viernes, 27 de junio de 2008

RELATO: MI PEOR CUMPLEAÑOS

Hoy cumplo 32 años y, como siempre, he madrugado más que nadie y me he venido al comedor a esperar mis regalos. Y, como siempre, me he acordado de cuando cumplí diez años.
El hecho de que a mi madre le diera por hacerme una fiesta de cumpleaños en casa con todos mis amiguitos todavía me resulta inconcebible a mis años, pero mi madre, que odia a los invitados tanto que si venía alguien a vernos nos sacaba a todos a la terraza sin sillas aunque fuera invierno porque decía que le molestaba el humo del tabaco. Es cierto, como lo cuento. Nadie fumaba.
Yo invité al Crespo, al Esteban y a la Ruth, que era con los que más me relacionaba por aquel entonces. Que nos quedamos los cuatro mirándonos con unas invitaciones de cumpleaños hechas a mano que mi madre me había obligado a escribir en la libreta de religión que era la que más hojas limpias tenía y en la que elegantemente me obligó a poner: "Tenemos el placer de invitarle a la fiesta de cumpleaños de Álvaro la próxima tarde del 27 de junio a las cinco en nuestra casa. Rogamos confirmen asistencia." Teniendo en cuenta que me las hice con los rotuladores Carioca que mi madre nunca me dejaba usar y que le tuve que coger prestados al Esteban, mis invitaciones molaban un montón y se las estuve enseñando a todos en clase para que vieran lo molonas que eran y a todo el mundo le molaron tanto que les tuve que hacer a todos los de la clase con combinaciones de diferentes colores y un dibujo que ponía así en el medio que era como un interrogante boca abajo y cinco flechas que mi abuelo lo ponía en todo y yo pensaba que molaba y no sabía que era un símbolo raro pero a mí me daba igual, me pasé la mañana haciendo invitaciones a todos los de la clase hasta que agoté la libreta de religión que a uno, que ahora no me acuerdo, le dio la vuelta a su invitación y por detrás estaba el Padre Nuestro y me moló tanto que les pedí a todos que pusieran por detrás el Padre Nuestro que a eso era a lo que se refería mi madre con lo de confirmar asistencia, lo de poner el Padre Nuestro. Treinta y una invitaciones falsas. Treinta y un niños que se iban a colar a mi fiesta de cumpleaños de amiguitos.
Evidentemente, cuando mi madre, que había forrado de plástico el sofá, las sillas del comedor, mi cama y la estantería de encima de la tele donde tenía la figura esa de la bailarina y el perro se asomó a la puerta y vio a dos amiguitos míos esperando en la puerta con la invitación en la mano, levantó así la cabeza, bajó a abrirles y los recibió como si fuera mi pedida de mano; a los siguientes tres, como si fuera mi despedida para la mili; a los otros siete, como si me fueran a meter a la cárcel; a los otros doce, incluídos algunos con invitaciones falsificadas (es decir, sin el dibujo del yugo y las flechas y el Padre Nuestro por detrás), los recibió como si de verdad asistieran a mi última merienda antes de la ejecución.
Fue un desastre: se comieron mi merienda, se enrollaron con la Ruth en mi cuarto, le pisaron el sofá a mi madre, me rompieron la foto de la Comunión, alguien robó una botella de ginebra del mueble bar de mi padre, mi tarta de cumpleaños la tiraron por las paredes, yo me eché a llorar, mi madre empezó a dar hostias a diestro y siniestro a todos los niños, sacó a la Ruth de las coletas de mi habitación, yo me enfadé y dije que no quería abrir más regalos, me fui a mi cuarto y encima me encerraron y se rieron y me apagaron las luces mientras mi madre daba hostias en la terraza y el comedor, yo noté que en mi cuarto había alguien más, yo noté que ese alguien... de manera casi mágica y misteriosa... era una chica, vamos, que le toqué una teta. Con diez años, ni siquiera la Ruth tenía tetas entonces, nadie tenía tetas en clase aquel año, pero yo toqué una teta en mi cuarto y enseguida me sacaron a estirones, pero tocarla de tocarla a gusto, quiero decir, qe con diez años estuve ahí cinco minutos dale que te pego por debajo del sostén... Y nunca supe quién había sido esa... ¡Pues claro que lo supe! Fue la hermana del Crespo, que ella estaba repitiendo octavo y había venido a buscarlo y estaba fumando en mi habitación y... consiguió al menos que en mi cumpleaños más desastroso me sucediera algo tan maravilloso y especial como fue eso, al menos para mí.
Por eso, cada vez que cumplo años no me espero mucho, si superé aquel trauma infantil, el de las invitaciones... lo puedo superar todo. Además, que cumplir años significa que he llegado, que lo he conseguido, que sigo vivo y además, no estoy solo. Os tengo a todos. Te tengo a ti.
GRACIAS A TODOS. GRACIAS A TI.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

Se me olvidaba. Mi madre abrió la puerta de ese cuarto. Me sacó a zapatillazos y chillando. Nos echó a todos. Jamás volvió a pensar en otra fiesta de cumpleaños. Pero yo nunca la he olvidado.

viernes, 20 de junio de 2008

RELATO: DEVOLVER LAS HOSTIAS A FINAL DE CURSO

Terminar un curso, dar el carpetazo final, la última vuelta a la llave y salirse al sol para recibir las despedidas de los alumnos es algo poético. Cuando yo me fui de sexto de EGB le pegué una patada a la puerta del coche de director con mis zapatos ortopédicos con tanto acierto que se rompió la chapa oxidada y mi zapato ortopédico se quedó dentro y me tuve que ir a casa a la pata coja a esperar, como Ceniciento viendo la tele, a que el maldito maestro con el coche más viejo del mundo llegara al taller de mi padre y me devolviera el zapato. También me llevé una hostia, merecida. Pero encima me tocó bajar con el calcetín negro y pedirle perdón al director.
Hoy los niños besan, saludan, abrazan, te desean un feliz verano... Cuando yo me fui de séptimo de EGB le metí el papel de plata de mi bocadillo por el tubo de escape al coche del director del colegio, después de haberle metido piedras, arena, un pájaro muerto, las gafas de ver del Esteban y mi cuadernillo de notas amarillo con los cinco suspensos. Con tanto acierto que el maldito coche viejo con el agujero en la puerta del conductor en el que yo todas las mañanas comprobaba que cabía mi zapato ortopédico ni arrancó ni Cristo que lo fundó, por lo que el director tuvo que bajarlo hasta el taller de mi padre empujando desde fuera así con la ventanilla bajada, que mi padre, conforme lo vio aparecer por la calle arriba, subió, me llamó, me encontró viendo la tele y me preguntó si le había hecho algo ese año al coche del director. Yo le dije que no, por supuesto, poniendo cara de bueno. Y, al menos, conseguí retrasar el guantazo de turno un cuarto de hora y encima me tocó otra vez pedirle perdón al director y también al padre del Esteban por haberle metido las gafas en el tubo de escape con el pájaro muerto y encima mi padre tuvo que pasar la vergüenza de sacar mi cuadernillo de notas amarillo hecho un gurruño del tubo de escape.
Hoy me he sentido un poco triste al pensar en que seguramente ya no vuelva a ver a mis alumnos, los he abrazado con cariño, he sido sincero al sol cuando les he dicho que los echaré de menos. Cuando yo me fui de octavo de EGB, mi padre me registró la mochila por la mañana y me requisó el paquete de cerillas, el rollo de papel higiénico, el gato muerto, los cinco clavos, los dos tornillos, los doce petardos, el martillo y todos los frascos que me quedaban del juego de Quimicefa, se puso serio y me hizo prometerle que no le haría nada al coche del director del colegio. Yo, acariciando las tres bombas fétidas y el petardo gordo que llevaba en los bolsillos, agaché la cabeza y le tuve que prometer a mi padre que no, que de verdad, que sí, que se lo prometía, que no haría nada al coche del director ese año.
Nunca le he mentido a mi padre. De mentiras, sí. Pero de verdad, de promesa. Nunca.
Por eso mi padre no me preguntó cuando vio llegar al director del colegio empujando su coche porque se había quedado misteriosamente sin gasolina, por eso, mi padre no me preguntó quién le había atado la cuerda de latas al parachoques del coche del director, y la cuerda de latas a un barrote de la puerta, ni quién le había echado miel por las ventanillas y las puertas que se habían llenado de caminitos de homigas, ni quién le había tirado los globos de harina y leche y el gato muerto en el techo. No. Mi padre no dudó. Cuando lo vio llegar, subió a la cocina, me pegó un guantazo y bajó a pasar vergüenza.
Por suerte, la desgracia la pasó cuando volvió a subir, pues el director le explicó que como el coche estaba viejo, perdía gasolina siempre y que se había olvidado, que además, se casaba en segundas nupcias y el resto de maestros del colegio le habían hecho la broma de la cuerda de latas, que además, se había traído una bolsa con leche, harina y miel para hacer una especie de postre de celebración en el colegio pero que al sacarla y dejarla en el techo del coche, con el calor, se le había derretido y se había salido todo el pastel por encima del coche y que además, para más inri, le tenía que llevar el gato a su exmujer después de las clases y se le había olvidado en el maletero y se le había asfixiado del calor y ahora no sabía dónde llevar el cadáver y lo llevaba en el gato en el techo porque olía... Que mira tú, que para un año que yo no le había hecho nada, que como siempre había tenido que acabar en el taller, ¡aunque esta vez no fuera por mi culpa!
Cuando mi padre se sentó a la mesa, yo todavía hacía fuerza para que se me notara que había llorado, mi padre, estoy seguro, debió darle vueltas a la cabeza durante todas las lentejas a cómo podía quitarme la hostia que me había dado y, al final, sin que yo le dijera nada, accedió a dejarme la moto ese verano, ¡mi primer verano con moto! ¡Mi primer verano con moto! Y todo, lo que es mejor, todo por no haber hecho nada, por no haberle hecho absolutamente nada al coche del director.
Hoy, mi coche ha salido vivo del colegio, ninguno de mis alumnos ni profesores se ha atrevido a rompérmelo, incluso me han saludado, incluso se han despedido, incluso pese a que les he dicho a todos que pienso que no me han entendido nada, que están totalmente equivocados, que me siento vacío después de darles clase durante un año, que no me han comprendido... quizás yo también, como mi padre... y eso es lo que me reconcome... les di la hostia demasiado pronto... les di la hostia antes que los abrazos.
Texto: Álvaro García.

Ilustración: Alberto Montt.

lunes, 16 de junio de 2008

RELATO: DESDE MI OMBLIGO CUADRADO AL UNIVERSO

Ahora que hace tanto calor que vigilo a los guisantes congelados sólo por placer, ahora que vuelvo a habitar más esta terraza de madera a la que le haría falta otra cerveza fría, ahora creo que empiezo a descubrir que los mejores momentos de mi existencia siempre han terminado por ser aquellos que me hicieron adelgazar.
En mi cabeza, en esta jaula de grillos escribiendo a máquina que enjabono por las mañanas, la enfermedad se extiende de la mano de la pereza; es la actividad, los nervios, la incertidumbre, la bendita inquietud de jugar a la ruleta rusa con el error lo que me mantiene vivo.
Vivir sentado, jubilarme del riesgo, apuntarme al paro de los bien aconsejados, me aniquila, me deprime hasta la migraña más profunda. Me engorda la vida que me dan a comer.
Generalizar a partir de una experiencia individual, es decir, pensar que lo que me pasa a mí les acabará pasando a todos tarde o temprano siempre me ha parecido trasnochado, de discurso de bar cuando los dueños están cerrando. Pero pienso que quizás mi perspectiva a ras de suelo buscando un botón bajo el sofá sirva de algo si consigo que alguien la entienda. Por ello resumo: me siento vivo sólo cuando sé que no sé hacer lo que me he propuesto. Repetir un logro es vender un premio.
Ahora que acaba otro curso, ahora que me planteo si enseñé algo nuevo a esos niños que se van corriendo, me quedo a solas en este balcón donde ya refresca y pienso... en si aprendí yo algo nuevo, en si la vida me puso a prueba, en si me sentí vivo, en si tuve miedo. ¿La respuesta? Mucho. Y lo tengo. Por eso me alegro.


Texto: Álvaro García.
Ilstración: Alberto Montt.

martes, 10 de junio de 2008

RELATO: DE CUANDO CRISTO DIJO QUE LOS NIÑOS DEBÍAN FUMAR

FRAGMENTO ENCONTRADO EN LA PARED DE LA IGLESIA QUE LINDA CON LA ESCUELA
XXXII
El invierno aquel que llovió tanto, aquel que se desbordaron el pantano, la fuente y la casa grande enfrente de la iglesia, que se tiró lloviendo desde septiembre hasta enero y tan sólo paraba cuando el padre Urbano daba el toque de catecismo los miércoles a las seis. Era cierto, es más, hasta que no nos acostumbramos todos, el padre Urbano disfrutaba abriendo las puertas de la iglesia de par en par bajo el aguacero, miraba su reloj con leontina y asentía con una sonrisa de seguridad al sacristán y a todos los todavía incrédulos que lo observaban desde cualquier portal. Acto seguido escampaba, ni una gota más, como si Dios pusiera su mano sobre el pueblo, ni siquiera daba tiempo al arco de San Martín, en cuanto los chiquillos cruzaban en fila la Plaza y llegaban a la entrada románica a la altura del cura, el padre Urbano se daba la vuelta y volvía de nuevo a llover, hasta el miércoles siguiente a las seis.
La culpa de que todos los chiquillos de San Pérdido fumaran fue de la lluvia, que por mucho que el Felix intentara que no se le mojaran las cartas dentro de la bandolera, en cuanto la abría para entregar las del ayuntamiento, ya todas las demás se hacían sopa en el fondo: sopa de telegramas y postales, sopa de avisos y recibos, sopa de sellos y letras... Por eso no fue culpa del Félix que los panfletos que el Ministerio mandó a la parroquia advirtiendo de los males del tabaco, panfletos con dibujos coloreados, en los que podía verse a una mujer embarazada sonriente porque su marido apagaba su puro, a un médico feliz porque apagaba su puro, a un niño feliz porque su papá apagaba su puro... casi casi se deshicieron por el camino. Con lo que quedó de ellos, después de ponerlos a secar colgados sobre la estufa: unas tapas pastosas en las que a duras penas podía verse un paquete de tabaco, un cenicero repleto de colillas, un niño sonriente y las palabras: ...salud... ...humo... ....Cristos... Llevado el jeroglífico al ayuntamiento y discutido en el bar y el casino, todos los grandes prohombres de San Pérdido estuvieron de acuerdo en que aquello sólo podía significar una cosa: en la capital habían descubierto que Cristo fumaba y que ello era bueno para los niños que sonreían...
Al domingo siguiente a todos los chiquillos de San Pérdido se les hizo comulgar con la sangre de Cristo, con el cuerpo de Cristo... y acto seguido se les hizo entrega de un paquete de cigarrillos que deberían fumarse por su propio bien, antes del domingo siguiente.
Cierto es que al principio alguno de los chiquillos se mareó un tanto, la mayoría se ponían pálidos entre caladas, los más acabaron vomitando a la salida de misa... pero bueno, ¿no hacían lo mismo todas las medicinas? Pues el tabaco lo mismo, que como les hubiéramos dicho que era malo, seguro que se lo habrían fumado hasta a escondidas.
Pero eso al principio, luego ya, conforme poco a poco se fueron acostumbrando, se veía que le iban cogiendo el gusto a aquello de fumar, incluso había algunos de ellos, los más aplicados, que aún iban entre semana a sacristía para rogarle a el padre Urbano les regalara algún que otro cigarro que les diera salud. Pues según decían, de tan bien que el tabaco les hacía, en el momento en que llevaban un rato sin fumar, ya su salud física volvía a deteriorarse y no aliviarse hasta que encendían de nuevo otro pitillo. Visto lo cual, todo el pueblo estuvo de acuerdo en rebajar la edad iniciación de seis años impuesta por el maestro don Salcedo, a los cuatro años, pues era cuando más crecía su cuerpo y cuando más sanos debían estar gracias al precioso humo de su tabaco.
Cierto era que algunas veces no parecía sino que la ausencia de su benéfica medicina pusiera nerviosos y acicateara a los chiquillos, pues en más de una comunión de las que por la primavera se hacían y en las que se les hacía entrega de su primer cartón completo de cigarrillos, pudo verse cómo algunos de ellos parecían hasta desesperados por fumar, incluso violentos, histéricos con los mecheros encendidos en la mano y los ojos desencajados para recibir el cuerpo de Cristo... pero suponíamos entonces que era todo debido a las extraordinarias energías que aquella medicina les proporcionaba en sus organismos juguetones.
Años después, aquel año en que nuestro querido médico don Braulio decidió abandonarnos y arrojarse a las aguas del pantano al comprender por fin que nunca podría quedarse embarazado, un joven médico venido de Provincias nos abrió los ojos a todos respecto a los males del tabaco. ¡Qué engañados habíamos permanecido! ¡Cuánto daño no habríamos producido en aquellos chiquillos enviciados! ¡Cuánto daño no debimos producirles para quitarles de semejante vicio! Bofetadas, azotes, agua hiriendo en las yemas de los dedos, cepos en los bolsillos, bozales de esparto, inyecciones de vinagre, emplastos de sal y orines...
Sin embargo, antes de que el bueno de don Braulio se arrojara a las aguas del pantano, era cierto que los chiquillos de San Pérdido fumaban por prescripción divina, como también era cierto que no dejaba de llover sino los miércoles, como también era cierto que se desbordó la casa de enfrente de la iglesia.

Ilustración y Texto: Álvaro García.

RELATO: LA SONRISA MERECIDA

Últimamente me río hasta cuando doy los suspensos; de hecho, creo que la vida es lo mejor que me ha pasado nunca. Ayer me hicieron un pintada en el instituto, una enorme en la puerta del garaje que decía: ÁLVARO, NO TE MERECES NADA. Cuando la vi, ayer lunes, desde dentro del coche, dándole al mando bajo la lluvia, no pude evitar una sonrisa... pensando... PERO LO TENGO TODO. Evidentemente, sé quién ha sido el alumno que se ha arriesgado impenitentemente bajo el aguacero de este fin de semana con el único objetivo de decirme a mí eso. Y me he emocionado, tanto, tanto, que en cuanto me ha dado un motivo válido, lo he expulsado de clase. Y yo pensando... QUÉ BONICO.
No lo he acusado de la fechoría, de hecho, esta misma mañana ya habían borrado la pintada de: ÁLVARO, NO TE MERECES NADA. A pesar de que ha dado pie a algún par de comentarios jocosos en este blog. No lo he hecho porque siento mucho cariño por ese niño y me da pena la situación que está sufriendo, o que yo imagino que sufre, que para mí es lo mismo. No lo he hecho porque me ha permitido pensar y reírme durante un buen par de días...


Reírme porque luego, en clase, cada vez que los alumnos me protestaban por un suspenso o por la nota de un examen, yo me hacía el acobardado y les suplicaba: -Lo que vosotros digáis, lo que vosotros digáis, pero no me hagáis daño. Lo cual valía para rebajar la tensión entre cero y cuatro.

Y pensar, pensar porque realmente no sé si me merezco todo lo que tengo, aunque a día de hoy lo tenga todo (y yo sé lo que me digo), absolutamente todo... (y sigo sabiendo lo que me digo) y lo que más me preocupe sea acordarme del maldito título de la película esa donde la chica abría su bocadillo y estaba lleno de lagartijas... (menuda tontería) pienso y pienso que las cosas no se merecen, ni las desgracias ni las venturas, que la suerte no mira si somos malas o buenas personas, que eso sólo lo mira la gente y, a día de hoy, la gente me saluda y sonríe, lo tengo comprobado, y no es por lo de ir enseñando los calzoncillos o por lo de peinarme con un gato enfadado o por lo de ir silbando a ratos o por lo de inventarme las obras de Baroja o por lo dictar con acento francés o por lo de comerme los bocadillos por los pasillos o por lo de hacerles recitar a Segismundo escaleras para arriba y para abajo o por lo de examinarles de Greguerías sobre qué sale de una cantante muda y una sombra o por lo de echarle sal por la espalda al Cenizo o por lo de contarles el chiste del burro y el alcalde en medio de la clase de Unamuno o por abrazarles cuando me lo han pedido o por saberme sus nombres y llamarles por sus apellidos o porque nunca me he rendido... es algo curioso, es más, hasta el que me hizo la pintada sonríe cuando lo expulso... es algo curioso... no creo que nos merezcamos lo que nos sucede... pero sí que nos merecemos las sonrisas de la gente que nos rodea. Por eso sonreí yo bajo la lluvia un lunes, porque la gente me sonríe... LO TENGO TODO.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

lunes, 9 de junio de 2008

RELATO: LA MATANZA DEL GORRINO EN SAN PÉRDIDO

LA MATANZA DEL GORRINO EN SAN PÉRDIDO (UNO DE LOS POCOS FRAGMENTOS CON TÍTULO, QUE FUE ENCONTRADO EN UNA PEQUEÑA CASA SITUADA EN LAS AFUERAS)
XXVII

A lo mejor era un día de enero a las siete de la mañana, que todavía era de noche. Toda la plaza desierta, mojada de la escarcha, todo en silencio, ni el más leve roce del viento contra las frías rocas podía dar sensación de vida a esas horas...
- ¡Ñííííí! ¡Ñíííí! ¡Ñííííí! -un cerdo despavorido, con los ojos desencajados, aparecía por una esquina y cruzaba la plaza seguido de una turba enfurecida, la mitad del pueblo. Por la esquina de la iglesia, la otra mitad cerrándole el paso. El gorrino reculaba, resbalaban sus pezuñas en los adoquines helados, sus ojos desorbitados buscaban una torpe salida donde no la había, estaba rodeado, todo eran piernas y pies, brazos y manos que lo apresaban, que ya le tocaban, que le palpaban los jamoncitos, que le agarraban las orejas, que le ponían la falda de volantes, que le metían las manitas por los hombros de lunares, que le pegaban la peineta con liga, que le ponían los claveles en el cogotillo, que le colgaban los pendientes de las orejas... en definitiva, vestían al cerdo con un traje de faralaes, que por cierto, siempre era el mismo.
El cerdo estaba acabado y lo sabía, como mucho resistiría dos semanas escondiéndose de todos, vagando por las calles más solitarias, amagándose en los portales, refugiándose en los rincones más oscuros, intentando vanamente arrancarse el traje a bocados, o al menos despegarse la peineta, ¡comerse los claveles!... pero estaba sentenciado, más tarde o más temprano, el gorrino se moriría de vergüenza. Y es que éramos civilizados, no como los de Santa Rutila, que para sacrificar al gorrino, los muy asquerosos, cogían a las gorrinas y... lo mataban de celos.

FRAGMENTOS ENCONTRADOS EN LA PARED DE DETRÁS DE LA IGLESIA
XXVIII

Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.
Padre, elige a uno de ellos, a este pobre hombre que está aquí conmigo, y dale un animal de cada especie, dale un arca, dale una rama de olivo y déjale que camine a tu lado cuando tu ira haya pasado.
XXIX
Mire usted, padre, a mí usted no me tiene que dar nada, porque ya ni la Lambreta la quiero, a la Garoza que se la quede su marido y a los demás, sólo me pena que no tenga usted más ganas y ahogue con el pantano a todos los hijos de puta de la capital, así sí que me quedaría a gusto.
Ah, y por cierto, que si ahora cuando me muera van y resulta que me han extraviado las piernas allá arriba... se van a enterar de quién es Perico Sánchez Noteveas...
Ilustración y Texto: Álvaro García.

jueves, 5 de junio de 2008

EL PROBLEMA DE CREER EN DIOS

Yo creo en Dios. Firmemente. Creo que cada uno de nosotros tiene un alma científicamente inexplicable y una necesidad idéntica de tener fe en algo. Yo tengo fe en Dios. Lo cual, a día de hoy, en muchas ocasiones supone una sorpresa y en otras, desgraciadamente, un problema.
Entiendo que mucha gente critique a la Iglesia Católica, del mismo modo que mucha gente critica al Gobierno, pues ambos hacen cosas con las que no todo el mundo está de acuerdo. De hecho, yo no voto ni voy a misa desde que pude en ambos casos.
Sin embargo, la mejor persona, la más honesta, la más buena, la más generosa que he conocido nunca fue una monja. De aquella mujer bondadosa aprendí a aceptar mi vida, mi camino, como un esfuerzo por ser mejor persona a los ojos de Dios y a los ojos de cualquiera que me mirara. Y lo aprendí cuando ya ella estaba desarrollando el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida y debía tener mucho cuidado al abrazarla cuando me despedía de ella. Durante mis primeras entrevistas con ELLA siempre evité tocar ese tema pues me resultaba incómodo a pesar de que ELLA me hubo advertido antes de yo atreverme a visitarla; pero luego, con las tardes y la confianza, conseguí hablar de ello abiertamente con aquella mujer y que me explicara cómo había contraído la enfermedad atendiendo a drogodependientes en un centro de rehabilitación, de hecho, no fue un accidente lo que le sucedió, ni ella quiso hacérmelo ver así.
De manera extraña, dejé de creer en Dios todavía más a partir de aquellas entrevistas, de aquella experiencia, pues me resultaba inconcebible una manera de vivir en la que cuanto más te entregas a los demás, más feliz eres. De hecho, lo que hice fue buscar de modo calculado todas las pruebas incontestables de sacerdotes corruptos, retrógrados, malintencionados, obscenos, malvados… Y encontré tantas que me convencí de que toda la Iglesia Católica era así, mala, y aquella mujer que yo había conocido, la excepción. Luego, ya convencido y en la Universidad, me dediqué a leer, subrayar y parafrasear a Friedrich Nietszche, cada una de sus obras, de sus textos, de sus críticas, hasta convencerme todavía más de que el Cristianismo era una perniciosa defensa de la moral del débil para subyugar la voluntad de los fuertes como yo. Y entonces me convertí en alguien infeliz. Así de sencillo.
Con el tiempo y los años, una noche, mi abuela materna decidió morirse y yo decidí pasar esa noche en el Hospital con ella y acabamos hablando de Dios. Mi abuela me dijo, entre otras muchas cosas, que para ser buena persona como yo creía que había dejado de ser, no necesitaba creer en Dios, tan sólo ser buena persona, y yo le di la razón a tiempo, que luego, cuando ya dejó de respirar, le rezase, ya es cosa mía.
Creer en Dios no es malo, no es malo creer que mis actos serán juzgados cuando muera porque ello me obliga cada día a ser mejor persona y, sinceramente, ser mejor persona de lo que fui me hace dormir mejor, me hace sonreír más, me hace más feliz.
Creer en Dios no es malo, aunque he de reconocer que no estoy de acuerdo con muchas de las cosas que impone los Hombres a otros Hombres interpretando la Palabra de Dios: no estoy totalmente de acuerdo con el celibato de los sacerdotes, no estoy totalmente de acuerdo con el machismo de la Iglesia Católica, no estoy totalmente de acuerdo con el trato desigual que sufren los Homosexuales, no estoy totalmente de acuerdo con la política económica de la Iglesia… pero tampoco lo estoy con el Gobierno, ni con la mayoría de la gente con la que hablo, ni con el Sistema Educativo, ni con nada la mayoría de las veces.
Sin embargo, personalmente, pienso que vivimos en una época de ataque, derribo y pérdida de cualquier valor en nombre de la LIBERTAD. El hombre (y la mujer) debe ser LIBRE para elegir en qué creer, por qué luchar, qué defender, eso es incuestionable, pero ese precepto no debe atacar a la convivencia de todos, ese precepto no debe favorecer una moda cruel de atacar al católico en todos los foros como si todos los católicos fuésemos iguales, como si católico y fascista fuesen sinónimos. Fascista es un término degenerado que la gente utiliza para señalar a aquel que quiere imponer una ideología retrógrada en contra de la renovación de ideas. La renovación de ideas está bien, mucho, sobre todo siempre porque siempre se ha pensado que somos(lo pensaron todos) lo más de lo más en el progreso de la historia.
El cambio hacia una sociedad más liberal también está bien, mucho… sobre todo ahora (y en tiempos de Sócrates también) que nos quejamos de que los niños no respetan la autoridad, no tienen concepto del esfuerzo, no escuchan al profesor y hablan con la boca llena… Pero, particularmente, pienso que todo cambio histórico debe ser el fruto de un enfrentamiento de ideas que genere una mentalidad nueva y acorde a su tiempo; estoy de acuerdo, lo único que me atrevo a criticar es que aquellos que abanderan la LIBERTAD y la RENOVACIÓN DE IDEAS pretendan acabar con los que creemos en Dios por medio de la burla, el insulto, los ataques soeces y una actitud tan fascista y retrógrada como la que critican. Porque la misma LIBERTAD esgrimida para no creer en nada es la misma que me deben conceder a mí para que crea en lo que me dé la gana. Porque desconfío de las personas que dedican su existencia a destrozar lo existente por la única pasión personal de que su nombre aparezca como protagonista del cambio.

No sé… no me gusta hablar de Dios de esta manera, pues pienso que acabo haciendo lo que critico, pero…
Quizás mis hijos crezcan en un mundo sin Iglesia Católica, incluso sin Religión, incluso sin Dios… quizás, pero… no tengo claro que ése vaya a ser, sinceramente, un Mundo Mejor.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

Que nadie se alarme, próximamente, en este blog: "¿POR QUÉ NUNCA DEBIMOS HACER ESPIRITISMO?"

martes, 3 de junio de 2008

RELATO: LO DIFÍCIL QUE ES A VECES HACERSE EL TONTO

Procuro tomarme la vida en broma por si acaso. Lo he hecho siempre, creo, pues siempre es una palabra demasiado seria para mi cuerpo. De entre mis vicios, el que más sinsabores me ha dado es el de inventarme mi propia vida, creo que lo he hecho desde que empecé a aburrirme de la que me ofrecían y, la verdad, menos para la gente a mi alrededor y para mis días suicidas, es la manera más divertida que he encontrado de vivir. Nunca he pretendido las cosas, nunca las he querido con angustia pues me las pude imaginar tan vivas desde que las inventé que, como me dijo una bruja una vez, tendré todo lo que me proponga, pero me iba a costar conseguirlo. No lo dudo, no porque piense que la vida es sencilla, al contrario, de vez en cuando miro hacia atrás y me doy cuenta de cuántos interruptores acertados o erróneos, cientos o miles he tenido que tocar para llegar a este lado donde estoy. Es más, si me hicieran recoger las migas de pan y desandar el camino andado de todo lo que he hecho, seguramente me perdería en el mismo día que lo pienso, pues ni me acuerdo de lo que comí ni podría vivir siguiendo unas instrucciones. Trabajo de maestro y se supone que algo enseño, no es que no lo sepa, sino que no recuerdo lo último que dije y para no preguntarles a los niños todo me lo acabo inventando. Supongo que por eso se divierten, y supongo que por eso me marcho todos los días del trabajo preguntándome qué habrán aprendido esos mocosos de un cuentista como yo. Admito que pienso que aprenden más de lo que hago que de lo que hablo, pero como nunca supe hacer dos cosas a la vez y me paso el rato hablando, no sé bien qué lograrán aprender en esos ratos. Por mi parte pienso que tengo más de payaso que de maestro al uso, pero para todo; pocas veces he salido de una conversación convencido de que habrán pensado de mí que soy un ser incluso sabio, más bien, me marcho de toda tertulia discutiendo con mi voz y con mis manos sobre por qué tuvieron que hacer esas tonterías, por qué hablar como un niño, por qué siempre que tengo que decidir acabo eligiendo hacer reír a cualquier otro comentario. Sé que tengo algo de don, pero no me viene de familia, pues mi padre apenas ha leído un libro y mi madre es de esas de inteligencia fenicia, mas algo al escribir hago o si no no lo llevaría haciendo tanto tiempo. Cierto es que me gustaría muchísimo verme de nuevo publicado e impreso, pero como dije antes, me tomo la vida a broma y cuando no me dan lo que quiero me lo invento. Para acabar diré que hoy me han contado que la mendiga de mi barrio, una señora anciana a la que ofrezco mis euros a cambio de dejarme tranquila el alma, tiene no uno sino pisos en París, que pide porque perdió la cabeza, pero que de monedas tiene más que yo aunque vista así. Eso me ha hecho pensar y, aunque le he dado mi moneda, me he acordado de un tonto de mi pueblo que cuando éramos pequeños perseguíamos como críos para que siempre nos contara los mismos refranes y versos que soltaba como yo he hecho, con una larga parrafada. Yo, de tonto y de pueblo algo tengo, no diré bastante porque mentiría a mi humildad, pero me gusta pensar que como el de mi pueblo, cuando cerraba la puerta, se sentaba en su casa y pensaba: -Hay que ver, lo tonto que me tengo que hacer para que me dejen vivir de otra manera....

Texto: Álvaro García.

Ilustración: Alberto Montt.

RELATO: FRAGMENTOS ESCRITOS EN LAS MESAS DE LA ESCUELA

XVII
Para nosotros, el único cambio en todo el año era la llegada del verano: una vez que los prados se llenaban de amapolas y montículos de topos, una vez que las golondrinas se alquilaban en las cornisas del casino, una vez que por las noches ya largas se oía el alegre murmullo de la conga por el camino del cementerio, una vez que Poruna (el boticario) volvía a desaparecer camino de la fuente con alguna hija de Bocanegra, una vez que la Santa Compaña abandonaba las viñas para aparecerse por los maizales invitando a cualquier solitario a marcharse con ellos a Cuba, una vez que se pasaba la feria de Mayo y los gitanos volvían a dejar el pueblo lleno de burros negros pintados de blanco y vacío de sortijas y rosarios, entonces y sólo entonces llegaba el verano...
XVIII
¡Ya vienen los extranjeros! ¡Los extranjeros! ¡Ya vienen los extranjeros! - Era el hijo de puta de Crespo, el hijo de alguno de los hombres que llevaron el teléfono al ayuntamiento, que bueno, sin cable... pero teníamos teléfono. Pues eso, que era Crespo que no se entretenía con otra cosa que salir la noche de los Santos Inocentes gritando que ya venían los extranjeros, acto seguido, el pueblo se llenaba de golondrinas y de grillos, que el primer año que lo hizo se murieron todos de frío y se llenaron todas las calles de golondrinas muertas y grillos panza arriba, y que los siguientes, estando avisados de que era broma, cada uno se encargaba de meter en su casa a una golondrina y a dos grillos para que durmieran al calor de la lumbre hasta que de verdad llegaran los extranjeros y no fuera Crespo sino el sobrino de don Criterio quien gritara lo de -¡Que vienen los extranjeros! ¡Los extranjeros! ¡Que vienen los extranjeros!
XIX
Todo el pueblo estaba ya reunido en la Plaza Mayor, los mayores con sus chalecos negros tomando su copita de orujo y jugando al dominó en el casino, los viejos mascando regaliz y musitando arenilla bajo los soportales, las viejas sacándose las arrugas de los refajos con las manos, que o bien se llenaban las manos de arrugas o bien no se daban cuenta de que no podían plancharlos con las manos tan arrugadas, las mozas yendo a por agua con sus cántaros temblándoles entre los hombros. Todos esperando el primer triciclo: parece que tarda, a ver si no vienen, a mí me han dicho que la capital este año se ha llenado tanto de gente que no saben salir, pues mi sobrina escribió que en la capital la gente mete los caballos debajo de los carros y hacen como si no llevaran nada, y todo para no echarles de comer, si con razón se escapan a la sierra los pobres animales, pues cuando vino mi Pedrito de hacer la mili en Infantería dijo que las calles eran tan anchas que de un lado al otro hablaban lenguas distintas, como el afilador ese que viene en marzo al que nadie entiende, que habla a golpes, y como sólo dice la mitad de las palabras, deja todos los cuchillos mellados... entonces aparecía entre el silencio y el bochorno el primer triciclo, el primer extranjero camino del balneario atravesando la plaza bajo nuestras aventanadas miradas; y tras él, muchos más, triciclos como el arco de San Martín de las postales, rojos, amarillos, azules, verdes, llenos de extranjeros en mangas de camisa y tirantes flojos, sudando y jadeando como el burro de Marcial cuando se escapa en febrero y vuelve a los cuatro días tan delgado que se puede mirar el sol a través de su costillar cuando se levanta la camisa.
XX
El primero en reaccionar y abrir el paso a nuestros murmullos y risitas es el cansino del mendigo, que ya lo sabe, que año tras año, pero si no, no podríamos llamarle cansino: el mendigo siempre comienza a jadear y a gimotear antes de tirarse al suelo y arrastrase hasta la larga fila que lo mira como si fuera una perra preñada de gatos; pero él se acercaba insistiendo mirándoles a los ojos: que no son pa comer, se lo juro, que son pa comprarme una Lambreta de seis marchas que me había prometido la mujer del alcalde hasta que él... Pero nunca lo miraban a los ojos y pasaban de largo, pasaban de ancho e incluso el más atrevido pasaba por encima de él, lo que provocaba que todo el pueblo estallara en risas y comenzara a hacer con la boca el característico ruido de las Lambretas de seis marchas, lo que conseguía enfadar tanto al mendigo que acaba llorando, entonces todos nos callábamos y silbábamos la conga para animarle. Cuando nos dábamos cuenta, los extranjeros ya habían pasado camino del balneario.
XXI
El balneario estaba a un vuelo de vencejo del pueblo, lo cual es siempre relativo o heraclitiano, porque los vencejos, si adereza sol vuelan muy poco porque las golondrinas les pueden chillar que vuelvan, pero si se hacen los sordos y se esperan a que se aburra el sol y levanta el aire se pueden ir muy lejos, tan lejos que luego no se acuerdan de volver, se les hace de noche y se vuelven murciélagos, pero luego entonces ya las golondrinas no los quieren como maridos y dicen que mejor vestir santos que desnudar vencejos y se dejan piropear por los gorriones.
Pero eso, que el balneario estaba como a un vuelo de vencejo antes de que se aburra el sol; el balneario en invierno estaba cerrado, en octubre esos hombres que siempre se estaban riendo contrataban a todos los albañiles de la comarca y en una hora y bocadillo levantaban un muro más alto y torcido que la estación y se encerraban dentro un hombre muy gordo y cien mujeres muy delgadas para hacerle la comida; pasaban así el invierno sin que nadie se acordara de ellos, hasta que en mayo llegaba un buitre mensajero vestido de paloma borracha y le daba al alcalde un picotazo que le advertía debía derrumbar el muro porque en quince días llegarían los extranjeros, el alcalde entonces llamaba a todos los enterradores y en una hora derrumbaban el muro y con los ladrillos que sobraban se iban a los conventos a vendérselos a las monjas que nunca dejaban que pasaran sus dedos por la celosía, las muy brujas se los pinchaban con las agujas de coser mortajas, sino que los dejaban en el torno y luego ellas ya lo cogerían si podían y no tenían las rodillas mojadas.
XXII
Pero el caso es que ese año la cola de triciclos llenos de extranjeros fue mucho mayor que cualquier otro que el Tío Cuco Cuatro Dedos pudiera contarnos, seguro que si alguno de los del pueblo hubiera sabido contra más de ciento diecinueve o si hubiera estado don Ostión (el maestro) nos habríamos dado cuenta de que eran muchos más de los que cabían en el balneario. Es más, eran muchas más de los que debían caber en toda la península, ¡iban a tapar el sol! ¡se beberían toda el agua! ¡Si se metían todos de una a las piscinas... las vaciarían todas, provocarían una inundación...
XXIII
¡Por fin el mayor misterio de San Pérdido se descubriría, por fin podríamos saber qué fue del padre del Pipa en su agujero del altar! Al olvido las anteriores tentativas, tan conmovedoras como inútiles. Como cuando el alcalde tiró semillas de abedul al pozo para que germinaran y así el Pipa pudiera hacerse una escalera de buena madera de abedul, que cuando pasaron los años no nos dio la razón a ninguno, decía que era culpa del Pipa, que no había encontrado agua y que sin agua, pues no había abedul; o como cuando pillaron a el padre Urbano, el cura, escupiendo en el agujero que tenía debajo del altar, que dijo que era para que el nivel freático subiera y el padre del Pipa pudiera salir nadando, pues anda, que nos tiramos todo el mes de octubre escupiendo para nada... menos mal que nadie hizo caso a los comunistas, que decían que nos meáramos...
XXIV
Pues yo sí que me meé. ¡Necesito un cigarro!
XXV
Bueno, pues el imbécil de Crespo sí que se meó.
XXVI
Pues los extranjeros llegaron todos en sus triciclos, todos tenían mucho calor y que lo siguió haciendo hasta noviembre, todos se metieron a las piscinas, todas las piscinas se vaciaron porque eran muchos, toda el agua corrió por el camino del cementerio sin meterse con el río, bajó por la calle Mayor como si la llamaran y se metió en la Iglesia por la puerta, recorrió la iglesia hasta el altar como una lengua y se cayó toda por el agujero que había hecho el tío Pipa.
Al principio apenas se oía nada, pero luego sí, como cuando llenas un botijo en una despensa a oscuras, se oía el agua llenando el agujero, todos nos fuimos asomando para ver como se llenaba el agujero, todos mirábamos hacia dentro y vimos cómo el último hilo de agua dejó el agujero del tío Pipa a rebosar, entonces, cuando ya todos pensábamos que nada iba extraordinario iba a pasar, entonces subieron unas burbujitas, luego otras más grandes y luego otra muy grande de la que salió la cabeza del tío Pipa, pero en vez de salir contento, lo que hizo fue pegarle un puñetazo y un escupitajo al padre Urbano y a todos los que tuvo a su alcance, una patada al comunista que propuso lo de mearse... y al malafolla de Crespo intentó infructuosamente mearle en la cabeza... y luego, como si la cosa más novedosa del mundo, se subió al altar, se puso en jarras y dijo que haber quien le decía ahora que no había tenido razón, que miraran, que si había agua o no había agua en el agujero...

Ilustración y texto: Álvaro García.