NADIE ME QUIERE: PARAFRASEANDO A PUSHKIN
Cuando el barco dejó de arder, varado como un esqueleto negro de ballena humeante, en la playa desierta. El náufrago dejó de mirarlo fijamente y giró su cabeza ambos lados de la isla: no había nadie, nadie más. Y se sintió un héroe. Un héroe callado que jamás tendría que volver a hablar, a negociar estupideces dichas de palabra, a mercadear con promesas, a politiquear con recuerdos, a desmenuzar envidias hechas frases demasiado largas. Se juró silencio. Se juró jamás volver a conversar con la estupidez humana, con la especie en general.Recordó. Se dio un último gusto mientras las olas arrastraban sobre la arena tizones negros apagados en puntas redondeadas, y repasó una a una las últimas mil conversaciones que mantuvo al otro lado del mar, sin saber, más o menos sin querer saber, cuál de ellas fue la definitiva que le empujó a marcharse en aquel barco y abandonar. Recordó conversaciones vacías de ojos que esquivaban la mirada hacia el suelo. Recordó charlas incómodas de manos que jugaban con una punta de tela mientras no se atrevían a confesar que no deseaban hablar. Recordó una charla odiosa con quien decía ser su amigo y sólo quiso escucharse a sí mismo sin dejar hablar. Recordó una charla de comerciante fenicio en la que ambos jugaron a ver quién podía mentir más. Recordó una charla... y el mar fue tragándose el sol mientras él seguía sentado mirando al barco incendiado en medio de aquella playa desierta.
Entonces habló por última vez, se levantó como un náufrago que abandona un Lunes y se dijo: -Déjalo, nos habría ido mejor si hubiéramos callado la vida entera.
Pero entonces no llegó su final, entonces apareció por la playa una corista naufragada en aquella isla desierta la tarde anterior. Y venía desnuda a su encuentro. Y venía saltando de alegría por la compalía. Y era rubia y tenía enormes los pechos. Y al llegar junto a él imaginó que ya nunca más estaría sola en aquella isla desierta, que siempre tendría alguien con quien hablar. Y entonces se sintió tan feliz en su desnudez de paraíso tropical que no pudo evitar pararse frente a él y lo quiso abrazar, y lo abrazó con mucha fuerza y de la emoción sólo le pudo preguntar:
- Sólo dime que me querrás siempre.
Y el náufrago. Mirando al esqueleto humeante de su barco hecho cenizas por encima del hombro desnudo de ella que lo abrazaba con fuerza. Sólo pudo dejar escapar un lágrima.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

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