El lunes en que conocí a Bruno, fue el mismo día en que mojé, y que yo mojase no era, he de decirlo, algo habitual; no porque me hubiera vuelto a poner los pantalones estrechos, sino porque guapo, lo que es guapo, nunca he sido, y si a eso le sumas que cuando intento bailar en las discotecas acabo pareciendo un gay con hemorroides, entenderás que conseguir que aquella chica se fijara en mí y se me llevase a su piso de dependienta soltera en el C&A, fue algo realmente inusual que me provocó una sonrisa imborrable en mi cara de tonto aquel lunes por la mañana que nadie me podría borrar. O eso creía yo...
Cuando el jefe de estudios llamó a la puerta de la clase yo estaba intentando conseguir que mis queridos niños sacaran la libreta y el libro y se pusieran a leer el cuento del Conde Lucanor y que dejaran de hacer chistes sobre lo primero que soltó Ricardo Amador Montoya, mi gitano de la latilla de mejillones:
- ¡Ahí va, el profe ha follao!
Por eso me vino bien que el jefe de estudios llamara a la puerta para decirme que por fin podía presentarme a mi siguiente alumno, Bruno. Pero el muy tunante del jefe de estudios lo hizo de una manera que me engañó, porque me cogió así por el hombro, como para contarme una confidencia y, mientras me giraba; el conserje aprovechó para colar de un empujón a Bruno y cerrar la puerta rápido como si hubiera metido un tigre salvaje.
- Verás, Álvaro, Bruno es un alumno un poco especial. No, no me mires así. Te aseguro que Bruno es totalmente dócil, no te dará ningún problema de conducta. Más bien, al contrario, te agradecería que lo protegieras de los demás porque Bruno es... ¿cómo te diría yo? Bruno es... muy sensible. Eso, muy sensible.
- ¿Cómo que muy sensible?
- Tú... tú ya me entenderás, Álvaro.
Y se fue.
Y me sorprendí. Cuando abrí la puerta, mi clase estaba completamente en silencio. Pero un silencio como el de los vampiros cuando van a comerse a... Bruno, enseguida lo localicé, pues se había sentado en primera fila, mi primera fila desierta. Mientras que el resto de mis queridos niños: Ricardo "El gitano", Torres "El porrero", Kevin "El niño-petardo", Abelino "El amanerado", Jonatan "El ex presidiario" y Aurelia "La rumana del tanga", se sentaban todos en la última fila o junto a las ventanas.
Pero los muy cabrones no despegaban ni mu, estaban todos callados como si temiera que fuera a pasar algo.
- Bien, Bruno, bienvenido a clase, ¿cómo estás? ¿Te apetece contarnos algo sobre ti para que te conozcamos mejor?
- Nosotros ya lo conocemos, maestro.-Me quiso advertir Ricardo con su acento gitano.
- Bueno, bien, pero yo no. ¿Le vais a dejar hablar o no?
- Mejor que no, maestro, háganos caso.-Sentenció Jonatan con su tono de recién salido de la cárcel.
A esa advertencia respondió Bruno, mi pequeño Bruno, girándose en silencio y lanzándoles una mirada de perdonavidas que, de manera impresionante, los dejó callados a todos.
- Pues me da igual, Bruno, por favor, ¿te quieres levantar...?
- No, no, que no se levante.-Pidió Torres desde su palidez somnolienta con la cabeza muerta encima de la mesa.
- ¡Pero bueno! ¡Ya está bien! -Me impuse yo.-¡Aquí se hace lo que yo diga y punto! ¡Bruno! ¡Si no te quieres levantar, me da igual, venga abrid todos los libros y...
Mientras yo decía eso, mis alumnos en la fila de atrás me hacían gestos cada vez más desesperados para que no chillara, pero yo no les hice caso, pensaba que se estaban metiendo con mi pequeño Bruno y no entendí hasta que, por el olor nauseabundo no pude acabar la frase.
- Pero... ¡Pero...! ¡Bruno! ¡Te has cagao! -Se me escapó.
- ¡Que no chille, maestro, que no chille, que si se encana aquí nos ahogamos tos! -Me advirtió por fin Ricardo con su acento gitano.
- Pero bueno, esto ya es intolerable. Bruno, no me querrás decir que si alguien levanta un poco la voz tú relajas esfínteres.
- ¡Que no, hombre, que no se entera, maestro! -Habló Abelino con su tono amanerado.-Que el Bruno se tira pedos si le chillan. ¡Que parece usted que no se entere!
- ¡No chilles tú! -Le chilló el Kevin con su aceleramiento habitual.
- ¡Que os calléis tos, copón! -Quiso sentenciar el Jonatan.- ¡Y tú, Abelino, abre la ventana que aquí nos vamos a ahogar tos!
- Pero vamos a ver, ¿es que no me puede tocar un niño normal, sólo uno? Pero si, si con lo pequeñito que eres, Bruno, pero ¿cómo puedes oler tan mal por dentro?
Y encima es que el pobrecito de mi pequeño Bruno no decía ni mu, él era un niño encantador con sus pantaloncitos planchados y su raya al medio meticulosamente peinada. ¡Pero el muy cabrón no dejaba de tirarse pedos y los otros críos chillando y abriendo las ventanas y aquello ya era imposible y entonces crucé la clase con total decisión para agarrar a Bruno y sacarlo fuera y devolvérselo al jefe de estudios y...!
- ¡No lo toque! -gritaron todos mis alumnos al mismo tiempo.
Pero ya era demasiado tarde, yo había agarrado a mi pequeño Bruno por el brazo y él, como una culebra, se había girado y me lanzó un escupitajo certero en el ojo.
- ¡Apartaros, apartaros que ahora lo ha destapao!
Y qué razón tenía Ricardo con su acento gitano, pues Bruno se puso como loco y empezó a lanzar escupitajos a diestro y siniestro con una puntería increíble a las caras mientras yo lo intentaba arrastrar hacia la puerta y encima sólo hacía que relajar esfínteres que no sabía si taparme la nariz yo por la peste que había liado en la clase o taparle la boca a él, que estaba como poseído, para que dejara de escupir a todos. Hasta a Aurelia, que no había dicho nada en toda la mañana y que se tuvo que tapar con la carpeta.
Sin embargo, con echarlo fuera del pasillo no arreglé nada, pues enseguida escuché la voz del profesor de guardia que debía dirigirse hacia Bruno para preguntarle a gritos:
- ¿Tú qué haces ahí fuera...? ¡¡¡Coño!!! ¡¡¡El crío que escupe!!! ¡¡¡Fuera!!! ¡¡¡Fuera!!! ¡¡¡Lejos!!! ¡¡¡Director!!! ¡¡¡Director!!!
Durante el recreo, como ya iba siendo habitual, acabé en el despacho del director, esta vez el caso era Bruno.
- ¿Dónde está? -Le pregunté.
- Lo hemos encerrado en el despacho del psicólogo.
- ¿Con él?
- No,hombre, no. Solo. Luego abrimos la ventana y aquí no ha pasado nada.
- Yo, la verdad, señor director. Le hubiera agradecido que antes de metérmelo en clase... pues, me hubiera dado, si no ya las instrucciones de uso de este crío, sí las contraindicaciones.
- No, -se defendió el director-pensaba que como usted es así tan... tan parado, si me lo permite, pues pensé que nunca le chillaría y que así, a lo mejor...
En ese momento caí en la cuenta de que todo el pasillo de acceso a su despacho y el propio despacho estaban sembrados de escupitajos por las paredes.
- Pero, señor director, es que con los otros aún puedo trabajar, pero con este... no sé yo, que se avise a los servicios sociales, a la Guardia Civil... no sé, pero la familia tiene que ser...
- La familia es excelente, se lo aseguro, de hecho, pensaba que usted lo sabía, Bruno es hijo del alcalde, hijo único.
- Joder... Pero, entonces... ¿qué hago?
- Pues, es lo que hay, Bruno está medicado, ahora le están cambiando la medicación, pero el chiquillo reacciona así. Lo que hay que intentar es no chillarle y no tocarle, si se cumple ese protocolo.
- ¿Pero cómo quiere usted que no chille si mi clase es una jaula de grillos?
- Pues... no sé, Álvaro, pero piensa que es tu año de prácticas, y si las suspendes...
- Joder...
En ese momento me llegó un mensaje al móvil mientras el director sacaba su pañuelo de la chaqueta para intentar sacar a Bruno del despacho del psicólogo sin sufrir muchos daños colaterales.
"T echo de mens, churri. Sabs que? L h prguntado a mi tio y dice qu mi primo va a tu insti. T imaginas q l das clase. S llama Bruno. T suena?"
Y yo, viendo cómo el director lo sacaba tocándolo así con pinzas del despacho del psicólogo, sólo pude contestarle.
"Sí, lo llevo yo."
Y ella me contestó.
"Uy, que morbo! Me tiro al profe de mi primito."
Y yo pensé:
"Pues como sea cosa de familia, me parece que a ti no te voy a chillar ni aunque me mates."
Pero sólo le contesté:
"Sí, sí, menudo morbo..."
Y me limpié el escupitajo del ojo.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.



