martes, 30 de diciembre de 2008

RELATO: LAS LOMBRICES NO SE CURAN LEYENDO

Decía Cesare Pavese que desperdiciamos la vida porque es de lo que más tenemos. Hoy, he conocido al hombre más tonto del mundo; sin ofender, pues le he concedido ese título después de encontrarlo encerrado en mi piso sin saber salir ni lograr utilizar el teléfono para que yo lo rescatara. Respecto a mi ausencia, he estado enfermo, hoy me han dado los resultados de los análisis, por fin puedo respirar tranquilo: no tengo lombrices.
Y todo ello se resume en una conclusión de tonto: la filosofía no sirve para nada. Por muy estúpido o inteligente que te haya tocado en suerte ser, tu ánimo no va a depender de lo que sepas o entiendas. El cerebro, por no decir el alma, está pegadito al cuerpo y, como él, siente lo que le da la gana. Si un día quieres estar triste, lo estarás por mucho que leas a Fromm, o incluso por su culpa y, del mismo modo, si un día te emborracha el aire de la tarde, no te cambiará el carácter si te encierras a leer los aforismos de Schopenhauer. La filosofía no es una medicina, es un mero entretenimiento para los que quieren cansarse el cerebro.
Lo mismo es la literatura para los sueños. Aunque no entiendo bien esta frase porque lo que a mí me importa es explicar que no escribo porque pertenezco a esa especie a la que la Navidad deprime, de hecho, me pasé media vida intentando luchar contra ello: bien a base de cogoras, bien a base de andarme cuerpos, bien a base de regalos o bien a base de irme lejos. Hoy, quizás es que me he ido haciendo mayor (que no grande), decido que si me deprime pues que me deprima, que sobreviviré a ello como tantos años lo he hecho, pero que quizás el hombre más tonto del mundo, el que se quedó encerrado esta tarde en mi piso, no lo haya comprendido, que no se puede luchar contra lo que se siente, que no se curan las lombrices leyendo.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

martes, 9 de diciembre de 2008

ANA YNADA. MI PEQUEÑO TÁNTALO

Es una noche de otoño cálida, un viento suave de poniente ha abierto las ventanas del piso hasta esas horas de la madrugada, Mario sigue escuchando Radio Nacional y sus noticias sobre oriente medio mientras Lucía va a su cuarto, a su piso, a ponerse una chaquetilla de punto, cuando vuelve, Mario sigue sentado en el suelo del balcón mirando al hueco que ha dejado su cuerpo en ese balcón pequeño que les ha dado por compartir jugando a las cartas. Unas cartas muy especiales, antiguas o viejas, de cuando Mario era pequeño, que son de niño porque tienen familias de esquimales, de argentinos, de negritos que hay que completar cambiando con el contrario.
- Mario, ¿tú sabes que yo sé que me espías cuando me desnudo?
- Sí. Me quito abuelito zulú.
- Y... ¿no preferirías que yo no lo supiera, quiero decir, cuándo te diste cuenta de que yo me daba cuenta? Te cojo abuelito zulú y te lo cambio por niña esquimal.
- No lo sé. Creo que una vez que ibas desnuda por la casa, se te cayó la taza del café y te pusiste a limpiar el suelo desnuda. Fue horrible. Robo.
- ¿Horrible? ¿Verme desnuda fue horrible? Me quito mamá argentina.
- No sé, horrible no, pero quiero decir que me gusta verte desnuda cuando te cambias de ropa, me gusta sobre todo cuando tienes prisa y te mueves y parece que el mundo a tu alrededor no exista. Pero hay otras veces que haces cosas cotidianas que preferiría que fueras vestida.-Te cojo mamá argentina y dejo papá mongol.
- ¿Cosas cotidianas? ¿Qué cosas?-Te cojo papá mongol
- Pues... no sé. Por ejemplo, ¿te acuerdas este verano que decidiste pintar tu habitación y te desnudaste y te llenaste toda la piel de pintura? Pues eso estuvo bien, era genial verte ajena a mí, distraída, completamente absorta en lo que hacías sin importarte que yo te estuviera mirando. Pero también es verdad que había posturas que no... que no deberías estar desnuda.
Robo y tiro mamá zulú.
- No sé, me has dejado sorprendida... Pero... da igual eso. ¿Dime dónde te gustaría más verme desnuda?Te cojo mamá zulú y dejo niño argentino.
- ¿Cómo dónde? No quiero niño agentino. Robo.
- Sí. No sé, en el supermercado... en el autobús... no sé, el pervertido eres tú, yo sólo soy puta.
- Pues... ahora.
- ¿Ahora? ¿Que quieres que me desnude ahora? Tira carta.
- No, bueno, sí. Pero que yo sólo me doy cuenta de que te quiero ver desnuda cuando te veo. Si no te veo, lo que quiero es verte, no desnuda. Lo de desnudarte viene luego. Primero necesito verte. Dejo papá mongol.
- Pero... tú mientras me ves... ¿te haces algo? No quiero papá mongol, robo.
- No. No siempre. A veces. Sobre todo si haces algo nuevo. Tira carta.
- ¿Cómo algo nuevo? Dejo abuelita esquimal.
- No sé, cuando me acostumbro a verte desnuda cambiándote de ropa o algo así, cuando es algo que sé que haces todos los días, pierde un poco de emoción; sin embargo, cuando, por ejemplo, el otro día, cuando te pusiste a sacar trastos de debajo de la cama y salías tú desnuda estirandoropa y con las tetas pegadas al suelo, eso fue nuevo, eso sí que hizo que... Te cojo abuelita esquimal y dejo niña zulú.
- Entonces, ¿te aburres de espiarme desnuda? No quiero niña zulú, robo.
- No... No, me pasaría el día espiándote cuando te desnudas, de hecho, lo hago; es sólo que a veces me acostumbro y todo pierde emoción. Tira carta.
- Y una cosa, Mario. Si yo ahora mismo te dijera: -Ten, las llaves de mi casa, entra cuando quieras y espíame que yo haré como si no estás. No quiero carta, sólo me falta una, roba tú.
- No sé, es muy retorcido, quieres decir como si yo fuera invisible... ¿Pero sin tocarte? Robo.
- Pero sin tocarme.
- Vale.
- Vale. Ten las llaves. Me voy a dormir. Gano yo. Familia de esquimales.


Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

martes, 2 de diciembre de 2008

RELATO: MAURICIO QUIERE SOLEDAD

Ascensión, por aquellos años, era la soltera más guapa del pueblo. Sin cuestionamientos, pues los mozos se la rifaban para salir a bailar en la verbena y ella siempre les decía a todos que no. En la intimidad, Ascensión era una mujer igual de dura y estrecha que andando por la calle, pero la volvía loca que le besaran los pechos como si fueran melones de verano. Aunque eso sólo lo sabía Mauricio.
Inmaculada, allá entonces, era todavía una joven viuda con el culo más bien plantado de toda la comarca. Sin dudas, pues cuando lloró la muerte de su marido y se cayó de rodillas a los pies del ataúd pidiendo que la enterraran con él. Ninguno de los que allí la querían consolar podían apartar la vista de ese trasero de vicio. En la intimidad, Inmaculada era una mujer desconsolada y lejana, pero la enloquecía que le azotaran el trasero hasta dejárselo colorado como un tomate. Aunque eso sólo lo sabía Mauricio.
Angelines, en aquella época, sabía pasearse todavía por los puestos del mercado con la confianza que le daba la certeza de saber que nadie tenía unos pechos tan grandes como los suyos. Incomparables, pues de niña en la fuente los mozos le gastaron la broma de sacarle uno todos a la fuerza y tocárselo como un racimo de uvas robado. En la intimidad, Angelines era una mujer dominante y recelosa, pero se desmadejaba cuando le hurgaban con acierto ciertos dedos por el cuerpo desnudo. Aunque eso sólo lo sabía Mauricio.
Margarita, en sus años mozos, era una muñequita de piel dura y enormes ojos castaños que enamoraba con sus carnes adolescentes y su sonrisa blanca a jóvenes y padres por igual hasta el extremo de provocar que su madre no la dejara salir a la calle sola ni siquiera a cruzar la puerta por miedo a que se la desgraciaran. En la intimidad, Margarita, era todavía una niña inocente que se entretenía con sus cuentas y sus labores de costura junto a sus tías, pero era una imperiosa necesidad taparle boca cuando alcanzaba el placer del coito porque sus gritos de entusiasmo podían oírse a varias casas de distancia. Aunque eso sólo lo sabía Mauricio.
Mauricio, una noche de baile de sábado en el local de la cooperativa de agricultores, no apareció ni dio señales de vida. Mauricio era el hijo de Paco el Tieso y toda su vida, desde que su padre se murió ahogado en la balsa de riego, se había dedicado y se dedicaba a regar las huertas por las noches. El oficio, aunque a los de fuera les pareciese raro, no tenía mucho de especial sino la lógica del sueño y el agua; pues la comunidad de regantes distribuía los turnos de riego por riguroso orden sin tener en cuenta que las horas que les tocase agua a cada uno fueran horas de día u horas de noche. Mauricio, a cambio de precio, pasaba la noche en vela por el que fuera regándole la huerta en su turno de riego, aunque no fuese suya la huerta, pero, digámoslo así, vendía sueño el Mauricio.
Mauricio también se follaba a todas las mujeres que se lo pedían, lo había hecho desde bien chico, cuando en la fuente los otros mozos y alguna que otra despistada le descubrieron un apéndice genital o lo que vulgarmente se dice, una chorra de tamaño descomunal y al mismo tiempo incansable. Lo cual también podría haber sido causa de su ausencia de sueño, pero más bien eso fuera una consecuencia de pasarse las noches regando huertas ajenas...
El caso es que Mauricio no sólo desapareció esa noche de baile sino que dejó de abrir la puerta a nadie, dando motivo y dando que hablar a que se la tocaran más, como es lógico, pues tanto hombres como mujeres en el pueblo se habían acostumbrado a sus servicios nocturnos y no era esa manera apropiada ni clara de dejar de dárselos así por gusto. De modo que se produjo algo curioso, pues si bien los hombres pronto empezaron a revelar sin tapujos frente a los tapetes verdes del dominó que allí quien más y quien menos lo había llamado alguna vez para no pasar sueño; peor fue descubrir poco a poco que las mujeres hablaban lo mismo que ellos en la puerta del horno y de la iglesia. Que no era lógico, que lo de la Angelines ya lo sabíamos todos, pero no lo de la niña, y mucho menos lo tuyo y de lo mío yo creía que estabais enteradas todas, pues como lo de la Inmaculada, esa también, buh, y de años, pero qué es lo que tendrá ese hombre, anda ésta, que viene ahora haciéndose la tonta, si te crees que no lo sabemos todas, aquí desde la más lista a la más tonta todas... ya me entendéis, es que es un prodigio, es que es insaciable, es que es enorme, es que es... ¡es que es intolerable! Ahora mismo iremos todas a su casa y aunque haga falta le echaremos la puerta abajo, pero ese hombre nos tiene que dar una satisfacción. ¿Te refieres a...? No, chica, me refiero a que nos explique qué es lo que está haciendo que lo prefiera a... ¿A eso? ¡Sí, a eso!
Cuando todo el pueblo subió en procesión de insatisfacción hacia la casa de Mauricio, cuando todo el pueblo llegó y se reunió a la puerta de Mauricio como acreedores de sueño perdido, cuando la primera y el último se animaron a tocar y aporrear la puerta de madera como amantes sin regar, cuando por fin Mauricio abrió la puerta de su casa en mangas de camisa, en su mano izquierda y marcando con el dedo índice el lugar de la detención, le pudieron ver que sostenía un ejemplar viejo y sin usar de "La República" de Platón.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.