lunes, 28 de julio de 2008

RELATO: ENTERRADO VIVO

Yo nunca he leído a Poe. Lo escuché de pequeño en un viejo programa de radio nacional que echaban por las noches mientras yo aprendí a fumar a solas en el taller bajo mi casa. Lo que me da miedo lo olvido pronto, como todos, pero no lo hice con el recuerdo que tengo de aquella voz a oscuras narrando el relato del Entierro prematuro de Poe. Y creo que no lo he hecho por culpa del Marcial el de mi pueblo, un anciano alto y algo antipático que era conocido en mi pueblo cuando yo era pequeño por tener la inmoral costumbre de asistir una sola vez al año a la iglesia pero acompañado siempre por una señora prostituta diferente. A cual más fea, según me contó luego él una vez.
Yo sólo hablé en una ocasión con Marcial el de mi pueblo, y fue cuando yo era tan pequeño que ni tan siquiera estaba aprendiendo a fumar ni sabía lo que era concretamente dar por el saco, expresión que todavía hoy no tengo gráficamente muy clara y que el Marcial se empeñaba en prenunciar cada cinco o seis tacos. Sobre todo cuando tenía que ir a las tiendas y hacer cola entre las viejas.
El caso es que el Marcial me cogió a mi por banda por culpa del desafortunado error inconsciente de que le estábamos atando el perrote que tenía que era más borde que las cabras al paragolpes Renaul 4 amarillo de Correos que estaba aparcado en su puerta con la clara intención de dejar de ver al maldito perrote ese que no se hartaba de ladrar cada vez que pasábamos por su puerta.
- ¿Tú no sabes que la gente se muere de eso?
- ¿De qué? ¿De atarlos a la furgoneta del Jacinto (léase, vehículo oficial del servicio de Correos que usaba el cartero de mi pueblo, Jacinto "Unhuevo", mote que de niños tanto gustábamos de recordarle corriendo tras él)?
- ¿Tú no sabes que yo me morí una vez y me enterraron y me hicieron un entierro y todo?
Teniendo en cuenta que el Marcial me tenía cogido por la oreja tierna, y que yo intentaba de vez en cuando darle patadas mientras él desataba a su perrote del parachoques y éstos me miraban desde la esquina de la tienda. Aquella frase sembró en mí una curiosidad desconocida hasta entonces. Por lo que le respondí:
- ¡Y una mierda! ¡Eso es mentira! ¡Usted lleva putas a la iglesia! Que me lo ha dicho mi hermano.
Entonces el Marcial el alicaido me enseñó algo que me dejó de piedra y hasta se me olvidaron los ladridos de su perrote: su mano (la otra no me solataba la oreja tierna), no tenía casi uñas, es decir, los dedos los tenía como cortados por las puntas hasta donde le debían empezar a crecer las uñas.
- ¿Y tú no sabes que yo me dejé estos dedos rascando la tapa de mi ataúd cuando me enterraron vivo?
Ahí ya no pude contenerme más y viendo que se me escapaba el pis, le pegué una patada con todas mis fuerzas al Marcial y me fui corriendo escapao hacia la esquina de la tienda donde me esperaban éstos.
Lo curioso es que cuando les conté al Esteban y al Crespo lo que me había contado el Marcial, en lugar de irnos a nuestras casas a chivarnos a nuestras madres, acabamos tocando a la puerta del Alicaido para quedarnos allí quietos, esperar a que abriera sujetando al perrote y pedirle al unísimo, como los niños estos americanos ñoños que cantan en Navidad villancicos:
- ¿Nos puede contar lo de cuando lo enterraron vivo?
Y su respuesta fue todavía más curiosa.
Nos mandó a la mierda.
Por lo que cuando volvimos a llamar le propusimos un trato, que si nos contaba lo de cuando lo enterraron vivo nosotros no le volveríamos a encintar las pelotas a su perrote con cinta aislante.
Y nos volvió a mandar a la mierda.
Pero luego, cuando nos íbamos, el Marcial se ve que se lo pensó mejor y nos dijo que a mí, que sólo me la contaría a mí si tenía... cómo dijo... arrestos, eso, arrestos, a pasar a su casa yo solo.
- Mi mujer era la tía más zorra que ha parido madres.
- ¿Quién, la Teodora?
- Sí, esa. Esa fue la que me enterró vivo. ¿Fumás, chaval?
- Aún no, gracias.
- ¿Y usted por qué se dejó que lo enterrara si estaba vivo?
El Marcial dio la primera calada y tiró el humo hacia arriba sentado en su sillón de escai:
- Pues porque me morí, chorra. Porque me dio un ataque de esos estando cazando la perdiz en el coto y me bajaron en el Land Rover del alcalde que ni pestañeaba y estaba más frío que el culo un mortero.
- ¿Y por qué no se puso una chaqueta, no tenía guantes?
- Que no me entiendes, chaval, que a mí lo que me dio fue un ataque que me quedé como muerto y me bajaron aquí a casa y me tumbaron en la cama y a la mañana siguiente ya me habían metido entre cinco en un ataúd.
- ¿Y por qué?
- Pues porque me morí, chorra. ¿Por qué va a ser? Y porque mi mujer era una zorra y ¿sabes lo que me hizo esa noche? Se trajo al Ramón al del Telégrafo, este que va con una pata más corta que la otra, y en la cama que había ahí al lado del ataúd, ahí se roscó la muy zorra estando yo de cuerpo presente.
- ¿Y qué es que se roscó?
- Pues que se le bajó las bragas allí mismo, qué chorras va a ser, que pareces tonto.
- Ah, que meó delante del Ramón el del Telégrafo. ¿Como la Loli cuando nos cobró dos duros?
- La madre que os parió, cómo podéis ser tan malos y tan tontos los críos de hoy en día. Que sí, que la Teodora hizo eso y luego se abrió una botella de mistela y se durmió con él y a mí la muy zorra me enterró al día siguiente y me echaron tierra como para sembrar patatas para un año. Que la notaba yo así caer a palazos encima el ataúd como un tambor.
- ¿Y lo enterraron y usted se acuerda? ¿Y por qué no les dijo nada?
- ¡Pues porque me morí, chorra! ¡Ya te lo he dicho! ¡Porque estaba muerto! ¡Que pareces tonto!
- ¿Y por qué se lleva putas a la iglesia usted que me lo ha dicho mi hermano?
- ¡Me las llevo cuando es el aniversario que se murió la zorra de mi mujer, pa joderla!
- Ah. Me puedo ir ya.
- ¿Ya? Pues hala, chico, vete ya. Zopenco.
Y me fui. Y les conté a éstos más o menos lo que me había contado el Marcial.
Y al rato volví.
- Marcial... Que dicen estos que si me puede contar cómo salió usted del ataúd.
- Ves como estás tonto. Pues me desperté cuando ya me habían enterrado y yo me había dado cuenta de todo pero no me podía mover, como si estuviera dormido, pero cuando me pude mover me puse a chillar como un desesperao pero era de noche y a ver quién chorras va a haber en el cementerio a esas horas, y me puse a rascar hasta dejarme los dedos ahí en la madera esa pero ni a puñetazos ni a patadas ni a chorras virgen que allí saliera que ya me veía yo que allí me quedaba y me iba a desgañitar. ¿Y sabes cómo salí?
- Pues no.
- Pues porque los del bar, que me conocían, me metieron en el bolsillo una Farias y este mechero que era mío para que no me fuera sin fumar al otro barrio, y con el mechero me quedé en pelotas en el ataud rompiéndome la mortaja y a tiras le fui pegando fuego a una esquina del ataúd hasta que casi me ahogo pero entonces ya era de mañana y el Paco el enterrador que vio salir el humo de debajo tierra me sacó porque me había conocido de crío y sabía que ya entonces me daban ataques que me quedaba como muerto.
- Ah. Y... qué hizo su mujer.
- Pues me bajé al pueblo por la calle mayor, sin hacer caso a nadie, con la mortaja a tiras, tiznao de humo y lleno tierra, toqué a la puerta, me abrió mi mujer, le pegué un guantazo y le apreté el cuello como a las gallinas.
- ¿La mató?
- Tú qué crees.
- ¿Y no lo metieron a la cárcel?
- Jaja (qué asco de risa tenía ese hombre). Con un certificado de defunción con tu nombre, chaval, no te mete en la cárcel ni el mismísimo Franco.
- Ah... Y... ¿quién es Franco?
- Pues Franco, chorra, quién va a ser Franco.
- ¿Uno que tiene una cárcel?
- Anda y "veste a la mierda", zopenco.
Y me fui.
Y cuando llegué a estos y me preguntaron quién lo había sacado del ataúd, yo les dije lo que había entendido, que le había sacado Franco que era uno que estaba en la cárcel.
Y volví.
Y llamé a la puerta y les dije lo que me habían dicho éstos.
- ¡Es usted un mentiroso y le vamos a atar al perro al coche de línea!
Pero el Marcial fue más rápido y me cogió de la oreja tierna y me volvió a meter a su casa, a la otra habitación del al lado y el viejo loco tenía allí dentro un ataúd con más polvo que la bombilla una cuadra, abierto en medio del suelo y con toda la tapa rascada por dentro de donde se dejó las uñas cuando lo enterraron vivo.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

sábado, 26 de julio de 2008

PERDÓN, SEÑORITA, SE LE VEN LAS TETAS.

Me resulta incómodo, quizás no debiera referirme a ello, pero hay tantas cosas en esta vida que no debería haber dicho... Léase:
- Pues tu hermana tiene un polvo.
- No mamá, te equivocas, no tengo seis, yo ya tengo ocho años ya.
- Le juro señor agente que que soy el que menos borracho va del coche. Pero si me hace soplar, nos vamos a llevar un disgusto todos.
- No ha sido un pedo. Y no he sido yo.
- Tú de joven estabas más desgalda, ¿no?
- Mira, el putón de la otra noche. Ah, que es tu novia...
- Bonita, ni tú ni yo nos merecemos esto, pero son las seis de la mañana y van a cerrar ya.
- Pues mi papá dice que es usted un roñoso y que no lo diga nunca a ver si se me va a escapar.
- Es que mis amigos y yo nos habíamos apostado una tontería contigo... ¿tú antes eras un tío,no?
- Pues yo no tengo nada para ti, pero si quieres te devuelvo esto.
- A que no le aciertas con una piedra.
- A que no le das.
- A que no llegas desde aquí.
- A que no te atreves.
- A que no saltas.
- ¿Tú no sabrás de uno por aquí que nos venda lo que tú te has metido?
- ¿Te apuestas algo a que cierro los ojos y freno justo en el semáforo?
- ¿Testigos de Jehova...? ¡Pasen, pasen!
- ¿Revisión de gas butano...? ¡Pase, pase!
- ¡Es mentira, mamá! ¡Están viendo una peli porno!
- Que no, papá, que el tabaco es mío pero yo no fumo, sólo lo llevo para invitar a las chicas que fuman, que son las que me gustan.
- Ah, que vosotras no jugáis a metemano... Perdón, como llevábais falda.
- Sí que has bebido, papá, en la comida has bebido vino, que no te acuerdas.
- Lo siento, pero por mí creo que ya no hace falta lo del condón.
En fin, que me he acordado esta mañana de aquella profesora de dibujo sustituta que tuvimos en cuarto de EGB.



Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

miércoles, 23 de julio de 2008

RELATO: CÓMO PERDER LA VIRGINIDAD LEYENDO A GARCÍA MÁRQUEZ

Cada vez que descubro que no tengo nada que hacer más que soportar el bochorno de la siesta, me acuerdo de García Márquez y de alguna de sus literarias amantes adolescentes cubiertas de lino y sudor en una cama de habitación cerrada en el trópico. Cierto es que las ardientes prostitutas del trópico nunca tuvieron que soportar al tonto de mi vecino... cierto es que... lo cierto es que ellas... decía que cierto es... ¡ME CAGO EN SU PUÑETERA ESTAMPA! ¡YA ME HA CORTADO EL ROLLO OTRA VEZ! ¡SERÁ CAPULLO! ¡PERO A QUIÉN SE LE OCURRE DEJARLO SOLO UN MES ENTERO!


Vale, se lo ha ganado, toda la entrada para él. Mi vecino, y que esto no sirva de precedente, se llama Borja, tiene dieciséis años y sus benditos padres lo han dejado aquí solo todo el mes de julio mientras ellos se han ido de viaje al sur de Francia. Lo sé porque los señores tuvieron la amabilidad de pasar a informarme justo antes de irse para que así yo le echara un ojo al niño. El problema es que el Borjita, viéndose solo en el piso, ha decidido centrar todos sus esfuerzos, neuronas, energías y porros en perder la virginidad le cueste lo que le cueste. Y así, por Dios, no se hacen las cosas.


La primera chica que el Borjita subió a su piso, como nuestras terrazas se comunican, tengo el privilegio de poder presenciar todos sus rituales de cortejo en directo, creo que se llamaba Davinia, salió a la terraza, sólo hacía que preguntar si de verdad sus padres no iban a volver, luego dijo algo de lo fantástica que era la terraza y lo que le gustaban los áticos, yo encendí la luz e intenté seguir leyendo Cien años de soledad sin que esa interesantísima conversación de adolescentes repletos de hormonas me distrajera... Cuando el Coronel Aureliano Buendía supo que todos sus esfuerzos por...


Coca-cola no que luego me salen pedos.


Sí, con esa frase ya me acabé de despistar, seguí mi instinto natural e intenté observar a la tal Davinia y a mi querido Borjita a través de las buganvillas que separan nuestras terrazas. Pizza, estaban cenando pizza y el Borjita había sacado una botella de vino de su padre a la que insistía en añadirle Coca-cola para que pasara mejor. Su padre, su querido padre director de la sucursal del Banco Santander tiene una magnífica bodega y, de hecho la he visto y admirado, en esos momentos el Borjita, con su inconsciencia habitual se estaba haciendo un calimocho con una botella de más o menos unos ciento cincuenta euros. Me dolió hasta a mí. Agradecí por el bien del vino que la pobre Davinia tuviera luego pedos y al menos ella no lo mezclara. El caso es que el Borjita, en lo que a mí me costó leerme el nacimiento de todos los hijos del coronel Aureliano Buendía con cruces de ceniza en la frente y contemplar la salida de las estrellas sobre la ciudad, él se pimpló la botella entera de vino a base de calimocho y, para cuando yo me quise dar cuenta, el muy imbécil se había encendido uno de los puros de su padre que tiene guardados bajo llave e intentaba, más bien colocado, que la joven Davinia le diera alguna calada. Evidentemente, mi Borjita se tragó el humo como se había tragado la botella de vino y cuando volví a salir a la terraza, el pobre mozalbete estaba echando vomitando desesperada y angustiosamente en las jardineras que su madre riega con mimo por las tardes.


No sé más, no sé cómo acabó con la Davinia esa que lo acostó a rastras por la casa, pero sí puedo decir que la puerta se oyó pronto y que la moza no se quedó en casa, amen de que el Borjita al día siguiente no dio muchas señales de vida y a la Davinia no la volví a ver.


La siguiente princesa que el Borjita se trajo a casa el fin de semana pasado con la clara intención de dejarse la piel en ella, se llamaba Milagros, llámame Mila, y de hecho debía serlo pues no iba a cumplir ya más veces los cuarenta años y por lo que todo indicaba se iba a zumbar a un adolescente que bien podría ella haberlo criado. Ésta, lo reconozco, ésta sí que no me la perdí ni un segundo, cogí Cien años de soledad, lo abrí por donde Amaranta hace no sé qué mientras La Bella se ducha y... y me dispuse a reírme por encima del libro como no lo había hecho en años.


Ésta, Mila, ésta no preguntó ni se estaban solos ni dónde estaban sus padres ni dónde estaba el baño ni dónde iba a dormir ella ni si la iba a acompañar a casa luego, ésta llegó, abrió una botella de champán con los dientes, se sentó en la hamaca donde la madre de Borjita suele hacer los sudokos, empezó a beberse el champán hasta que se le derramó por el escotazo y siguió tirándose líquido y sonriendo hasta decirle al Borjita:


- Chúpame un pie.


¡Jaja! ¡Menudo imbécil! ¡Jaja! ¡Se había subido una puta a casa! ¡Jaja! ¡Qué ganas me dieron en ese momento de que sus padres lo llamaran por teléfono para preguntarle si se había comido toda la cena! ¡Jaja! ¡Sí, sí, no se preocupe, Natividad, que lo que es hambre el niño no va a pasar!


¡Virgen santa! El pobre chiquillo con su pendiente, su tatuaje en el cuello, su camiseta planchada, sus pantalones de marca, su pelo peinadito así pelito a pelito hasta el flequillo y ahí arrodillado chupiteándole los pies a la señora Milagros esa por debajo de la mesa mientras la buena señora se pimplaba ella sola la botella de champán de su padre.


- Espera un momento, ahora me toca a mí.


En ese momento, evidentemente, yo pensé que ya había llegado la hora de retirarme a mi cama, comprobar si tenía mensajes en el correo y dejar que el Borjita disfrutara de los sesentas euros que su madre le había dado para que comiera bien el pobrecito mío, jaja, si ella supiera... Pero me quedé porque vi que la señora Milagros esa no levantaba al Borjita del suelo sino que se iba para dentro a buscar qué sé yo...


El picardías de la madre del Borjita, el camisón de lencería que Nati, mi vecina, se compró para el día de los enamorados de este año y que le enseñó a mi novia antes de estrenarlo. ¡Eso era lo que llevaba puesto! ¡Jaja! Bueno, eso y una botella de ginebra Bombay del mueble bar del padre de Borjita amén de resoplar excesivamente por la nariz.


Ahí se ve que el Borjita no pudo aguantarse más:


- Pero qué hace, es que eso es de mi madre.


- Querido, esta noche yo voy a ser una mamá muy mala contigo.


¡Virgen santa! ¡Jaja! ¡Y yo escondido detrás de la celosía que un poco más y me meo de la risa mientras le señora Milagros se pegaba unos lingotazos de Ginebra que ni un estibador del puerto un día de fiesta!


- Pero es que eso es de mi madre, por favor, quíteselo.


- Huy qué malo que eres, ¿no quieres quitármelo tú?


- No, no, aquí no, quíteselo dentro, en su cuarto, que ella no se entere.


¡¡¡Y en ese momento va y llaman por teléfono!!! ¡Jaja! ¡¡¡Y era la madre del Borjita!!! ¡Y la señora Milagros en pelota viva por su cuarto con una botella de ginebra y el Borjita en la terraza!


- Que no, mamá, que no he salido, que me encuentro... No, es que tengo un poco de hipo, que no he bebido mamá, que no voy borracho, mamá, que es del aire acondicionado, que sí, que he cenado... me he hecho las pechugas que me dejaste... que sí, que he regado las plantas... que no, mamá, que... pues claro que me he cambiado de calzoncillos, mamá... ¡¡¡Jaja!!! Y yo pensando, sí, sí, ha traído a una señora para que le riegue las plantas y lo cambie de calzoncillos, jaja.


El caso es que cuando el Borjita colgó, todo quedó en silencio, yo pensé que había contratado a la meretriz más silenciosa del mundo y me metí al sillón del salón a leer cómo Melquíades moría cuando oigo que me llaman por la terraza.


- ¿Ocurre algo, Borja?


- Álvaro, tío, me puedes ayudar, es que me he traído una chica a casa y se ha puesto mala y se ha tumbado en la cama y no se mueve.


¡¡¡Jaja!!! La señora Milagros, cuando yo la contemplé de cerca, se había intentado vestir de nuevo con sus ropas de lentejuelas doradas y minifalda blanca pero sin dejar de pimplar la ginebra a palo seco encima de la cama, donde se había quedado traspuesta, estirada todo lo larga que era, con una pierna en cada lado y la peluca rubia por medio de la cabeza. ¡¡¡Jaja!!!
Pobre Borjita. En el fondo, ese día me dio pena, nada. Le ayudé a meterle la cabeza en la ducha a la señora, la despertamos, llamé a un taxi, se lo pagué yo y no dejé que se despidiera de él ni de mí esa querida Milagros, que también quiso intentarlo.


En fin, que a día de hoy, mi querido Borjita lleva gastadas casi la mitad de las vacaciones y todavía no ha mojado, que cómo lo sé, porque no me deja leer a García Márquez, porque se pasa desde las diez de la mañana enganchado al Messenger, porque se ha puesto en el link "solito en casa quién se apunta", porque sólo hace que hablar por teléfono con sus amigos, porque se pasa el día en la terraza fumando porros, porque ya no he vuelto a ver subir a ninguna princesa a casa y, sobre todo y es lo que me acaba de volver a fastidiar, porque se pasa las tardes en la terraza con el MP3 ¡¡¡cantando canciones de amor con su voz de adolescente!!!


Por favor, por el amor de Dios, que ya me sé el repertorio entero de Andy y Lucas, Nosequién y Sara, Melendi, Bustamante y otro que canta RAP y se caga al mismo tiempo en tu padre, por lo que más queráis, de la manera que sea, a mí no me importa y seguro que a él tampoco, pero.... que vuelvan sus padres, que haga el amor, que se le acaben las pilas, que pierda la voz, pero... ¡dejadme que siga leyendo a García Márquez!


Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

martes, 22 de julio de 2008

RELATO: BÉCQUER NUNCA explicó NADA DE BRAGAS

Ayer, al ir a tender el mantel de la cena de Nochevieja de este último año, al abrir la ventana me encontré unas bragas rojas, bueno, más bien, era un tanga de rayas rojas y blancas colgando de las cuerdas de mi tendedero.
Normalmente me pasan cosas extrañas sin quererlo, de hecho, tuve que vender mi último coche porque en él se instaló una araña que debía ser enorme puesto que cada mañana al abrir la puerta me encontraba todo el coche por dentro cubierto de telarañas; de hecho, durante una semana entera creí tener a un niño paliducho al final de una de mis clases en el instituto y un día descubrí que sólo yo lo había visto, que no existía, pero el muy tunante me había hecho el mejor examen de Romanticismo de toda la clase; de hecho, un día me encontré a mi enanito de jardín, sonriéndome, en el ascensor cuando me iba a trabajar; de hecho, sé que hay un conductor de autobuses de la línea 89 que me persigue cuando voy despistado y ya me ha intentado atropellar más de cuatro veces este año; de hecho, una noche me puse a hablar en sueños en inglés y lo hablaba de maravilla; de hecho, mis dos zapatillas son números diferentes.
El caso es que ayer me tuve que duchar de correprisas pensando que pronto bajaría la hija de mi vecina a pedirme su tanga rojo y blanco que se le había caído en mi tendedero; el caso es que justo se me acabó el butano y me tuve que duchar con agua fría, lo cual no es problema pues con la ola de calor de este verano, lo que menos me apetecía era ducharme a treinta grados; pero yo me duché, de correprisas y mojando todo el suelo del pasillo pero me duché; el problema es que me di cuenta de que tenía la casa hecha un asco y, todavía con la toalla anudada a la cintura, cosa que siempre resulta muy sexy cuando tienes que abrir la puerta a tu vecina que te viene a pedir sus bragas, me puse a barrer un poco así por encima la pelusa, pero me di cuenta de que además de la pelusa el suelo estaba pegajoso, pero no me quedaba detergente para el suelo y tuve que fregarlo con el gel de la ducha mío y de prisa porque oí el ascensor y supe que ella bajaba y además me di cuenta de que tenía la cocina sucia y el fregadero hasta arriba y ella podría pedirme un vaso de agua y se daría cuenta de que soy un cerdo y pervertido y hasta pensaría que había sido yo quien le había robado las bragas, el caso es que terminé de fregar todavía con la toalla en la cintura y me di cuenta de que todavía tenía toda la ropa en un montón en el suelo y encima apestaba a tabaco y no tenía yo nada que ponerme y ya iban a ser las dos de la tarde y allí no bajaba nadie pero a mí me dio igual y yo me puse a apretar toda mi ropa en la lavadora empujándola con la fregona porque no cabía cuando me di cuenta de que debía pensar mucho dónde depositar las bragas limpias de mi vecina para que ella viera que las había cuidado: primero las doblé, con muchísimo cuidado, y las dejé encima de mis apuntes de Teatro Romántico, pero luego me quedé mirándolas así con la toalla seca anudada a la cintura y pensé que pensaría que nadie tiene unas bragas limpias encima del Don Juan Tenorio a las tres de la tarde, por lo que las coloqué encima del escritorio y puse debajo un libro de Schopenhauer, para que ella viera que yo era un hombre culto y que sus bragas me habían caído justo cuando estaba leyendo unos aforismos, pero luego pensé en que ella pensaría qué tío más raro que en vez de comer se pone a leer filosofía y caí en la cuenta de que una chica que lleva esas bragas tiene que ser na tía divertida y cogí y las tiré encima de los mandos de la Wii, pensando que así cuando entrara y los viera pensaría que soy un tío divertido y me diría de echar unas partidas, pero entonces caí en que yo todavía llevaba la toalla anudada a la cintura y eran ya casi las cuatro y entonces la ropa se había atascado en la lavadora y aún no había terminado y me fui al armario y busqué los únicos pantalones que no me pongo porque me vienen estrechos y parezco un torero con ellos y me los conseguí encajar pero no abrocharme el último botón por lo que pensé que ya que no me los iba a quitar, me tendría que aguantar todo el rato metiendo tripa pero que lo de la consola no era buena idea, por lo que cogí sus bragas, las dejé encima de la encimera de la cocina pero no me di cuenta y se me cayeron al suelo y resulta que la lavadora se había salido y se cayeron encima de una mancha de lejía y aunque yo las aclaré y seguía metiendo tripa mientras las intentaba secar con el secador, no me di cuenta de que me estaba pasando porque me seguí intentando abrochar el botón del pantalón y cuando levanté la cabeza aparte de manchadas de lejía las bragas estaban quemadas como una tostada y yo sin ropa y con la casa limpia pero qué le iba a dar yo a esa pobre muchacha cuando bajara y me dijera que no tenía bragas.
Pues nada, cogí y me puse la única camiseta que me quedaba que es una que tengo de Bart Simpson de cuando los ochenta que se llevaban super grandes y tiene un agujero y está my desgastada porque la uso para dormir y me fui al centro con mis pantalones apretados y mi camiseta ancha que parecía salido de un vídeo de los Hombres G y me metí a la tienda esta de bragas y estuve media hora disimulando, sacándome las suyas así del bolsillo con ciudado para intentar encontrar unas que fueran iguales y al final me vinieron las dependientas y me pidieron por favor si me podían ayudar y si podía enseñarles lo que llevaba en el bolsillo, y yo, muerto de la vergüenza que les tuve que sacar las bragas quemadas y explicarles hasta lo de la lavadora y me dijeron que no lo entendían, que no les importaba pero que por favor comprara esas bragas y que no volviera más por allí y yo sabía que lo decían por las pintas que llevaba y me hicieron meter las otras bragas delante de todo el mundo en una bolsa y volverme a mi casa y entonces caí en que ella iba a notar que mis bragas eran nuevas y que no eran las suyas y entonces caí en que la lavadora se me había roto y me puse a lavárselas a mano unas veinte veces y luego se las sequé en el microondas con cuidado y luego decidí que lo más apropiado era Bécquer y así se me hicieron las siete, yo sentado en el sofá, con mi pantalones apretados y la camisa de las bodas que no me pongo, con las piernas cruzadas y leyendo a Poe mientras que sobre la mesa de centro estaban esas bragas y bajo ellas la rimas de Bécquer esperando a que mi vecinita las rescatara.
A las ocho y media llamaron a la puerta, mi corazón latió hasta salírseme del pecho, me peiné un poco mejor porque me había quedado traspuesto en el sofá viendo el atletismo en la 2, ni siquiera miré por la mirilla puesto que sabía que era ella la que no llevaba bragas y tocaba a mi puerta para que yo se las devolviera.
- Hola, soy Jose, el de arriba, que esta mañana se me ha caído un tanga de mi... y no lo encuentro y... Oye, ¿tú no estabas esta tarde en Women Secret's robando bragas?
Cierto, hasta las nueve no dejó de llamar al timbre e intentar echar la puerta abajo ese energúmeno de dos metros y músculos de gimnasio. Cierto, yo no le abrí la puerta ni cuando oí que ella bajaba y le decía que me dejara en paz, que era un tío raro. Cierto, llevo desde las siete levantado, sin tabaco, sin leche, sin papel higiénico y sin poder salir de casa. Cierto, ahora lo comprendo, Bécquer nunca explicó nada de bragas.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

martes, 15 de julio de 2008

RELATO: SOBRE LO MÍO CON INÉS SASTRE

Ahora que ya he decidido borrar su teléfono de la agenda, ahora que ya he quitado su foto de la bañera, ahora que ya no tenderé más sus tangas en el balcón, ahora puedo desahogarme, ahora puedo confesarme: ¡tú nunca me quisiste, Inés Sastre!
No pienso decir cómo la conocí, no pienso hablar de aquel autobús hacia la Facultad atestado de gente donde tú no encontrabas sitio y yo te dejé que te agarraras a mi barra, no te creí cuando me diste las gracias, no te escuché cuando me dijiste que acababas de rodar un anuncio para esa maldita colonia de Agua Brava, yo sólo pude mirarte y pensar en que a uno de los dos le olían los pies y que seguramente ése iba a ser yo. Que me pediste un pañuelo para secarte el sudor que como perlas brotaba de tu frente en pleno mes de septiembre, lo acepto, que yo no he gastado en mi vida de eso y que sólo te pude ofrecer mi horario de exámenes pendientes, todavía no lo entiendo, pero eso sí, cuando bajé de ese autobús con tu número apuntado en la palma de mi mano, me expulsaron del aula 223 por intentar presentarme despistado a un examen de Ingeniería Nuclear con mis apuntes del Romanticismo Francés.
¡Como alguien supiera la vergüenza que pasé para mandarte ese primer SMS, Inés! Yo que me pasé la tarde y la noche en la bodegueta de enfrente con mis amigos de siempre, planeando maneras diferentes de decírtelo, de confesártelo, de simplemente decirte que me habías gustado para al final, después de no tener con qué pagar y volver a intentar escaparnos por el ventanuco del cuarto de baño, lo único que se me ocurrió decirte fue: "Tío, no t lo vas a creer, me h enamorado de Inés Sastre pero no me atrevo a mandarle un mensaje". Fuera por suerte o porque siempre fuiste una arpía, el caso es que me contestaste: "Tío, pues díselo q m parece q tu a ella tb le gustaste."
Y ahí empezó todo, todo lo que he prometido que jamás contaré, que te lo juré, que se vendrá conmigo a la tumba... ¡Me la tiré la primera noche! ¡Qué pasada! Y cómo me costó explicarles a estos por SMS cómo iba la cosa con el teléfono debajo de la cama mientras ella me decía que jamás se me ocurriera contar nada de eso a la prensa rosa. Pero... fue maravilloso, en la vida había conocido yo en el pueblo a una mujer así como Inés, que porque soy un caballero y de esas cosas no hablo, pero... ¡madre mía y qué tía más limpia! En lo que estuvimos juntos ese fin de semana por lo menos se cambió siete veces de bragas, se embadurnó con veinte mil cremas y se duchó unas tantas; que me tuve que meter al cuarto de baño con el móvil como si hablara para poder hacerle las fotos así robadas mientras ella se secaba el culo con la toalla y me preguntaba si no podía hablar en otro lado.
Pero es que ella siempre fue una señorita fina, siempre sabía estar en su sitio, ni siquiera se enfadó cuando le dije en el baile ese de Mónaco al que me llevó que eso estaba lleno de maricones, putas y un camarero raro que sólo hacía que darme jabón en las manos en el cuarto de baño. No, ella me los presentó a todos, al príncipe Alberto ese, a la princesa esa pendón que es su hermana que iba sin sostén y me dejó tocarle el culo así con disimulo, a un montón de modelos amigas suyas que ninguna me dirigía la palabra luego porque decían que de dónde había sacado Inés al energúmeno ese que se había apostado con Giorgio Armani a que se comía una docena entera de los huevos rellenos esos, que yo lo llamé Jorge toda la noche y me hice colega y le expliqué que en el pueblo los huevos son veinte veces más gordos y que se tenía que venir un año para cuando matamos el cerdo, que allí sí que se iba a hartar de comer, y no en el baile ese, que sólo hacían que ponerme canapés de esos de caviar que cada vez que saludaba a alguien así levantando la mano y chillando el caviar se me caía encima del pelo del que tenía al lado.
El caso es que me la llevé, ése fue el trato, yo iría a una de sus fiestas y ella se vendría una noche al pub de mi pueblo cuando estuviéramos de verbana y así iba a ver lo divertido que era mi mundo: ¡qué desastre! Le tiraron los trastos hasta mis amigos cuando la llevábamos en el coche. Se empeñó en que ella no bebía a morro los quintos, que le pusieran vaso, que me esperara en la puerta del baño porque no tenía pestillo, que me quería mucho pero que por favor no le volviera a pedir que se pusiera el tanga por encima de la falda, que se lo pasaba bien pero que por favor dejaran de sonreírle los cuatro brutos esos de la barra, que sí que sabía bailar pero que Paquito el Chocolatero no era su baile preferido y que además cada vez que se le arrimaba un tío le tocaba el culo por lo menos...
Total, que durmió en mi casa y apenas comió paella el domingo, aún así, mi madre la convenció y le dejó un chandal de mi hermana y se vino a vendimiar esa tarde, la pobrecica, que quiso vendimiar con guantes, que apenas podía arrastar el cubo y descargárselo ella sola, que le dejé una J'Hayber de las mías de las viejas, que se puso hasta la Gorra de propaganda de Michelín... pero ya vi yo que eso no funcionaba cuando se empeñó con todas sus fuerzas que ella no volvía a casa subida en el remolque del tractor... pobre Inés, puede que tuviera razón.
El caso es que llegó el invierno y esas cosas, seguimos hablando y quedando Inés Sastre y yo, seguí utilizando su nombre para las oraciones de análisis sintáctico que les pongo a los niños en los exámenes, pero ambos sabíamos que... un día vino a Valencia a una Fiesta de Gala de esas y quedamos y me la llevé a la bodegueta de enfrente y ella me confesó que un señor, un banquero de esos ricos franceses, le había propuesto relaciones. Yo le pregunté si ella le quería, si él tenía tractor, ella me dijo en ambos casos que no y yo le pregunté si no sería más feliz conmigo en el pueblo, llevándola en la barra de la bicicleta a coger oliva, yendo con su talego a por el pan, recogiendo a los chiquillos en invierno con las botas de agua del colegio, paseando en primavera por la vereda con un perrote pequeño a sus pies... Y ella, incomprensiblemente, mientras acariciaba un reloj de diamantes y dejaba que una lágrima le desbordase de por las pestañas... me dijo que no.
Ahí acabó todo, nos hemos seguido mandando mensajes, ella a mí, porque si está en el extranjero me salen muy caros y cuando está aquí pruebo y le hago una perdida a ver si me llama, pero ya no, ya tengo muy claro que lo mío con Inés Sastre se terminó. Aunque no me quepa en la cabeza, aunque no lo entienda, aunque nunca la pueda olvidar.


Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

MI ADIÓS AL CAMINO DE SANTIAGO

Han sido cuatro años, unos 1800 km andando, duchándome en chanclas, lavándome la ropa a mano, dando bastonazos por esos mundos de dios, saludando a desconocidos, durmiendo en el saco, sufriendo tendinitis, ampollas, dolor, cansancio, nostalgia... pero ya todo eso se ha acabado, cumplí mis dos promesas: hice un primer Camino a solas durante dos años y luego este último acompañando a mi hermano. Ahora, señores, me retiro. No sin antes, dejar un poco de herencia a los que vengan detrás.
1.- ¿Qué ha sido para mí el Camino de Santiago? Sinceramente, es la metáfora más parecida a la vida que he encontrado, pues de él aprendí que no existe sin la gente que lo puebla, que lo transita, que lo recorre, que uno forma parte del camino porque sigue andando y, como en la vida, aprendí que nunca hay que dejar de andar. También aprendí que cada uno anda como le da la gana, que no hay normas ni normalidad, que la vida es un recorrido y cada uno lo anda como le apetece en cada momento. Yo fui de los que andaron despacio, en solitario, deteniéndome a cada momento para hacer una foto o retomar una conversación. Mi hermano, al contrario, me llevó como puta por rastrojo, pues él lo entendió como una meta a la que llegar de la manera más rápida y esforzada. Por otro lado, también aprendí que el Camino, al igual que la vida, engancha, que por mucho dolor que uno sufra (y lo he visto en otras carnes), nadie quiere renunciar a andar, a seguir hacia adelante. Y, por último, aprendí que cuando llegas a la Meta, con tristeza, comprendes, que lo vivido fue lo recorrido, que los momentos que te llevaron al final fueron más importantes que el mismo fin. Que el futuro es una ansiedad sin presente.
2.- ¿Qué consejos prácticos puedo dejar a los que anden detrás? Pues, del mismo modo que en la vida, para hacer el Camino no hay que llevar mucho peso, pues el primer año cargas la mochila con tantas tonterías que al final, en muchas ocasiones no te permiten avanzar; no, para andar hay que ir ligero de equipaje y, sobre todo, cuidar tu cuerpo si quieres que aguante. Durante estos años yo mismo incluso y he visto a gente quejándose de un dolor insufrible y no hacer nada, tumbarse en la cama esperando a que se les pasase y, al día siguiente, seguir soportando el dolor con la única esperanza de poder tolerar y hasta soportar un día más ese sufrimiento que se han impuesto. No, eso lo he aprendido. Para todo hay que cuidar tu cuerpo, para todo hay que poner remedio. Si cuando llegas a un albergue tienes ampollas o tendinitis, no te quedes quieto, busca medicación, date cremas, aprende a masajearte, a alimentarte, a curarte las heridas, a curarte para así, con sentido común, estar mejor al día siguiente.
3.- ¿Por qué lo dejo, acaso me uno a esas críticas que dicen que el Camino ha cambiado, que ya no es lo mismo, que los turistas maleducados han sustituido a los verdaderos peregrinos? No, yo dejo el Camino porque aprendí que al lugar donde fuiste feliz nunca más debes volver. No, claro que pienso que el Camino ha cambiado, pero como la vida, las cosas cambian, nada en lo que participe el hombre se mantiene estable, pero lo acepto. Cuando yo empecé el camino no había tanto extranjero, la gente era más solidaria, no era una experiencia tan deportiva, no había tantos albergues privados... pero bueno, yo viví una época, los que me precedan vivirán la suya propia y seguramente les dirán a sus herederos que el Camino ya no es lo que era. Exactamente igual que la vida. Pero, como dije al principio, que cada uno de vosotros lo ande como quiera.
Buen Camino a todos.
Texto y fotos: Álvaro García.