domingo, 24 de enero de 2010

MI VIDA COMO PROFESOR (Capítulo III)

El lunes en que conocí a Bruno, fue el mismo día en que mojé, y que yo mojase no era, he de decirlo, algo habitual; no porque me hubiera vuelto a poner los pantalones estrechos, sino porque guapo, lo que es guapo, nunca he sido, y si a eso le sumas que cuando intento bailar en las discotecas acabo pareciendo un gay con hemorroides, entenderás que conseguir que aquella chica se fijara en mí y se me llevase a su piso de dependienta soltera en el C&A, fue algo realmente inusual que me provocó una sonrisa imborrable en mi cara de tonto aquel lunes por la mañana que nadie me podría borrar. O eso creía yo...

Cuando el jefe de estudios llamó a la puerta de la clase yo estaba intentando conseguir que mis queridos niños sacaran la libreta y el libro y se pusieran  a leer el cuento del Conde Lucanor y que dejaran de hacer chistes sobre lo primero que soltó Ricardo Amador Montoya, mi gitano de la latilla de mejillones:
- ¡Ahí va, el profe ha follao!

Por eso me vino bien que el jefe de estudios llamara a la puerta para decirme que por fin podía presentarme a mi siguiente alumno, Bruno. Pero el muy tunante del jefe de estudios lo hizo de una manera que me engañó, porque me cogió así por el hombro, como para contarme una confidencia y, mientras me giraba; el conserje aprovechó para colar de un empujón a Bruno y cerrar la puerta rápido como si hubiera metido un tigre salvaje.

- Verás, Álvaro, Bruno es un alumno un poco especial. No, no me mires así. Te aseguro que Bruno es totalmente dócil, no te dará ningún problema de conducta. Más bien, al contrario, te agradecería que lo protegieras de los demás porque Bruno es... ¿cómo te diría yo? Bruno es... muy sensible. Eso, muy sensible.
- ¿Cómo que muy sensible?
- Tú... tú ya me entenderás, Álvaro.

Y se fue.
Y me sorprendí. Cuando abrí la puerta, mi clase estaba completamente en silencio. Pero un silencio como el de los vampiros cuando van a comerse a... Bruno, enseguida lo localicé, pues se había sentado en primera fila, mi primera fila desierta. Mientras que el resto de mis queridos niños: Ricardo "El gitano", Torres "El porrero", Kevin "El niño-petardo", Abelino "El amanerado", Jonatan "El ex presidiario" y Aurelia "La rumana del tanga", se sentaban todos en la última fila o junto a las ventanas.
Pero los muy cabrones no despegaban ni mu, estaban todos callados como si temiera que fuera a pasar algo.

- Bien, Bruno, bienvenido a clase, ¿cómo estás? ¿Te apetece contarnos algo sobre ti para que te conozcamos mejor?
- Nosotros ya lo conocemos, maestro.-Me quiso advertir Ricardo con su acento gitano.
- Bueno, bien, pero yo no. ¿Le vais a dejar hablar o no?
- Mejor que no, maestro, háganos caso.-Sentenció Jonatan con su tono de recién salido de la cárcel.

A esa advertencia respondió Bruno, mi pequeño Bruno, girándose en silencio y lanzándoles una mirada de perdonavidas que, de manera impresionante, los dejó callados a todos.
- Pues me da igual, Bruno, por favor, ¿te quieres levantar...?
- No, no, que no se levante.-Pidió Torres desde su palidez somnolienta con la cabeza muerta encima de la mesa.
- ¡Pero bueno! ¡Ya está bien! -Me impuse yo.-¡Aquí se hace lo que yo diga y punto! ¡Bruno! ¡Si no te quieres levantar, me da igual, venga abrid todos los libros y...
Mientras yo decía eso, mis alumnos en la fila de atrás me hacían gestos cada vez más desesperados para que no chillara, pero yo no les hice caso, pensaba que se estaban metiendo con mi pequeño Bruno y no entendí hasta que, por el olor nauseabundo no pude acabar la frase.
- Pero... ¡Pero...! ¡Bruno! ¡Te has cagao! -Se me escapó.
- ¡Que no chille, maestro, que no chille, que si se encana aquí nos ahogamos tos! -Me advirtió por fin Ricardo con su acento gitano.
- Pero bueno, esto ya es intolerable. Bruno, no me querrás decir que si alguien levanta un poco la voz tú relajas esfínteres.
- ¡Que no, hombre, que no se entera, maestro! -Habló Abelino con su tono amanerado.-Que el Bruno se tira pedos si le chillan. ¡Que parece usted que no se entere!
- ¡No chilles tú! -Le chilló el Kevin con su aceleramiento habitual.
- ¡Que os calléis tos, copón! -Quiso sentenciar el Jonatan.- ¡Y tú, Abelino, abre la ventana que aquí nos vamos a ahogar tos!
- Pero vamos a ver, ¿es que no me puede tocar un niño normal, sólo uno? Pero si, si con lo pequeñito que eres, Bruno, pero ¿cómo puedes oler tan mal por dentro?
Y encima es que el pobrecito de mi pequeño Bruno no decía ni mu, él era un niño encantador con sus pantaloncitos planchados y su raya al medio meticulosamente peinada. ¡Pero el muy cabrón no dejaba de tirarse pedos y los otros críos chillando y abriendo las ventanas y aquello ya era imposible y entonces crucé la clase con total decisión para agarrar a Bruno y sacarlo fuera y devolvérselo al jefe de estudios y...!
- ¡No lo toque! -gritaron todos mis alumnos al mismo tiempo.
Pero ya era demasiado tarde, yo había agarrado a mi pequeño Bruno por el brazo y él, como una culebra, se había girado y me lanzó un escupitajo certero en el ojo.
- ¡Apartaros, apartaros que ahora lo ha destapao!
Y qué razón tenía Ricardo con su acento gitano, pues Bruno se puso como loco y empezó a lanzar escupitajos a diestro y siniestro con una puntería increíble a las caras mientras yo lo intentaba arrastrar hacia la puerta y encima sólo hacía que relajar esfínteres que no sabía si taparme la nariz yo por la peste que había liado en la clase o taparle la boca a él, que estaba como poseído, para que dejara de escupir a todos. Hasta a Aurelia, que no había dicho nada en toda la mañana y que se tuvo que tapar con la carpeta.

Sin embargo, con echarlo fuera del pasillo no arreglé nada, pues enseguida escuché la voz del profesor de guardia que debía dirigirse hacia Bruno para preguntarle a gritos:
- ¿Tú qué haces ahí fuera...? ¡¡¡Coño!!! ¡¡¡El crío que escupe!!! ¡¡¡Fuera!!! ¡¡¡Fuera!!! ¡¡¡Lejos!!! ¡¡¡Director!!! ¡¡¡Director!!!

Durante el recreo, como ya iba siendo habitual, acabé en el despacho del director, esta vez el caso era Bruno.
- ¿Dónde está? -Le pregunté.
- Lo hemos encerrado en el despacho del psicólogo.
- ¿Con él?
- No,hombre, no. Solo. Luego abrimos la ventana y aquí no ha pasado nada.
- Yo, la verdad, señor director. Le hubiera agradecido que antes de metérmelo en clase... pues, me hubiera dado, si no ya las instrucciones de uso de este crío, sí las contraindicaciones.
- No, -se defendió el director-pensaba que como usted es así tan... tan parado, si me lo permite, pues pensé que nunca le chillaría y que así, a lo mejor...
En ese momento caí en la cuenta de que todo el pasillo de acceso a su despacho y el propio despacho estaban sembrados de escupitajos por las paredes.
- Pero, señor director, es que con los otros aún puedo trabajar, pero con este... no sé yo, que se avise a los servicios sociales, a la Guardia Civil... no sé, pero la familia tiene que ser...
- La familia es excelente, se lo aseguro, de hecho, pensaba que usted lo sabía, Bruno es hijo del alcalde, hijo único.
- Joder... Pero, entonces... ¿qué hago?
- Pues, es lo que hay, Bruno está medicado, ahora le están cambiando la medicación, pero el chiquillo reacciona así. Lo que hay que intentar es no chillarle y no tocarle, si se cumple ese protocolo.
- ¿Pero cómo quiere usted que no chille si mi clase es una jaula de grillos?
- Pues... no sé, Álvaro, pero piensa que es tu año de prácticas, y si las suspendes...
- Joder...

En ese momento me llegó un mensaje al móvil mientras el director sacaba su pañuelo de la chaqueta para intentar sacar a Bruno del despacho del psicólogo sin sufrir muchos daños colaterales.
"T echo de mens, churri. Sabs que? L h prguntado a mi tio y dice qu mi primo va a tu insti. T imaginas q l das clase. S llama Bruno. T suena?"

Y yo, viendo cómo el director lo sacaba tocándolo así con pinzas del despacho del psicólogo, sólo pude contestarle.
"Sí, lo llevo yo."

Y ella me contestó.
"Uy, que morbo! Me tiro al profe de mi primito."

Y yo pensé:
"Pues como sea cosa de familia, me parece que a ti no te voy a chillar ni aunque me mates."
Pero sólo le contesté:
"Sí, sí, menudo morbo..."
Y me limpié el escupitajo del ojo.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

domingo, 17 de enero de 2010

EL IDIOMA DE LA PIEL DE GALLINA. Cap. III. HOY MONTO EL PUTICLUB.

Amelia, mi mujer, era una zorra; por lo que me he pasado toda la noche pensando que la mitad del oficio de puticlub ya lo tengo aprendido. He desayunado en el bar de Teo y me he puesto a mirar a mi alrededor, con mi cara sin lavar y los pelos de recién levantado y la ropa de tres días sin cambiar, a ver si había alguna vecina que yo pudiera reclutar para mi puticlub (inmediatamente he pensado que tendría que hacer un cartel).
Concretamente, en el bar del Teo, un miércoles como éste, había seis mujeres (contando a la madre del Teo en la cocina), bueno, cinco: Elvira, la barrendera, no está mal, es rubia pero ha pasado de los cuarenta y se rumorea que está como una cabra porque se pasa la mañana insultando a todo el mundo por lo bajín, es decir, hablando sola, mientras barre; luego, sentadas en otra mesa, estaban las hermanas Koplovich, la Virtudes y Paquita, dos solteronas de más de cincuenta que se dedicaban a limpiar escaleras por el barrio y a atender a su madre, que se rumorea que pesa más de doscientos kilos, lo cierto es que mirándolas así con otros ojos, las Koplovich, con sus pelos y sus culazos y esos bolsos viejos, más que cobrar, lo que tendrían que hacer sería pagar porque se las ventilaran de vez en cuando; por eso ha seguido mirando y me he encontrado con la Luisa, la mujer del ciego que vende cupones, que ella tampoco ve tres en un burro y se sienta en la barra y se sube los pantalones por debajo de los sobacos y se nota que se maquilla ella sin espejo, pues parece que lo haga con ceras de estas plastidecor; luego, sentada con su perro, estaba doña Matilde, la viuda del barrio con su perrote faldero más viejo que Carracuca, medio calvo y sin dientes, que en sus tiempos puede que estuviera bien, doña Matilde, pero que a estas alturas de la vida, se había convertido, con todos mis respetos, en algo muy parecido a su chucho; por último, sentada junto a la ventana, me he fijado en Mónica, la polaca, una chica de unos treinta años que siempre va con unos escotes hasta el ombligo y que lleva un diente de oro y el pelo rubio de bote siempre recogido en una coleta, por lo que todos la llaman la rumana; nadie sabe muy bien a qué se dedica Mónica, aunque José Fran me dijo que era camarera del Diamante. Por lo que ya lo tenía más claro.
El problema ha sido que cuando iba a dirigirme hacia Mónica para proponerle un contrato de prostituta por horas en mi zapatería, se ve que la han llamado por teléfono y se ha salido ocupada sin pagar; y yo, que ya me había levantado, mientras el Teo se salía  a buscar a la Mónica, me he quedado parado y no le he visto más narices que sentarme junto a Elvira e iniciar una conversación más o menos parecida a esta:
- Hola, Elvira, ¿puedo hablar contigo un momento?
- Mientras no me pidas dinero...
- Pues mira, Elvira, no; más bien todo lo contrario. Yo lo que venía a proponerte (en ese momento he bajado la voz) es un trabajo.
- ¿Un trabajo tú? ¿De qué, de zapatera?
- No, concretamente de zapatera no, pues he estado pensando en darle un giro comercial a la zapatería.
- Ah, ¿sí? ¿Y qué piensas montar? Si puede saberse.
- Pues estaba pensando, Elvira, en un puticlub.
En ese momento, Elvira se me ha quedado mirando a los ojos como si me fuera a traspasar, y yo he pensado que me iba a pegar una hostia, me iba a tirar el café con leche hirviendo a la cara y se iba largar maldiciéndome por toda la calle. Pero...
- ¿Y tú crees que alguien va a querer pagar por acostarse conmigo?
- Hombre, Elvira, tú... estás... aún muy bien. Quiero decir, que yo te veo pasar todas las mañanas por el barrio y... la verdad, siempre he pensado: -Pues esta Elvira tiene un polvo.
- Me estás tirando los trastos o trabajo, decídete.
- No, no, Elvira, trabajo, yo lo que quiero es que trabajes en mi puticlub.
- ¿En la zapatería?
- En la ZAPUTERÍA.-He puntualizado, dándome cuenta mientras lo hacía que quizás haya sido el comentario más ingenioso que he tenido en mi vida.
- ¿Y qué horario tendría?
- Ah, pues, eso no lo había pensado; pero imagino que el horario normal de los Puticlubs, de por la noche hasta las tantas. No sé, así también podrías mantener tu trabajo de barrendera.
- Yo no trabajo hace más de un año, me echaron por pegarle con una silla en la cabeza a mi encargado.
- No jodas, Elvira, entonces, ¿por qué sigues barriendo?
- Pues por no estar encerrada en casa.
- Pero, ¿de qué vives? Quiero decir, que no cobras.
- Cobro del paro, pero se me va a acabar el mes que viene.
- O sea, que mi propuesta... te interesa.
- Mira, zapatero, a estas alturas de mi vida, a mí ya me da igual todo; si tú crees que algún tío va a estar dispuesto a pagar por echarme un polvo... Tú sabrás. Pero eso sí, yo decido si me acuesto o no con un tío, yo contigo no me acuesto, hay que mantener unas normas, luego, de todos los gastos te encargas tú y te llevarás la mitad de lo que saquemos.
- Bien, por mí, bien, Elvira. Sólo tenía miedo a que te diera vergüenza aquí en el barrio.
- ¿Vergüenza? Yo no voy a ir por ahí por la calle vestida de pendón, el que entre a la Zaputería ya sabe a lo que entra, y si tengo que avergonzarme yo, más se tendrá que avergonzar él. Además, que como decía mi padre, en este país, el que tiene vergüenza, ni come ni almuerza.

Y así ha sido, con ese lema me he decidido a rebuscar en la trastienda de la zapatería y he encontrado un bote de pintura negra de cuando pintaba la persiana en primavera y, sin pensármelo dos veces, me he sacado la escalera a mediodía, cuando más gente pasa por la plaza, me he subido como un pintor y he transformardo de una manera más o menos entre elegante y chapuza el viejo letrero de zapatería por el nuevo de ZAPUTERÍA (el que tiene vergüenza ni como ni almuerza). A continuación, he comido en el bar del Teo, que ya me empieza a mirar mal por lo que de no pagarle, y luego he pasado la tarde con la instalación eléctrica de la bombilla roja y acondicionando la trastienda de la Zaputería con decoración que he comprado en la tienda de los Chinos del barrio, que me han fiado porque los conozco de toda la vida.

Puntual como una maestra, a las doce de la noche, la Elvira ha aparecido con un traje de noche azul, peinada con un moño y una peineta de estas de los toros, más pintada que una puerta, con unos zapatos de tacón que no había llevado en su vida, unas medias de rejilla que se le iban cayendo conforme daba cuatro pasos subiendo la calle, y un bolso de imitación de perlas y un mantón de Manila tapándole los hombros. Cuando ha entrado y me ha intoxicado con los dos litros de perfume de los chinos que se había puesto, yo he encendido mi luz roja y... ¡tachán! ¡He dado por inaugurado mi puticlub! ¡Quién me iba a decir que iba a ser tan fácil...!
- ¡Pero quién cojones te ha dicho que yo me voy a acostar aquí! ¡Esto parece la habitación de mi madre!
Elvira hablaba saliendo de debajo de la cortina roja que yo había colocado para dividir la trastienda.
- Pero, Elvira, es una decoración...
- ¡Es una mierda de decoración! ¡Además, esto apesta a zapatos y pegamento!
Esto no va a funcionar, he pensado yo...
- ¡Esto es una mierda! ¡Anda, coge el sofá este y ayúdame a cambiar todo esto! ¡Es que...! ¡Encima de puta, la cama! Nunca mejor dicho... ¡Anda, anda, deja eso y mira a ver si te das una vuelta por el barrio para que todos los puteros se enteren!

Elvira tenía razón, todo negocio necesita una inauguración y yo no había preparado nada, por lo que, para darle algo de ambiente he encendido la radio pero luego me he acordado de que era de mi padre y que ya sólo se sintoniza la COPE; por lo que he cogido el móvil y he dejado a Elvira vestida de boda, arreglando la Zaputería de los chinos y escuchando la COPE en un debate entre curas sobre las bodas homosexuales según la Conferencia Episcopal para irme a ver si encontraba a José Fran o al Juan en el Brillante y por lo menos hacíamos algo parecido a una inauguración.

Por desgracia, ni el Juan ni el José Fran tenían los móviles encendidos y encima el Brillante, el puticlub del barrio, estaba cerrado porque al dueño lo había pillado Hacienda por lo de los Módulos, con lo que mi sorpresa ha sido mayúscula. De hecho, me iba a volver cuando ha doblado la esquina Jacinto, el de los Ultramarinos, que su hijo va a clase con el mío, y claro, me ha preguntado:

- Hola, Jacinto.
- Hombre, zapatero. ¿No me digas que no sabías que lo habían cerrado?
- No, en realidad venía a buscar al José Fran y al Juan?
- Huy, el José Fran aún, pero al Juan ya te digo yo que no lo verás por aquí. Ese, ya sabes tú que mete en otros sitios... Pero bueno, yo te esperaba inaugurando el tuyo.
- ¿Cómo el mío?
- Sí, hombre, la Zaputería. ¿No me digas que al final no te has atrevido?
- No, sí. Si lo que me sorprende es que lo sepas.
- ¿Cómo que lo sepa, zapatero? Lo sabe todo el barrio, el Teo se lo ha contado a todos, además, que lo tuyo pintando el cartel y poniendo la luz roja... Y que sí, que has sido muy listo, que ya estábamos cansados de género extranjero, que lo de la Elvira ha sido una idea cojonuda.
- Me quieres decir, Jacinto, que va a ir gente a la Zaputería.
- ¡Cómo gente, zapatero! ¡Vamos a ir todo el barrio!
- Hostias, pero si no tengo ni... no tengo ni una mísera botella de sidra.
- Ay, zapatero, tanto acierto en el negocio y luego... anda, vente conmigo a la tienda y nos llevamos un carrito de botellas de champán que ya te digo yo que esta noche te va a hacer falta.
- Ah, pues, te lo agradezco, Jacinto. Vamos, vamos, no sea que la Elvira...
- Sí, sí, espera que llame.

El Jacinto, cuyo hijo va con el mío a clase, ha llamado al timbre del Brillante, el puticlub del barrio, como si fuera su casa:
- Sí.- le ha contestado una voz melosa de chica.
- Soy el Jacinto, ¿bajáis ya o qué? Que tengo aquí al zapatero para invitaros a la inauguración.

Yo, ya, en ese momento me he quedado de piedra. Yo... yo sabía que era conocido, como mucho, apreciado en el barrio, pero una muestra de cariño así, colectiva... Pues resulta que al meter a la cárcel al dueño del Brillante las chicas se habían quedado solas y tampoco podían abrir porque Hacienda lo había precintado y... una retahíla de prostitutas de todos los colores y estaturas han empezado a salir y a presentárseme dándome besos cariñosones.

- Venga, vamos.
La imagen ha sido para contarla, yo, todas las putas del Brillante y el Jacinto con el chihuahua ése que tiene, en procesión hacia mi Zaputería por medio de la plaza.
- Por cierto, Jacinto.-Me he atrevido a preguntarle después de dar dos besos a cada una de las chicas sin dueño del Brillante.- ¿Qué haces con el perro? -Me fijé mejor y vi que aparecían la mayoría de los de mi edad y se dirigían hacia la Zaputería, pero todos cogidos de las correas de sus perros. ¿Qué hacen todos con los perros?
- Pues, hombre, zapatero, no querrás que le diga a mi mujer que me bajo a las putas...

CONTINUARÁ...
(En el próximo episodio, la emocionante inauguración de la ZAPUTERÍA)

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

miércoles, 13 de enero de 2010

LA CONJETURA MATEMÁTICA DEL LLANTO


Miraba a aquel niñito negro con cara de no comprender nada. Después de unos instantes, se dio cuenta de que estaba pensando en que se muriera, en posibles causas de su muerte, en maneras de no existiera jamás, en... Y eso le hizo todavía más daño, casi tanto daño como si todas las lágrimas de las miles mujeres que engañó se las hubieran llenado en una bañera helada y lo acabarán de lanzar a ella en medio de aquella aldea de Zaire donde se encontraba. Y acordarse de Madelaine.
Madelaine no fue la primera, tampoco, ni mucho menos, la última; pero sí fue la estudiante con la que descubrió, allá en la University of Oxford, su método. No, no ese método, no la variante de la resolución de la Conjetura de Poincarè con la que había abierto el certero camino a los últimos avances en Nanomedicina y que le había valido la candidatura más joven de la histria a la medalla Fields; no, el otro método, el de llorar para acostarse con todas las chicas que quisiera.
Y allí, mirando a aquel niñito negro con una ramita sonriendo en el suelo, ¡le era imposible! ¡No podía acordarse de ninguna paradoja matemática que proponer sobre putos números primos! En cambio, le venían a la cabeza las miles de veces que había llorado por método para acostarse con mujeres, desde Madelaine hasta la conductora afronegra del autobús que lo trajo hasta esa aldea en el Zaire. Y es que el método era infalible, siempre el mismo, se acercaba a ellas con aire arrogante de gran genio de las matemáticas y, en cuanto tenía ocasión, se echaba a llorar como un nño desconsolado en su regazo. Que todavía al principio, con Madelaine, por ejemplo, aún tuvo algo de reparo y se esperó a que estuvieran en su cuarto para llorar, pero luego, luego se dio cuenta de que el método era infalible en cualquier entorno y acabó llorando en una cabina de esas rojas, en el autobús que lleva al fútbol, en cientos de taxis, en decenas de bancos, en parques, hasta en la cola del supermercado a una cajera, hasta en el quirófano a una enfermera, hasta a la recepcionista del tanatorio, hasta que cogió valor y se atrevió a comprobarlo y entonces sólo se sentaba en un banco de la calle, se echaba a llorar y de manera infalible, la primera mujer que pasase acabaría gimiendo al poco tiempo bajo sus sábanas; así, por ese banco de lágrimas pasaron la práctica totalidad de sus compañeras de la University of Osford, sus profesoras, su directora de Tesis, las doce chicas de la limpieza, las chicas del equipo femenino de remo, las señoras de la asociación de antiguas alumnas de la University of Oxford, el autobús de jubiladas francesas...
Y aquel niño seguía mirándole con cara de estúpido. Él, en un último arrebato, volvió a borrarle los números escritos en el polvo del suelo con su bota de voluntario de ONG para comprobar... nada, el niñito negro volvió a escribir aquella resolución de fórmula matemática que él le había puesto como un dibujo al verlo ahí sentado, en su aldea de mierda del Zaire, muerto de hambre con su tripa redonda, para que él llegase en su año sabático, como voluntario de ONG, y descubrir, allí en el culo del mundo, que ese negrito de las narices era unputo genio. ¡Otra vez! Y el negrito, volvió a mirar la fórmula con cara de pasmo y volvió a resolverla con una pajita escrita en el polvo del suelo. ¡Otra vez! Y apenas se la escribió y el negrito ya la había vuelto a resolver. ¡Otra vez! ¡Y el niño se divertía como si aquel juego fuera de una simpleza absoluta! ¡Pero él no! ¡Élse estaba volviendo loco! ¡Aquel puto niñito negro de los cojones era un jodido genio y él sólo un payaso que se había pasado la vida llorando para follar! ¡Para qué narices se habría ido a África! ¡Por qué cojones tuvo que ir a esa aldea! ¡Por qué coño se detuvo ante ese negrito de las narices y le escribió la fórmula matemática en el suelo con el dedo! ¡Por qué fue tan estúpido! ¡Por qué!

En ese momento, el genio matemático voluntario de ONG en el Zaire hundió su cabeza entre las rodillas y se echó a llorar. Al cabo de unos minutos de lágrimas sin consuelo, el niñito negro le hizo levantar la zabeza y lo que vio, lo que le hizo sonreír y dejar de llorar no fue a todas las mujeres semidesnudas y vígenes de la tribu en fila frente a él, lo que vio que le hizo sonreír es que todas ellas formaban un perfecto número primo.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

viernes, 8 de enero de 2010

GENTE QUE ME CAE MAL

Durante un invierno de mi vida, descubrí que nos asociamos con amigos no tanto por afinidad de gustos sino por comunidad de odios, es decir, que lo que verdaderamente cohesiona y da coherencia a una relación de amistad es descubrir que detestas a las mismas personas y cosas; y si a ello le unes una identidad de motivos, es decir, que te den asco por lo mismo, seguramente con quien estés hablando sea con uno de tus mejores amigos. Yo, aquí, modestamente y con la luz de toda la casa apagada, espero coincidir con alguno de vosotros:
  1. Me cae mal Raúl, el jugador del Real Madrid. No sé, pienso que esconde algo siniestro detrás de esa parquedad expresiva.
  2. Me cae mal el presentador este... Jorge Javier Vázquez. Directamente, pienso que le gusta hacer daño y que se justifica detrás de unos índices de audiencia, pero yo pienso que le gusta hacer daño.
  3. Me cae mal Boris Izaguirre. Bueno, eso ya lo he dicho mil veces. Pienso que es un inculto mentiroso con una careta de celebridad.
  4. Me cae mal Víctor Manuel. No sé por qué, pero él y su mujer me parecen los dos personajes más falsos e hipócritas que he visto nunca por la tele.
  5. Me cae mal un comentarista deportivo... J.J. Santos. Porque habla siempre como si se mordiera la lengua, como si en realidad supiera más o pensara de otra manera, pero no fuésemos merecedores de saberlo.
  6. Me cae mal Saramago. El escritor. Una vez intenté leerme dos libros suyos y no pude. Desde entonces lo miro y me cae mal.
  7. Me cae mal Enrique Anaut. Ya lo sé que nadie sabe quién es. Pero fue un concursante de Operación Triunfo tan sumamente falso, ridículo y ególatra sin tener talento, que todavía hoy me acuerdo y me cae mal.
  8. Me cae mal el Papa. No sé. Lo veo un tío raro. Muy raro... Y mira que el otro me caía bien.
  9. Me cae mal la Infanta menos fea y la princesa Letizia. No sé. A la otra le puedo coger cariño, pero a estas dos es que les veo una pinta de malas que tira para atrás.
  10. Me caen mal Zapatero, Rajoy, Camps y la práctica totalidad de políticos, menos Maragall. No sé por qué.
  11. Me cae mal Bill Gates, y eso que admiro todo lo de su fundación benéfica, pero es que nunca me he fiado de él. Sin embargo, de Steve Jobs ya es diferente...
  12. Me cae mal el cantante de Revolver. Y no sólo es porque todas sus canciones son iguales. No sólo es porque metiera en una canción de rock la frase "si la que cocina es mamá". No sé por qué exactamente, pero es que lo escucho y cambio de emisora.
  13. Rosario. Rosario Flores. Esta sí que la veo un falsa y una gitana con todo el sentido peyorativo del término. Sin embargo, su hermana la veo limpia y transparente y legal.
  14. Me cae mal el presentador de Canal 9 de la cabeza gorda. Pero eso es porque una noche se me puso delante en el cine y no me dejó ver media película.
  15. Me cae mal Alguersauri. Él piloto de F1. No sé por qué, pero me parece un chulo. Y de Hamilton ya ni hablo...
  16. Me cae mal Borja Tyssen. Pienso que si hubiese nacido sin un duro no habría acabado la ESO y habría terminado de portero de discoteca en paro. Sin embargo, ahora reclama un herencia porque "es suya".
  17. Me cae mal Ricardo Gullón, el Académico de la Lengua. Pero eso son fobias mías que no me valen para hacer amigos.
Me acabo de dar cuenta de que me suelen caer mal las personas que no son humildes, de que quizás cuando uno triunfa piensa que ya puede permitirse el lujo de dejar de ser humilde; mientras que quienes lo ven, no valoran tanto los méritos que le han llevado a tener razón sino el detalle de que todavía siga pensando que no es más que los demás sólo porque él lo consiguió y ellos no. Admiramos al humilde, pero quizás solo porque odiamos al prepotente; puesto que haber triunfado no significa ser mejor persona, pero sí que los demás esperamos que se lo haya merecido por serlo, de lo contrario, lo odiamos.

¿Y a ti? ¿Quién te cae mal? Mira que si coincidimos...

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.