RELATO: ANATOMÍA DE UN RECUERDO (relato por entregas)
El día del entierro, para mí todavía no era don Arturo Escribano. Lo sería a la noche. Una noche que no olvidaré nunca.Bajaba yo la cuesta que tiene la farmacia con sus árboles gruesos de tallo nudoso, cuando oí tocar a muerto y nada más. Como aburrido, seguí escuchando con los ojos la campana que veía moverse tejados abajo, en el campanario. Que fuese agosto. Casi mediodía. Porque no hacía más que calor y cielo azul como de plástico.
Nadie puede saber lo que sucederá al minuto siguiente, por muy cotidiano que se espere. Ni yo, ni Luisa García, ni el propio Eduardo Cañada podía haber imaginado que aquel anodino toque de campanas en un pueblo de verano iba a cambiarnos la vida como si el destino hubiese estado esperando con paciencia esa señal. O quizás él sí.
Pero pronto la banda de música empezaría a desfilar en procesión por la calle mayor y toda la tragedia se estaría escribiendo sin que ninguno de nosotros lo intuyésemos en esos precisos momentos.
Eduardo Cañada siempre juró que mataría a don Arturo Escribano, y nunca lo hizo. Quizás por eso nunca nadie le preguntó los motivos. Aunque era un hombre terrible. Incluso yo, que todavía iba a comprar a la farmacia los encargos de mi madre, había tenido que soportar, con infantil estoicismo, su maldad. Aquella mañana de enero en que Eduardo Cañada decidió soltar a toda su jauría de perros en medio del pueblo, dejarlos cazar sueltos por las calles, entre el buzón y la cabina, para contemplar, desde el balcón de su casona, cómo los hambrientos chuchos ladraban, perseguían, acorralaban y descuartizaban a todos los gatos del pueblo, incluido el mío, mi querido Pipo, delante de mis ojos.
Era un hombre horrible, al que todos los hombres temíamos.
Cuando llegué a casa aquel mediodía, las campanadas ya habían cesado de anunciar el muerto, los gorriones en los aleros al sol eran los únicos habitantes; los demás se refugiaban en las sombras de las casas cerradas. Tras las cortinas de la ventana, estaba mi madre, sentada en su mecedora, esperando sus medicinas. Y las vueltas.
A día de hoy, sigue siendo un misterio para mí descubrir cómo la muerte se anuncia en las casas cerradas a cal y canto en cuanto sucede en un pueblo.
La muerta era Elvira Cañada. La mujer de Eduardo. Y el pueblo entero estaba muerto de silencio. Como si hasta los vencejos se hubiesen revestido también de luto. Había fallecido la noche anterior, pero se la habían llevado al hospital y no la habían traído a la casa grande hasta el mediodía. Todos hacían la misma pregunta al recibir la noticia, pero no, nadie sabía nada de su viudo, nadie sabía nada de Eduardo Cañada. Y todos teníamos miedo.
Tres cosas sucedieron entonces que acabaron con la siesta y con mi vida como hasta entonces la había conocido.
Primero llegó una caravana de coches larguísimos y brillantes por la carretera recta de asfalto gris emanando calor entre los trigales. Eran los familiares de Madrid. Las hermanas de la señora Elvira, las que casaron y emigraron a la capital, dejándola a ella, dejando a la pequeña, sola y mal casada en aquel pueblo de páramo, fuente y campos de trigo amarillo.
Por ese desfile de coches supe de mi madre que doña Elvira fue más tiempo una jovencísima hermosa que la señora mustia de vestido violeta y pelo canoso que yo podía recordar con mis ojos de niño. Mi madre me habló de que todos los jóvenes del pueblo la rondaban con devoción, que no era sólo la niña pequeña de la casa grande con sus campos infinitos al otro lado del río, sino mucho más, una muñequita de cera y boquita de piñón que tantas cartas de amor provocó un mes de febrero, que la comisión de fiestas se vio obligada a proclamar un concurso literario, en el pueblo. Y dijo mi madre que el ganador fue Eduardo Cañada, su primo. Y que él fue quien se la llevó.
- ¿Eduardo? ¿El que me mató a Pipo?
Sorprendida entonces mi madre por el adulto acontecimiento de que yo recordara todavía ese rencor, me respondió que sí; pero luego, con esa mirada de vieja que tienen las madres a la hora de la siesta, me reveló que nadie creyó a Eduardo autor de amor tampoco entonces. Que es más, que parecieron ponerse de acuerdo, que todos miraron en el teatro hacia atrás cuando el mantenedor siguió recitando la misiva ganadora dirigida a Elvira. Todo el público escuchando esas frases de amor descarnado y giradas las cabezas hacia atrás, todas buscando los ojos al fondo del teatro de don Arturo Escribano.
CONTINUARÁ MAÑANA...
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada