viernes, 28 de noviembre de 2008

RELATO: EL ÚNICO PRÍNCIPE

Y un día, el príncipe esperado llegó a las puertas del castillo embrujado.
Porque todo allí había permanecido encantado durante tantos años que la memoria se acabó olvidando de aquel reino embrujado. De todo: del rey dormido en su trono, de sus guardias dormidos por los pasillos, de sus siervos dormidos en sus camas de paja, de su princesa dormida en la torre más alta.
Hasta que un día, el príncipe esperado llegó a las puertas del castillo embrujado: las empujó, recorrió los pasillos de guardias dormidos, llegó a la sala del trono, subió la escaleras de la torre más alta, besó a la princesa y todos despertaron de su embrujo como si el reloj sólo se hubiese detenido un instante para ellos.
Sin embargo, en ese preciso instante, el dragón, el brujo, el hechicero y el mago, que al fin y al cabo eran el mismo, irrumpieron en la sala del trono como un relámpago que rompió incluso el techo. La alegría se detuvo. El mago exigía un duelo.
- ¡La princesa! ¡Todos vosotros me pertenecéis! ¡Quiero ver a la princesa! ¡Quiero ver al insensato temerario que la ha despertado y que con ella sólo habrá conseguido su propia muerte y un pequeño respiro en vuestro sueño en el que yo, volveré a someteros!
En ese momento la puerta de la torre se abrió, apareció el príncipe, cogida a su mano iba la princesa. Cuando el príncipe vio al mago, apartó a un lado a la princesa y echó mano de su magnífica espada y se aproximaba sin titubeos al centro de la sala.
- ¡De modo que tú eres el insensato que ha osado romper mi encantamiento! ¡De modo que tú eres el que va a morir por un solo beso de la princesa! -mientras así hablaba, el brujo iba dando vueltas alrededor del príncipe y arrastrando cada vez más una cola de dragón que iba mostrando sobre el suelo de piedra cómo crecía y se convertía en un gigantesco monstruo el temible mago- ¡De modo que crees que podrás vencerme! ¡De modo que crees que podrás atravesar mi corazón con esa ridícula espada y así acabar para siempre con mi poder oscuro sobre este reino! -y crecía y crecía el dragón enorme hasta rozar con la cabeza las vigas de madera del altísimo techo de la sala- ¡De modo que estás dispuesto a luchar y a morir por ella, por tu amor verdadero!
Entonces el príncipe hizo algo que nadie esperaba: miró a la princesa fijamente. Lo cierto es que la princesa no era tan hermosa como él se la había imaginado, lo cierto es que en el poco tiempo que había permanecido con ella allá arriba en la torre, la había notado como un tanto impertinente y engreída, lo cierto es que así pensándolo, ella no había hecho nada, es decir, que ella se tumbó allí en esa cama y el que tuvo que luchar y cruzar montañas y desfiladeros y desiertos y acantilados fue él, y que... planteándoselo así, no entendía por qué tenía que jugarse la vida por alguien que apenas conocía.
- ¡Un momento! -gritó el príncipe levantando así los brazos y con ellos su espada.-¡Antes de todo esto, quisiera hablar un momento a solas con la princesa!
Una vez arriba de nuevo, en la torre más alta, la princesa, muy interesada, le preguntó al príncipe qué era lo que ocurría, y él, poniéndose así la mano en la barbilla como de pensar, se atrevió a decirle.
- Princesa, ¿yo te gusto?
La princesa, totalmente confundida, le respondió que... sí, que por supuesto, que ni se lo había planteado.
- No, de verdad. -insistió el príncipe- Apenas si hemos hablado, apenas si me has visto cubierto por esta armadura, no sabrías ni decir de qué color tengo los ojos. -y mientras esto le decía, al príncipe se le iluminó la idea que él iba teniendo.-¡Desnudémonos! ¡Veámonos cómo somos de verdad!
- ¡Pero cómo te atreves! -se escandalizó la princesa al ver que el príncipe ya se deshacía de sus guantes de hojalata y de su yelmo.
- ¡Cómo! Hace un momento te parecía lo más normal del mundo que yo arriesgara mi vida y seguramente la perdiera por ti para lograr convertirte en mi esposa para siempre jamás y ahora tú no estás dispuesta a hacer este pequeñísimo esfuerzo por mí.-Y con estas palabras ya se iba quedando el príncipe en calzones.
- Pero es que yo nunca he visto que esto lo hayan hecho otras antes que yo.-respondió la princesa ya con un cierto tono de duda.
- ¿Y qué? ¿Acaso después de que tú lo hagas bajarás allá abajo y lo contarás? Pues seguramente así hicieron todas. ¿O te parece lógico y sensato que nos casemos sin nisiquiera habernos visto los cuerpos? ¿Además, que aquí mismo te lo prometo, ya has visto cómo me he puesto allá abajo con el dragón, yo una vez nos hayamos quedado los dos tranquilos, bajo y, tengo que perder la vida por ti y que me coma el dragón, yo lo hago?
Entonces, con esas palabras y promesas del príncipe, la princesa ya se quedó convencida y accedió, con bastante recato, a desnudarse a la luz del sol y a los ojos del príncipe en cueros.
Una vez el príncipe y la princesa estuvieron completamente desnudos en la torre más alta, frente a frente, el príncipe pensó que era hermosísima, sí, pero que tal vez le faltara un poco de pecho, que quizás... a él... siempre le habían gustado morenas. De hecho, fue lo primero que pensó cuando la vio, que no se la habría imaginado pelirroja ni en cien años. Y encima esas pecas por todo el cuerpo... No lo tenía claro. De hecho, se acordaba de la princesa de un príncipe que él conoció una vez y ésa sí era más el prototipo de princesa que él se esperaba, como más guapa, más... más como él... no tan... como ésta.
- Bueno, ¿qué, satisfecho, bajarás ahora a matar al dragón?
- Por supuesto, princesa, por supuesto. Sois la mujer más hermosa que he visto nunca. Bajaré ahora mismo. Tan sólo, si me concedéis la licencia, os pediría un último y pequeño favor antes de bajarme a perder la vida con vos en un duelo a muerte.
- Me tenéis intrigada, ¿cuál será ese misterioso favor que yo os pueda hacer y que tanto necesitáis en estos momentos?
Lo cierto es que tardaron bastante en bajar el príncipe y la princesa de la torre más alta y cuando bajaron ya el dragón se había comido a la mitad de los sirvientes del rey y todo el mundo esperaba tras las columnas y los bancos de madera a que el príncipe esperado reapareciera.
- ¡Ya estás de vuelta! -gritó el dragón- ¡Arrrrrr! ¡Acabaré contigo de un solo mordisco!
- ¡Eso no te lo crees ni tú! -le gritó el príncipe.
-¡Arrrrr! Te partiré la espalda de un solo coletazo!
- ¡Eso habrá que verlo- le contestó el príncipe.
- ¡Arrrr! Te lanzaré una llamarada de fuego que hará que te abrases dentro de tu propia armadura, que sientas cómo la piel te arde y se te despega del cuerpo mientras el dolor se hace tan intenso que sentirás que te quemas por fuera y te abrasas por dentro!
En ese momento el príncipe miró de nuevo a la princesa. Miró al dragón. Miró a la princesa. Miró al dragón.
-¡Arrrr! ¡Qué ocurre! ¡No me dirás que te has acobardado! ¡Que has perdido tu valor! ¡Jaja! -gritó el dragón triunfante.-¿Acaso he de recordarte que si pierdes convertiré a la princesa en la concubina de todos mis demonios, de mis más bajos soldados, que se arrastrará por mis mazmorras como la más miserable de las esclavas y será violada a cada momento por los más sucios y desagradables de mis esbirros sólo por haber cometido el despecho de rechazarme cuando yo la exigí como esposa a cambio de los servicios prestados a su padre, el rey? ¿Acaso serás tan cobarde de consentir ese suplicio?
El príncipe miró a la princesa. Miró al dragón. Miró a la princesa... es que no lo podía evitar, no podía evitar mirarla como a una extraña, como si se hubiera equivocado, como si ella no fuera ella, como si se arrepintiera de haberla despertado, de haber entrado a aquel reino, haber cruzado esos pasillos, haber subido la alta torre, haberla besado...
En ese momento, el príncipe sintió que todas las miradas de admiración que lo habían recibido con sonrisas y brazos abiertos en aquel castillo, en aquella sala del trono, se volvían miradas de reroche, de vergüenza ajena, de repulsa hacia alguien tan cobarde que...
Pero lo peor de todo fue que de repente el dragón comenzó a toser humó negro por la nariz, a toser humo rojo por la boca, a retorcerse en sus propias toses, a encogerse en sí mismo como si algún dolor le estuviera devorando por dentro hasta que incluso empezó a perder su forma de dragón y poco a poco volver a transformarse en el viejo mago que en tiempos atrás fue, aquel que curó a la reina siendo niña, aquel que salvó tantas veces la vida del rey curándole las heridas, aquel que dedicó su vida a salvar a un reino que había acabado odiándole por haberse enamorado de la pequeña princesa de la cabellera roja... y murió. Es cierto, el mago murió de viejo a los pies mismos del príncipe y a los ojos de todos que no podían encontrarle explicación a los comportamientos de cada cual. Y lo peor de todo fue que el príncipe, viendo que el mago, su enemigo, se retorcía agonizando a sus pies y moría como un anciano solitario pidiendo una mano, no tuvo otra idea que atravesarlo entonces con su magnífica espada y levantar los brazos con ella chorreando sangre para que todo el mundo viera que había matado al mago. Lo cierto es que no fue muy heroica esa manera de apuñalar el cadáver de un anciano. Y el príncipe lo comprendió. Comprendió tantas cosas en ese momento que se acercó al trono del rey y le confesó:
-Majestad, yo no valgo para esto, dígale a su hija que lo siento mucho, pero que es que desnuda aún me gusta menos que vestida, que yo le agradezco el rato de allá arriba, que seré un caballero, que no lo dude, que no se lo contaré a nadie, pero que yo no valgo para esto, yo sé que a mí me esperan otras cosas, otra vida, no sé, quizás sea que soy demasiado joven para... que me ha venido todo muy de golpe. No sé si usted me entiende. El caso es que... me voy.
El rey no daba crédito a lo que sus orejas y sus ojos le mostraban, tan atónito se quedó que ni siquiera logró impedir que el príncipe saliera de la sala del trono, bajara las escaleras del castillo, se quedará sentado en el último escalón, mirando el patio de armas desierto, los caminos allá a lo lejos, el horizonte... Y entendió que no la merecía, que no iba a necesitarla...
Cuando el primer habitante del castillo bajó hasta el final las escaleras, corriendo, era un niño, sólo pudo llegar a encontrar una espada clavada en el último escalón de roca...

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

domingo, 23 de noviembre de 2008

ANA YNADA. PERDÓNAME LA ROPA

Mario se levanta triste de lunes, con esas ganas incómodas de suicidarse en pijama al comprobar que el suelo está frío, la leche caducada y café no queda. Todo se puso de acuerdo esta mañana para fastidiarle. Enciende la vieja estufa de resistencias rojas y se acurruca en el suelo frente a ella. Se le hiela el culo. Se estira y coge un cojín y se sienta en él con las rodillas encogidas. Oye ruido en la galería del balcón, son sólo las ocho de un noviembre eterno, estira el cuello y gira la cabeza para comprobar que Lucía, tras los cristales, ya está despierta.
Le sorprende y agrada espiarla y comprobar que hace cosas, no como él. Está recogiendo ropa para poner una lavadora. Pone a calentar leche en un cazo. Se está llenando la abollada bañera. Recoge las pinzas sueltas de la cuerda. Se nota que ella también tiene frío porque se frota las manos y cierra deprisa la ventana. Como si el calor fuera un gato.
Cuando Lucía abre su puerta y sonríe pasándose el mechón de pelo tras la oreja, sabe que aparecerá Mario. Siempre llama igual con los nudillos. Y se felicita por su acierto, se lo esperó en pijama y así se presenta en medio de la escalera, como un perdedor en medio de un parbulario. Pero con un montón de ropa arrugada abrazado entre sus manos.
- ¿Quieres que te lave la ropa, Mario?
A veces, quizás por eso le mandaban las pastillas y lo internaron en aquel psiquiátrico, a veces Mario piensa tan rápido las palabras que se le escapan de la boca y en realidad no quiso decir eso, lo pensó porque él puede pensarlo todo, porque eso va por dentro, porque nadie sabe en cada momento lo que él está pensando y le produce placer pensar lo que realmente diría si tuviera valor y no todo ese miedo que siente a la gente que le puede herir en cada momento porque no saben que él lo que dice, a veces, sólo lo quiso pensar porque le da gustito pensar idioteces pero no es él en realidad, son esas voces o normalmente una sola voz que él cree que es suya que se le quedó dentro y contra la que él lucha que a veces se le escapa porque ella sabe lo que Mario en realidad de verder de verdad quiere cuando habla y lo que piensa no lo debe decir porque entonces...
- En realidad quisiera que me hubieras abierto desnuda como una puta.
Y se da cuenta de que se ha equivocado, de que es un enorme error, de que no debería haber hablado. De que ella era amable y él un idiota que jamás...
Lucía da un portazo. Desde el comedor de Mario, las luces de la casa de enfrente se van apagando habitación tras vieja habitación. Las cortinas aparecen a golpes como telones de pequeños escenarios. La casa entera de la vecina, como el café, como la leche, como el suelo y esa estufa que no calienta, se ha acabado enfadando con Mario.
Se ha ido desperdiciando un día eterno de noviembre entre cuatro paredes que nunca conocerán la calle que vive abajo. Mario ha permanecido todo el día en pijama frente a su estufa de resistencias rojas, sentado en el suelo, con la vista perdida, repasando en su cabeza discusiones interiores, estupideces dichas, pensadas, ganas de morirse a veces, ese sentimiento de conducir saludos entre la gente que no puede controlar, que le provocó palizas en el colegio, peleas sin sentido en cualquier parte, intentos de suicidio, bofetones, lágrimas, insultos... que lo llevaron a encerrarse en este piso. Sin que nadie lo haya entendido, sin que nadie lo haya perdonado y preguntado por qué le sucede eso, si acaso estará enfermo, porque nadie comprende que en el fondo Mario es bueno, que piensa cosas raras, pero que él no las quiere en realidad, que él lo único que quiere es ser normal y que la gente no se pregunte qué le pasa a ese loco... Luego, ya por la tarde, con el sol oscureciendo en un piso vacío donde sólo vive una estufa de resistencia en un comedor a oscuras y un inquilino escondido tras el sofá, Mario intentará recordar qué habría sido de su vida si no se hubiera equivocado tanto, si su cabeza no hubiera pensado todo lo que él ha acabado diciendo, si sus manos no hubieran hecho todo lo que en un momento fugaz y cientos de ellos su cabeza le incitó a hacer, a gritar, a pegar, a obedecer lo que esa voz maldita le dicta sin que él se sienta capaz de someterla. Y al final, con ganas de llorar a solas, de noche en un noviembre a las seis de la tarde, habitante sola la estufa de resistencias rojas iluminando a oscuras el comedor, Mario comienza a llorar de desesperación al pensar que nadie nunca, que él no merecerá la pena, que nadie quiera saber nunca no por qué se comporta así, sino sólo saber cómo quisiera comportarse Mario y lo buena persona que quisiera ser.
Es entonces cuando llaman a la puerta con los nudillos como si fuera la cena que bajó un momento a la calle.
Es Lucía, que al ver a Mario secándose los ojos piensa que estuvo todo el día llorando.
Es Lucía, que le ofrece su ropa de esta mañana, antes sucia y arrugada, ahora limpia y planchada.
Es Lucía, desnuda como una película de sexo.
Es Lucía. Y Mario comprende las dos posibilidades le ofrece al estar callada. Y tan desnuda en un rellano con sus pies congelados, con sus pechos entre los brazos, con sus púbis de sombra... que Dios seguro que se estará masturbando. Pero Mario comprende ese silencio y ese desnudo en el rellano.
Y esta vez elige sin hacer caso a sus voces...
Coge su ropa doblada, que huele a que estuvo toda la tarde planchándola, la mira a los ojos y le da las gracias y ella se gira despacio sabiendo que él la está mirando andar desnuda hasta cerrar la puerta...
Quizás Lucía no sea la mujer más hermosa del mundo, quizás incluso hasta sea puta, quizás tenga tantas cosas que Mario odia que jamás se habría imaginado amarla. Pero ella hace algo que nunca hizo nadie antes por él...
Le perdona la ropa.




Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

RELATO: LA RETORCIDA PENA DE EDMUNDO ABRIL

Si Edmundo Abril se sentía triste aunque fuera la primera mañana de mayo y todos los almendros de las huertas que rodeaban el pueblo hubiesen perdido las flores blancas y sus hojas aparecieran verdes, se negaba a colocar una sola teja en un tejado.
Edmundo Abril sólo admitía enlucir fachadas los días que llevaban erre y que no hubiera nadie enfermo en el pueblo.
Para lograr que Edmundo Abril sustituyera un sanitario o un lavabo en un cuarto de baño, había que esperar siempre a que lloviera.
Nunca encajó, Edmundo, en toda su vida, una ventana en septiembre por mucho dinero que le hubiesen ofrecido.
Edmundo, todo el mundo lo sabía, sólo hacía tabiques rectos los días que había hecho el amor. Y el problema es que era soltero.
Pese a todo ello. Todo el mundo en aquel pueblo de casas blancas y callejones repletos de tiestos rojos y flores detrás de las rejas sabía que Edmundo Abril era el mejor albañil de todos los alrededores, no el único, pero poco le faltaba, aunque también un caso extremo de maniático supersticioso.
Físicamente, Edmundo Abril era un hombre más bien pequeño, algo encogido, de piel tensa aunque pálida y ojos grandes en una cabeza pequeña; mirándolo de perfil, parecía una de esas nubes que a veces les atribuimos formas de caras, aunque vistiéndola de blanco impoluto en verano y con una rebequilla y una bufandilla grises cuando el frío apretaba por las mañanas y le obligaba a andar todavía más encogido.
Nadie cuestionaba las manías de Edmundo, y si las cuestionaban les daba lo mismo. Cuando uno quería hacer obras en casa, debía sacar un calendario zaragozano y preparar los días concretos en que llovería para poner ventanas, los días que llevarían erre para enlucir la fachada, incluso proveerse de una botellita de mistela para no dejar que Edmundo se pusiera triste y lo dejara sin tejado. De hecho, sólo a algún forastero que venía de nuevo le extrañaba y desesperaba descubrir que no tendría retrete donde orinar en su nueva casa hasta que no lloviera en el pueblo, lo cual, ante la cara de tranquilidad de Edmundo al explicarlo, todavía solía desesperarles más y se metían en sus casas y sacaban las puertas de quicio y entonces se acordaban de al día siguiente sería uno de septiembre y pasarían un mes sin puerta.
Sin embargo, como suele suceder siempre que se cuenta una historia, algo cambió en la rutina de todos y de Edmundo un verano en que llegó la dueña de la Casa de la Farmacia, que volvía de la capital para pasar en el pueblo los veranos, y quiso acondicionarse la vieja casona familiar que hacía esquina en la plaza para que ella y sus tres hijas jóvenes y solteras pudieran sentarse por las tardes al fresco en su propia puerta.
¡Ni una pared recta! Desde que Edmundo Abril, en junio, aceptó el encargo de la Casa de la Farmacia y se vio rodeado de aquellas cuatro mujeres que le decían cómo querían dejar de bonita la casa, ¡no le salió ni una pared recta!
Tampoco era algo difícil de comprender, pues si bien tanto la madre como la hija pequeña le quedaban lejanas de tamaño o edad a Edmundo, las dos hijas mediana y mayor no eran lo que se pudiera decir feas en sentido estricto de la palabra, y además aparecían con vestidos y camisas de dormir o echar la siesta que Edmundo no había imaginado en su vida, y lo hacían con algo de confianza, como si se hubieran acostumbrado a aquel albañil soltero que nunca había hecho nada más en el pueblo que tener manías y ahora resulta que algo raro le estaba pasando entre aquellas risas femeninas para que le estuvieran saliendo las paredes más torcidas que una senda para bajar una cuesta.
Cualquiera iba a verlo, era cosa curiosa, y también era verano, la casa grande de la Farmacia abierta sin ventanas, con medio tejado roto, los andamios levantados, unas mujercitas vestidas de colores habitándola y un montón de paredes a cual más curvada, a cuál más retorcida que parecía que la estuvieran haciendo de arcilla.
En el pueblo enseguida los comentarios se fueron con los paseos de la tarde, con los almuerzos en los patios... Edmundo no pondría una teja en esa casa y en ninguna si aquello no lograban solucionarlo. Y lo peor era que pronto se acabaría agosto, que llegaría septiembre y no sólo la viuda de la Farmacia se quedaría sin tejado, por la tristeza, sin paredes rectas por falta de amor, sino que hasta sin ventanas se vería si Edmundo no conseguía...
De todos modos, al final, como suele pasar cuando alguien no debe enterarse de algo, la señora viuda se enteró del motivo por el cual su albañil la estaba desquiciando y volviendo loca que ni con manzanillas ni con baños de eucalipto de calmaban sus nervios de levantarse y ver que todas las paredes de su casa estaban torcidas como si se hubieran derretido del sol de aquel agosto y encima aquel maniático de Edmundo Abril no despegaba ni palabra, se pasaba el día triste mirando al tejado y haciendo así con la cabeza, como quien no puede no por propia voluntad sino porque el destino así lo ha tratado. Y la pobre viuda acabó hablando de ello en la tienda, hablando de ello en los paseos de la tarde, hablando de ello en la consulta del doctor... Y todo el mundo le daba la solución, Edmundo no haría una sola pared recta hasta que no hiciera el amor. Y entonces aquella viuda que había sacado a tres hijas adelante ella sola comprendió que el significado de aquella expresión era un peligro para sus hijas y decidió que se las llevaría del pueblo inmediatamente, que no volverían allí, que había sido una locura volver a aquella aldea insignificante...
Y se preparó el viaje. Y llegó septiembre. Y la señora viuda despidió a Edmundo y la casa quedó derretida con sus muros torcidos como muestra de un amor imposible, y unos días antes todas las mujeres del pueblo se fueron acercando y saludando preguntando si se irían al final y pidiendo que no se fueran, que no se fueran... Y la señora viuda pensaba y lo pensó, cuando dejó al pueblo con su casa derretida de amor y sus habitantes llorando en la estación del tren, que cuánto la iban a echar de menos a ella y a sus tres hijitas preciosas, y lo que no sabía la muy idiota es que el pueblo entero estaba llorando porque con ellas se iban en tren todos sus futuros tejados.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

martes, 18 de noviembre de 2008

RELATO: LLENAR DE PÁJAROS LOS RELOJES

Hay algo en esta vida que me impulsa a vivir. Fuera de grandes descubrimientos existenciales, mis ganas de dormir poco y saltar de la cama tienen más que ver con ese dios de los pequeños detalles al que a veces se me olvida rebuscar bajo la cama.
Mi madre me dijo siempre, también mi padre cuando cenábamos y me preguntaban por cosas del colegio, que nunca me hiciera ilusiones. De hecho, me recalcaron esa frase más que ninguna otra que pueda recordar de mi infancia. No es ningún reproche, pero se equivocaban.
Me he pasado esta media vida que llevo gastada haciéndome grandes ilusiones y viviendo de los pequeños detalles como un náufrago recogiendo monedas en la orilla de arena. Cuando me levanto, en lo primero que pienso es en si mi mujer estará a mi lado, luego, inmediatamente o casi, pienso en si habrá llegado a mi correo ese mail mágico que espero desde hace años confirmándome que he vuelto a ganar otro premio, sin embargo, no me desespero, me alegra el día tomarme el café recién hecho espiando a la vecina de enfrente que siempre se olvida de correr las cortinas cuando sale de la ducha, me gusta meter los cruasanes en el horno y tomarlos calentitos mientras leo dos o tres periódiocos y compruebo cuánta gente leyó este blog ayer, me apetece la ducha hirviendo en el cuarto de baño que yo mism diseñé y que pierde agua, pero en el que se está tan calentito que a veces me entretengo haciendo una pompa de jabón enorme entre el vaho a las siete menos cuarto de la mañana, me hace gracia, luego, es un secreto, correr en pelotas por el pasillo como un niño hasta la cama para acurrucarme un poquito más junto a ella y asegurarme de que mi camisa preferida está limpia y huele muy bien, me entretiene planchar, lo hago con la tele encendida mientras repiten las mismas noticias cada cuarto de hora en el telediario matinal, mientras tanto, pienso en la frase que les pondré en la pizarra a mis niños, pienso en lo que les tengo que explicar ese día, pienso que me encanta ser profesor, que fue mi sueño desde los quince años y que yo mismo los sentaría a cada uno en su silla sólo porque me hicieran caso, cuando ya estoy vestido, me cambio las monedas del pantalón de ayer al bolsillo del que me acabo de poner, nunca son muchas, pero siempre van con un billete arrugado que me basta para almorzar y tomarme un par de cafés al sol en algún rinconcito del instituto. Luego, cuando bajo a la calle, siempre acabo comprando el tabaco en el quiosco sólo por comprobar cómo Eugenio me da los buenos días saludando con la mano como un niño, una vez ya en el coche, me prometo a mí mismo que el próximo domingo lo lavaré y me acuerdo de los coches que he lavado en verano en la puerta de mi casa en el pueblo en manga corta, y pongo la radio, echo de menos un programa que hacían antes, pero a cambio he empezado a escuchar las noticias de los mayores y, cuando me aburren, pongo el CD y alguna canción de Los Ramones a todo volumen y me cuelo en el atasco de por las mañanas con la energía de un recién drogado. Me apasiona conducir, sea la moto o el coche, siempre procuro rascar rueda en alguna curva o apurar frenada en la salida de la autovía para disfrutar del vicio de la velocidad que todavía conservo, mientras tanto, durante el viaje, suelo jugar a mi entretenimiento de pensar en si pudiera viajar en el tiempo y hacerme diseñador de coches cuando todos eran viejos y yo me inventaría todos los sistemas que llevan ahora los nuevos. Por fin llego a trabajar, y lo confieso, todavía me impresiona que me traten con respeto, como a un adulto, como a alguien serio, cuando mientras les devuelvo los buenos días yo sigo pensando en qué personaje de tebeo se parece ese profesor o profesora que estoy poco a poco conociendo. En clase me río, lo hago siempre aunque intente evitarlo, pues todavía no me he olvidado de lo que me costó conseguir decir buenos días soy el profesor de castellano y nunca salgo convencido, sino más bien al contrario, de que he dado una clase horrible, de que no me han entendido, de que se me está olvidando todo y de que me entretendré cuando llegue la primavera estudiando un rato en la biblioteca que me dio tan buenos ratos...
En fin, no soy ni tan listo como mis padres hubieran querido ni tan guapo como yo deseaba ser a los quince años, pero creo y cada día me convenzo de que nada de eso me hace falta para entender que la vida no son meses, ni semanas, ni mucho menos años, sino sólo días pequeñitos llenos de detalles que, como niños con una bolsa de caramelos, debemos disfrutar hasta relamernos. Y lo de las grandes ilusiones... no me impacientan, el tiempo es de lo poco que tengo, tiempo para seguir haciéndome ilusiones, para seguir llenando de pájaros los relojes.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

jueves, 13 de noviembre de 2008

RELATO: LA NOVIA DEL LANZADOR DE CUCHILLOS

Rosendo siempre quiso matar a los de la Sociedad de Columbicultura porque nunca pudo olvidar que una mañana, en el colegio, cuando él era muy pequeño, lo convencieron para que les tocara la picha a todos. Y toda la vida se estuvieron riendo de eso.
De hecho, Rosendo, a sus cuarenta y tantos años de vida y de venganza pocos menos, contuvo en su casa a un lanzador de cuchillos autoestopista durante cuatro días sólo con la única necesidad de que le enseñara ese fascinante y necesario arte de clavar puñales a lo lejos sin necesidad de mirar a los ojos al futuro muerto.
Que resultaba curioso entrar al bar de Rosendo y verte de nuevo al zarrapastroso vagabundo inflándose a comer chuletas y huevos fritos a costa del dueño que no nos explicaba a nadie por qué lo había adoptado y encima le ofrecía Farias a cada momento.
Lo cierto es que al final el vagabundo lanzador de cuchillos fue cayendo bien entre los contertulios del bar (cosa no muy difícil pues invitaba a todas las copas a costa de Rosendo) y al cabo del cuarto día, cuando ya Rosendo comprendió que nunca se haría lanzador de cuchillos y lo echó, el vagabundo se ennovió con la hermana pequeña de la Casilda, una mujer que apenas había salido de su casa que hasta ni nombre tenía y para saber de ella teníamos que hablar de su hermana, pero que un día se ve que coincidieron en el estanco y que fue un flechazo entre la hermana de la Casilda y el lanzador de cuchillos que al día siguiente volvió a aparecer en el bar del Rosendo pidiendo chuletas, patatas y huevo con la hermana pequeña de la Casilda de la mano y cubierta de moratones y cicatrices y cardenales y tiritas que sólo se pidió una manzanilla.
Luego, es decir, al cabo del rato, nos enteramos de que no, de que no le pegaba, sino simplemente que la había convencido para volver a ensayar sus viejos éxitos de cuando andaba con el circo lanzando los cuchillos. Y que por lo visto no había tenido mucho. Éxito, que hambre la había conservado toda. El caso es que la Casilda al poco se puso a trabajar limpiando en las escuelas y en casa del médico para pagarle las chuletas al lanzador de cuchillos. Que luego nos enteramos de que había sacado los ahorros de sus padres de la cuenta de la Caja Rural para que él pudiera invertirlos en montar un nuevo espectáculo con el que la llevaría por todo el mundo de gira hasta la Argentina. Que luego supimos que hipotecó hasta la casa que le habían dejado sus padres y el palomar para que él pudiera volver unos días a Francia (nos enteramos por fin de que era francés) y recuperara allí todo su material del circo que se había dejado embargado y entonces volvería a por ella y se la llevaría.
¿Por qué nadie le dijo a la hermana pequeña de la Casilda que la estaban engañando, que ella estaba sola, que no sabía del mundo, que era una boba y que ese hombre se estaba aprovechando de su inocencia de solterona y que jamás lo volvería a ver y que se iba a quedar sin dinero, sin casa y sin nada ahora que empezaba a ser vieja y...?
Porque precisamente esa noche el Rosendo irrumpió como un vendaval en el local de la Asociación de Columbicultores y empezó a lanzar cuchillos de estos de la carne del bar como un poseso contra todo lo que se movía. Que tuvo que venir la Guardia Civil y todo, que le dio a uno en un ojo (por suerte, con el mango del cuchillo), que al Simón le rompió un diente, que a Gerardo le rompió las narices, que a Marcial le rompió la crisma con una silla (es que se le acabaron pronto los cuchillos y además se enfadó más cuando vio que había aprendido al revés y a todos les daba con los mangos de madera), que a Lorenzo le tiró a la cabeza un ladrillo y aquél no lo pudo esquivar y le rompió toda la mandíbula (porque era un ladrillo del nueve) y se le cayeron al suelo la mitad de los dientes y mientras se agachaba a recogerlos tapándose laboca con la otra mano echando sangre, el Rosendo aún insistía tirándole con los mangos de los cuchillos de madera hasta que lo pudieron sujetar y vino la Guardia Civil y nos enteramos todo el pueblo.
Meses después, cuando por fin se celebró el juicio y el Rosendo pudo volver y volver a abrir el bar, supimos que la hermana pequeña de la Casilda se había vuelto loca, se había quedado sin la casa, sin nada y que se pasaba los días en la caseta de la estación con una maleta, medio llorando. Y los críos se le acercaban y se reían de ella y ya al final se notaba que olía a sucia la pobre mujer.
El lanzador de cuchillos nunca volvió, el Rosendo alegó enajenación mental y siguió planeando en secreto su crimen perfecto. Sin embargo, una noche, una de estas de invierno ya metidos en Navidades, todos en el bar nos quedamos callados, en el Programa de Rafaella Carrá salía un tío lanzando cuchillos, todos fijamos mucho la mirada pero... no nos dimos cuenta de nada porque en ese momento abrió la puerta la hermana pequeña de la Casilda con su novio de circo cogido del brazo y una enorme sonrisa...
No, es mentira, la Casilda se tiró a las vías del tren hace años.
Y lo que es peor, desde hace unos días, el Rosendo cuida, en su bar, a un harapiento domador de serpientes que sólo hace que comer bocadillos de calamares y mirar de reojo a la del estanco cuando entra a por el cortado...
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

ANA YNADA. SALIR DE TU ARMARIO

Esta mañana, una ambulancia ha estado parada mucho rato encima de la acera. También un coche de policía, y a ratos dos, han estado mal aparcados mientras los agentes subían y bajaban las escaleras como airgamboys de azul. Luego han llegado operarios del ayuntamiento. Luego ha llamado un arquitecto a la puerta y Mario le ha explicado que sólo viven él y Lucía en la finca, si no contamos al viejo loco de abajo. Y el arquitecto del ayuntamiento le ha dicho que no lo contaran, que se había muerto, que tenía el piso lleno de trastos hasta el techo, que iban a precintarlo porque había peligro para la estructura de una finca tan vieja y que lo limpiarían encargados municipales.
Son las siete y ya hace rato que hizo de noche como si no hubiesen pagado la luz. Mario toca a la puerta de Lucía. Ella le abre como si quien se abrocha la chaqueta.
- No era necesario que te vistieras de ladrón, Mario. Y lo del gorro ese ya me parece exagerado.
- Schisss.
- Mario, estamos solos. Ya no vive nadie más en toda la finca.
- Da igual, vamos a romper un precinto de la policía y a hacer allanamiento de morada.
- Lo que tú digas. Si así te da menos miedo...
Con esta conversación ya han llegado al piso de abajo, frente a la puerta precintada. Mario saca su linterna.
- Yo no tengo miedo.
Lucía enciende la luz.
- Te estás empeñando en quitarle todo el misterio. Apaga la luz.
Mario le da la copia de las llaves que siempre tuvo de ese piso pues también pertenecía a su familia, cuando Lucía abre, él se ajusta el gorro negro y lanza la luz de la linterna a aquel interior oscuro como un ratón de sol.
Lo cierto es que ambos están impresionados pero no llegan a cogerse de las manos. El piso entero es un enorme trastero lleno de periódicos viejos, muebles pequeños apilados, revistas en columnas hasta el techo, cajas de zapatos hasta las lámparas, pasillos de ropa vieja amontonada que hacen de aquel piso una gruta de basura, un laberinto de despojos, un concierto de recuerdos ajenos.
Lucía se entretiene con una pila de libros iluminados bajo la ventana que da a la calle por la farola naranja.
Mario explora como un niño en una tienda de juguetes abandonada y encuentra lo que busca: la bañera. Su curiosidad. ¿Qué guardará un loco en su bañera? Discos, discos de vinilo en perfecto estado y dinero viejo inservible. Mario lo piensa e intenta hacer uno de esos chistes que juntan dos cosas, pero sólo se le ocurre que los billetes los habría usado de papel higiénico, mientras que con los discos sólo se le ocurren extraños bocadillos.
Llama a Lucía para contarle su descubrimiento y su ocurrencia. Pero Lucía no contesta. Vuelve hacia donde ella se quedó leyendo y no la encuentra. La vuelve a llamar. Se pierde por esos pasillos de papeles hasta el techo y no la encuentra. Tiene miedo. Se siente solo. Esa casa le está aterrorizando. Siente que el loco está ahí. Está muerto. Le está mirando. Ha matado a Lucía. Le está esperando. Le entran escalofríos de miedo. Siente pánico de esa oscuridad. De esos rincones deshechos de desechos. Quiere salir de allí antes de que lo mate. Llama a Lucía a gritos. Intenta encender la luz. Sólo oscuridad y huecos de los que saldrá el muerto. La llama a gritos sabiendo que no está solo, que la ha matado. Quiere salir corriendo. Pero no puede. No puede dejar sola a Lucía allí dentro. Se arrepiente. Siente terror. Su cuerpo tiembla. Espera una mano fría en su espalda. Unos ojos que se abran en la oscuridad. Una cara horrible que se abalance frente a él. Llama a Lucía. Su cuerpo se agarrota. No la puede dejar sola.
El momento de tensión máxima: una mano le agarra por la espalda.
Mario se gira.
Es Lucía.
Mario tiembla como un hombre de tela colgado de las cuerdas de la terraza. Lucía lo abraza. Él por fin puede articular palabra:
- ¿Dónde te has ido? Creía que te había matado.
- Mario, he subido un momento a hacer pis.
Y Lucía baja la mirada y se da cuenta de que no ha sido la única.
Ambos suben al piso de arriba, Lucía se mete al pobre Mario a su casa. Lo lleva a su habitación sabiendo que a partir de entonces padecerá una nueva fobia el pobre, que tendrá miedo a la oscuridad. Es como un trapo, cierra la puerta de su cuarto. Abre la puerta del armario. Tira la ropa al suelo y mete a Mario dentro. Le cuesta que le suelte la mano. Cierra la puerta y saca la llave de la cerradura. Luego apaga la luz y sale de la habitación. El armario tiembla de pánico al quedarse a oscuras.
Entonces Lucía vuelve a entrar pero sólo enciende la luz de la lamparita. Se sienta en la cama frente al espejo que da al armario. Se descalza junto a la tenue llama de la bombilla. Se quita los calcetines negros. Se saca por arriba el suéter de cuello alto. Se desabrocha un botón del pantalón. El armario sigue temblando de miedo. Se quita la camiseta. Se baja la cremallera del pantalón y se los saca como para irse a dormir. Se queda en bragas y sujetador. El armario sigue temblando. Quizás un poco menos. Se desabrocha el sujetador y lo deja a un lado de la cama. Se rasca una teta y comprueba si le huele un sobaco. Se levanta y se baja las bragas. Las recoge del suelo frente al espejo y se da cuenta de que tiene el vello púbico un poco largo. Se lo peina así con cuidado con la mano. El armario apenas tiembla ya en el espejo que lo refleja. Lucía saca el pijama de debajo de la almohada. Se pone las bragas de dormir delante de la cara para ver dónde tienen la etiqueta. Se pone las bragas de dormir ya sentada en la cama. Luego se coloca la camiseta vieja de dormir que siempre se le engancha en una teta. Se la baja del todo y el armario en el espejo ya ha dejado de temblar. Ahora ella se acuesta.
- ¿Por qué no te has ido corriendo del piso?
Y el armario le contesta:
- Me daba miedo quedarme solo.
- ¿Pero tú pensabas que yo no estaba allí, que estabas solo?
Y el armario le contesta:
- No. Yo sólo tenía miedo de haberme quedado solo.
- Eso te digo, de haberte quedado a solas.
- No. De haberme quedado solo.


Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

domingo, 9 de noviembre de 2008

LOS ZAPATOS DE LA SIRENA

Lucio, sin duda alguna que pueda mostrarse como objeción a una opinión tan rotunda, era el hombre más feo de mi pueblo. Más feo que una procesión de viejos. Sin embargo, hay personas que, por lo que sea, son feas y simpáticas o incluso, de eso que se dice, hermosas por dentro. 


Pues no, Lucio, amén de ser feo era un desagradable lo mirases por donde lo mirases. Y como no hay animal que no se parezca al amo, para hacerse una idea, sólo hay que decir o explicar que de mascota tenía un perro de estos de caza, un galgo o un podenco, creo, que lo habían atropellado dos veces y le faltaba un ojo y estaba cojo y así con la columna torcida y encima mordía en cuanto te descuidabas y te lo encontrabas por cualquier esquina. Pues el animal era igual o un poco menos desagradable que el amo. De hecho, Lucio no tenía oficio definido en el pueblo, llevaba una furgoneta llena de chatarra y de fotos de toreros en la cabina. Es decir, hablando mal y pronto, no era gitano pero lo parecía. Y si podía robar, robaba. Y si se podía emborrachar a las once de la mañana, se emborrachaba. Y si podía engañar a alguien, le engañaba. Y si podía reñir, o discutir, o irse de putas, pues lo hacía. Y con mala folla.


En realidad, la madre de Isabel se murió cuando ella era muy pequeña, la mujer de Lucio. Pero nadie hablaba de eso en el pueblo. Nadie.Y lo peor de todo no era que Isabel iba un curso por debajo de mí en el colegio. Y lo peor de todo no era que Isabel fuera la hija de Lucio. Y lo peor de todo no era que Isabel... Lo peor de todo era que Isabel era la niña más preciosa que nunca vimos ninguno de nosotros. Tenía trece años la penúltima vez que yo la vi. Yo me la imaginaba en su casa como una sirena encerrada en cuarto de baño sucio y lleno de polvo. Era algo así, algo que nunca, todavía hoy, que me sigo acordando de ella, he conseguido describir. 


Y es que cuando Isabel bajaba por la calle Mayor o cruzaba la plaza, hasta las viejas de luto la miraban con deseo. Los coches se detenían, las conversaciones se quedaban en el aire, los pasos se giraban, las cabezas la seguían como si el deseo llevara el pelo suelto y tuviera la piel morena a punto de canela. Era tan preciosa que el resto de mujeres, fueran niñas, fueran dependientas de la tienda, fueran madres recién paridas o fueran ya abuelas la miraban como aceptando una derrota, como reconociendo por primera vez en su vida de orgullo de pueblo que por mucha envidia que mostraran, jamás poseerían aquello, como con el dolor de tener que reconocer que nunca podrían ni siquiera parecerse a la belleza que aquella niña desgastaba al sonreír a todo el mundo. Sí, claro que podría decirse, todas ellas le deseaban a esa niña dulce algún terrible mal que la compensara, que la bajara de aquel cielo que les traía al pasar por su lado y la revolcara en el barro de la mediocridad en el que ellas arrastraban sus pies de defectos. Es triste decir esto, pero era así, la hija de Lucio, Isabel, no tenía amigas, no tenía cariño femenino en mi pueblo de la manera tan torpe que he intentado escribirlo. Andaba sola a comprar o volviendo del colegio. Siempre bien peinada, siempre impecable, siempre preciosa aunque acabara de salir de la pocilga donde Lucio, su padre, la hacía vivir. Como un cerdo criando una golondrina entre su estiercol.


Pero eso sí, como era de suponer, lo único que Lucio defendía en su vida de chatarrero era su niña, la niña de sus ojos legañosos, la princesa de sus manos agrietadas y cubiertas de roña.


Un día apareció un hombre extraño por los bancos de la plaza. No daba buena espina. Más bien al contrario. Llamarle vagabundo era hacerle un elogio. En su cara de malo se podía leer que había estado como mínimo en la cárcel, y viviendo. Pronto se supo, mientras se enfriaba la tarde de invierno y empezaba a anochecer: había sido preso, había sido un violador de esos de niños y lo habían soltado y ahora estaba libre y lo había dicho la Guardia Civil y no se le podía detener porque había cumplido su condena y había venido al pueblo porque vivía en una chabola cerca del vertedero y se iba haciendo de noche y de todas maneras nos dijeron a todos los niños que nos fuéramos a nuestras casas, que se hacía de noche, que no nos acercáramos por la plaza.


Pero nadie llegó a tiempo, cuando todo el mundo lo supo, ya habían visto a ese hombre levantarse y marchar un poco detrás de una niña que cruzó la plaza y le hizo girar la cabeza y levantarse y echar a andar detrás de ella. Y entonces se hizo de noche y alguien tuvo los arrestos de bajar al bar y decírselo a Lucio, decirle eso, aunque fuera, que había un violador en el pueblo y que lo habían visto detrás de la niña, de Isabel, bajando de la plaza.


Los que estaban en el bar muriéndose entre el humo de tabaco rancio juraron que Lucio se levantó de su taburete como un toro y que porque le abrieron la puerta que si no la echa abajo y que cruzó la carretera como un rebaño de brazos y piernas, que se subió a la furgoneta como un demonio loco.


Pero cuando Lucio llegó a su pocilga y abrió la puerta de una patada y llamó a gritos a su niñita como un topo llamaría a su golondrina en una madriguera de raíces y tierra. No le contestó nadie. Sólo el silencio frío de la noche de invierno en una casa vacía. Lucio subió la calle hacia la plaza como un ejército de resoplidos descamisados, remangándose la camisa en diciembre, llamando a la niña por las esquinas, por los portales, después, llegando a la plaza, buscando su rostro de ángel, su carita de muñeca, su cuerpecito de estatua de café.


Pero sólo encontró sus zapatos, como dos cadáveres de juguete, tirados en una cuesta abajo. En ese momento, alguien le tapó la boca a la pequeña Isabel para que no llamara a gritos a su padre. En ese momento vio una sombra que cruzaba la calle de invierno bajo una famélica farola. Lucio se fue corriendo tras ella mientras alguna puerta de cotilla se abría presintiendo la desgracia que tanta belleza de niña se merecía según su envidia. Lucio encontró a la sombra cuesta arriba. Pero la sombra sólo era un vagabundo que, aterrorizado por los remordimientos y el miedo a aquel toro de manos enormes, bajó la cuesta corriendo como alma que llevaba el Diablo para no volver jamás a mi pueblo. Inmediatamente bajó corriendo Lucio para matarlo sin duda mientras las cotillas abrían un poco las cortinas.


Entonces yo le quité la mano de la boca a Isabel y ella llamó a su padre, Lucio se giró y nos vio a los dos subidos en el tejado de la casa vieja. A salvo. Ella descalza. Y yo como si de verdad fuera su novio. Evidentemente, yo me fui corriendo a mi casa perseguido por las amenzas de Lucio y su diente de oro. Sinceramente, pasé muchísimo miedo hasta llegar a mi casa imaginando que el violador me pudiera coger y se me llevara en el saco. Pero ella vivió a salvo y yo, en parte, me convertí en su héroe (aunque sólo lo pensara yo).


O eso creía. Hace unos meses, por desgracia, me encontré a Isabel (por desgracia porque es médico y me va a llevar el tratamiento para dejar de fumar bajo supervisión médica). Seguía siendo preciosa aunque los años, la madurez, la habían vuelto algo así como humana, como real (o quizás fuera la bata blanca y el fonendoscopio). El caso es que me atreví a mirarle el escote (qué le vamos a hacer...) y ella entonces sonrió y me dijo si me podía hacer una pregunta.


-¿Cuándo empezaste a fumar, Álvaro?


-Cuando tú te fuiste.


-Y tú, ¿por qué tiraste los zapatos a la calle aquella tarde del hombre del saco?


-Porque fuiste mi héroe, sólo tú viniste a buscarme y me rescataste y yo tenía que ser tu princesa.


-¿Y por eso te descalzaste y tiraste los zapatos a la calle?


-Yo pensaba que eso era lo que hacían las princesas. Quería que fueras el primero en verme desnuda.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.