jueves, 30 de octubre de 2008

RELATO: EL VESTUARIO DE LAS CHICAS

Cuando nosotros éramos pequeños, un día, más bien ya iríamos a 8º de EGB, el´nuevo profesor de Gimnasia mandó una circular a nuestros padres pidiéndoles, por favor (pese a lo mucho que insistió el director en que se estaba equivocando y que se iba a arrepentir), que nos incluyeran en la mochila una muda y gel para poder ducharnos tras las clases de gimnasia los martes y los viernes. Nosotros nunca nos llegamos a duchar un viernes. Ni ningún martes más.


Me gustaría decir que lo primero que hicimos al entrar al vestuario fue comportarnos como atletas profesionales en un momento crucial previo a una dura competición deportiva. Pero, en realidad, lo primero que hicimos nada más meternos a los vestuarios fue probar a ver si alguno de nosotros se la podía chupar a sí mismo haciendo el pino y metiendo la cabeza entre las piernas. Cosa que nos había asegurado como posible Toni El Zorro, el repetidor de la clase que era el que nos robaba el tabaco de las mochilas cuando salíamos al patio. Debo decir, con todo mi pesar, que nos mintió. Ninguno de nosotros pudimos, y eso que el Esteban casi estuvo a punto de lograrlo y nos pidió ayuda y nos sentamos el Crespo, el Alberto, el Javi, el Chucho y yo en su culo que casi le partimos la espalda y lo único que conseguimos fuera que se la tocara un poco así estirando los morros y entonces sí que nos emocionamos todos y nos tiramos al suelo a hacer el pino y a estirar los morros entre las piernas con el culo al aire a ver si llegábamos haciendo fuerza y así fue cómo nos pilló el profesor nuevo de gimnasia cuando abrió la puerta del vestuario. Por suerte, estaba tan enfadado que no acabó su frase de: -¡Pero qué cojones estáis haci...! Que si no se lo hubiéramos explicado con mucho orgullo.


El caso es que ya en 8º estábamos algo revolucionados hormonalmente de eso que se dice y el ver a nuestras queridas compañeras de clase que se habían cambiado de ropa al lado de nosotros y que se iban a desnudar y a duchar pared con pared nos... nos... nos dio qué pensar durante la clase de gimnasia. Me gustaría poder decir que lo que decidimos en aquellos momentos fue ducharnos por turnos y ahorrar agua para así poder demostrar nuestra conciencia ecológica, pero, por desgracia, lo que decidimos fue meternos todos los chicos al vestuario de las chicas y espiarlas mientras se duchaban. A todas menos a la Yoli (es que esa me gustaba a mí y se lo prohibí y me dijeron que a ella no la espiarían). 


Evidentemente, al poco de pensarlo caímos en la cuenta de que no podríamos entrar todos al vestuario, por lo que habría que echarlo a suertes; a algún imbécil se le ocurrió que ya que estábamos en Gimnasia, el que más flexiones hiciera o más saltara, que ese sería el que entraría. Decidimos que eso era una estupidez. Entonces coincidieron dos hechos, uno, que el Crespo dijo que el que más larga la tuviera sería el elegido y otro que el profesor nuevo de gimnasia nos mandó a todos los chicos adentro a por la colchoneta grande.


Inevitablemente, si unimos ambos eventos tendremos al profesor de gimnasia desesperado por nuestra tardarnza, abriendo la puerta de nuevo del vestuario de chicos y descubriendo que el Chucho estaba usando la cinta métrica del balón medicinal para medirnos la picha a cada uno de nosotros que nos habíamos puesto en fila con los pantalones bajados... Creo que por aquel entonces pasó por ahí el director y le susurró al profesor nuevo de gimnasia algo así como ...se lo advertí...


Pero el profesor nuevo de gimansia no cejó en su empeño pese a que casi nos impidió dilucidar que el que la tenía más larga era, no por casualidad, el Esteban, y que él sería el elegido para espir a las chicas en su vestuario mientras los demás metíamos la colchoneta y bajo la absoluta promesa de contarnos todo con pelos y detalles y de no espiar a la Yoli.


Lo cierto es que nadie se dio cuenta de que cinco minutos antes de que acabáramos la clase de gimansia, el Esteban se escabulló corriendo para colarse a los vestuarios mientras los demás seguíamos dando saltos con los brazos en cruz y cerrando las piernas. Me gustaría decir que esta historia acaba con una bacanal de cuerpos adolescentes bajo las duchas representando el ideal de nuestras primeras fantasías sexuales, pero... por desgracia, ninguna de las chicas de mi clase se quiso cambiar porque parece que se olieron algo de lo que tramábamos y el profesor nuevo de gimnasia ya se había dado por vencido y nos mandó a todos a clase sin ducharnos ni pasar por los vestuarios. Lo cual, tanto para nosotros como para el Esteban fue una gran desgracia, pues si bien nosotros nos quedamos sin... sin nada, en realidad, porque lo que hubiera contado éste... pero lo peor fue cuando la señorita Lola mandó a buscar al profesor nuevo de gimnasia porque el Esteban no estaba en clase y no aparecía por ningún lado, y el Esteban, que llevaba ya media hora aburriéndose encerrado en el vestuario de las chicas y que se le empezó a pasar por la cabeza lo de volver a probar a ver si llegaba a... Y eso mientras el director acompañaba al profesor nuevo de gimansia hasta el vestuario de las chicas y ambos abrían la puerta y descubrían en el suelo al Esteban con el culo al aire hacien el pino y metiendo así la cabeza entre las piernas mientras alargaba los morros hasta casi... casi... llegar...


Desde clase se pudo oír el grito: -¡Pero otra vez!


Nunca más volvimos a tener clase de gimnasia con vestuarios.


Nuestros padres no quisieron saber por qué.


El director no quiso saber más motivos.


El nuevo profesor de gimnasia se marchó al año siguiente.


Y... de todos modos, como no seáis el Esteban, mejor no probar, no sea que alguien os abra también la puerta.


Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

martes, 28 de octubre de 2008

RELATO: LA MUJER DEL FUNAMBULISTA

Petronila nunca creyó a Marcelo. Lo quiso mucho siempre desde que llegó con aquel circo ambulante para quedarse y se quedó. Pero todo el mundo sabía que Marcelo la engañaba a veces. De hecho, con los años, adquirió la insana costumbre de pintar de blanco algún cuarto de aquella casita heredada a su madre junto a cuatro olivos cada vez que sentía que los cuernos la rondaban y Marcelo, su querido funambulista en paro, llegaba demasiado tarde de la taberna o de un entierro.
Domingo había vivido casi todos los días de su vida enamorado de Adela, y eso es mucho decir para alguien que había cumplido ya los noventa años y todavía oficiaba misas por encargo; aunque siempre lo había disimulado tocando las campanas del campanario, incluso el primer día que la vio, tomando la comunión. No tocando fuerte, por Dios. Sino tocándolas suavecito así cuando veía pasar a Adela del mercado y era mayo y la falda se le subía por la pantorrilla morena de haber ido a la huerta o a bañarse al río. Y Adela lo sabía, vamos, todo el pueblo sabía que las campanas sonaban al son del trasero de la Adela. E incluso eso a veces les servía de reloj.
Pero un día sucedió, un día como otro cualquiera de esos que pasan por la vida como lunes que sobraban en el calendario, quizás para aquellos extranjeros que estaban parados con su 6oo lleno de niños en la plaza del pueblo preguntando por una carretera que todavía no existía, no significó nada; pero sólo ellos no entendieron, sólo los que eran de fuera. Porque el resto del pueblo, cuando acudieron corriendo así levantándose la falda ellas y dejando los sacos en el suelo ellos hasta la plaza porque las campanas parecían haberse vuelto locas y arriba el cura con ellas, todos los del pueblo se santiguaron y entendieron mientras se secaban el sudor y recuperaban el resuello, se miraron entre sí y a algunas de las mujeres se les escapó una lagrimica, y entendieron, pues no sólo el cura se había vuelto loco, pues el cura en su iglesia estaba acompañado de otra manía, pues también la Petronila, mientras Domingo volteaba las campanas, había pintado y pintaba llorando como una desesperada de blanco entero la iglesia del pueblo.
Y eso, por muy ridículo y hasta se rieron que les pareciera a los extranjeros que una señora loca se hubiera liado a brochazos con la fachada de la iglesia mientras el viejo cura parecía que quería arrancar las campanas del campanario, para el resto del pueblo que los había conocido de pequeños, para ellos, significaba tanto como si sólo pudiera significar una cosa...


Texto: Álvaro García.

Ilustración: Alberto Montt.

viernes, 17 de octubre de 2008

ME CASO

( Podría haber escrito un texto mejor, pero es que me duele la tripa de los nervios...O quizás sólo sea que escribo mejor cuando miento.)
Hoy me caso, me quedo en blanco pensando que esperé toda mi vida a escribir esto, toda una vida que no me tomé en serio. Lo primero que siento es que ya ha sucedido, lo más extraño del mundo, lo que ni yo mismo esperaba... Se acabaron las pesadillas, ya nunca más dormiré solo, ha sucedido... como un niño empalmado en la clase de religión, me he enamorado.
Sin embargo, y pese a saber que me pasé la vida huyendo de ti y por fin te he encontrado, nada tiene ya valor si no eres TÚ, empeñada en curarme de mí mismo, como si siempre me hubieras conocido. Tú y nuestro hijo, empeñado en vivir en tu barriga y dar patadas por las noches, y TÚ. Como si siempre hubieras sabido que hoy nos íbamos a casar, y ÉL. Como si a él también le doliera tu barriga. Como a su padre. Que soy yo. Ay, Dios.
(¡Qué rabia! Justo hoy que quisiera palabras enormes para todo lo que siento, sólo me salen palabras pequeñitas, supongo que serán los nervios, que será el dolor de tripa. )
Porque te miro y te quiero, sin dudas, ya está, no hay más que explicar. Era tan sencillo que lo podía haber entendido hasta contando por los dedos. No era que no existieras, era sólo que todavía estabas lejos.
Te diría que este insomnio es viejo, pero mentiría, son los nervios. No creo que esta noche duerma, pero es el precio por dormir el resto de noches a tu lado. ¿Quién me iba a decir a mí que la vida me estaba esperando? Y yo corriendo para el otro lado.´
¿Que si tengo miedo? Claro. ¿Que si la felicidad es esto? No lo sé. Sólo sé que vivo como si me hubiera salido del cine después de treinta años y hubiera vuelto a casa y al meterme en la cama te hubiera encontrado. No es que quiera despertar, es que nunca estuve tan despejado. Pero miedo a que te constipes, miedo a que se te enfríe el desayuno, miedo a que se te resfríen los pies al andar descalza, miedo a no cuidarte demasiado.
No es que me sienta mejor persona, es sólo que ya no tengo que estar tan pendiente de mí, que dejé de mearme en la cama y preguntar si ya hemos llegado, que despertador a despertador me voy encontrando en el espejo con el hombre que siempre imaginé ser: el hombre que se mereciera estar a tu lado. Y eso es tener mucha suerte. Lo sé. Lo sé a cada rato.
¿Qué sucederá hoy? ¿Que hoy será el resto de mi vida? Que me meteré a una iglesia y te esperaré a verte llegar vestida de blanco. Que me dará vueltas la vida mientras te acercas a mí andando. Que diré: Sí, quiero. Y que todo lo que venga detrás serán horas, minutos, días, segundos, años con la única intención de comprender que una mañana de octubre me cambió la vida, que una tarde de abril te pedí que no te separaras nunca más de mí, que hoy me caso. Que me caso contigo. Que contigo siempre fuiste tú. Que tú estarás a mi lado. Siempre.
Te quiero, Eva, como si mi risa estuviera por detrás de tu alma, como si hoy fuera cada mañana. Te quiero.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Ha sido un regalo de Alberto Montt especial para nuestra boda, muchas gracias de nuevo, Alberto.

viernes, 10 de octubre de 2008

ACARICIAR TORMENTAS CON UNAS TIJERAS

Es octubre y una tormenta de tarde descarga agua como una catarata de viento y gotas contra las ventanas, el piso, anciano y achacoso, soporta el aguacero de oscuridad por la tarde con quejidos de ventanas de madera y cristales a punto de romperse. Mario coloca toallas enrolladas bajo las ventanas para evitar que no entre el agua, como un marinero abandonado de un barco que se hunde en medio de la tempestad que anuncia el otoño. Ya ha acabado. Quizás sean las seis de la tarde pero ya parece de noche. La lluvia arrecia y se detiene en oleadas de viento que tiene carácter, personalidad, voluntad de semidiós que quiere arrasar el mundo, levantar tejados en las cornisas, abrir ventanas de la cocina, empujar con fuerza el ventanal del balcón y entrar adonde el silencio y sus silbidos no llegan, al resguardo protegido de los pies secos y los muebles quietos de Mario.
Mario enciende la luz. Como un interruptor remoto. Se ha encendido también la lamparita de leer en el piso de Lucía. Sus ventanas están cubiertas de vaho a través de la lluvia, las ilumina esa luz amarillenta bajo la que ella está sentada mirando llover. Mario no quiere pero lo piensa: llueve incluso demasiado para dar una tarde libre a su vecina puta y dejarla en el paro, al menos un rato, ¿quién va a querer follar con la que está cayendo?
Mario se da cuenta de que de tanto mirarla a través de la tormenta que cae en el deslunado, sus cristales también se han llenado de vaho. Sin dudarlo, como cuando era pequeño y lo llevaban a la escuela en aquel autobús viejo, pasa su mano haciendo un agujero por el que poderla seguir mirando.
Pero ella no está.
Llaman al timbre.
Es Lucía con unas de esas tijeras antiguas que guardaban las abuelas en el costurero.
- Llevas el pelo muy largo, ya. ¿Te lo tengo que cortar?
Mario no responde, obedece, la deja pasar y entra como un niño a una iglesia comiéndose una madalena. Mario coloca una silla frente al balcón por el que se cuela un charquito de agua, Lucía cierra la puerta, bajo la lamparita para que ella tenga luz. Se preocupa pensando en que necesitará algo para abrocharse al cuello, pero ella se coloca tras él, saca un peine y le empieza a peinar el pelo mojado todavía de haber sacado la cabeza para sentir la lluvia.
- Mejor quítate la camiseta.
Mario obedece y ella lo deja de peinar por un instante. A continuación, desaparece y vuelve, con una sábana arrugada en la mano, se la lanza por encima como si Mario fuese una mesa a la que poner el mantel. A continuación, se la anuda al cuello y, mientras va dejando poquito a poco de llover tan fuerte y la tormenta se vuelve más silenciosa, Lucía corta un mechón del cuello, el viento todavía silba por entre los cristales, Lucía corta otro mechón mientras Mario mantiene la cabeza recta mirando al vaho que se forma frente a él en el balcón.
Hay veces, escasísimas veces en que a tu fantasía le da la realidad la razón, y Mario, esa tarde de lluvia en otoño, cuando Lucía se reclina sobre él para rebajarle el flequillo, se da cuenta de que bajo su desgastada camiseta, los roces de Lucía son caricias pues nota que no lleva sujetador.
Le corta el pelo, con la misma naturalidad que llueve y a veces el sol rompe entre una nube, Lucía acaricia los hombros de Mario, gira su cabeza contra su pecho en posturas quizás no tan necesarias para asegurarse el corte perfecto, pero sí para poder oler sus axilas, notar en la punta de la nariz que lo que recorrió su mejilla fue uno de sus pezones, que sobre su nuca reposan ambos pechos mientras le sostiene un mechón de pelo mojado con las tijeras en la mano, que... por los cristales del balcón caen gotas de vaho mientras los dos siguen respirando.
Cuando Lucía termina, se ha hecho de noche, Mario no se levanta de la silla, ni siquiera deja que ella le retire la sábana llena de pelos, ella limpia sus tijeras y su peine en el lavabo y Mario se atreve a preguntarle cuándo volverá. Ella sonríe y le contesta con naturalidad infantil:
- Cuando lo vuelvas a llevar largo, Mario.
Y Mario se queda mojado mirando a la tormenta.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

domingo, 5 de octubre de 2008

RELATO: FOTOS ROBADAS

En Uruguay, el actor adolescente de la popular serie juvenil Por vos ha sido acusado de haber grabado con su teléfono móvil un vídeo íntimo de la chica protagonista, Mariela, mientras ella se duchaba en uno de los vestuarios del plató de rodaje. Por la defensa que el joven actor ha hecho de la situación, parece ser que se descuidó el teléfono móvil entre sus ropas sin darse cuenta de que exactamente estaba grabando en modo vídeo y concretamente enfocado y oculto hacia la ducha que iba a utilizar inmediatamente su compañera. Sin embargo, pese a la pésima defensa que ha intentado esgrimir el joven tras ser descubierto el teléfono móvil por otra de las chicas del reparto, el escándalo no ha venido provocado por el hecho de que la joven actriz, menor de edad, haya visto su desnudo publicado en vídeo en Internet sino por el detalle íntimo de que en el audio de dicha filmación se puede escuchar perfectamente cómo la joven y hermosa actriz, mientras el agua se desliza sobre su piel desnuda, aprovecha para apoyarse en la pared de la ducha y dejar escapar un sonorísimo y prodigioso por lo prolongado pedo. De hecho, este instante es el más reproducido entre los cientos de instantes en que se ha fraccionado el vídeo en YouTube. De hecho, la popularidad de la actriz ha caído en picado por culpa de este íntimo descuido ya que dicha conducta no ha gustado nada a sus millones de seguidores y seguidoras que veían en ella tanto un sex symbol como una Lolita a imitar y que, a partir de ahora, aseguran, no pueden dejar de verla como a la chica del pedo en la ducha. Lo cual ha provocado no sólo que la productora de la serie "Por vos" piense en sustituir a la protagonista por la pérdida de audiencia y las cartas de fans que lo solicitan sino incluso en plantear un demando judicial por parte de la actriz hacia el descuidado actor que, por todo lo que parece, ha acabado con la carrera de la chica.
El dilema no es gratuito y ya ha generado varios programas de debate en Uruguay con índices de máxima audiencia en los que se debate el grado de culpa de cada uno de los protagonistas, pues como dijo uno de los periodistas en el debate de ayer: "Si Liliana no se hubiera ventoseado en el closet de esa manera, a buen seguro el vídeo de su baño la habría convertido de forma gratuita en la sex symbol, en la Lolita más deseada de América Latina. Y entonces, ¿ella hubiera estado dispuesta a compartir los beneficios de esa fama con Zacarías (el actor descuidado)."
Al mismo tiempo, los últimos rumores insinúan que quizás no fuese el propio Zacarías quien hubiera realizado la filmación sino la otra actriz, Jaqueline, aquella que denunció el hallazgo del móvil nada más ocupar la ducha que había dejado la protagonista. Y que quizás fuese Jaqueline quien, sabiendo de la vergonzosa costumbre de su compañera de relajar los nervios ventoseándose en la ducha, habría utilzado el móvil olvidado de Zacarías para realizar la filmación y que luego fue ella misma quien lo colgó en Internet con la intención evidente de desprestigiar a Liliana como protagonista de la serie y ocupar ella su puesto de actriz principal. Al mismo tiempo, se suceden otra serie de interrogantes nada claros para la opinión pública como, ¿para qué demonios iba a desear grabar Zacarías a su compañera de reparto cuando todavía en esos momentos los rumores aseguraban que mantenían una relación real fuera de las pantallas? O una duda más retorcida, ¿cómo sabía Jaqueline que su compañera Liliana tenía esa extraña costumbre si todo el reparto de la serie aseguró que las duchas en plató eran individiuales de cada camerino? O la duda por la que últimamente se ha apostado desde un conocido programa de radio matinal, ¿no podría ser todo un montaje de audio totalmente malintencionado? De hecho, esta última teoría está cobrando cada día más fuerza al haber aparecido ya en varias páginas de humor, fragmentos del conocido vídeo en los que el audio se ha modificado y en lugar de la ventosidad original se puede escuchar desde el himno de EE.UU. interpretado en ventosidades hasta la canción de cabecera del programa infantil "Yamubayá" o la que más éxito está teniendo, la versión de "Living la vida loca" de Ricky Martin en versión ventosidad en la ducha, melodía que ya puede, incluso, ser descargada como politono para los celulares y que está teniendo tremendo éxito entre los jóvenes.

La pregunta que yo me hago a raíz de todo esto: ¿serías capaz de ver el vídeo de tu amor platónico duchándose sabiendo que se tirará un pedo? (Si ya has pinchado en los enlaces, ya no hace falta que contestes).

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

miércoles, 1 de octubre de 2008

RELATO: ZOILO Y LA PENDEJA

Zoilo tenía un ranchito allá donde el linde de la selva, cerrada con los pastos infinitos, cercados por el alambre de espino sin fin, en una larguísima noche de enero que ya nadie recordaba en la cantina sin tomar más de dos tragos, de los necesarios.
Aunque Zoilo ya era un bobo de cuando niño, nada hacía presagiar que fuera a dejar de serlo cuando se hizo un hombrecito y cortejo en un baile a Gabriela y la requebró con la torpeza de una res marcada contra la tapia de la cantina, con cuatro enculadas, necesarias, más mal que bien quedó la boda acordada.
Esta noche, Zoilo espera sentado a la puerta de su ranchito, con el farolillo de queroseno apagado y la escopeta de dos cañones entre las piernas torcidas desde que siendo un chiquillo, engreído y torpe, cayó desde lo alto del tejado de la iglesia por una mala pendeja que lo enredó a subir allí para que el pueblo entero se riera, aquella noche, que él pensaba dormir recién afeitado entre sus piernas. Se cayó y se tronchó las propias para que el resto de su vida lo acabaran bautizando como Zoilo el Zonzo. Que era lo mismo que llamarlo bobo pero con unos pocos más de años.
Gabriela no duerme, se perdió en el linde de la selva con una estera de palma y el bebito en los brazos, no el primero, ese murió de fiebres sin llegar a cumplir el primer año. Tampoco el segundo, que heredó de su padrecito los andares torcidos por nacer enredado. Ése murió en el pozo viejo, que lo ladraron los perros que lo encontraron.
Zoilo no piensa mucho, la falta de costumbre entumeció su cerebro, o quizás el calor de esta noche o Dios sepa lo que sea, pero el bobo de Zoilo sólo mira al cielo en su ranchito y cuenta estrellas sin llegar si quiera a preguntarse cuántas habrá. En ese momento suena un crujido de pisadas allá cerca y Zoilo despierta y agarra la escopeta con fuerza.
Gabriela ha estado dando pasos arrastrados por el linde junto al alambre de espino, no quiere dormir al raso y ni aun de la estera se acuerda dónde la dejó, su bebito berrea de hambre rechazando un pecho seco que ya hace semanas que no lo puede amamantar. Se siente cansada, abandonada, perdida, sola, desterrada sin causa ni explicación por un bobo que bebe y duerme en su ranchito mugroso donde ella decide volver bajo un cielo repletito de estrellas sin Luna.
Zoilo dejó de ir a la cantina hace semanas, a empellones lo sacaron de allí aquella otra noche en que juró que mataría al que lo tocara, y fueron todos los que le pusieron las manos encima, todos los que se rieron de él y de sus piernas torcidas, todos, los necesarios.
Zoilo debía dinero en cualquier lugar, dinero, patadas, tragos y risas que lo rodeaban a cada lado cuando bajaba de la selva por el linde para llegarse al pueblo con sus pies torcidos y su caminar de bobo.
Esta noche, cuando las pisadas se hiceron más fuertes y notó vibrar el alambre de espino en el linde, supo que alguien se acercaba por el vallado y pensó, mal como toda su desgraciada vida, que pronto venían a buscarse la muerte esos que habían esperado, como prometieron, a que no hubiera Luna la próxima vez para ahorcarlo en su propio ranchito por haberle dado una paliza él solo a la maldita pendeja que se le rió en la cara siendo casi un crío y lo subió al tejado de la iglesia y él allí quedó aplastado como un sapo pisado en el polvo y todo el pueblo riendo del bobo de Zoilo.
Yo la primera.
Cuando fui a darle aviso, y a decirle que nadie iría allí a verle esa noche y menos a encuerarlo y ahorcarlo por sólo ser él y ser un bobo, pensé, yo sí, que ya bastante había tenido el pobrecito con la vida que había llevado como para que lo fueran a ahorcar así en cueros a la puerta de su ranchito y todos los hombres los vieran.
Cuando me acerqué al cercado que a su ranchito llevaba y supe que ya estaba cerca, no escuché ni perros ni luces vi que me dijeran que allí habría nadie viviendo. Sólo escuché un disparo que me pasó silbando la oreja como una piedra de ruido que casi me dejó allí muerta.
- Soy yo,-le dije- la pendeja. La que te hizo subir al tejado. Soy yo, zonzo. No me tires más a ver si de casualidad fueras a acertar.
Cuando Zoilo escuchó la voz de aquella pendeja que lo subió al tejado y se rió cuando todos lo rodearon en el suelo como a un sapo pisado entre el polvo por los cascos de un caballo tras una tormenta, debió pensar sin duda que ya todos venían entre la selva para dejarlo ahorcado y en cueros por lo que le hizo a esa pobre desgraciada a la que llamó pendeja.
Nadie tiene derecho a llamar pendeja a su mujer ante los ojos de todos. Ni aunque todos estuvieran ciegos. Ni aunque yo le recordara a diario lo del tejado cuando él tomaba y les iba contando uno a uno como aquella noche cómo con cuatro enculadas, las necesarias, me trató así contra la pared de la cantina y me hizo una desgraciada para toda la vida. Con lo que yo podía haber sido. Ay, Gabriela, cómo te pudo pasar a ti que pudiendo bailar con cualquiera acabaste rodando por el suelo con el Zoilo el Zonzo esa noche de fiesta. Ay, Gabriela.
-¡No tires, zonzo, so bobo, que soy yo y aún me darás!
Pero no se puede decir a un bobo que no mire o que se calle, pero no se le puede decir a un bobo a que no subes o vámonos de este baile. Ahora me quedo aquí encogidita junto al alambre de espino, no es que el bobo de Zoilo me haya dado o me haya herido, es que ha dejado de tirar porque lo he visto, que de purito miedo el último tiro se lo ha metido él bajo el porche de madera de nuestro ranchito, de purito miedo viéndose ya ahorcado.
Al final acabó por tener razón el bobo y yo por ser una pendeja.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.