Me da miedo quedarme calvo.-decía yo entonces. Ahora ya, por desgracia, no puedo decirlo... Pero sí es cierto que también entonces dejé de lado uno de mis entretenimientos preferidos como profesor de instituto. Pues he de confesar que nunca he podido evitar sentirme atraído por las adolescentes de pelo larguísimo, tanto como lo tenía Aurelia, mi alumna rumana que siempre iba enseñando el tanga.
Y un día lo hice, estábamos aburridos, faltaban cinco minutos y los demás estaban chillándole a Bruno para que escupiera, yo, como niños, los dejé hacer mientras me sentaba pegadito a Aurelia y la miraba con cara de deseo...
- Aurelia, bonita, ?me dejas que te haga una cosa?
Cierto es que Aurelia me miro con mala cara, pero me debía haber ganado yo su confianza porque accedió a regañadientes con su mochila apretada a la camiseta de niña en la que se había embutido. Entonces yo, suavemente, me acerqué mucho más a ella, de hecho, pegué mi cabeza a la suya mientras Bruno escupía como un maldito en una feria, le pasé una mano por detrás, le cogi el pelo largo que llevaba hasta el culo y... ¡me lo puse yo así cruzándome la frente que me hizo una ilusión que casi lloro! ¡Qué pelazo! ¡Qué sensación! ¡Pero si eso era como tener una pantera en la coronilla!
Por desgracia sonó el timbre y yo me fui a mi piso alquilado pensando que quizás no había sido normal hacerle eso a una alumna, que ella se había reído, que yo siempre lo hacía en mi pueblo (hasta que un gitanazo enorme y más largo que un día sin pan se dio la vuelta en la discoteca, me vio a mí enganchado a su melenaza poniéndomela de flequillo cruzado y haciéndome una foto con el móvil y casi me acierta con la hostia que me lanzó a la calva). El caso es que todavía lo pienso, de hecho, hoy le he metido una araña a una alumna por la espalda e inmediatamente he pensado, Álvaro, ¿si te viene la madre, tú cómo coño le explicas que entre las cosas para educar a su hija se te ocurrió meterle una araña por la espalda? Pues lo mismo me sucedió al día siguiente, a la salida del colegio.
Tampoco es que hubiera sido el mejor día de mi vida, de hecho, a mi alumno Torres lo había traído la policía local al instituto, lo cual significaba que ese día sí lo habían encontrado; mi alumno Ricardo, siempre gitano, siempre comiendo y siempre vestido de traje por mi culpa había decidido darle una hostia a mi alumno Mohamed, porque en teoría, todo en teoría, Ricardo siempre le estaba dando por culo a Mohamed con lo del jamón y Mohamed había aprovechado un descuido de Ricardo al ir al baño para meter, todo esto según Kevin, mi niño petardo y Jonatan, mi ex-presidiario, la chorra dentro del bocadillo de mejillones de Ricardo, cosa que, cuando mi gitano se enteró por boca de Abelino, mi alumno amanerado, provocó que ambos se liaran a guantazos mientras que Evelyn y Vladimiro permanecían divorciados en cada punta de la clase porque a Evelyn se le había escapado una exclamación al ver la salchicha de Mohamed y por eso cuando llegué del patio Vladimiro llevaba la gorra que parecía que se la hubiera encasquetado con sacacorchos y le había dado por quemar cosas: papeles, chicles, gomas de borrar, la silla del profesor...
¡PERO QUÉ ESTÁS HACIENDO, PIRAO! Anda, dame eso, ¡que me lo des! Dámelo y siéntate ahí. Espera, espera... Vladimiro, tú... así, no te lo tomes, sin ofender... pero tú, tú te has dado cuenta, así, sin meterme yo, tú te has dado cuenta de que si Evelyn se baja un poco más los pantalones y se sube un poco más las bragas y se desabrocha un poco más la camiseta... se le va a ver el tanga por el escote. Sin ofender, eh, Vladimiro, sin ofender...
- ¡No me diga eso! ¡No me diga eso! ¡No me diga eso que la mato! ¡Yo la mato!
- ¡VOSOTROS! ¡OS PODÉIS ESTAR QUIETOS! ¡OS LO JURO! ¡OS VOY A EXPULSAR A LOS DOS UNA SEMANA! ¡TÚ, RICARDO, CUARDA EL PUÑETERO BOCADILLO! ¡Y TÚ, MOHAMED, SÁCATE EL ESTUCHE ESE DE AURELIA DE ENTRE LAS PIERNAS Y...!
- No es mi estuche, profesor...
- Que no... Pues entonces qué lleva éste entre las piernas persiguiendo a Ricardo... ¡MOHAMED! ¡MOHAMED GUÁRDATE LA PILILA INMEDIATAMENTE! (Sí, me salió pilila, y mira que hay sinónimos).
- Vladimiro, Vladimiro, tú no les hagas caso, son sólo tonterías... ¡QUE TIRES EL MECHERO, COÑO, QUE AL FINAL HARÁS QUE ARDA LA MESA! Vladimiro, ¿qué te has (¡¡¡DEJAD A BRUNO TRANQUILO!!! enfadado con Evelyn?
- No es eso, profesor, si yo sé que... pero no es eso, profesor.Profesor, yo sé que a las chicas les gustan los machos con mingas largas.
Yo me quedé un momento parado mientras al fondo seguía el jaleo.
- Vladmiro, ¿estámos hablando de pollas?
- Pues claro mi profesor, yo sé que ellas quieren una minga larga y la mía, la mía profe es cortita del carajo.
Idiota de mí.
- Pero bueno, Vladimiro, tú qué entiendes por cortita.
- ¿Cómo, profesor?
- Sí, que en qué parámetros te basas.
- ¿Qué dice, profe?
- Que cuáles son tus referencias, Vladimiro.
- ¿Profe?
- ¡QUE CUÁNTO TE MIDE!
Silencio sepulcral.
- ¡A mí, diecisiete!
- Abelino, cállate.
- A mí quince pero gorda.
- Ricardo, ¡que te sientes!
- ¡A Vladimiro doce!
- ¡EVELYN!
Y mi pobre Vladimiro se tiró a quemarme la mesa del profesor como un poseso de tal manera que lo tuvimos que sujetar entre todos hasta que a mí se me ocurrió una idea maravillosa:
- ¡Vladimiro, Vladimiro, calma, calma! ¡Vladimiro, eso tiene que ser porque no te la has estirado lo suficiente!
Todos se quedaron pasmados como muñecos.
- Claro, es eso, Vladimiro, como estos no tienen novia, pues todavía se la estiran, pero tú, como ya tienes novia...
Conclusión: no voy a decir a lo que se dedicó a partir de entonces mi alumno colombiano Vladimiro con todas su fuerzas a la hora que fuera.
Pues eso, que mi día iba a acabar así hasta que salí del instituto y me vi a la madre de Aurelia en la puerta junto a ella y cada cierto tiempo, mientras salían los alumnos, le daba una hostia. Yo, escandalizado por la situación, me fui cara a ella y le pedí explicaciones de su comportamiento mientras que Aurelia permanecía con la cabeza agachada. Pero la pobre madre rumana de mi alumna Aurelia no sabía hablar más que rumano, por lo que todo quedó en agua de borrajas y yo volví a rascarme la cabeza como desde el día anterior venía haciendo a causa de unos picores extraños...
Acto seguido, el rostro de la madre de Aurelia que me vio rascarme, se descompuso y se abalanzó sobre mí cual una fiera y me tiró al suelo y empezó a arañarme que casi me mata.
Despacho del director, cinco minutos después, un traductor de Servicios Sociales presente, al madre de Aurelia hablando rapidísimo como una loca y rascándose la cabeza, cuando acaba, el traductor me deja de piedra:
- La señora Serb dice que su hija está embarazada de nuevo, que ella tenía miedo de que eso pasara sin saber quién era el padre otra vez y que por eso le dio piojos una noche. La señora Serb dice que usted se rasca como si tuviera piojos. La señora Serb piensa que usted, como profesor, ha abusado de su hija.
El director mirándome, Aurelia mirando al suelo, el de Servicios Sociales a punto de llamar al Juzgado, yo rojo como un tomate, todos mis niños mirando por la ventana de afuera... ¿Qué iba a hacer, era la vergüenza o la cárcel?
- Verá, señor director, yo es que, aunque ustedes no lo noten, me estoy empezando a quedar calvo...
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.







