miércoles, 30 de abril de 2008

RELATO: LOS FRAGMENTOS DE SAN PÉRDIDO II

Esto estaba escrito en la fachada de la escuela.
IV

San Pérdido limita sur con la Atalaya (la montaña más alta de su término, 728 metros), al Norte con la Sierra de Curro Cuchares, al este con la Fraga de Cecebre y al Oeste con la presa romana.
El clima de San Pérdido es continental cálido por ser una isla, lo que le confiere un alto régimen de precipitaciones caprichosas y una total imprevisibilidad de temperaturas, habitualmente más tendenciosas hacia el bochorno.
La flora de San Pérdido pertenece a lo que podríamos llamar, plantas intranquilas, pues empezando por su olmo centenario y acabando por los álamos del río, desde la fraga hasta los cipreses del cementerio, ninguno de sus árboles sabe estar nunca en su sitio. Se considera una excepción la parra, que siempre está en la fuente de la plaza, lógicamente porque la tenemos atada.
La fauna de San Pérdido es característica propia y muy autóctona, pues al contrario que la flora, ni los grillos, ni las ranas, ni los topos, ni los gorrinos hacen por marcharse del pueblo ni aunque nieve. Excepción lógica, claro está, de las golondrinas, desde que riñeron con los topos; y la de los gatos, que nadie sabe quién los manda ni los deja de mandar...
San Pérdido tiene ciento siete habitantes en invierno y una barbaridad incontable en verano, pues sufre durante los meses estivales la llegada masiva de extranjeros en triciclos; peculiaridad ésta debida a la extraña orografía del único camino que lleva al pueblo, pues a diferencia de los caminos ortodoxos, éste tiene tres roderas, lo cual desde antaño, siempre ha dificultado las comunicaciones entre el pueblo y el exterior.
La orografía de San Pérdido también es muy peculiar, pues el pueblo está situado en una isla que forman los brazos del río al abrirse y cerrarse posteriormente en una presa de tiempos de los romanos. A esta isla se puede acceder por dos puentes de sillería también de época romana. La isla está situada, naturalmente, por encima del nivel freático del río, sin embargo, su naturaleza caliza y las continuas excavaciones que algunos particulares habitantes del pueblo llevaron a cabo, provoca que la consistencia de su terreno sea escasa, así como frecuentes las inundaciones de sus calles y casas.
La Iglesia de San Pérdido fue construida antes de la Guerra, utilizada como hospital durante la contienda y reconstruida a su fin. Es de estilo espontáneo, pues si bien el campanario podría considerarse del románico tardío, la planta es de i griega, las capillas están alicatadas con frisos bizantinos y en el crucero se consintió en excavar un agujero que normalmente permanece inundado. Destacaría entre nuestra imaginería religiosa un San Pedro de unos treinta años, al que normalmente se le puede encontrar en cualquier lugar del pueblo que no sea la iglesia.
Los ciento siete habitante de San Pérdido viven de milagro y de los veraneantes, pues su economía primaria y secundaria es nula, dedicándose a la agricultura tan sólo para la cosecha propia, y despreciando absolutamente cualquier tipo de intercambio económico con otros pueblos y regiones. Aún con todo ello, pueden permitirse el lujo de tener un mendigo. El habitante más viejo de San Pérdido no tiene nombre ni edad, sin embargo, todo el pueblo está convencido de que ya llegó a la isla en tiempos de los celtas, por lo que lo consideran de una raza al menos extranjera.
San Pérdido nunca ha tenido leyes ni pleitos, el único suceso de gravedad considerable que se produjo fue la muerte de doña Garoza, mujer de don Criterio, el alcalde, asuntos ya demasiado particulares para tratar en este espacio.
Respecto a sus tradiciones culturales legendarias, en los habitantes de San Pérdido subsiste la leyenda de que en el pantano habita un ser monstruoso, algo así como una especie de energúmeno mezcla de todos los animales que les dan miedo, al que todos llaman Trasgo Iello. La existencia de esta leyenda se remonta a los tiempos de los romanos, pues se cuenta que construyeron la presa para poder apresar a semejante bestia, hecho que, de haber existido el Trasgo Iello, les debió resultar de lo más inútil, puesto que el río de San Pérdido, al estar asentado su cauce sobre terreno calizo, posee una innumerable cantidad de ojos o grietas por las que se sumerge.
Esto estaba escrito en la puerta de la Ermita
V
La ermita de San Pérdido se honra de ser su edificio más antiguo, pues tanto el Ayuntamiento, como la Iglesia Nueva, como el Casino, fueron construidos durante el Renacimiento económico del pueblo previo a la Guerra; mientras que se conocen historias y cantares alusivos a la Ermita de San Pérdido por lo menos de cuando ni siquiera los romanos se habían ido.
Esto estaba escrito en la puerta del Casino
VI
El Casino de San Pérdido fue levantado con los primeros ingresos que produjo el balneario, es de estilo Antiguo y destaca su artesonado y el espejo de detrás de la barra.
Esto estaba escrito en la puerta del Ayuntamiento
VII
El Ayuntamiento de San Pérdido fue construido para guarecer el nuevo invento que revolucionó el pueblo durante su Renacimiento económico: el teléfono. Es de estilo libre.
Esto estaba escrito en la puerta del Balneario
VIII
El Balneario... de... S... an... P... e...rd... i... d...o....
(El Gordo dueño del Balneario de San Pérdido es un imbécil que desprecia el rigor histórico y merecería la pena se quedase aquí para que se ahogara bajo las aguas.)
Ilustraciones y texto: Álvaro García.

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domingo, 27 de abril de 2008

NIÑO MALO

Cuando yo era pequeño, los maestros daban hostias, los mayores daban hostias, mi padre daba hostias, hasta el cura daba hostias y, que yo recuerde, merecérmelas me las merecí todas; pero, por desgracia, mi padre, un día, tuvo una iluminación de esas de las suyas y decidió que ya que a base de guantazos no me corregía, que emplearía otros métodos (pobre hombre...):
Primero, es decir, el primer castigo que probó tras mi siguiente fechoría (si no recuerdo mal, cacé un avispero lleno de avispas con un cazamariposas, se llenó de avispas rabiosas, yo eché a correr sin soltarlo y me metí adentro, al taller, con el cazamariposas lleno de avispas, jeje, menuda se montó, estuvieron picando avispas hasta después de las fiestas) fue carcelario. Es decir, me encerró en mi habitación sin dejarme salir; pero, para su desesperación, cuando volvió a la hora de cenar y vio que yo ya me había leído La vuelta al mundo en ochenta días, 20.000 leguas de viaje submarino y que me estaba acabando De la tierra a la luna, entendió que mientras existiera Julio Verne, poco iba a funcionar ese castigo.
Segundo, es decir, el segundo castigo que probó mi padre tras mi siguiente fechoría (si no recuerdo mal, le pintamos la fachada a la casa del vecino, con mi padre trabajando enfrente y escuchando cómo un hombre le decía, mira los críos de la chorra no tendrán otra cosa que hacer, y uno de ellos era yo, jeje) fue de servicios sociales. Es decir, me obligó a hacer todos los recados absurdos que mi madre decidiera mandarme, desde tener que pasearme por todo el pueblo arrastrando los paquetes de pañales de la meona de mi abuela, cosa que sólo arrastré el primer día, al siguiente, directamente los llevé a patadas, hasta tener que ir a recoger los zapatos de mi madre al zapatero, cosa que no me disgustaba porque el pobre hombre trabajaba en un cuartucho lleno de calendarios de señoritas en pelotas, por lo que yo llegaba, le daba las buenas tardes, me sentaba en una silla con los pies colgando y me callaba mirando a mi alrededor, el zapatero me preguntaba qué a qué había venido, yo le decía que a recoger los zapatos de mi madre, él me decía que qué zapatos eran y yo le contestaba que no lo sabía, por lo que, como tampoco le estorbaba mucho, mi tarde acababa cuando anochecía y mi padre me sacaba de allí a rastras porque mi madre llevaba dos horas preguntando por mí. Conclusión, mi padre abandonó los castigos sociales esos.
Tercero y último castigo de los que probó mi padre, dejarme sin tele, sin paga y despertarme a la hora que él se despertaba (siete y media). El motivo de este castigo no fue una trastada, pues mi padre no se enteró de que había sido yo quien había quemado el cañar del río porque vi meterse una rata y por mucho que pinché no salía así que decidí pegarle fuego porque lo había visto en una película, el problema fue que se pegó fuego el cañar entero, el ribazo de al lado que bordeaba la carrterilla y que provocó que vinieran los bomberos a apagarlo porque los coches no podían pasar, pero no fue por eso, fue porque mi padre ya estaba harto de que sus nuevos castigos no funcionaran y que a mí me diera lo mismo ocho que ochenta. Lo de que me mandaran a la cama sin ver la tele he de reconocer que me jorobaba bastante, sobre todo cuando leía en La Hoja del Lunes que la película de esa noche, "El crimen de Cuenca", era de dos rombos; pero bueno, yo me quedaba en las escaleras escuchándo lo que decían y viendo cómo mi padre cada vez se tenía que levantar para bajarle el volumen a la tele a ver si yo me rendía, pero lo único que consiguió fue aburrirse de decirles a todos que se callaran y no enterarse de nada de la película porque no se oía. Lo de dejarme sin paga me jorobó, pero lo solucioné pronto con un claro espíritu emprendedor: me hice monaguillo a razón de dos duros la misa de domingo, cinco las procesiones y diez los entierros entre semana. Por lo que cuando mi padre se enteró de que yo, en cuanto llegaba de la escuela a las cinco y media de la tarde, lo primero que le preguntaba a mi madre era si se había muerto alguien hoy, decidió que algo raro pasaba, hasta que me descubrió que cada vez que tocaban a muerto yo salía corriendo de casa dando pisotones con los zapatos de la comunión, porque el Óscar y el Chúster también lo habrían oído y me quedaría yo sin muerto y sin diez duros. Lo de despertarme a las siete y media tampoco le funcionó mucho al pobre hombre, porque él, en su sano juicio, lo que hacía era levantarse antes que nadie para pasarse tranquilamente media hora en el water haciendo de vientre sin que nadie le molestase, por lo que yo, el primer día que me despertó, me jorobó un montón, pero al segundo ya le cogí el truco y corriendo me encerré en el wáter y eché el pestillo, jaja, pobre hombre, qué paciencia tuvo conmigo.
Al final de todo, mi padre siguió dándome guantazos en gradación dependiendo del número de vecinos que iban a quejarse al taller cada vez que yo volvía tarde y corriendo a casa a por la meriendacena; no me sirvieron de mucho, bueno, miento, sí... me sirvieron para entender que mi padre nunca se rindió conmigo. Y eso es algo que, a día de hoy y después de que hace un rato, a mis treinta y tantos años, me haya castigado mi madre a limpiar todos los cristales del taller, sigo recordando cuando uno de mis alumnos hace algo.




Texto: Álvaro García.


Ilustración: Alberto Montt.

sábado, 26 de abril de 2008

RELATO: LOS FRAGMENTOS DE SAN PÉRDIDO I

"Los fragmentos de San Pérdido, crónicas azarosas de unas vidas entrecruzadas como calles a una plaza mayor, fueron abandonados por sus anónimos autores, bajo las aguas del pantano de Fema, fue su última y muda protesta.
Su pleito por sobrevivir al naufragio estancado de un pantano en crecimiento, fue vivido en aquellos tiempos como una romántica lucha de héroes atemorizados, en pugna por permanecer aferrados a la tierra. Por ello, cuando la casualidad de la sequía hizo posible una técnica comprobación de aquella leyenda mágica, que hablaba de un pueblo escrito bajo un pantano, pese a haber pasado ya varias décadas desde su hundimiento, el nombre de San Pérdido volvió de nuevo a nuestra memoria colectiva.
De ser aquello cierto, de haber grabado aquellos hombres su propia historia en las paredes, en las puertas, en los techos de las casas que abandonaban para siempre, esos textos tendrían un valor historiográfico inédito.
Por desgracia, los trabajos de recopilación de estos textos resultaron tan azarosos como accidentados, pues apenas se pudo permanecer en el fondo cenagoso de aquel pantano durante dos semanas; resultado lógico de las lluvias de otoño y de aquella premura, es la pérdida de muchos de los textos, el recorte caótico que la mayoría de ellos han debido de sufrir.
Pese a todos los inconvenientes, en ningún momento cabrá la duda de que la lectura de tan valiosos anales, supone la mayor expresión de sensibilidad colectiva por la pérdida común de unas raíces.
Como escasas paupérrimas consecuencias del pormenorizado estudio que sobre estos textos se ha llevado a cabo, se podría concluir que los habitantes de San Pérdido tomaron la idea de cincelar en las paredes de sus casas sus historias, de un subnormal que vivió en el pueblo, enamorado de una chiquilla imaginaria que vivía en la Plaza Mayor. Aunque, desafortunadamente, todo son hipótesis, pues la mayoría de estos autores anónimos, defecto eterno de toda historiografía, mezclaron en buenas dosis realidad y fantasías, historias y leyendas, recuerdos y mentiras... pero, al fin y al cabo, ¿cuánto más hermosa sería la historia de un pueblo si en ella también se contaran sus sueños..."

Fragmentos escritos en la en la fachada del ayuntamiento
I

San Pérdido ya tenía pantano,
no necesitábamos más,
¿qué vergüenza seremos?
Que sepan que se nos comió el pantano...
Pensar que por donde
nosotros hemos andado,
luego andará el Trasgo Iello...
II
Porque si se sube a la Atalaya y se mira hacia San Pérdido, lo primero que se ve es el río surcado por una isla alargada, las casitas blancas del pueblo con sus tejados rojos, la parda plaza Mayor, la verde parra de la fuente, a veces el olmo y a veces no, los dos caminos que llevan a los puentes, el balneario amarillo, la ermita con su cruz en el extremo derecho y las adoquinadas piedras de la presa romana en el izquierdo.
San Pérdido lo fundaron los celtas, un pueblo verde que vino de las montañas, dedicados todo el día a fabricar flautas y tambores con pieles de cabra; los Celtas creían que todas las cosas tenían su espíritu, sobre todo los árboles. Eran hombres de hombros estrechos y pelos largos, de caras afiladas y manos como sarmientos que comprendieron que no habría mejor sitio para vivir que aquel que había elegido un olmo centenario para pasar sus días, abundantemente regado, al abrigo de las inclemencias por las altas montañas que lo rodeaban, protegido de las alimañas y las invasiones por los dos naturales fosos de agua... Por eso se instalaron en la isla de San Pérdido, una isla entre montañas, los celtas con sus flautas y tambores.
Durante aquellos siglos primitivos, nada era de nadie ni nadie poseía nada, todas las posesiones eran compartidas entre buenos hermanos que comprendían, no había disputas, todos se sentían como una gran familia, todos padres, todos hijos y todos amigos a la hora de saludar al amanecer, en el momento de sentarse a la mesa, compartiendo la sombra del Olmo en las tardes calurosas... Bendita Edad Dorada que el progreso General destruyó.
Un día, estando uno de los padres Celtas durmiendo bajo la higuera cercana a donde luego estaría la presa, recibió un pedrada en su cuerpo, abrió los ojos dispuesto a devolver lo que era suyo a quien lo había perdido y, para su sorpresa, descubrió a un hombre vestido con una túnica barba, cándido de rostro amable, que le llamaba desde el otro lado del río.
El padre Celta le preguntó a aquel extranjero por qué le había tirado la piedra:
- Porque no estoy libre de pecado.-le contestó apesadumbrado el extranjero.
Como el padre Celta no entendiera muy bien lo que aquel le quería decir, le sugirió que cruzara el río y así no tendrían que hablarse a gritos, pero el hombre le dijo que era un río muy profundo, que se ahogaría en él.
Viendo que el extranjero no se atrevía a cruzar, buscó él con la mirada y encontró el paso por donde las cabras solían entrar y salir de la isla apenas mojándose las pezuñas. Pero el extranjero, al ver al padre Celta cruzando ese río que él creía tan profundo, sin apenas hundirse más allá de las sandalias, comenzó a asombrarse, es más, cuando por lo arcilloso del fondo del río, las pisadas del padre Celta comenzaron a colorear las aguas de ocre cual si las tiñera de sangre, el extranjero comenzó a hacer esparajismos, a arrodillarse, a inclinarse, incluso quiso besarle los pies al padre celta. Vistos todos los síntomas, éste comenzó a tomar seriamente al extranjero por loco y decidió cargárselo a las espaldas para que lo viera el druida. Pero, como aquel no dejaba de emocionarse y moverse, al final se fueron los dos al suelo, al agua.
- Bautíceme, padre, bautíceme... - le pedía desesperadamente el extranjero al padre Celta. - Bautíceme, padre, bautíceme.
Y como este, que tanto le daba como le daba igual, ya lo tenía por loco, le atizó, le atizó un golpe en la cabeza tan grande, que ya nunca más volvió en sí...
III
... Ni volverá, pues, milagrosamente, y que todavía sigue entre nosotros, y se ve que de donde él venía la gente vivía muchos años, pues si la presa la construyeron los romanos y él llegó antes... Pues échale. Y no es un chico que moleste, no, él se lleva bien con todo el mundo, él ayuda, habla con todos, nos sonríe... hombre, de vez en cuando intenta colarse en el cementerio a resucitar a alguien, cosa que no es el único, otras veces intenta que el mendigo camine y ande, cosa que él no está muy por la labor... pero sobre todo cuando se me mete en la Iglesia que dice que está en la casa de su Padre... ¡Y una como la que caga el topo! ¡La Iglesia es mía!
Ilustración y texto: Álvaro García Hernández.

domingo, 20 de abril de 2008

RELATO: DIBUJAR CORAZONES EN EL AGUA

Uno de los recuerdos más nítidos que tengo de mi infancia es el de un pequeño cazo granate colocado al sol en unas escaleras que subían al pajar del corral de la casa de mi abuela en el pueblo. Mi abuelo utilizaba ese agua calentada al sol para lavarse cuando volvía del campo y yo siempre lo recordaba cuando era más pequeño y se acababa el gas y mi madre me tenía que lavar la cabeza calentando cazos de agua en el fuego eléctrico. Me encantaba la sensación de la catarata de agua caliente cayendo sobre mi nuca y las manos de mi madre enjabonándome el pelo que a día de hoy voy perdiendo.
Cuando crecí, me costó mucho aprender a nadar, nunca he sido un Jhonny Weissmuller, por lo que, en la mayoría de ocasiones, amen de soportar la vergüenza de que mi madre me cambiara de bañador delante de todo el mundo, resistía la tentación de bañarme en la piscina sentándome en el borde y metiendo los pies. Guardo esa sensación como un recuerdo mundo enorme donde yo jamás podría aventurarme a nadar entre aquellos cuerpos que pasaban deslizándose ante mí como peces de otra especie a la mía.

La primera vez que vi bañarse a una mujer en una bañera, mi abuelo todavía vivía y yo ya había visto el mar; como todo en mi vida, fue algo extraño, pues no era la mujer más hermosa que he visto nunca, de hecho, apenas era más que una adolescente en un hotel barato de Sevilla con un ventanuco de estos de cristales biselados y azulejos blancos. No hice lo que debería haber hecho, supongo ahora, pues me senté en el borde de la bañera, me subí los pantalones y metí los pies en el agua caliente, cuando ella me preguntó qué hacía con el dedo escribiendo en el agua, yo dejé de pensar en mi infancia, en mi vida de niño, en mis recuerdos y le respondí:

- Estoy prometiéndote que te quiero.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

LADRÓN DE LIBROS

Robo libros. Apenas tengo más vicios imperdonables en esta vida de asceta urbano que llevo. Tan sólo eso, que robo libros de vez en cuando.
El primer libro que robé, lo sustraje de la biblioteca de mi aldea, en mi defensa diré que tenía doce años cuando lo metí a mi mochila y dieciocho cuando cometí el error de volver para consultar una obra de filólogo escrita por Marcel Bataillón sobre el erasmismo en la España del siglo XVII.
- ¡TÚ ERES EL HIJO DE JUANITO EL DEL TALLER!
Describir con palabras a la señorita que trabajaba de bibliotecaria en la biblioteca de mi aldea, valga la redundancia, es ciertamente complicado, no por las palabras sino por tamaño de folio que no lo hay para que ella quepa o cupiera de cuerpo entero.
- Sí.- Contesté esperando el chaparrón mientras todavía sostenía un ejemplar rarísimo de Fray Bartolomé de las Casas en mi mano.
- ¡PUES TÚ TIENES UN LIBRO EN TU CASA QUE TODAVÍA NO HAS DEVOLVIDO! -Sí, dijo eso, sí, era la bibliotecaria de mi pueblo.
Yo entonces dejé de hojear un extraño volumen de Los Sueños de Sor Juana Inés de la Cruz y le pregunté con extrañeza:
- Ah, ¿sí? ¿Y de cuál se trata, si es usted tan amable?
- ¡CÓMO SE HACEN LOS NIÑOS! ¡EDICIÓN ILUSTRADA A COLOR!
...
Hay veces en esta vida en que la tierra no se abre a tus pies y te traga porque Dios se está revolcando de la risa entre las nubes. Desde entonces, no he vuelto a esa biblioteca ni a devolver la colección completa de Tintín, Los jóvenes castores y los trece volúmenes de la Enciclopedia Británica que me había llevado también. Me habían descubierto y, todo buen cleptómano de libros sabe que no debe volver al lugar donde fue inculpado, por lo que me dediqué a expoliar otros topoi más cultos.
- En la biblioteca de la Facultad de Filología, descubrí un método magnífico para sustraer libros sin robarlos pero sin permitir que cualquier otro pudiera encontrarlos. Sencillo. Yo seleccionaba los ejemplares más raros que poseían en sus fondos los bibliotecarios y permanecía el día entero con su tarde y atardecer leyéndolos en una mesa del rincón cercano a la ventana, cuando se hacía tarde e iban a cerrar, yo cogía con disimulo mis preciados ejemplares y los escondía en las estanterías siguiendo un azar calculado que sólo yo conocía, es decir: la edición de Lida de Maikel sobre "La argumentación aristotélica en la Celestina en comparación con el Crotalón", yo lo colocaba junto a "La fonética y fonología" de Quilis porque en mi pueblo la alcahueta era una vieja que tenía problemas de foniatría en la pronunciación de las vibrantes simples. O también, otro libro que todavía sólo yo sé dónde permanece perdido entre estanterías en la Facultad de Filología es la Edición francesa de los "Comentarios de Menéndez Pidal a la Carta que el Inca Garcilaso de la Vega hizo a su Majestad", sin duda, he de decirlo, el libro más aburrido que me he leído nunca, y eso que una vez leí Saramago, por lo que lo escondí junto a un tratado sobre "El tedio en los ensayos del Teatro de Echegaray", obra apócrifa que tampoco nadie creo que haya leído.
Sin embargo, pese a estos años de calma que pasé sustrayendo libros sin robarlos, todo ladrón de libros sabe que a las etapas de paz les sucederán los más violentos periodos de patología, por lo que caí enfermo, robé, sustraje, caminé, fui expulsado, declarado persona non grata, injuriado, registrado, desnudado y denunciado en bibliotecas de de barrio, en librerías de viejo, en papelerías de colegio, en ateneos y museos, y a cambio obtuve ejemplares tan valiosos como:
- "Vida y obra de Luis Miguel Dominguín. El torero que se acostó con Ava Gardner", sustraído a la carrera del quiosco del barrio de una señorita con la que me mantuve en relaciones hasta que me mandó bajar a comprar el periódico ese domingo.
- "El punto de cruz. Trucos y soluciones para decorar tu casa." Robado del Corte Inglés metiéndomelo en la ingle sin que la dependiente se diera cuenta al señalarle yo mi interés por las obras completas allá arriba de Terenci Moix, hasta, claro, que me comprendí yo mismo que ese maldito coleccionable regalaba de regalo dos agujas del siete para la práctica del ganchillo, agujas que me impidieron correr cuando fui impelido por el guardia de seguridad del centro al verme andar como si llevara un gato de coche en los pantalones, ni siquiera escaleras mecánicas para arriba pude subir a la planta de Moda de Mujer, me echaron, a rastras, de hecho, aún a día de hoy, tengo prohibida la entrada al Corte Inglés.
- "Tus plantas de interior" y "La cocina vegetariana", robados ambos del Carrefour en las Navidades de 2001 tras cazarme un maldito Papá Noel que corría como Jessie Owen en Munich detrás de mí por todo el pasillo de congelados del centro comercial mientras yo ya veía la salida cerca, los arcos de las alarmas, mi salvación, hasta que entre ellos apareció una señora enorme, gigantesca, oronda, terrible, terriblemente gorda con los brazos abiertos para impedirme salir a toda costa. Y efectivamente, ante los ojos de toda la gente, la gorda de seguridad me atrapó y se tiró encima de mí gritando:
- ¡ESE LIBRO NO ES TUYO! ¡LO TENÍAS QUE HABER PAGADO O HABER DEVOLVIDO!
Yo, estupefacto, entre el Papá Noel que sacaba unas esposas y la gorda que me retorcía la cara contra el suelo, me giré y les dije que se equivocaban, que yo lo había pagado, que nunca había robado un libro en mi vida. Pero entonces ella me giró la cara, me miró a los ojos y gritó:
- ¡PERO SI TÚ ERES EL HIJO DE JUANITO!
Efectivamente, era la antigua bibliotecaria de mi pueblo a la que habían acabado echando por no haber sabido resolver el misterio de quién había sustraído la sección completa de literatura infantil junto a los trece volúmenes de la Enciclopedia Británica de una biblioteca de aldea.
A día de hoy, puedo decir que apenas estoy curado, pues aparte de tener prohibida la entrada a la Biblioteca Nacional y de haber sido interrogado cuando robaron de ella los mapas del siglo XIV este verano, mi foto se encuentra en un grueso libro debajo de todas las mesas de los bibliotecarios de España junto a la del resto de cleptómanos de libros(fíjate cuando quieras, en cualquier biblioteca, es un libro de tapas grises y hojas gruesas), bueno, debajo de todas, no, pues aquí a mi ladito, tengo yo guardado uno de la Biblioteca Municipal de Valencia, con lo que, paradojas de la vida, me he acabado robando a mí mismo.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

lunes, 14 de abril de 2008

RELATO: LO CARAS QUE SON LAS BICICLETAS EN HELSINKI

Después de saber lo caras que son las bicicletas en Helsinki, he decidido no volver a vivir allí jamás, ni con abrigo ni sin abrigo, me parece intolerable lo que el ayuntamiento de esa hermosa ciudad está haciendo tanto con la promesa electoralista de crear un carril-bici como con la construcción de una playa artificial aprovechando la remodelación y ampliación del puerto.
Yo llevo años paseando en bicicleta por el puerto de Helsinki y jamás hemos necesitado nadie de una playa artificial con palmeras y cocoteros que, a buen seguro, serán sufragadas con los impuestos que todos nosotros pagamos. Y me pregunto yo, ¿de dónde serán retirados los fondos necesarios para todo ese costoso proyecto que nuestro alcalde anunció este verano a bombo y platillo? No me cabe duda que de los impuestos que desgravan la tenencia de bicicletas y, por otro lado, de la privatización de la compañía municipal de prostitutas de Helsinki.

Me parece intolerable que nuestra ciudad acepte, no ya sin protestas sino sin cuestionamientos, la evidente realidad de que van a privatizar todos los servicios de prostitutas de la ciudad. ¿Qué será lo siguiente, privatizar el servicio municipal de retirada de almanaques en Año Nuevo? ¿Privatizar el servicio municipal de búsqueda de llaves perdidas en los parques? ¿Privatizar el servicio municicipal de borrachos a domicilio?

Si consentimos un atropello de este calibre, no sólo perderemos la posibilidad de pasear por el puerto en bicicleta, no sólo a las prostitutas, no sólo los almanaques, no sólo las llaves, no sólo la posibilidad de que te lleven borracho a casa... perderemos nuestra ciudad, la identidad de Helsinki, y luego, ya, sin posibilidades de réplica, el ayuntamiento podrá vender nuestro querido invierno, nuestras sombras más preciadas, nuestros atardeceres, nuestra historia y hasta nuestro suelo.

¿Qué será entonces de Helsinki? ¿Dónde pasearemos nosotros por Helsinki cuando nadie pueda pagar una bicicleta y nos hayan vendido el suelo?
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

sábado, 12 de abril de 2008

RELATO: LA TORTURA DE UBERTINO

Como una orgía de payasos, como una procesión de funambulistas, como un vaso lleno de hormigas, como un lapicero de agua, como una sed por la espalda, como un cosquilleo de palabras, como un minero al sol, como una esquina en medio de la plaza... Ubertino tuvo tiempo de pensar todo eso el día en que lo liberaron de su estrecha celda. Lo condujeron por pasillos de rejas, sillería y mampostería que resudaba agua hasta formar charcos que ahora él, sin costumbre de andar, pisaba con sus destrozadas sandalias.
Había hablado cuando nadie se lo pidió, en el púlpito, en la plaza del mercado, en los caminos y, por último, ordenado, en un tribunal eclesiástico; había escrito cuartillas cuando nadie se lo recomendó, en el refrectorio, en la catedral, en cualquier sitio donde se pudiera sentar rodeado de niños que lo tomaban por loco y le gritaban Ubertino, Ubertino, en la hoguera morirás.
Pero Ubertino López Ledesma no murió en la hoguera por lo que dijo o dejó escrito. El monje Ubertino fue acusado, hecho preso y condenado por asegurar lo imposible, por decirlo, por escribirlo y, en última instancia, por gritarlo.
Apóstata. Hereje. Blasfemo. Mentiroso. Loco.
Las declaraciones de Ubertino López Ledesma todavía permanecen, hoy en día, en los archivos de la biblioteca catedralicia de la diócesis de Búrgos, con ese acento, sí, porque el monje clunyacense que las redactó, de origen perdido por las tierras de la Langue D'Oc, nunca dominó la triple acentuación castellana de aquel entonces. Yo las he leído en una sala amplia de techos altos y bombillas de luz oscilantes a causa de los bombardeos del Bando Nacional.´
En medio de esta guerra civil estancada en barrizales de trincheras y bocas de metro que devoran carritos de bebé con sonidos de alarma antiaérea, yo leí a Ubertino y sus profecías, cómo fue condenado por confirmar el futuro, cómo fue interrogado por advertir de un devenir oscuro, cómo dudó el secretario que las redactó al elegir las grafías correctas para palabras como "habión", "vonva", "autonnobil", "dysparo", "vonvardeo", "egerzyto"...
Ubertino fue condenado a prisión en una celda que rezumaba agua de manantial y cloaca por sus paredes de piedra gruesa. Ubertino fue sacado una noche a rastras de su camastro de pajas y llevado ante el mismísmo Emperador. Ubertino nunca lo miró a los ojos, ni siquiera se atrevió a ponerse de pie ante su Majestad en esa sala privada de ventanas del Monasterio de Yuste. Fue interrogado de nuevo, ésta vez, directamente por el hombre anciano que, moribundo en una cama con dosel de Damasco, preguntó a Ubertino con una mano caída bajo las sábanas si era cierto que él había visto todo eso. Ubertino, no levantó los ojos del suelo donde una enorme piel de oso hacía de pie de cama, pero respondió con un quejido de cuerpo encarcelado, que sí, Majestad, que él lo había visto. El Emperador, entonces, le preguntó con más interés, si lo había visto a él. Ubertino negó con la cabeza y un guardia le indicó con la mirada que hablara, que el emperador no lo veía desde la cama. Ubertino le dijo que no. Eso será entonces que incluso yo muero como vosotros. Ubertino no contestó. El Emperador, con un último esfuerzo de voz, alzó un poco la cabeza para poder ver la coronilla tonsurada de ese monje que había observado en su proceso a través de una celosía mantener su convicción invicta ante cualquier tortura inquisitoria como si de verdad pudiese haber podido ver ese futuro que con tanto empeño y detalle se empecinaba en describir. Ubertino López Ledesma, ¿de verdad vio usted lo que Dios guarda para otros tiempos? No, Majestad, lo inventé todo, las trincheras, los aviones, los lapiceros, los mineros, las esquinas, los payasos, los bombardeos, ese nombre, esa guerra porque... Majestad, pensé que así, tal vez, un pobre monje como yo, podría ver morir a un Rey.
Y entonces el Emperador Carlos I esbozó una sonrisa de orgullo y algo de satisfacción y, a continuación, por fin murió en la paz de Dios.
Madrid, 1955.
Texto: Álvaro García Hernández.

miércoles, 9 de abril de 2008

IMPORTANTE

Importante es el tiempo, lo más importante de la vida, el tiempo perdido, que no es otro que el que vivimos de pie en los andenes; el tiempo soñado y recordado, que son el mismo pero con diferente fecha de caducidad, si lo piensas, nada son ninguno de los dos, sólo trenes que pasaron o pasarán mientras que ahora, en el presente, la estación aparece vacía, desierta, con nosotros de pie.
Importante es la risa y la prisa, la primera para que todo el mundo sepa en esa estación que no estás ahí por estar, sino que esperas un tren que vendrá; la segunda para que andes, te muevas, pasees impaciente por el andén y demuestres que quieres que venga, que quieres que suceda, que no te sentaste a ver cómo va y viene la gente.
Importante es... subir a un tren, no quedarse quieto, decidirse de una vez y dejar que la vida te lleve adonde quiera, al fin y al cabo, todo serán estaciones en las que lo importante será el tiempo, la risa y la prisa de la gente que verás que allí espera.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.
Postdata: Cuando me haga viejo, lo tengo decidido, iré a un psicólogo, a uno muy pobre y fracasado, y le daré la alegría de su vida, será mi último gesto de gracia.

domingo, 6 de abril de 2008

UTOPÍA

Siempre que hago un viaje largo en coche suelo callarme y pensar en mis tonterías que, por orden de aparición son:
- Diseñar un coche, con su fábrica y sus obreros.
- Diseñar un hospital medieval con su sistema de ventilación incluído.
- Viajar en el tiempo y rediseñar el mundo con los conocimientos que sé ahora.
Normalmente, las pienso en ese orden conforme la autopista se va volviendo tediosa y me puedo concentrar mejor en mis enredos. Pero hay algo que me bloquea cuando intento arreglar mi mundo en mi utopía medieval. Vamos a ver, yo parto siempre de este bendito país en el comienzo de su Renacimiento, es decir, Reyes Católicos, descubrimiento de América, expansión colonial... e introduzco la máquina de vapor y el ferrocarril.
Lo del ferrocarril me suele salir bien porque pienso que crearía altos hornos, acero y podría fabricar tanto locomotoras como raíles, que no habría problema a la hora de trazar puentes de mediopunto y túneles con el sistema romano de horadar en roca mediante canales de agua. Me da un poco de pega decidir el ancho de vía pero luego siempre pienso que como mi ferrocarril sería el primero, pues que todos se adaptarían a mi ancho posteriormente.
Una vez introduzco el ferrocarril en mi utopía, empiezo a desarrollar tanto el comercio interior como el exterior a partir de la expansión de las redes ferroviarías y de las marítimas, pues también construiría barcos a vapor.
El problema empieza cuando me expando internacionalmente, pues pienso que el resto de países podrían ciertas objeciones a mi dominio industrial y a la imposición de mi sistema económico capitalista pero intervencionista sobre el suyo. Por lo que al final tengo que reconocer que también debería reforzar mi ejército de un modo preventivo para así, mostrando una superioridad apabullante, ningún país se negara a recibir mis adelantos.
Si ya lo de tener que imponerme por la fuerza me molesta, cuando poco a poco voy creando los modelos arquitectónicos de mis ciudades, los sistemas de aranceles y educativos y, sobre todo, los políticos, pues se debe entender que yo, que he viajado en el tiempo y sé más que ellos, impondría mis decisiones sobre las demás, me doy cuenta de que me he convertido en un dictador, no en un tirano, pero sí en un dictador... y eso no me gusta.
He leído bastantes utopías a lo largo de mi vida, pues es una manera de entretenerme que me suele gustar bastante, desde la República de Platón a la de Tomas Moro, y... ¿qué pasaría si yo viajara en el tiempo, reuniera a todos y les facilitara todos mis conocimientos para que ellos los distribuyeran a su antojo? Es decir, ¿funcionaría mejor un sistema liberal democrático, un sistema comunista de estado intervencionista o realmente, la única manera de garantizar que todo saliera bien sería una dictadura de sabios?
¿A qué debe someterse mi sociedad, a la libertad democrática de un pueblo que seguramente se equivocará o la dictadura tiránica de un consejo de sabios que facilite el progreso? Es más, ¿dónde termina el progreso? Porque los días en que mi utopía me sale bien y consigo convencer a todos de que me hagan caso, lo que sucede es que no sé dónde parar, porque no creo que llegar al estadio que estamos ahora sea bueno, es decir, llegar a un estado del bienestar ecológicamente insostenible y todos los problemas que tenemos hoy en día? Suelo quedarme en los aviones, cuando llego a los aviones me paro... pero porque no sé adónde quiero que mi mundo llegue, si se vivía mejor en la época de los romanos o de los griegos o... evidentemente, los avances en medicina quiero los de ahora, pero... todo lo demás, el modo de vida que llevamos, no sé si es el último estadio de un progreso histórico o un escalón más hacia abajo en la conversión de este mundo en una gran tienda donde todos somos esclavos.
Es decir y terminando, ¿en qué epoca te habría gustado a ti vivir?

Texto: Álvaro García.
Ilustraciones: Alberto Montt.

miércoles, 2 de abril de 2008

LA FRASE MÁS ENIGAMÁTICA DE MI VIDA

Últimamente, pienso mucho en otras maneras de entender el mundo... (virgen santa, bien empezamos), concretamente, por conversaciones y cosas de esas que hace la gente, pienso en la energía de las cosas, en la remota posibilidad de que los objetos, las plantas, las cosas así en general, tengan memoria, sean depositarios de la energía que les transmitimos.
Cuando yo era pequeño, mi hermana mayor me metía unas tundas que me baldaba, lógico, tampoco es que yo descansara mucho de ser un tocapelotas, pero me acuerdo porque un día, ya pasados los años, mi hermana me recordó una frase que yo le repetía constantemente cuando me daba por vencido y me iba a llorarle a mi madre: -Pues yo, a ti, cuando era mayor, te podía.
Pues yo, a ti, cuando era mayor, te podía.
Por lógica, lo mas coherente es pensar que yo con siete años, lo de conjugar verbos y cosas de esas pues como ahora con treinta, que no era lo mío; pero el día que piense yo con lógica cerraré este blog. ¿Y si yo me reencarné antes de reencarnarme en yo en otro que era mayor que yo y le podía a mi hermana pero luego me morí y me reencarné en el yo que soy ahora y al cual mi hermana metía las azotainas que metía?
Esto de llevar la cabeza pelá me debe estar afectando. El budismo cree en las reencarnaciones, en que conforme a la vida que hemos llevado, en la siguiente vida, nos mereceremos una reencarnación mejor o peor: cosa, vegetal, animal o persona (algo así, creo, como me lea un budista, seguro que llama a mi hermana para que me zurre). Pero... de todo eso... yo pienso... ¿y si estoy rodeado de gente ahora mismo? Mi mesa, antiguamente, fue un soldado francés que disparó a los Jacobinos durante la Revolución Francesa. Mi ventilador del techo, antiguamente, fue una señora infiel en las Antillas que copuló con un esclavo negro. Mis peces, antiguamente, fueron dos ladrones de tumbas egipcios que saquearon la Pirámide de un faraón. Mis baúles fueron en otra vida rosales de un convento de monjas que a todos los amantes que saltaban la tapia les pinchaban las piernas desnudas de los pantalones cortos. Mis lápices, antaño, fueron todos espías alemanes en una Guerra Mundial que denunciaron a un grupo de partisanos italianos escondidos en las montañas del Piamonte.
¿Y yo? ¿Qué fui yo? Muchas veces busco en los periódicos la fecha exacta de mi nacimiento para intentar imaginar quién murió en ese mismo instante, quién fue mi posible vida anterior... un banderillero miedoso que murió en la plaza, un diputado anciano que nunca salió de su ciudad, un gato de pueblo que pasó las tardes al sol tumbado sobre las tejas calientes de la casa... me gusta esa, aunque dudo que encuentre su esquela en un periódico y también, dudo mucho que siendo gato hubiera podido poder a mi hermana de mayor en una pelea...
Seguiré sin saber qué demonios quería decir yo con siete años como sigo sin saber qué digo con treinta y tantos.
Pero me quedo con la sensación de que mis objetos fueron gente, fueron algo que ahora me rodea como un colegio de trastos con los que llevarme bien para que el mundo siga estando en equilibrio y algún día, un alumno futuro se acerque a mi mesa y me diga: -Hola, Álvaro, ¿te acuerdas de mí? Yo fui tu zapato derecho durante años. Y yo le pueda contestar: -Pues chaval, como sigas suspendiendo... te veo de nuevo otra vida siendo, de mayor, un trasto.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.