RELATO: ANATOMÍA DEL RECUERDO (segunda parte)
Don Arturo Escribano siempre fue el médico jubilado, porque nunca quiso serlo, médico. Hasta el día en que, siendo un adolescente, comprendió que la única manera de volver a ver a Elvira Cañada desnuda sería curándola. Y entonces se marchó del pueblo sin una perra. Y no tuvo otra cosa en su mente alimentada por la pensión de viuda de guerra que estudiar, devorar los libros antes de que el decano los hubiera pedido, solicitar préstamos leoninos con tal de poder asistir a las prácticas quirúrgicas y sobrellevar además su trabajo de farmacéutico de guardia. Odió la facultad y odió la medicina toda su vida, con el único consuelo de que aquellos libros le permitirían volver a ver a Elvira Cañada desnuda: y en los amarillentos manuales de anatomía no veía músculos sino el cuerpo milimétrico de aquella niña, y en los volúmenes de sintomatología no encontraba indicios sino sólo recetas que le dispensaría, y en las prácticas de cirugía, no descuartizaba muertos sino que acariciaba de nuevo el sexo de Elvira Cañada.Don Arturo Escribano conoció a Eduardo Cañada seis años después de haber violado a la niña Elvira. A su prima. En segundo curso de facultad. Desde el momento en que le reveló que él sabía que tenía familiares en ese pueblo pero que no había tenido el gusto de conocerlos. Arturo Escribano dejó de escuchar a ese amable compañero de anatomía para sumergirse de nuevo en el recuerdo de aquella niña de doce años gimiendo bajo sus muslos. Había algo químico en ese joven estudiante de primer curso que provocaba inmediatamente en Arturo el recuerdo de su delito hasta el más íntimo detalle, hasta la más palpable sensación. Cuanto más hablaba, cuanto más su amistad se le mostraba franca y sincera, honesta como Eduardo Cañada se hacía ver que era, más húmedos eran los recuerdos que Arturo tenía del sexo forzado con su infantil prima. Y aquello era inevitable. Lo buscaba, lo necesitaba, pasaban los días unidos como sólo los estudiantes pueden entender la amistad. De hecho, el día de su cumpleaños, el jovencito Eduardo Cañada regaló un reloj fulminante a su querido amigo Arturo. A sabiendas de que con la pensión de viuda de su madre jamás se lo habría podido permitir, y a sabiendas de que casi más significaba ese obsequio una prueba de amor masculino que de amistad. Arturo Escribano. Siempre sucede, siempre hay una amistad en la adolescencia que se vuelve exclusiva, acaparadora, celosa. Y así le sucedía a Eduardo Cañada con Arturo Escribano. En todos lados estaba su nombre, en las conversaciones a la hora de comer en el piso con criada de sus padres siempre tenía que aparecer Arturo Escribano en una anécdota en la cafetería, Arturo Escribano en una práctica de anatomía, Arturo Escribano se masturbaba todos los días y noches con aquel reloj con la fruición incomprensible de imaginar que algo de Elvira Cañada tenía aquel objeto. Y era mentira. Pero él se masturbaba en su pensión recordando el llanto de aquella niña al bajarle los calzones y descubrir su sexo púber a punto de florecer.
En la iglesia se estaba fresco. Cuando yo entré todavía no había entrado nadie de los que rodeaban el coche fúnebre afuera en la plaza. De hecho, don Damián se extrañó de que su monaguillo más distraído hubiera aparecido en la sacristía con los zapatos de domingo tan pronto un miércoles para un entierro. Yo no le di explicaciones. No entonces, luego sí, tiempo después, me encerré en el confesionario y le aseguré que había ido allí el primero porque quería ver a Eduardo Cañada llorando.
Pero no aparecía. Entraron las hermanas de la capital, entraron las viejas beatas del pueblo, entraron algunos viejos que trabajaron para la familia Cañada, entró gente que yo no había visto en mi vida mientras don Damián me hacía preparar bajo el altar el cepillo grande, el de las procesiones. Pero no apareció el viudo y cada vez que la puerta de la iglesia se abría, como aquella vez en el concurso literario, todas las cabezas se giraban esperando ver a don...
En los pueblos todo se sabe. Pese a que don Arturo Escribano jamás hubiera confesado que arrinconó una tarde a la niña de los Cañada en su cuarto y la violó tapándole la boca y bajándole los calzones con la otra mano, en el pueblo algo se sabía. Y que la quiso siempre desde entonces, eso lo sabía hasta el monaguillo que estaba sacudiendo con poca sutileza el polvo del cepillo.
Pero no, al entierro de la señora Elvira Cañada parecían no querer acudir ni su marido ni el anciano que la desvirgó una tarde de julio saltando la tapia de su corral y descubriéndola dormida a la hora de la siesta por el ventanal abierto.
En realidad, casi nadie por no decir nadie conocía los motivos por los que Eduardo Cañada había jurado matar al médico del pueblo, a don Arturo Escribano. Porque aquello sucedió en la capital, cuando ambos eran jóvenes estudiantes de medicina y Eduardo Cañada sólo hacía que planear unas vacaciones completas en el pueblo de su prima, ambos juntos, ambos haciendo excursiones por los pinares y el río que tan bien le describía Arturo Escribano, ambos juntos todo el verano en aquel paraíso perdido entre trigales que, sin ni siquiera haberlo conocido, ya Eduardo Cañada se imaginaba como su hogar perfecto para cuando ambos acabaran la carrera y se licenciaran, y ambos volverían allí aunque él no hubiera ido nunca más que con su imaginación, y Arturo sería el médico del pueblo y él, con los dineros de su familia, se abriría una farmacia y así ambos serían indivisibles para la salud de aquel pueblecito entre trigales y un río. Y Arturo Escribano, al escuchar aquellos planes de futuro, sólo podía imaginarse toda la vida obligando a la pequeña Elvira a desnudarse en su consulta y él masturbarse con su reloj. Sería el próximo verano cuando ambos irían.
En un primer impulso, don Damián, al notar que en su entierro faltaba alguien aunque muerto había, me quiso mandar a mí a preguntar a las familiares; pero al comprender que eran la mejor familia del pueblo, tuvo pretensiones y fue él mismo quien bajó del altar y se acercó a Consolación, la hermana mayor de la señora Elvira, a preguntarle por la ausencia. Supuse yo que don Damián llevaría en su cómputo de feligreses los que había casado y todavía no se le habían muerto, por lo que, de lógica era suponer que él mismo sabía que faltaba el viudo ya que fue él quien los casó a costa de que en aquella boda, y entonces cayó en la cuenta, lo mismo acabó sucediendo. Que estaba la señorita Elvira, me lo contó mi madre, esperando al novio, y que allí no aparecía nadie, que también era verano y que su futuro marido, para más inri, su primo, Eduardo Cañada, no aparecía por la puerta y que en realidad, el pueblo entero estaba girando la cabeza a cada momento esperando que fuese don Arturo Escribano quien la abriera. Pero no lo hizo porque Eduardo Cañada le juró la noche de antes, agarrándolo de las solapas, que si se le ocurría aparecer le pegaría un tiro.
CONTINUARÁ MAÑANA...
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

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