Porque todo allí había permanecido encantado durante tantos años que la memoria se acabó olvidando de aquel reino embrujado. De todo: del rey dormido en su trono, de sus guardias dormidos por los pasillos, de sus siervos dormidos en sus camas de paja, de su princesa dormida en la torre más alta.
Hasta que un día, el príncipe esperado llegó a las puertas del castillo embrujado: las empujó, recorrió los pasillos de guardias dormidos, llegó a la sala del trono, subió la escaleras de la torre más alta, besó a la princesa y todos despertaron de su embrujo como si el reloj sólo se hubiese detenido un instante para ellos.
Sin embargo, en ese preciso instante, el dragón, el brujo, el hechicero y el mago, que al fin y al cabo eran el mismo, irrumpieron en la sala del trono como un relámpago que rompió incluso el techo. La alegría se detuvo. El mago exigía un duelo.
- ¡La princesa! ¡Todos vosotros me pertenecéis! ¡Quiero ver a la princesa! ¡Quiero ver al insensato temerario que la ha despertado y que con ella sólo habrá conseguido su propia muerte y un pequeño respiro en vuestro sueño en el que yo, volveré a someteros!
En ese momento la puerta de la torre se abrió, apareció el príncipe, cogida a su mano iba la princesa. Cuando el príncipe vio al mago, apartó a un lado a la princesa y echó mano de su magnífica espada y se aproximaba sin titubeos al centro de la sala.
- ¡De modo que tú eres el insensato que ha osado romper mi encantamiento! ¡De modo que tú eres el que va a morir por un solo beso de la princesa! -mientras así hablaba, el brujo iba dando vueltas alrededor del príncipe y arrastrando cada vez más una cola de dragón que iba mostrando sobre el suelo de piedra cómo crecía y se convertía en un gigantesco monstruo el temible mago- ¡De modo que crees que podrás vencerme! ¡De modo que crees que podrás atravesar mi corazón con esa ridícula espada y así acabar para siempre con mi poder oscuro sobre este reino! -y crecía y crecía el dragón enorme hasta rozar con la cabeza las vigas de madera del altísimo techo de la sala- ¡De modo que estás dispuesto a luchar y a morir por ella, por tu amor verdadero!
Entonces el príncipe hizo algo que nadie esperaba: miró a la princesa fijamente. Lo cierto es que la princesa no era tan hermosa como él se la había imaginado, lo cierto es que en el poco tiempo que había permanecido con ella allá arriba en la torre, la había notado como un tanto impertinente y engreída, lo cierto es que así pensándolo, ella no había hecho nada, es decir, que ella se tumbó allí en esa cama y el que tuvo que luchar y cruzar montañas y desfiladeros y desiertos y acantilados fue él, y que... planteándoselo así, no entendía por qué tenía que jugarse la vida por alguien que apenas conocía.
- ¡Un momento! -gritó el príncipe levantando así los brazos y con ellos su espada.-¡Antes de todo esto, quisiera hablar un momento a solas con la princesa!
Una vez arriba de nuevo, en la torre más alta, la princesa, muy interesada, le preguntó al príncipe qué era lo que ocurría, y él, poniéndose así la mano en la barbilla como de pensar, se atrevió a decirle.
- Princesa, ¿yo te gusto?
La princesa, totalmente confundida, le respondió que... sí, que por supuesto, que ni se lo había planteado.
- No, de verdad. -insistió el príncipe- Apenas si hemos hablado, apenas si me has visto cubierto por esta armadura, no sabrías ni decir de qué color tengo los ojos. -y mientras esto le decía, al príncipe se le iluminó la idea que él iba teniendo.-¡Desnudémonos! ¡Veámonos cómo somos de verdad!
- ¡Pero cómo te atreves! -se escandalizó la princesa al ver que el príncipe ya se deshacía de sus guantes de hojalata y de su yelmo.
- ¡Cómo! Hace un momento te parecía lo más normal del mundo que yo arriesgara mi vida y seguramente la perdiera por ti para lograr convertirte en mi esposa para siempre jamás y ahora tú no estás dispuesta a hacer este pequeñísimo esfuerzo por mí.-Y con estas palabras ya se iba quedando el príncipe en calzones.
- Pero es que yo nunca he visto que esto lo hayan hecho otras antes que yo.-respondió la princesa ya con un cierto tono de duda.
- ¿Y qué? ¿Acaso después de que tú lo hagas bajarás allá abajo y lo contarás? Pues seguramente así hicieron todas. ¿O te parece lógico y sensato que nos casemos sin nisiquiera habernos visto los cuerpos? ¿Además, que aquí mismo te lo prometo, ya has visto cómo me he puesto allá abajo con el dragón, yo una vez nos hayamos quedado los dos tranquilos, bajo y, tengo que perder la vida por ti y que me coma el dragón, yo lo hago?
Entonces, con esas palabras y promesas del príncipe, la princesa ya se quedó convencida y accedió, con bastante recato, a desnudarse a la luz del sol y a los ojos del príncipe en cueros.
Una vez el príncipe y la princesa estuvieron completamente desnudos en la torre más alta, frente a frente, el príncipe pensó que era hermosísima, sí, pero que tal vez le faltara un poco de pecho, que quizás... a él... siempre le habían gustado morenas. De hecho, fue lo primero que pensó cuando la vio, que no se la habría imaginado pelirroja ni en cien años. Y encima esas pecas por todo el cuerpo... No lo tenía claro. De hecho, se acordaba de la princesa de un príncipe que él conoció una vez y ésa sí era más el prototipo de princesa que él se esperaba, como más guapa, más... más como él... no tan... como ésta.
- Bueno, ¿qué, satisfecho, bajarás ahora a matar al dragón?
- Por supuesto, princesa, por supuesto. Sois la mujer más hermosa que he visto nunca. Bajaré ahora mismo. Tan sólo, si me concedéis la licencia, os pediría un último y pequeño favor antes de bajarme a perder la vida con vos en un duelo a muerte.
- Me tenéis intrigada, ¿cuál será ese misterioso favor que yo os pueda hacer y que tanto necesitáis en estos momentos?
Lo cierto es que tardaron bastante en bajar el príncipe y la princesa de la torre más alta y cuando bajaron ya el dragón se había comido a la mitad de los sirvientes del rey y todo el mundo esperaba tras las columnas y los bancos de madera a que el príncipe esperado reapareciera.
- ¡Ya estás de vuelta! -gritó el dragón- ¡Arrrrrr! ¡Acabaré contigo de un solo mordisco!
- ¡Eso no te lo crees ni tú! -le gritó el príncipe.
-¡Arrrrr! Te partiré la espalda de un solo coletazo!
- ¡Eso habrá que verlo- le contestó el príncipe.
- ¡Arrrr! Te lanzaré una llamarada de fuego que hará que te abrases dentro de tu propia armadura, que sientas cómo la piel te arde y se te despega del cuerpo mientras el dolor se hace tan intenso que sentirás que te quemas por fuera y te abrasas por dentro!
En ese momento el príncipe miró de nuevo a la princesa. Miró al dragón. Miró a la princesa. Miró al dragón.
-¡Arrrr! ¡Qué ocurre! ¡No me dirás que te has acobardado! ¡Que has perdido tu valor! ¡Jaja! -gritó el dragón triunfante.-¿Acaso he de recordarte que si pierdes convertiré a la princesa en la concubina de todos mis demonios, de mis más bajos soldados, que se arrastrará por mis mazmorras como la más miserable de las esclavas y será violada a cada momento por los más sucios y desagradables de mis esbirros sólo por haber cometido el despecho de rechazarme cuando yo la exigí como esposa a cambio de los servicios prestados a su padre, el rey? ¿Acaso serás tan cobarde de consentir ese suplicio?
El príncipe miró a la princesa. Miró al dragón. Miró a la princesa... es que no lo podía evitar, no podía evitar mirarla como a una extraña, como si se hubiera equivocado, como si ella no fuera ella, como si se arrepintiera de haberla despertado, de haber entrado a aquel reino, haber cruzado esos pasillos, haber subido la alta torre, haberla besado...
En ese momento, el príncipe sintió que todas las miradas de admiración que lo habían recibido con sonrisas y brazos abiertos en aquel castillo, en aquella sala del trono, se volvían miradas de reroche, de vergüenza ajena, de repulsa hacia alguien tan cobarde que...
Pero lo peor de todo fue que de repente el dragón comenzó a toser humó negro por la nariz, a toser humo rojo por la boca, a retorcerse en sus propias toses, a encogerse en sí mismo como si algún dolor le estuviera devorando por dentro hasta que incluso empezó a perder su forma de dragón y poco a poco volver a transformarse en el viejo mago que en tiempos atrás fue, aquel que curó a la reina siendo niña, aquel que salvó tantas veces la vida del rey curándole las heridas, aquel que dedicó su vida a salvar a un reino que había acabado odiándole por haberse enamorado de la pequeña princesa de la cabellera roja... y murió. Es cierto, el mago murió de viejo a los pies mismos del príncipe y a los ojos de todos que no podían encontrarle explicación a los comportamientos de cada cual. Y lo peor de todo fue que el príncipe, viendo que el mago, su enemigo, se retorcía agonizando a sus pies y moría como un anciano solitario pidiendo una mano, no tuvo otra idea que atravesarlo entonces con su magnífica espada y levantar los brazos con ella chorreando sangre para que todo el mundo viera que había matado al mago. Lo cierto es que no fue muy heroica esa manera de apuñalar el cadáver de un anciano. Y el príncipe lo comprendió. Comprendió tantas cosas en ese momento que se acercó al trono del rey y le confesó:
-Majestad, yo no valgo para esto, dígale a su hija que lo siento mucho, pero que es que desnuda aún me gusta menos que vestida, que yo le agradezco el rato de allá arriba, que seré un caballero, que no lo dude, que no se lo contaré a nadie, pero que yo no valgo para esto, yo sé que a mí me esperan otras cosas, otra vida, no sé, quizás sea que soy demasiado joven para... que me ha venido todo muy de golpe. No sé si usted me entiende. El caso es que... me voy.
El rey no daba crédito a lo que sus orejas y sus ojos le mostraban, tan atónito se quedó que ni siquiera logró impedir que el príncipe saliera de la sala del trono, bajara las escaleras del castillo, se quedará sentado en el último escalón, mirando el patio de armas desierto, los caminos allá a lo lejos, el horizonte... Y entendió que no la merecía, que no iba a necesitarla...
Cuando el primer habitante del castillo bajó hasta el final las escaleras, corriendo, era un niño, sólo pudo llegar a encontrar una espada clavada en el último escalón de roca...
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.






