Cuando nosotros éramos pequeños, un día, más bien ya iríamos a 8º de EGB, el´nuevo profesor de Gimnasia mandó una circular a nuestros padres pidiéndoles, por favor (pese a lo mucho que insistió el director en que se estaba equivocando y que se iba a arrepentir), que nos incluyeran en la mochila una muda y gel para poder ducharnos tras las clases de gimnasia los martes y los viernes. Nosotros nunca nos llegamos a duchar un viernes. Ni ningún martes más.Me gustaría decir que lo primero que hicimos al entrar al vestuario fue comportarnos como atletas profesionales en un momento crucial previo a una dura competición deportiva. Pero, en realidad, lo primero que hicimos nada más meternos a los vestuarios fue probar a ver si alguno de nosotros se la podía chupar a sí mismo haciendo el pino y metiendo la cabeza entre las piernas. Cosa que nos había asegurado como posible Toni El Zorro, el repetidor de la clase que era el que nos robaba el tabaco de las mochilas cuando salíamos al patio. Debo decir, con todo mi pesar, que nos mintió. Ninguno de nosotros pudimos, y eso que el Esteban casi estuvo a punto de lograrlo y nos pidió ayuda y nos sentamos el Crespo, el Alberto, el Javi, el Chucho y yo en su culo que casi le partimos la espalda y lo único que conseguimos fuera que se la tocara un poco así estirando los morros y entonces sí que nos emocionamos todos y nos tiramos al suelo a hacer el pino y a estirar los morros entre las piernas con el culo al aire a ver si llegábamos haciendo fuerza y así fue cómo nos pilló el profesor nuevo de gimnasia cuando abrió la puerta del vestuario. Por suerte, estaba tan enfadado que no acabó su frase de: -¡Pero qué cojones estáis haci...! Que si no se lo hubiéramos explicado con mucho orgullo.
El caso es que ya en 8º estábamos algo revolucionados hormonalmente de eso que se dice y el ver a nuestras queridas compañeras de clase que se habían cambiado de ropa al lado de nosotros y que se iban a desnudar y a duchar pared con pared nos... nos... nos dio qué pensar durante la clase de gimnasia. Me gustaría poder decir que lo que decidimos en aquellos momentos fue ducharnos por turnos y ahorrar agua para así poder demostrar nuestra conciencia ecológica, pero, por desgracia, lo que decidimos fue meternos todos los chicos al vestuario de las chicas y espiarlas mientras se duchaban. A todas menos a la Yoli (es que esa me gustaba a mí y se lo prohibí y me dijeron que a ella no la espiarían).
Evidentemente, al poco de pensarlo caímos en la cuenta de que no podríamos entrar todos al vestuario, por lo que habría que echarlo a suertes; a algún imbécil se le ocurrió que ya que estábamos en Gimnasia, el que más flexiones hiciera o más saltara, que ese sería el que entraría. Decidimos que eso era una estupidez. Entonces coincidieron dos hechos, uno, que el Crespo dijo que el que más larga la tuviera sería el elegido y otro que el profesor nuevo de gimnasia nos mandó a todos los chicos adentro a por la colchoneta grande.
Inevitablemente, si unimos ambos eventos tendremos al profesor de gimnasia desesperado por nuestra tardarnza, abriendo la puerta de nuevo del vestuario de chicos y descubriendo que el Chucho estaba usando la cinta métrica del balón medicinal para medirnos la picha a cada uno de nosotros que nos habíamos puesto en fila con los pantalones bajados... Creo que por aquel entonces pasó por ahí el director y le susurró al profesor nuevo de gimnasia algo así como ...se lo advertí...
Pero el profesor nuevo de gimansia no cejó en su empeño pese a que casi nos impidió dilucidar que el que la tenía más larga era, no por casualidad, el Esteban, y que él sería el elegido para espir a las chicas en su vestuario mientras los demás metíamos la colchoneta y bajo la absoluta promesa de contarnos todo con pelos y detalles y de no espiar a la Yoli.
Lo cierto es que nadie se dio cuenta de que cinco minutos antes de que acabáramos la clase de gimansia, el Esteban se escabulló corriendo para colarse a los vestuarios mientras los demás seguíamos dando saltos con los brazos en cruz y cerrando las piernas. Me gustaría decir que esta historia acaba con una bacanal de cuerpos adolescentes bajo las duchas representando el ideal de nuestras primeras fantasías sexuales, pero... por desgracia, ninguna de las chicas de mi clase se quiso cambiar porque parece que se olieron algo de lo que tramábamos y el profesor nuevo de gimnasia ya se había dado por vencido y nos mandó a todos a clase sin ducharnos ni pasar por los vestuarios. Lo cual, tanto para nosotros como para el Esteban fue una gran desgracia, pues si bien nosotros nos quedamos sin... sin nada, en realidad, porque lo que hubiera contado éste... pero lo peor fue cuando la señorita Lola mandó a buscar al profesor nuevo de gimnasia porque el Esteban no estaba en clase y no aparecía por ningún lado, y el Esteban, que llevaba ya media hora aburriéndose encerrado en el vestuario de las chicas y que se le empezó a pasar por la cabeza lo de volver a probar a ver si llegaba a... Y eso mientras el director acompañaba al profesor nuevo de gimansia hasta el vestuario de las chicas y ambos abrían la puerta y descubrían en el suelo al Esteban con el culo al aire hacien el pino y metiendo así la cabeza entre las piernas mientras alargaba los morros hasta casi... casi... llegar...
Desde clase se pudo oír el grito: -¡Pero otra vez!
Nunca más volvimos a tener clase de gimnasia con vestuarios.
Nuestros padres no quisieron saber por qué.
El director no quiso saber más motivos.
El nuevo profesor de gimnasia se marchó al año siguiente.
Y... de todos modos, como no seáis el Esteban, mejor no probar, no sea que alguien os abra también la puerta.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.



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