Laura llega tarde. Tan de noche que las calles sólo las recorren los camiones de la basura, como carroñeros nocturnos deslizándose ruidosos mientras ella aparca el coche y sale por la otra puerta, ya que la suya se le abrieron y aún no lo ha llevado al taller.
Una vez dentro del portal, Laura ya se siente más protegida del frío y del miedo, tantas historias de mujeres violadas se oyen en los programas de por la mañana, se leen en los periódicos, en los telediarios, de criminales que se esconden en los portales y violan a mujeres solas como ella. Pensando eso, Laura ha oído un ruido en el rincón oscuro de la portería. Un escalofrío le recorre la espalda. Ni cierra el buzón, no acierta, coge las cartas, el ascensor ya está allí, se cuela rozando el abrigo con la puerta, aprieta el botón deprisa, casi sin mirar. El ascesor por fin se cierra y ella, con las cartas en la mano. Piensa en lo que haría mientras el ascensor sube, imagina el dolor frío de que un criminal sucio y desconocido la asaltara, le rasgara la ropa, la tirara a suelo, la tocara, la... El ascensor ha tardado nada con esos pensamientos.
De pronto se da cuenta: ¡las llaves! Se las ha dejado en el buzón, ahí abajo, en el portal, colgando el llavero estará. Pero no. Laura no va a bajar. Tampoco llamará a la puerta. Manolo va esta semana de turno doble y, lo primero es que tendría que hundir la puerta para que él se despertara y, lo segundo es que no quiere hacerle eso, aunque... piensa... él sí que se lo haría a ella. Manolo sí que la despertaría. Pero ella no, ella cogerá la llave que hay escondida en la puerta del ascensor. Manolo sí. Manolo ha engordado últimamente, no es que haya cambiado, sigue siendo el mismo, pero peor. Siempre está cansado. Laura nota la llave en sus dedos pero le cuesta levantarla y sacarla del agujerito. Manolo, al principio, era el hombre más ordenado del mundo. Siempre que compraba algo, lo metía en su armario de herramientas de la galería y lo guardaba con etiquetas y todo. Siempre sabía dónde tenía el pegamento para papel, el desatascador de lavabos, los tornillitos estos redondos de los cuadros, los filtros para la aspiradora. Él lo guardaba todo, las garantías de los electrodomésticos, los recibos del Carrefour, las cartas del banco las ordenaba en una carpeta. Ahora también lo hacía, pero ya no se la follaba como antes. La llave se le escapa de los dedos al darse cuenta lo soez que le ha salido ese pensamiento. Pero es cierto, y vuelve a intentar levantar la llave del agujero de la puerta del ascensor con el dedo. Y se da cuenta de que esos detalles que le dan la vida, poco a poco, han ido desapareciendo y se la van quitando. El que ya no recoja la mesa y siempre haga así como una broma sin gracia para sentarse en el sofá y muchas veces se tira un pedo. O lo de lavarse. Antes se lavaba todas las noches antes de acostarse. Ahora, incluso se acuesta vestido si se duerme en el sofá, que son la mayoría de noches. Y no recoge, no la ayuda en casa, siempre está cansado. Hasta para follar. Laura se vuelve a sorprender, pero ahora no se le escapa la llave. La aprieta con los dedos y por fin la saca y puede entrar a casa.
Laura no enciende las luces. Se compraron el piso hace cinco años. Obra nueva. Una finca de protección oficial. Tuvieron suerte. Con sus sueldos y el precio de los pisos. Tuvieron mucha suerte. Manolo duerme, aunque esta noche hay suerte, no ronca. Hace frío. Laura se desnuda de prisa. No puede dormir con pijama, todos le dan alergia. Por eso a veces piensa que se casó tan... así. Por no seguir pasando frío en la cama. Se quita el sujetador, y lo deja caer al suelo, mañana lo recogerá todo. Se mete a la cama con cuidado y los pies helados. No quiere despertar a Manolo pero sí se arriesga a pegarse a su cuerpo calentito de pijama.
Uy, malo, Manolo se ha despertado. Manolo se da la vuelta, la besa con sueño y los ojos cerrados. Laura se sorprende. De hecho, Laura pasó la siguiente hora de su vida mas sorprendente de gusto que hubiera podido imaginar. Lo que hizo aquella noche debajo de un edredón tuvo dedos que no había esperado encontrar ahí ni en sueños, tuvo movimientos, tuvo un aliento, tuvo una voz, tuvo un cuerpo que enseguida Laura descubrió que no era el cotidiano, que ese no era su marido, que se debía haber confundido de piso, pero que ese polvazo la estaba volviendo loca, que se la estaba follando el vecino de abajo y que no había estado tan excitada en su vida, que los orgasmos le recorrían el cuerpo sólo del morbo de pensar que en cualquier momento él se daría cuenta, encendería la luz la varía a ella atravesada encima de él... y... no podía... no podía... parar... aquello era...era... explosivo... era... ¡ERA!
Serían las doce de la mañana cuando Laura se despertó, Manolo estaba haciendo café en la cocina, ya estaba duchado y vestido, lo cual quería decir que el cuarto de baño estaría hecho un desastre. Cuando Laura asoma por la cocina, Manolo le dice que ha subido la chica del primero, que te dejaste las llaves en el buzón, que cómo entraste, que con la del ascensor, ah, la pudiste sacar, sí, y Laura sonríe, ¿por qué sonríes?, porque soy muy feliz, Manolo, porque te quiero mucho, y yo, Laura, no, eso no lo tires, que lo ordenaré yo, me bajo a la calle, ¿quieres algo del Mercadona? No, bueno, sí, crema hidratante y depilatoria, ah, y hazme una copia de esta llave, ¿de la del ascensor, para qué? Laura sonríe. No sé, por si acaso. Por tener dos.
Texto: Álvaro García.Ilustración: Álberto Montt.