domingo, 25 de octubre de 2009

EL VIGILANTE DEL COTO.

Constancio le dijo que no le habían pagado, pero que le habían prometido que la semana que viene.
Ella le llamó imbécil y le dio la espalda para seguir ligando la mayonesa en la cocina.
Constancio se salió a la calle, era una agradable noche de abril y el pueblo entero olía al azahar de los naranjos en flor; constancio se sentó en el poyo de la puerta, con las manos entrecruzadas y pensó que alguna solución tenía que haber. Al momento se levantó y se marchó al bar.
El bar era un cuarto rancio de techos altos y amarillos por el humo donde los hombres jugaban a las cartas y apuraban carajillos. Allí estaba don Leoncio. Constancio le pidió un momento por favor si podían hablar a solas y don Leoncio, bromeó diciéndoles a los demás que "va a parecer que me debes dinero", luego dejó las cartas sobre la mesa, se detuvo la partida y salió un momento afuera descorriendo la cortina.
Cuando Constancio volvió a casa, ella ya estaba en la cama, Constancio encendió la luz de su lamparita y le enseñó el dinero, ella lo maldijo por haberla despertado. Pero a la mañana siguiente, cuando Constancio despertó, ella ya no estaba ni el dinero tampoco.
Por casualidad o no, Constancio supo por el del banco que la deuda seguía pendiente, que él no sabía de ningún dinero ni de su mujer, que él lo único que sabía era que o "pasao mañana a más tardar" le llevaba el dinero, o la huerta pasaría a manos del banco. Y Constancio entrecruzó así las manos y con ellas limpias se volvió andando a donde los Rafaeles a volver a pedirles lo que le debían por la obra del corral. Pero los Rafaeles, que "erre que erre", que ellos ya le habían dicho que la semana que viene, que a qué santo tenía que venir él todos los días a "darles la tabarra" con la misma "monserga". Y que a ellos bastante les preocupaba lo suyo como para preocuparles si él perdía la huerta o, aquello ya notó Constancio que se lo respondían con sorna, "si no sabían ande se había metido su mujer".
Cuando Constancio volvía a su casa, se cruzó con uno que olía a colonia y bien peinado metiéndose el faldón de la camisa por dentro de los pantalones y fumando un purito fino de señorito por medio de la calle, ni lo saludó porque no lo conocía, pero cuando entró  su casa, pudo seguir el rastro de esa colonia hasta su cama de matrimonio, donde ella se estaba lavando bajo la falda en el rincón del aguamanos.
Constancio le preguntó si le habían dado recibo en el banco del dinero porque le explicó que allí le habían dicho que no había ido nadie a pagar la deuda. Y ella le contestó a gritos que cómo coño iba a conseguir dinero un gandul como él que a las once de la mañana aún estaba dando vueltas por el pueblo. Y Constancio agachó la cabeza y se marchó mientras ella seguía en cuclillas lavándose en un rincón como una esquina.
Sin saber muy bien qué hacer, Constancio quiso darse una vuelta por la huerta de su padre que tantos quebraderos de cabeza le daba desde el día en que ella lo convenció de aquello, de pedir prestado el dinero al banco para pagarle una operación a su hermana. Y aunque él no vio nunca a la hermana, que se supone, vivía en la capital, ella le hizo firmar casi a rastras y sacó el dinero y él ya no supo nunca más que fue de él. Sin embargo, al pasar por la tapia del cementerio vio a la cuadrilla de Jacinto y se acercó a preguntar a ver si había suerte y tenían faena para él, pero aunque lo saludaron con el cariño de compañeros de trabajo, Jacinto le dijo que mala suerte, que si hubiera ido a primera hora de la mañana, que habían tenido que llamar al hijo del Gerardo, que lo hubieran cogido a él, y Constancio sólo les pudo contestar que había tenido que ir al banco.
A la hora de comer, Constancio entró a su casa, pero allí no había comida, su mujer se estaba peinando en el corral, al sol y ni le contestó cuando le preguntó por la comida, es más, de hecho, empezó a cantar una copla como si la llevara cantando toda la mañana. Constancio decidió marcharse a casa de su hermano.
En casa de su hermano, Constancio fue bien recibido, comió algo de lo que había quedado, jugó con el crío pequeño y les explicó de nuevo cómo había empeorado la situación. Abel, su hermano, volvió a insistirle en que lo que tenía que hacer era darle una paliza a la zorra de su mujer porque todo el pueblo sabía que le sacaba el jornal a él para dárselo al "señorito". Pero Constancio sonrió así como sonreía él y le aseguró dando noes con la cabeza que aquello era imposible, que eso eran todo mentiras.
-Dile que esta noche te quedarás regando la huerta. Dile que esta noche te toca regar y que no volverás hasta que amanezca. Dile que estarás toda la noche en la huerta. Díselo y veremos quién miente.
Pero Constancio, que no era la primera vez que escuchaba aquella proposición de su hermano pequeño, como siempre, se marchó sin hacerle caso. Cuando volvió a su casa, sin embargo, se encontró al señorito dentro, y aunque él no pidió explicaciones, ella le dijo que había venido para ver si les podía prestar algo de dinero, pero que a cambio, le iba a dar trabajo, que se fuera esta noche de guarda al camino del coto, que él le pagaría mañana y si lo hacía bien, quizás fuera para siempre el trabajo y tuviera que vigilar todas las noches el coto.
Constancio, sinceramente emocionado, se quiso abrazar a su mujer pero acabó cogiéndole las manos al señorito para besárselas por el favor que le hacía y que le iba a demostrar que no "siba arrepentir del".
Cuando sonaron las tres de la mañana en el reloj de la iglesia, una sombra furtiva cruzó el pueblo mal iluminado por la Luna y cuatro farolas. Subió por la calle de la báscula con la cabeza agachada y las manos en los bolsillos. Torció por la esquina del Olmo y se detuvo en una puerta de madera con un poyo a la derecha. Llevaba una viejísima escopeta colgando del hombro.
Constancio abrió la puerta de su casa, cruzó el pasillo y se plantó en su habitación, a los pies de la cama, completamente en silencio y a oscuras, como alguien que sabe andar a ciegas por su casa, cogió la escopeta y apuntó a la cama, tocó con el cañón ál cuerpo que iba a estar en su lado del lecho y, cuando lo notó despertar:
- Que me estaba preguntando yo, que si a usted le viene bien, si usted me paga mañana, lo del trabajo, por mí bien, pero hágame usted el favor y adelánteme algo mañana mismo y déjeme que pague yo la deuda con el banco y le juro yo a usted, por mi señora aquí presente, que no se arrepentirá de haberme "dao faena", que le voy a vigilar el coto a usted, vamos... como si fuera mío.


Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

domingo, 18 de octubre de 2009

MI PRIORIDAD


A veces me paso un domingo entero sentado en el suelo viendo jugar a Tomás. Ahora tiene un diente y nueve meses y le encantan las etiquetas de los peluches. Cuando lo baño, le echo agua caliente con la mano por la espalda y pienso que algún día olvidaré todos esos pequeños detalles que ahora estoy viviendo. De hecho, me cuesta recordar hace unos meses, cuando nació y casi me cabía en la mano.
Tomás se parece tanto a mí que a veces me parece que me veo en sus ojos esperando a ver todo lo que vi. Es cierto, es cierto que tener un hijo te cambia la vida porque ya dejaste de pensar en ti y esa dejadez adolescente en los detalles cotidianos es superada por la doctrina de hacer lo mejor posible para que él sea feliz. Supongo que se llamará responsabilidad.
A veces, me siento delante de este ordenador y escribo una frase, entonces levanto la cabeza y lo veo, mirándome, con su juguete en las manos, y me sonríe, y dejo de escribir. Porque es que tengo una prioridad.
Mi prioridad no es que Tomás sea lo que yo nunca pude ser: arquitecto. Aunque quisiera que lo fuese. Mi prioridad no es que Tomás evite los errores que yo cometí. Mi prioridad es que Tomás llegue a ser lo que fue su bisabuelo, el que le ha dado el nombre: un anciano bueno rodeado de su familia que murió al poco de morir su mujer, sin la cual, apenas durmió más de tres noches separado mientras estuvieron casados. Pienso que todo lo demás no será prioritario en su vida: el éxito, el dinero, la lucha, la tierra... son solo senderos por los que caminar. Lo importante es ser. Lo importante es la compañía.
Por suerte, Tomás ahora es un bebé gordote que se pasa el día riéndose con cualquier cosa y al que le encanta salir a la calle y todo el mundo lo saca del carro y dicen que pesa mucho y él se mete el dedo en la boca pues tiene un diente y le gusta mordérselo y se sienta en el suelo y me mira y pienso que mi coche está viejo y alguna mañana dejará de arrancar, que debería comprarme calcetines sólo por tener una pareja igual, que esta chaqueta ya está vieja... pero no me importa. Mi prioridad es otra.
Mi prioridad es que Tomás mueva ese culote gordo que tiene y aprenda a gatear de una vez. Mi prioridad es que Tomás duerma esta noche de un tirón y no se despierte, y si se despierta que me despierte antes yo y que sepa lo que tiene. 
A veces miro a los libros y pienso que ya no recuerdo en qué año se publicó por primera ver La Regenta, en que ya no recuerdo cómo se llamó el amor que destrozó la vida de Larra, en que se me está olvidando la última escena del Tenorio... y pienso que no es cuestión de tiempo, sino de las cosas que cambian. 
Tomás me enseña cosas extrañas, me enseña cómo aprendemos por rutinas, me enseña cómo asociar necesidades, deseos y placeres en una misma cosa, pero sobre todo me enseña que en esta vida, lo que realmente importa, a lo que hay que prestarle atención, es a las cosas que cambian. Todavía no sé muy bien qué quiere decir eso, pero sé que, entre mordiscos que me da cuando lo abrazo, entre sus pellizcos cuando lo acuesto, entre sus risas cuando le muerdo la tripa, está mi prioridad.

(Siento haberos aburrido, pero no he podido evitarlo, pensé que quizás él, algún día, lo quiera leer.)

domingo, 4 de octubre de 2009

EL NIÑO DE LOS GUANTES EN EL DESIERTO.

Hay personas que se escapan de tu vida como el agua en una gota entre los dedos; otras, en cambio, se esfumaron un día como polvo al viento de un desierto que será tu vida a partir de entonces. Y ni los años contados uno a uno de una vida entera podrán con las noches de soledad para seguir acordándose de ella.
Ella se llamaba Carmen, aunque todos en el colegio la llamaban Carmencita porque así la llamaban en casa. Él, Manuel, quizás el único al que jamás llamaron Manolo, siempre Manuel. Quizás por lo paciente. Aunque en realidad, Manuel siempre fue un niño ilusionado pero funesto. El día en que lo bautizaron, Manuel Gómez Alarcón, su abuelita del alma se murió de un patatús allí a los pies mismos de la pila, con la mantilla y todo que estiró la pata; sin embargo, Manuel recordó siempre aquel día con mucha alegría. Es más, cuando tres días la fueron a enterrar y volvió su pequeño nieto a entrar a la iglesia con el ataúd y el cadáver de cuerpo presente, al cura se le agarró una angina de pecho que provocó que se cayera todo lo grande que dentro del ataúd, o lo que es lo mismo, dentro de la abuela.
Como quiera que se corriese la voz enseguida, resultó que el niño le había cogido cariño al oficio y se presentó al poco de la recuperación a oposiciones de monaguillo allí mismo, que no consistían, entiéndase la metáfora, en poco más que mostrarle al sacerdote recién dado de alta si sabía el niño arrodillarse al momento y tocar la codiciada campanilla. Por supuesto, Manuel, que había ensayado en su casa, aprobó a la primera y al domingo siguiente entró a la iglesia poco antes de las nueve más relamido que un San Luis y en cuanto tocó la campanilla, al cura le volvió a dar otra angina de pecho. De hecho, volvióse a recuperar el párroco, volvió Manuel a misa, volvió a llegar el momento de la campanilla, y volvió el cura a caer redondo como fulminado por un rayo. Aunque esta vez sí, esta vez hubo algo diferente:
- Al crío... ¡al crío! -gritaba el párroco con un susurro moribundo mientras lo sacaban en volandas- ¡al crío no le dejéis que se acerque a la iglesia y mucho menos que toque la campanilla que de la siguiente no me salva ni San Benito!
Visto así, es fácil entender la fama con la Manuel fue superando cursos en su colegio hasta llegar a séptimo y a don Marcial, maestro de Matemáticas, que cada vez que lo veía acercarse notaba un pinchazo en el lado izquierdo y ahogos y mareos y veía en aquel niño del demonio un cenizo de tamaño descomunal como bien le había hecho entender su párroco hermano, decidió proponer al niño para que se saltara un curso directamente y mandarlo a octavo sin dilación. En el claustro que se reunió para tal menester se encontraba don Lucio, que un día le alborotó el pelo a Manuel como quitándole importancia a la superstición y al día siguiente amaneció calvo él, pero calvo de que tenía que enseñar dos veces el carnet de conducir; estaba doña Angelina, que desde que aceptó darle dos besos al maldito niño en quinto para despedirse del verano, se le había descolgado uno de los pechos hasta rozarle el ombligo y obligarla a llevar un sostén adaptado con dos lados cosidos que eran distintos; y estaba don Marcial, el hermano del cura con anginas de pecho; y estaba doña Josefina, que un día tuvo que recoger a los niños del patio porque llovía y sin darse cuenta tocó a Manuel y a partir de ese día se le fue la regla y ya no le había vuelto, también es cierto que sucedió a sus buenos cincuenta y cuatro, pero bueno, fue ese día. Y ese día mandaron a Manuel a octavo.
Como es de suponer, a Manuel lo sentaron en el último banco, lo más lejos posible y la única persona que aceptó su lado fue Carmencita Pérez y sus trenzas rubias. Como era de suponer, al día siguiente, Carmencita no fue a clase pues había cogido la rubeola; volvió al martes siguiente y él miércoles llamó su madre explicando que la niña tenía paperas; volvió a la semana siguiente y al poco la tuvieron que operar de anginas; volvió y varicela; volvió y se cayó en el patio y se cortó y la tuvieron que vacunar del tétanos; volvió y se sentó muy seria junto a Manuel, que la miraba desde el primer día que si la fuera a besar al darse la vuelta.
- Mira, Manuel, he estado pensando mucho estos días que he estado enferma y he llegado a una conclusión: yo sé que te gusto, tampoco es que disimules mucho, eso es verdad; y tú a mí...
Manuel, sentadito en su pupitre doble de madera, sin escuchar la batalla de Aljubarrota, abrió unos ojos como platos para que Carmencita prosiguiera y el mundo siguiera detenido.
- Tú a mí me haces gracia. No te lo voy a negar.
Manuel, con el rostro blanco y los labios amoratados, volvió a respirar.
- Pero yo lo he estado pensando y no sé yo si esto va a ser posible, Manuel. ¿Tú me has visto? Mirarme ya sé que me miras. ¿Pero me has visto? Si cada notita que me has dejado en el cuaderno me ha tocado estar una semana mala...
Manuel agachó la cabeza.
- Pero por eso te quería decir, que yo lo que creo es que nuestro amor es imposible.
Manuel empezó a hacer pucheros mientras la batalla de Aljubarrota era leída por delante de él.
- Que no, tonto, que a mí eso me hace mucha gracia, que lo que te digo es que me gusta eso de que lo nuestro sea imposible. Que sí, que me dejes de escribir notitas, bueno, no, pero que sí quiero salir contigo. Pero que te pongo una condición, que nunca te quites esos guantes tan feos que llevas hoy, pero que sí, que si no te quitas los guantes, estoy segura de que nada malo me puede pasar y podremos ser novios de un amor imposible.
Al día siguiente, Carmencita fue ingresada de urgencias en ambulancia por un ataque repentino de asma.

Pasaron los años, Manuel creció y se hizo un banquero, a veces pasa. Se compró una casita de campo alejada de un pueblo alejado de aquel donde creció y se dedicó a vivir solo. Al principio tuvo perros, pero todos acabaron... Y Manuel, el director de la sucursal del pueblo, el hombre que nunca atravesaba la ventanilla y que siempre sonreía de lejos, descubrió la jardinería, se hizo un amante de la botánica con la pasión de quien tiene un don para que le vivan todas las plantas. A tal extremo llegó su amor por las flores, los arbustos y frutales, que su chalet se convirtió en punto de paso necesario en cualquier paseo de tarde sólo por contemplar la frondosidad y delicadeza armoniosa de su jardín botánico. Así pasó su vida. Así fue contando años y billetes hasta llegar al infinito con los ajenos y a cincuenta con los propios.

Así hasta que un día, una señora de rostro delicado y arrugas finas hizo la cola de ventanilla y acabó sorprendida al descubrir que era su banco.
-¿Manuel? Perdone. ¿Eres Manuel? ¡Ay, qué casualidad! ¡Soy Carmen, Carmencita, del colegio! ¡Qué no te acuerdas de mí!
Y Manuel, que se había pasado la vida llevando esos guantes de niño en los bolsillos, sonrió, cruzó por primera vez la ventanilla y saludó a esa señora mayor de arrugas finas que lo había encontrado. Y accedió, dio un par de órdenes extraordinarias y cometió la locura de salirse con ella a tomar dos cortados en el bar de enfrente.
- Pues me casé, Manuel, mira, qué te voy a decir, aquí llevo la foto de mis dos nietos. No, no lo conociste. Fue uno de fuera. Juan, se llamaba. Mi Juan. Murió. Sí, murió hace dos años. Gracias. Por eso yo he decidido venderlo todo y venirme a vivir aquí cerca de mis hijas. Ahora soy abuela, Manuel. Ay, qué impresión me hace decirte a ti esto. Ay, Manuel, cuánto tiempo. ¿Te acuerdas? ¿No te acuerdas de cuando yo te decía en el colegio que me gustaba nuestro amor imposible? Ay, Manuel, qué niños que éramos... Ay, Manuel... ¡Oye, se me acaba de ocurrir una cosa! ¡Esto no se puede quedar así! ¡Quedemos a cenar una noche! ¡Tú vives por aquí! ¡Ay, no me digas que eres tú el del jardín ese tan bonito! Ay, eso lo tengo que ver Manuel, no hay más que hablar, ¿qué prefieres, Manuel, qué prefieres, me invitas a comer o cenar?

Y Manuel, con los ojos como platos nuevos de cincuenta años, apretó sus guantecitos de niño en el bolsillo, sonrió y sólo dijo:
-A cenar.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.