Decía Cesare Pavese que desperdiciamos la vida porque es de lo que más tenemos. Hoy, he conocido al hombre más tonto del mundo; sin ofender, pues le he concedido ese título después de encontrarlo encerrado en mi piso sin saber salir ni lograr utilizar el teléfono para que yo lo rescatara. Respecto a mi ausencia, he estado enfermo, hoy me han dado los resultados de los análisis, por fin puedo respirar tranquilo: no tengo lombrices.Y todo ello se resume en una conclusión de tonto: la filosofía no sirve para nada. Por muy estúpido o inteligente que te haya tocado en suerte ser, tu ánimo no va a depender de lo que sepas o entiendas. El cerebro, por no decir el alma, está pegadito al cuerpo y, como él, siente lo que le da la gana. Si un día quieres estar triste, lo estarás por mucho que leas a Fromm, o incluso por su culpa y, del mismo modo, si un día te emborracha el aire de la tarde, no te cambiará el carácter si te encierras a leer los aforismos de Schopenhauer. La filosofía no es una medicina, es un mero entretenimiento para los que quieren cansarse el cerebro.
Lo mismo es la literatura para los sueños. Aunque no entiendo bien esta frase porque lo que a mí me importa es explicar que no escribo porque pertenezco a esa especie a la que la Navidad deprime, de hecho, me pasé media vida intentando luchar contra ello: bien a base de cogoras, bien a base de andarme cuerpos, bien a base de regalos o bien a base de irme lejos. Hoy, quizás es que me he ido haciendo mayor (que no grande), decido que si me deprime pues que me deprima, que sobreviviré a ello como tantos años lo he hecho, pero que quizás el hombre más tonto del mundo, el que se quedó encerrado esta tarde en mi piso, no lo haya comprendido, que no se puede luchar contra lo que se siente, que no se curan las lombrices leyendo.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.
Ilustración: Alberto Montt.

