Hoy creo que me he vuelto a cargar la muela que me quiso empastar la última dentista de la que huí; además, acabo de recibir un mail equivocado de la primera amiga a la que le conté esta historia en el que ella le cuenta a su novio cuánto lo echa de menos desde Rusia.Siempre he creído en las señales divinas, en Dios sólo cuando lo necesito, pero en las casualidades creo como un calvo en un crecepelo. Es por ello por lo que me decido a contar esta historia.
En realidad ha habido dos dentistas en mi vida, pero de lo que quise a la primera hace mucho tiempo que me prohibí hablar, de hecho, nuestra relación se ha ido enfriando desde que se volvió a cambiar de número de teléfono, me dejó de devolver los anónimos y ya no me coge las llamadas que le hago de madrugada y me callo...
Lo más bonito que hice por una dentista sucedió en una biblioteca donde yo habité como el ratón Firmin durante unos años de oposiciones infructuosas. Imagino que la vi por primera vez allá por el mes de enero y, desde mi mesa atestada de libros abiertos, lo primero que me vino a la cabeza fue desnudarla sin duda alguna: ¡Dios mío y qué mal vestía la pobre! Pues llevaba puesto un abrigo hecho, seguramente, con las faldas de una mesa camilla, una falda hecha con un abrigo y seguramente una blusa hecha con una cama. Lo juro, ésta vez no fue vicio, era necesidad lo que me obligaba a querer desnudarla.
Sin embargo, tuve la suerte o la desgracia de que se sentara en una mesa frente a mí. Sin embargo, tuve la suerte o la desgracia de mirarla y descubrir que me miraba.
Sin embargo, tuve la suerte o la desgracia de que se sentara en una mesa frente a mí. Sin embargo, tuve la suerte o la desgracia de mirarla y descubrir que me miraba.
¿Qué iba a hacer yo, rodeado de Rubén Darío, de Juan Ramón Jiménez, de Cernuda y de Machado? Me puse nervioso, me pasé la tarde rebuscando papeles y firmando recetas sin nombre, pues he de reconocer que, cuando me enamoro, me tiembla el pulso más que a un practicante jubilado. Aquella tarde no leí, no estudié, no resumí ni subrayé, aquella tarde respiré los versos, olí las poesías, mordí los fragmentos que hablaban de amor hasta el punto que un bedel me tuvo que pedir que dejara de mascar las obras completas de Bécquer.
Pero yo ya no hacía caso a nadie, ya no vivía ni me acordaba de respirar el aire, volvía a casa y echaba de menos la biblioteca, apenas dormía, madrugaba como un sereno para estar a las puertas una o dos horas antes, casi de noche, por ser el primero. No comía, no bebía, no podía; no veía los informativos, no devolvía los mensajes de texto, porque había algo que hacía que el mundo entero fuera rico y sólo yo pobre: necesitaba saber su nombre.
Por suerte, apareció un amigo un día que me sacó de mi agonía, me levantó la cabeza de mi trinchera de papeles y poesías y me preguntó qué me pasaba. Y yo... agachando la cabeza en la biblioteca, con susurros mientras la miraba, le confesé que amaba a aquella joven y que necesitaba saber su nombre.
Él se acercó, se lo preguntó, volvió y me dijo que Lucía.
¡Qué había hecho! ¡Estaba descubierto! ¡Ahora ella reía con sus amigas, me miraban, se reían! ¡Yo estaba muerto! Aunque es verdad. Ahora, al menos, sabía el nombre de mi enfermedad. Lucía.
El día siguiente fue el más horrible de mi vida, pues no la vi, claro, era domingo, pero es que perdí la cartera, me cagó una paloma, creo que un mendigo me metió mano en el autobús y además me pillé el dedo pequeño con la puerta de casa. Pero es que yo no quería que llegara el lunes, es que yo no la quería ver, es más, incluso me planteé cambiar de biblioteca, estudiar en otro lado, de hecho, probé un rato a estudiar en un cine y el supermercado de mi barrio, pero todo era distinto, la poesía no sabía igual sin ella, esquivando carritos, perdiendo el turno en la carne y muerto de frío en los congelados.
Por eso decidí volver el lunes a la biblioteca, volver a mi mesa, atrincherarme detrás de las obras completas de Galdós y rezar para que ella nunca más volviera y no morirme de la vergüenza. Pero el problema es que ella volvió, puntual como la primavera en Viena, ella volvió y, lo que es peor, se acercó a mi mesa, alzó su cabeza por encima de mi trinchera y me preguntó si estaba libre esa silla, si podía sentarse ella.
Se llamaba Lucía, vestía peor que la mendiga de mi calle, pero era la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Le dije que no, que sí, que ni... no sé lo que le dije pero ella se sentó y sacó sus dientes y los puso encima de la mesa. Yo, pasado el rato de vergüenza, alcé la cabeza por encima de mi trinchera y la vi contando ese puñado de dientes entre papeles y deduje, o dentista o santera, y como no conocía a ninguna santera que estudiara un libro de periodoncias, llegué a la conclusión de que mi amada se llamaba dentista y era Lucía. Sí, llegué a esa conclusión. Estaba tonto, lo sé.
A partir de aquella mañana, sucedieron los días más felices de mi existencia, pues poco a poco fui sabiendo de ella, fui hablándole entre molares y Lope de Vega, entre caninos y Quevedo, entre incisivos y Garcilaso. Yo cada día le tenía preparado un poema nuevo para que ella lo leyera, y ella cada día me enseñaba un diente de esos que eran de un muerto y se los habían dado en la escuela. Todo era maravilloso. Se llamaba Lucía y cuando la veía me latían hasta los huesos. Se llamaba Lucía y me hacía caso.
Llegó por fin la primavera, nuestra relación se iba consolidando, ella ya sabía distinguir a Góngora de Quevedo y yo ya sabía la diferencia entre el molar derecho y el izquierdo, las tardes se hacían más largas, a veces nos quedábamos charlando al atardecer en la puerta de la biblioteca, o la acompañaba por el parque hasta su parada o simplemente la perseguía a una distancia prudente para hacerle fotos con el móvil sin saldo. Imagino que por eso me atreví, también porque no cambió su vestuario con el calor, pues alternaba día sí día no, una falda escocesa con el abrigo de mesa camilla y unos pantalones largos con un suéter viejo de cuello alto. Pero es que un día trajo una cinta que le había grabado un amigo para estudiar mejor, evidentemente, yo me morí de celos y apuñalé con la pluma tres o cuatro hojas del diccionario de la RAE, justo por la definición de cuernos, cornamenta y cornudo, por lo que pasé el día taciturno como Segismundo el día que le cortaron la luz, hasta que ella misma lo notó, creo yo, o sería yo el que quiso que lo notara, no sé, pero el caso es que le dije que no era bueno el violín que ese impertinente le había grabado sin doble pletina, que yo mismo le grabaría al día siguiente, un Cd completo de música perfecta para que estudiara pensado en mí, pensando, pensando en ella quise decir.
Le grabé a Chopín. Pasé la noche en vela esperando a que el maldito Emule lo descargara con mi conexión telefónica de llamadas restringidas, pero por fin, a las siete de la mañana, pude grabarle los Nocturnos de Chopín a Lucía, la obra más romántica que existe, la mejor declaración de amor a piano que se pueda sentir. Y yo mismo me seduje, yo mismo me atreví, escuchándolos, pensando en que ese Cd llegaría a ella, a su cuarto, a su casa, a sus desnudos matinales, a verla sin ese abrigo de polipiel, le escribí sobre el Cd unos simples versos: Hoy la tierra y los cielos me sonríen,hoy llega al fondo de mi alma el sol...
Evidentemente, cuando ella recibió de mi mano sudada el Cd grabado y me preguntó qué eran los versos que todavía se distinguían escritos pese al sudor. Yo callé, no le dije nada, no le dije que eran de Bécquer, no le dije que tenían continuación, no le dije que había recargado mi saldo. Tan sólo tuve que esperar esa tarde a que ella se marchara, a despedirnos como siempre con un hasta mañana, a verla marchar inconfundible entre la gente con su falda escocesa y su suéter verde, entonces le di a enviar ese mensaje, entonces ella recibió el final de Bécquer: Hoy la he visto..., la he visto y me ha mirado...¡hoy creo en Dios!
Cierto es que tan sólo me contestó que era muy bonito, cierto que podía haber dicho algo más, cierto que yo leí y releí su respuesta durante todo el fin de semana como unas cien veces, cierto que interpreté esa contestación desde un punto de vista lingüístico, semiótico, sintáctico e incluso, ya desesperado, la analicé fonológicamente, pero no me acabó de quedar claro si ella correspondía a mi amor o me estaba rechazando.
Por eso decidí marcharme. Por eso y porque era mayo y mis oposiciones quedaban demasiado cerca, por eso me armé de valor al lunes siguiente y le dije, mientras se abrochaba la blusa verde, que me iba, que me marchaba de biblioteca.
Pero ella no dijo nada de Bécquer, es más, ella no dijo nada. Pasó la mañana mandando mensajes con ese móvil enorme que tenía que sólo parecía que pudiera caber en el abrigo largo de polipiel que todavía traía pese a estar los bancos llenos de gente en manga corta. Y yo, triste, empecé a sospechar que había hecho el idiota. Ya no le leí más poesías, ya no me enseñó más sus dientes, ya no coincidíamos a la salida, ya no volví a confiar en Becquer.
Y lo peor no fue eso, lo peor no sucedió ese día, lo peor no fueron esos mensajes que mandaba, lo peor, lo que me rompió el corazón, fue que al día siguiente apareció el galán que los había recibido, el que le había grabado la cinta sin doble pletina, el que se sentaba a su lado, el que tenía ahora sus dientes en la mano mientras yo lloraba tras mi trinchera apuñalando a Cernuda y a Zorrilla en mi doliente pena. Me iría.
Estaba decidido. Ese sería mi último día ahí. Cambiaría de biblioteca y no la volvería a ver.
Pero antes de eso llevé a cabo mi último plan, pues el amor es lo que tiene, que cuanto más daño te hacen más quieres perdonar, y como ya no me fiaba de Bécquer para ayudarme en mi tormento, me pasé la tarde en la sección de préstamo como quien busca un libro y sólo encuentra documentos. Pero lo llevé a cabo. En la distancia, Darío sería mi Ícaro y ella mi sol, sus palabras la cera que ella derritiera y... casi me quedo dentro por no encontrar la página concreta.
Lo más bonito que he hecho por una dentista fue eso. Despertar por la mañana. Marcharme en metro a una biblioteca extraña. Sentirme solo entre libros de Derecho Mercantil y abogadas cruzadas de piernas. Fue a las diez a diez, siempre me acordaré, que por fin supuse que ella habría llegado a nuestra antigua mesa y la encontraría sin mí, fue entonces cuando me decidí a enviar el mensaje de Movistar, un mensaje extraño, pues tan sólo ponía: P DAR AZU 185
Evidentemente, mi dentista no entendía y me contestó, que qué le estaba contando yo. Y yo le dije que era una referencia bibliográfica. No le dije nada más, nunca la volvía ver, creo que ese año volví a suspender las oposiciones, no me dejaron los del tribunal que les explicara que había estado enamorado.
¿Que qué ponía en la página 185 de Poesía Darío Azul?
EL IDEAL
"Y luego, una torre de marfil, una flor mística, una estrella a quien enamorar... Pasó, la vi como quien viera un alba, huyente, rápida, implacable.
Era una estatua antigua como un alma que se asomaba a los ojos, ojos angelicales, todos ternura, todos cielo azul, todos enigma.
Sintió que la besaba con mis miradas y me castigó con la majestad de su belleza, y me vio como una reina y como una paloma. Pero pasó arrebatadora, triunfante, como una visión que deslumbra. Y yo, el pobre pintor de la Naturaleza y de Psyquis, hacedor de ritmos y de castillos aéreos, vi el vestido luminoso de la hada, la estrella de su diadema y pensé en la promesa ansiada del amor hermoso. Mas de aquel rayo supremo y fatal sólo quedó en el fondo de mi cerebro un rostro de mujer, un sueño azul."
"Y luego, una torre de marfil, una flor mística, una estrella a quien enamorar... Pasó, la vi como quien viera un alba, huyente, rápida, implacable.
Era una estatua antigua como un alma que se asomaba a los ojos, ojos angelicales, todos ternura, todos cielo azul, todos enigma.
Sintió que la besaba con mis miradas y me castigó con la majestad de su belleza, y me vio como una reina y como una paloma. Pero pasó arrebatadora, triunfante, como una visión que deslumbra. Y yo, el pobre pintor de la Naturaleza y de Psyquis, hacedor de ritmos y de castillos aéreos, vi el vestido luminoso de la hada, la estrella de su diadema y pensé en la promesa ansiada del amor hermoso. Mas de aquel rayo supremo y fatal sólo quedó en el fondo de mi cerebro un rostro de mujer, un sueño azul."
Y... ¿qué me contestó ella?
Que era muy bonito.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.
AMOR









