aparecer por la trampilla y los chicos siguen tirados en el sofá, viendo un partido de tenis.)
Crespo: Sí son bragas.
Borja: No son bragas.
Crespo: Sí son bragas.
Borja: No son bragas.
Crespo: Sí son bragas.
Borja: No.
Crespo: Sí.
Borja: No.
Crespo: Sí.
Borja: ¿Lo ves? No son bragas, son coulottes. ¿Cómo se van a poner bragas?
Crespo: Podían ponerse tanga.
Borja: Sí, y jugar en bikini.
Crespo: Joder, entonces sería como el boley playa. Ya no sería tenis.
Borja: Por eso no llevan bragas.
Águeda: Nos han dicho que pasarán mañana por la tarde. Así es que nos toca ducharnos aquí arriba.
(Los chicos ponen cara de que se les da igual).
Águeda: Ven, Bea, vamos a ver cómo tienen los guarros estos la ducha (desaparecen hacia la cámara).
Bea (gritando desde el cuarto de baño): ¡Crespo! ¿Qué hacen unas bragas en la ducha?
(Ambos hacen el amago de saltar del sofá, pero las chicas ya han vuelto al comedor)
Bea: Qué guarros que sois, a saber de qué tendedero las habéis robado.
Crespo: Eh, no, es que yo no tengo esponja.
Águeda: ¡Ah, que asco! ¡Eres un guarro! Sólo falta que te las hayas puesto.
(Crespo pone cara de culpable viciosillo)
Bea: Mira, eso me hubiera gustado verlo.
Borja: Te aseguro que...
Crespo: Tú calla o les cuento que la primera vez que te pusiste un condón, metiste dentro hasta los huevos.
Borja: Crespo... vete a la mierda, tío. ¿Quieres que les cuente lo del salvaslip de Nochevieja?
Águeda: No, mejor no, seguir viendo la tele, yo luego subiré a ducharme después de cenar.

(Cambio de secuencia, mañana del día siguiente, temprano, suena un radio despertador y Crespo aparece en calzoncillos en el comedor, naturalmente, recién levantado. Bea baja en esos momentos por la trampilla. Va en pijama, con un neceser y una toalla.)
Bea: Buenos días, Crespo.
Crespo: Eh, y... ah, buenos días, uh, ohhh (mientras Crespo se ha acordado de que Bea se iba a duchar esa mañana, ella ya está en la puerta del cuarto de baño).
Bea: ¿Qué Borja se ha ido ya?
Crespo: Eh... sí, sí, estamos solos, sí, sí, que él... que tenía unas prácticas. Solos.
Bea: Oye, Crespo, que, ¿te importa si no echo el pestillo en la ducha? Es que me da... miedo, ya sabes, quedarme encerrada.
Crespo: Eh... ¡No! No, mujer, cómo me iba a importar... (ella desaparece de nuevo) Que te estés duchando, a apenas un metro de mí, seguramente desnuda, con jabón... y la puerta cerrada...
(Pasa un tiempo nervisoso mientras se oye el agua. De repente se oyen los gritos de Bea)
Bea: ¡Aah! ¡Crespo, sale fría! ¡Crespo! ¡Crespo! ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Puedes entrar y apagar esto! ¡Yo no sé! ¡No sé donde está mi toalla! ¡Está fría! (Crespo desaparece raudo y veloz. Se oye un grito todavía más exagerado.)


[CRÉDITOS]

(Por la noche, Borja y Crespo cenando en la barra americana)
Borja: Joder, Crespo, ¿me lo vas a contar o no? ¿Qué paso?
Crespo: Joder... mira, fue algo como lo del Padre Apeles, la Marujita Díaz, el Dinio y la Yola Berrocal...
Borja: O sea, que te lo has inventado todo y si le pregunto a ella me dirá que es mentira ¿Y lo del ojo? ¿Te hizo como la cebra al cocodrilo?
Crespo: No, lo del ojo me lo hice yo por entrar corriendo y hacer que no miraba.
Borja: ¿Lo ves?, si al final ni la viste desnuda.
Crespo: Ah, como las bragas.
Borja: ¿Qué bragas?
Crespo: Sí.
Borja: No.
Crespo: Sí.
Borja: No.

lunes, 4 de febrero de 2008

LAS MODAS QUE PADECÍ

Cuando yo era pequeño, hubo una vez en que todos los niños del colegio aparecimos en la fila con las mismas zapatillas J'Hayber blancas y azules, todos, incluso uno de nosotros las sigue llevando hoy en día.


Otro año, ya en el instituto, a los mayores les dio por comprarse jerséis Privata, que eran de lana, con la marca así con un triángulo y te los tenías que comprar, yo llegué tarde a la moda por ser pequeño, tres o cuatro tallas más grandes, era una moda genial, sobre todo porque podías ir al instituto sin pantalones, total, el jersey te llegaba hasta los pies, justo hasta las J'Hayber.

Luego, al poco tiempo, esa moda pija se sustituyó por las chupas de cuero, las camisetas blancas y los Levi's rotos y desgastados, que fue por aquellos años cuando echaron Greasse en la tele y cuando los de Sensación de vivir les dio por ir así, que molaba un montón porque los pasillos del instituto parecían las bambalinas de un musical de amricano y que en cualquier momento todos nos íbamos a poner a cantar ¡You´re the one that I want(you are the one I want), ooh ooh ooh, honey ! Pero el problema no era sólo que aquello no pasó nunca sino que las chupas de cuero, cuando sonaba el timbre y te ibas atrás, a las perchas a coger la tuya, que como eran todas iguales, siempre te confundías y molaba un montón porque cada día era una sorpresa meter las manos en los bolsillos y descubrir cosas nuevas: una china de costo, un mechero, o un trozo de chocolate, o un encendedor, o una boleta de hachís, o un Zippo... total, como todo el mundo llevaba lo mismo, daba igual que no fuera la tuya, ni siquiera notabas la diferencia...



También hubo un tiempo que se pusieron de moda las mallas grises, pero como en mi época las chicas eran tan recatadas, para que no se les viera el culo, se ataban el jersey Privata a la cintura y así llevaban cubiertos los dos frentes, el trasero con el suéter y el delantero con la carpeta para taparse las tetas, que yo me sabía de memoria todas las fotos del maldito Lucke Perry ese de tanto mirarlas.


Oh, y durante otro tiempo se pusieron de moda los plumíferos, que eran unos anoraks gordísimos rellenos de plumas que abrigaban un montón y te convertían en el muñeco de Michelín, el problema es que por aquellos años no había tantas tiendas de ropa como ahora y la mayoría de nosotros llevaba el mismo pero variando algo los colores, por lo que, si a alguien se le ocurría no seguir la moda y llevar otro tipo de chaqueta, al subir las escaleras del insti te podías entretener buscándolo como el que busca a Wally.


Me estoy dando cuenta de que la moda de mis años mozos fue una mierda, pues entre los plumíferos, los jerséis Privata de cuatro tallas, las camisetas que tapaban el culo y las malditas carpetas, apenas podías saber cómo era la chica que te gustaba, pues eran como las cebollas, hasta que llegases a quitarle todas las capas.


Pero eso sí, entonces la moda propiciaba un amor más profundo, más verdadero, más idílico, pues sólo te bastaba su cara y su pelo para enamorarte de ella, te bastaba y te tenía que bastar, pues el resto del cuerpo estaba debajo del plumífero y a saber cómo era. Pero no, tú sabías que la que te gustaba era la del pelo rizado y el plumífero azul y gris.


Claro.


Hasta que se puso de moda el pelo rizado y todas las malditas chicas del instituto se lo rizaron el mismo día, que tú entonces mirabas y mirabas y te dejabas los ojos pero no conseguías distinguir cuál era su plumífero, cuál su pelo rizado, cuál de ellas sería la tuya si todas eran iguales, y no la podías distinguir, y todas se quitaban el plumífero y llevaban el mismo jersey Privata, las mismas gafas de pasta, el mismo pelo rizado, ¡la misma carpeta de Lucke Perry! Y tú venga a darle patadas al muro con tus J'Hayber, de rabia, a ver si se rompían de una vez y te dejaban comprarte las botas que molaban entonces, las Doctor Marten's.


Esa fue la siguiente moda que padecí, la de llevar las botas punkis y los pantalones ajustados, porque me da igual lo que digan ahora de los chiquillos que van enseñando el culo y pasan frío, eso no es nada comparado con la tortura de enfundarte todas las mañanas los Levi's estrechados por tu madre hasta las costuras y atarte luego las malditas botas punkis, que era insoportable, que con razón llevábamos los mecheros en las chupas de cuero, porque si te lo metías en el bolsillo del pantalón no cabía, ya estaba lleno, que cada vez que buscabas monedas para el tabaco te pasabas diez minutos rascándote un huevo.


Menos mal que como todas las modas, la de los pantalones estrechos pasó y entonces, ya en la facultad, yo me perdí un poco de tendencias y movimientos, pues allí cada uno iba vestido de una manera, los había hippies, heavys, rockers, pijos... y de Zara, que poco a poco se fue imponiendo conforme los Levi's se iban pasando de moda y aparecían los suéters de pico con pantalones chinos, que fue todo un alivio, porque por aquel entonces triunfaban en los institutos las Spice Girls y todos los niños y niñas iban con chandal a todas partes menos a la clase de gimnasia. Que yo me acuerdo de aquellos años de entrar a la discoteca y ver a todo el mundo igual, que tú decías, joder qué pinta de deportista tiene todo el mundo, no sé por qué critican tanto la Ruta del Bakalao, si van todos en chándal y sólo hacen que beber agua.


Por suerte o por desgracia, la moda del chándal pasó y apareció la del tanga y los pantalones arrastraos, que yo me pongo a pensar y digo, pues hombre, muy cómodo no tiene que ser ni una cosa ni la otra, sobre todo para el frío en los riñones, pero... si lo miras desde otro punto de vista, como en mi instituto hubiera aprecido uno un día con los pantalones por las rodillas y enseñando los Abanderado, se le habría reído hasta el profesor de religión, pero eso sí, como a su lado hubiera aparecido una, una de las de mi época de los Privatas y las mallas, hubiera aparecido enseñando medio culo y el tanga... ¡jaja! Y nosotros con los pantalones ajustados. ¡Jaja!


Qué injusta fue la moda con los de mi generación.


Texto: Álvaro García.
Foto: Hay que ver lo que sale en internet si la das a buscar "tanga" en Google, jaja. Al final he puesto una de Alberto Montt que me gustan más y esto lo leen los niños.

domingo, 3 de febrero de 2008

LES ESTOY COGIENDO CARIÑO A MIS NIÑOS

Lo cierto es que ya llevo unos meses en el instituto nuevo y, como digo, les estoy cogiendo cariño a mis alumnos. Pero esto va a ser difícil porque sé que al finalizar el curso ellos descubrirán este blog e intentarán identificarse, por lo que, vamos a tener cuidado, pero es que no puedo evitarlo, me río muchísmo con ellos:
- Tengo un niño que no se sienta en su sitio hasta que no les ha pegado a todos los demás, pero no pegar de cachetes, no, pegar de que si se resiste alguno se le tira encima con la mochila y todo y hasta que no chillan no para.
- Tengo dos niños, uno indio y otro búlgaro, que conmigo no quieren hablar en castellano pero entre ellos hablan en inglés, lo malo es que ahora se han enfadado y ya no sé en qué idioma discuten.
- Tengo una niña ecuatoriana que apenas habla pero se pinta como una puerta y yo la junté con una niña negra que hablaba un montón pero no se maquillaba, resultado, ahora las dos van pintadas como puertas y no dejan de hablar.
- Tengo tres niñas a las que sus padres no les dejan ver el final de Los hombres de Paco porque acaba muy tarde, por lo que si las quiero amenazar con algo para que dejen de peinarse y me hagan caso, las amenazo con contarles el final.
- No me olvido, sigo buscando al alumno que quiere ser domador como su padre.
- Tengo a dos gemelas a las que, lo juro, todavía no he conseguido acertar con su nombre... Ahora que pienso... ¿no será que me están tomando el pelo?
- Tengo a un alumno que, le pregunte lo que le pregunte, me acaba contando peleas, pero sea lo que sea, que yo le pregunto por El poema de Mío Cid y él me acaba contando de un primo suyo que lo rajaron en la avenida del Cid; que le pregunto por los villancicos castellanos y me acaba contando que a otro primo suyo lo atracaron en Navidades; que le pregunto...
- Tengo un alumno que es tan pesado como crédulo, y cada día me pregunta si le he corregido su trabajo y yo cada día le digo que se lo di a cualquier otro compañero de la clase, y él enseguida va a ese compañero y le pregunta como un desesperado, pero eso todos los días, es que es tan pesado que se lo merece.
- Tengo un alumno de trece años que es tan alto que no cabe en el pupitre y cuando se sienta puede llegar con sus pies a los del niño de delante, que es una niña que es la abogada de otra, porque resulta que no habla, que ahora ya, pero al principio era la abogada la que me comunicaba: -Que ella dice que no ha hecho los deberes porque se olvidó la libreta.
- Tengo a un alumno que me recuerda a Joselito cuando era niño prodigio, pero resulta que mi alumno fuma, que lo sé yo, y casi casi lo tengo convencido de que si sigue fumando se le pondrá la pilila negra como un tizón. Que estoy seguro de que cuando se la mira por la noche en la cama se acuerda de mí... (Uff, eso ha sonado muy raro).
- Tengo una alumna ucraniana que es la mejor de la clase de castellano.
- Tengo una alumna que me robó un paquete de tabaco. A esta no, a esta cariño unas narices, a esta le tengo una manía que no puedo ni verla, ojalá fuera a clase con el primero, con el que reparte hostias, y que se juntara con las que se pintan y se echara de novio al indio para que el búlgaro se enfadara con ella y dejara de hablarle en inglés y entonces se echara de novio a alguno de los primos que se meten en peleas y que fuera tan pesado como mi crédulo y así se quedara sin amigas y tuviera que escuchar todas las mañanas las tertulias de las de Los Hombres de Paco y que si me tuviera que decir algo me lo dijera a través de la abogada y que no fuera otra cosa sino que le pasara lo que le digo yo al Joselito si sigue fumando.



¡Ay, qué a gusto me he quedao!


Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.




No, no es cierto, no me he quedado nada a gusto, de hecho, acabo de levantarme de la cama, y esta vez no ha sido por la maldita comida del chino.
Son niños, son niños y son mis alumnos, y he mentido, les he cogido cariño a todos, desde el que pega hasta la que me roba el tabaco, son niños y si a ellos no les doy una y mil oportunidades, si a ellos no les dejo equivocarse, no merezco el oficio que tengo, porque aunque yo no soy su padre... ellos sí son mis niños.

LA BODEGA, de Noah Gordon

Conforme voy leyendo libros comerciales, y éste me lo acabo de terminar, me voy reafirmando en mi opinión de que este tipo de novelas se basan en la imitatio de un mismo patrón:
- Un personaje adelantado a su tiempo que se esfuerza y viaja para llevar el progreso a su lugar de origen mientras debe enfrentarse a la hostilidad del resto de personajes secundarios que no creen en el progreso.
Eso sucede en El Médico, en Los Pilares de la Tierra, en El clan del Oso Cavernario, en Un Mundo sin fin...
Evidentemente, estos libros venden porque el lector se identifica con protagonistas cargados de virtudes y de una voluntad indestructible, pero como literatura de calidad estos libros son vino con gaseosa comparados con grandes novelas. ¿Cuál es la diferencia a mi entender? En primer lugar, el trabajo con el lenguaje, pues no se percibe una retórica elaborada, un conglomerado de recursos estilísticos, sino sólo un estilo fácil y ameno más dirigido a facilitar la lectura que a la creación de imágenes sugerentes, de sinestesias, de símbolos...
Y en segundo lugar, añoro la creación de personajes complejos, de seres que evolucionan con las contradicciones propias del ser humano que permiten a lector aprender de ellos mismos. El mundo no se divide en buenos y malos, por lo que la literatura tampoco debería dividirlos tan tajantemente, no por pasión realista, sino porque resultan poco creíbles, poco vivos, vamos, que no me los creo. Y si no me creo un libro, no me lo leo como una novela sino como un tebeo, no me los bebo como un vino sino que los trago como un refresco.
Será cuestión de variar el menú.