Yo nunca he leído a Poe. Lo escuché de pequeño en un viejo programa de radio nacional que echaban por las noches mientras yo aprendí a fumar a solas en el taller bajo mi casa. Lo que me da miedo lo olvido pronto, como todos, pero no lo hice con el recuerdo que tengo de aquella voz a oscuras narrando el relato del Entierro prematuro de Poe. Y creo que no lo he hecho por culpa del Marcial el de mi pueblo, un anciano alto y algo antipático que era conocido en mi pueblo cuando yo era pequeño por tener la inmoral costumbre de asistir una sola vez al año a la iglesia pero acompañado siempre por una señora prostituta diferente. A cual más fea, según me contó luego él una vez.Yo sólo hablé en una ocasión con Marcial el de mi pueblo, y fue cuando yo era tan pequeño que ni tan siquiera estaba aprendiendo a fumar ni sabía lo que era concretamente dar por el saco, expresión que todavía hoy no tengo gráficamente muy clara y que el Marcial se empeñaba en prenunciar cada cinco o seis tacos. Sobre todo cuando tenía que ir a las tiendas y hacer cola entre las viejas.
El caso es que el Marcial me cogió a mi por banda por culpa del desafortunado error inconsciente de que le estábamos atando el perrote que tenía que era más borde que las cabras al paragolpes Renaul 4 amarillo de Correos que estaba aparcado en su puerta con la clara intención de dejar de ver al maldito perrote ese que no se hartaba de ladrar cada vez que pasábamos por su puerta.
- ¿Tú no sabes que la gente se muere de eso?
- ¿De qué? ¿De atarlos a la furgoneta del Jacinto (léase, vehículo oficial del servicio de Correos que usaba el cartero de mi pueblo, Jacinto "Unhuevo", mote que de niños tanto gustábamos de recordarle corriendo tras él)?
- ¿Tú no sabes que yo me morí una vez y me enterraron y me hicieron un entierro y todo?
Teniendo en cuenta que el Marcial me tenía cogido por la oreja tierna, y que yo intentaba de vez en cuando darle patadas mientras él desataba a su perrote del parachoques y éstos me miraban desde la esquina de la tienda. Aquella frase sembró en mí una curiosidad desconocida hasta entonces. Por lo que le respondí:
- ¡Y una mierda! ¡Eso es mentira! ¡Usted lleva putas a la iglesia! Que me lo ha dicho mi hermano.
Entonces el Marcial el alicaido me enseñó algo que me dejó de piedra y hasta se me olvidaron los ladridos de su perrote: su mano (la otra no me solataba la oreja tierna), no tenía casi uñas, es decir, los dedos los tenía como cortados por las puntas hasta donde le debían empezar a crecer las uñas.
- ¿Y tú no sabes que yo me dejé estos dedos rascando la tapa de mi ataúd cuando me enterraron vivo?
Ahí ya no pude contenerme más y viendo que se me escapaba el pis, le pegué una patada con todas mis fuerzas al Marcial y me fui corriendo escapao hacia la esquina de la tienda donde me esperaban éstos.
Lo curioso es que cuando les conté al Esteban y al Crespo lo que me había contado el Marcial, en lugar de irnos a nuestras casas a chivarnos a nuestras madres, acabamos tocando a la puerta del Alicaido para quedarnos allí quietos, esperar a que abriera sujetando al perrote y pedirle al unísimo, como los niños estos americanos ñoños que cantan en Navidad villancicos:
- ¿Nos puede contar lo de cuando lo enterraron vivo?
Y su respuesta fue todavía más curiosa.
Nos mandó a la mierda.
Por lo que cuando volvimos a llamar le propusimos un trato, que si nos contaba lo de cuando lo enterraron vivo nosotros no le volveríamos a encintar las pelotas a su perrote con cinta aislante.
Y nos volvió a mandar a la mierda.
Pero luego, cuando nos íbamos, el Marcial se ve que se lo pensó mejor y nos dijo que a mí, que sólo me la contaría a mí si tenía... cómo dijo... arrestos, eso, arrestos, a pasar a su casa yo solo.
- Mi mujer era la tía más zorra que ha parido madres.
- ¿Quién, la Teodora?
- Sí, esa. Esa fue la que me enterró vivo. ¿Fumás, chaval?
- Aún no, gracias.
- ¿Y usted por qué se dejó que lo enterrara si estaba vivo?
El Marcial dio la primera calada y tiró el humo hacia arriba sentado en su sillón de escai:
- Pues porque me morí, chorra. Porque me dio un ataque de esos estando cazando la perdiz en el coto y me bajaron en el Land Rover del alcalde que ni pestañeaba y estaba más frío que el culo un mortero.
- ¿Y por qué no se puso una chaqueta, no tenía guantes?
- Que no me entiendes, chaval, que a mí lo que me dio fue un ataque que me quedé como muerto y me bajaron aquí a casa y me tumbaron en la cama y a la mañana siguiente ya me habían metido entre cinco en un ataúd.
- ¿Y por qué?
- Pues porque me morí, chorra. ¿Por qué va a ser? Y porque mi mujer era una zorra y ¿sabes lo que me hizo esa noche? Se trajo al Ramón al del Telégrafo, este que va con una pata más corta que la otra, y en la cama que había ahí al lado del ataúd, ahí se roscó la muy zorra estando yo de cuerpo presente.
- ¿Y qué es que se roscó?
- Pues que se le bajó las bragas allí mismo, qué chorras va a ser, que pareces tonto.
- Ah, que meó delante del Ramón el del Telégrafo. ¿Como la Loli cuando nos cobró dos duros?
- La madre que os parió, cómo podéis ser tan malos y tan tontos los críos de hoy en día. Que sí, que la Teodora hizo eso y luego se abrió una botella de mistela y se durmió con él y a mí la muy zorra me enterró al día siguiente y me echaron tierra como para sembrar patatas para un año. Que la notaba yo así caer a palazos encima el ataúd como un tambor.
- ¿Y lo enterraron y usted se acuerda? ¿Y por qué no les dijo nada?
- ¡Pues porque me morí, chorra! ¡Ya te lo he dicho! ¡Porque estaba muerto! ¡Que pareces tonto!
- ¿Y por qué se lleva putas a la iglesia usted que me lo ha dicho mi hermano?
- ¡Me las llevo cuando es el aniversario que se murió la zorra de mi mujer, pa joderla!
- Ah. Me puedo ir ya.
- ¿Ya? Pues hala, chico, vete ya. Zopenco.
Y me fui. Y les conté a éstos más o menos lo que me había contado el Marcial.
Y al rato volví.
- Marcial... Que dicen estos que si me puede contar cómo salió usted del ataúd.
- Ves como estás tonto. Pues me desperté cuando ya me habían enterrado y yo me había dado cuenta de todo pero no me podía mover, como si estuviera dormido, pero cuando me pude mover me puse a chillar como un desesperao pero era de noche y a ver quién chorras va a haber en el cementerio a esas horas, y me puse a rascar hasta dejarme los dedos ahí en la madera esa pero ni a puñetazos ni a patadas ni a chorras virgen que allí saliera que ya me veía yo que allí me quedaba y me iba a desgañitar. ¿Y sabes cómo salí?
- Pues no.
- Pues porque los del bar, que me conocían, me metieron en el bolsillo una Farias y este mechero que era mío para que no me fuera sin fumar al otro barrio, y con el mechero me quedé en pelotas en el ataud rompiéndome la mortaja y a tiras le fui pegando fuego a una esquina del ataúd hasta que casi me ahogo pero entonces ya era de mañana y el Paco el enterrador que vio salir el humo de debajo tierra me sacó porque me había conocido de crío y sabía que ya entonces me daban ataques que me quedaba como muerto.
- Ah. Y... qué hizo su mujer.
- Pues me bajé al pueblo por la calle mayor, sin hacer caso a nadie, con la mortaja a tiras, tiznao de humo y lleno tierra, toqué a la puerta, me abrió mi mujer, le pegué un guantazo y le apreté el cuello como a las gallinas.
- ¿La mató?
- Tú qué crees.
- ¿Y no lo metieron a la cárcel?
- Jaja (qué asco de risa tenía ese hombre). Con un certificado de defunción con tu nombre, chaval, no te mete en la cárcel ni el mismísimo Franco.
- Ah... Y... ¿quién es Franco?
- Pues Franco, chorra, quién va a ser Franco.
- ¿Uno que tiene una cárcel?
- Anda y "veste a la mierda", zopenco.
Y me fui.
Y cuando llegué a estos y me preguntaron quién lo había sacado del ataúd, yo les dije lo que había entendido, que le había sacado Franco que era uno que estaba en la cárcel.
Y volví.
Y llamé a la puerta y les dije lo que me habían dicho éstos.
- ¡Es usted un mentiroso y le vamos a atar al perro al coche de línea!
Pero el Marcial fue más rápido y me cogió de la oreja tierna y me volvió a meter a su casa, a la otra habitación del al lado y el viejo loco tenía allí dentro un ataúd con más polvo que la bombilla una cuadra, abierto en medio del suelo y con toda la tapa rascada por dentro de donde se dejó las uñas cuando lo enterraron vivo.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.






