domingo, 30 de agosto de 2009

SU PUTA MADRE

Nada más presenciar cómo Felipe había vapuleado a Sonia, su mujer, delante de todos, en las escaleras del Club Polideportivo Municipal, simplemente por dejarle la bolsa de la ropa en medio de la puerta diciéndole que se la llevase él, hasta dejarla en el suelo con la boca rota y todos pudimos sujetarlo a base, es cierto, de empujones y golpes, hasta arrinconarlo en la taquilla y poder llamar a la Guardia Civil, lo que todos deseamos fue que su puñetera madre bajara, lo viera y... ver si de una puta vez abría los ojos aquella vieja hija de puta.
Cuando Felipe tenía ocho años, en la escuela, a Danielito, que tenía una pierna un poco más corta que la otra, lo estampó contra uno de los postes de la portería y Danielito se quedó sin respiración y sin tres dientes sólo porque no quiso dejarle la pelota de fútbol a Felipe. Pero cuando la madre de Felipe bajó a hablar con el director y con los padres de Danielito, no dejó de defender a su hijo y de insistir en que lo que tenían que hacer con Danielito era llevarlo a un colegio especial o dejarlo sin patio, pero que no se creía que su hijo lo hubiera empujado.

Cuando pasamos a sexto de EGB, un maestro nuevo que tuvimos, nos hizo un concurso de preguntas a todos en fila en la clase, y cuando le tocó a Felipe, le preguntó cuáles eran los animales ovíparos, y Felipe dijo que los que tenían huevos, y todos nos reímos un montón, pero Felipe, rojo de rabia, se giró y empezó a pegarle patadas en la espinilla a María Elena que llevaba una faldita así con calcetines de ganchillo. Pero cuando la madre de Felipe bajó a hablar con el maestro nuevo y con los padres de María Elena, que aún estaba llorando, lo único que defendió la madre de Felipe después de escuchar la historia era que tenían que echar a un profesor que dejaba que los niños se rieran de su hijo, y de hecho, que les estaba bien empleado y que ella hablaría con el inspector de educación para que echaran a un maestro así tan malo.

El día en que hicimos la primera comunión, luego por la tarde, nuestros padres nos dejaron a todos salir a la piscina del Club Deportivo Municipal y bañarnos para nosotros solos. Pero Felipe, que no sabía nadar muy bien, empujó a César el Bufo, que no era de los más listos de la clase, a lo bajo de la piscina y luego se tiró encima de él y se lió a acapuzarlo que porque Fernando, que era de los que más corría, fue a buscar a los padres, que si no, lo ahoga y todos nos quedamos que ya ni quisimos bañarnos porque se puso hasta morado el pobre César. Pero cuando apareció la madre de Felipe en medio de todos los padres de baile, y los críos explicamos lo que había pasado y todos dimos la misma versión y todos coincidíamos en que el César no le había hecho nada, la madre de Felipe se puso como una loca y empezó a decir que nos iba a denunciar a todos por haber dejado que los críos se bañaran en la piscina sin el socorrista. ¡Pero si ella era una de ellos y ni se acercó por la piscina, estuvo toda la tarde en el baile!

Cuando cumplimos los catorce y nos fuimos de Viaje de Fin de Curso de 8º de EGB, intentamos por todos los medios que el Felipe no se viniera, de hecho, nadie nos hablábamos con él y se sentaba siempre en la última fila junto a las estanterías; pero entonces se enteró la madre, que se lo diría él, y dijo que o le dejaban ir a su hijo o denunciaba a los del AMPA. Y le tuvimos que dejar venirse a Mallorca, pero cuando ya estábamos en el barco decidimos que nadie dormiría en su cuarto, que yo, que me había tocado con él, que dormiría con el Crespo y el Esteban, pero que lo íbamos a dejar solo. Pues antes de que el barco se fuera, el Felipe cogió el extintor en su cuarto y lo vació, el muy imbécil, y entonces después de un follón, nos echaron del barco y se jodió el viaje. Nos quedamos sin puto viaje de fin de curso por culpa de que el muy imbécil no había visto un extintor en su vida y quiso probar a ver cómo iba. Pero es que, cuando en el despacho del puerto, el director del puerto le dijo a la madre de Felipe que había sido su hijo, encerrado en su cuerto con cerrojo por dentro porque tuvieron echar abajo la puerta y allí no había nadie más, él sólo el que había abierto el extintor. La madre de Felipe, con su hijo, el único cubierto de espuma hasta el pelo y los demás críos más limpios que un pincel. La hija de puta de la madre de Felipe lo único que defendió fue que le teníamos manía y que ya no había querido que viniera y que lo habríamos encerrado, que yo era un crío muy malo y se me habría ocurrido a mí, que lo habríamos encerrado y le habríamos echado con el extintor y que encima que casi se lo mataban, encima queríamos echarle la culpa a su hijo, que nos iba a denunciar a todos, y de hecho, la muy hija de puta nos denunció y el hijo de puta de su hijo nos jodió el Viaje de Fin de Curso.

Por eso, cuando el Felipe empezó a vapulear a la Sonia, he de reconocer que todos nos quedamos un poco parados y tardamos unos segundos en reaccionar, porque es que no había tenido motivo alguno y todos lo habíamos visto ni hay motivo que justifique la paliza que le pegó en un momento a la única chica que se había dignado a salir con él, porque por la cuesta bajaba la madre de Felipe y lo vio todo, absolutamente todo, desde que ella dejó la bolsa de la piscina en el suelo hasta que él la cogió por los pelos, la tiró al suelo le pegó el primer puñetazo en la boca, la muchacha se intentaba tapar con las manos, él la arrastró por el suelo, lo sujetamos, le lanzó patadas mientras lo llevábamos a golpes hasta la taquilla. ¡Y lo vio todo! ¡Absolutamente todo! ¡De una puta vez la muy cabrona no iba a poder decir que era mentira porque lo había visto todo!

Cuando la madre de Felipe bajó corriendo la cuesta y llegó hasta la puerta del Club Polideportivo Municipal donde teníamos a su hijo encerrado en la taquilla golpeando los cristales y diciendo que nos iba a matar a todos con los puños despellejados en sangre, lo único que le preguntó acariciando el cristal fue:

-¿Qué te han hecho esta vez, mi vida?


Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

viernes, 28 de agosto de 2009

RELATO: EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO.

Ella siempre tuvo complejo de culo gordo, por eso solía usar faldas. Él era un cantante de esos de barba de tres días, que empezaron en los bares y acabaron llegando en furgoneta a los pueblos las noches de verano. Ella se sabía todas sus canciones desde niña, mucho antes incluso de tener el culo gordo y esa horrible cicatriz en el cuello de cuando le cayó la cafetera hirviendo de pequeña; lo vio llegar esa tarde de agosto desde el banco de la plaza donde se sentaba con el resto de las amigas, esas que habían tenido hijos y los perseguían con la merienda en la mano mientras ella les sujetaba el pan y se le pasaba el arroz.
Hizo algo totalmente extraordinario ella, algo que no se hubiera imaginado cinco minutos antes de que él llegara, con sus gafas de sol y su camiseta negra, con sus canas por las patillas y su sonrisa de golfo mujeriego para preguntarles, señoras, si sabían dónde podría estar el alcalde. Totalmente extraordinario, se fue a casa de sus padres, subió a su cuarto y se depiló. Pero esa depilación meticulosa con maquinilla fue solo el principio de cien cosas más extraordinarias que Aurora la maestre hizo esa tarde y gran parte de la noche.

Primero: se subió a cenar ella sola a la terraza del bar. En fiestas. Por lo que no encontró mesa y Aurora acabó cenando sola en la mesa de los quintos junto a la mesa del cantante y los músicos.

Segundo: ceno con vino y consintió con poco disimulo las miradas de los jóvenes a su escote cuando se estiraba a coger papas al centro de la mesa.

Tercero: se pidió una botella de champán pequeña para ella sola pero todos la oyeron pedirla y al final los quintos la pidieron grande y todo el pueblo la vio beber champán.

Cuarto: pese a que todos los quintos le ofrecieron, ella, después del champán, se levantó y le pidió fuego al cantante. Para sorpresa de todos, no sólo el cantante le dio fuego con un mechero de esos roqueros, sino que Aurora se tragó el humo y no tosió. ¡Aurora fumaba!

Quinto: durante toda la verbena, estuvo saltando y cantando las canciones del cantante con el resto de quintos o ella sola a veces, incluso se pidió varios combinados de piña con Licor 43.

Sexto: cuando la verbena acabó, Aurora la maestra seguía en la plaza cantando y bailando como una quinceañera.

Séptimo: mientras los músicos recogían, Aurora se dejó llevar por el cantante a la furgoneta y luego, los que aún quedaban en la plaza viendo amanecer, la pudieron ver salir peinándose y un poco con los pies redondos.

Después de aquella noche extraordinaria, Aurora la maestra fue la comidilla de todas las tertulias de las fiestas. Aunque ella no volvió a hacer nada extraordinario. Aunque ella volvió a sentarse en su banco y ponerse su chaquetilla de punto cuando empezaba a refrescar y acostarse pronto y jugar con los hijos de sus amigas mientras ellas bailaban algún pasodoble con sus maridos.

Sin embargo, días después, cuando las fiestas habían acabado y todo el pueblo volvió a la rutina y el desierto de septiembre, Aurora fue al cartero y le entregó una carta una mañana. Eso es cierto pues lo supo todo el pueblo, como también supieron que la carta iba dirigida al cantante con una dirección así como de oficinas. También es cierto que la vieron algunas noches llamando por teléfono en la cabina de la plaza. Y que más de una vez la cabina sonaba a las tantas de la madrugada y en casa de Aurora se encendía su ventana.

Y aunque Aurora no hablaba de sus cosas con nadie, todos comenzaron a notarla como preocupada o triste, con la mirada perdida, sobre todo, sin atender a las conversaciones de siempre.

Comenzó el curso y su clase de siete niños volvió a poblarse en un pueblo tan pequeño que todas las madres eran amigas suyas, y todas, quizás por ello, se atrevieron a preguntarle qué le ocurría, y Aurora sólo, después de mucho insistir, sólo consintió en explicarles que era por el cantante, que... que había sido una locura, que nunca debía haber hecho eso, que si hubiera sabido...

Y se quedaba con la mirada perdida.

Y todos temían que pudiera hacer una locura.

Hasta que una tarde la vieron llorando en el banco de la plaza, con el periódico en la mano: el cantante de la camiseta negra y la barba de tres días se había suicidado por amor, por un amor de verano, por una maestra que le escribió una sola carta, pidiéndole por favor, que dejara de llamarla y la olvidara.


Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.