lunes, 31 de mayo de 2010

MI VIDA COMO PROFESOR (Capítulo VIII)

Me da miedo quedarme calvo.-decía yo entonces. Ahora ya, por desgracia, no puedo decirlo... Pero sí es cierto que también entonces dejé de lado uno de mis entretenimientos preferidos como profesor de instituto. Pues he de confesar que nunca he podido evitar sentirme atraído por las adolescentes de pelo larguísimo, tanto como lo tenía Aurelia, mi alumna rumana que siempre iba enseñando el tanga. 
Y un día lo hice, estábamos aburridos, faltaban cinco minutos y los demás estaban chillándole a Bruno para que escupiera, yo, como niños, los dejé hacer mientras me sentaba pegadito a Aurelia y la miraba con cara de deseo...
- Aurelia, bonita, ?me dejas que te haga una cosa?
Cierto es que Aurelia me miro con mala cara, pero me debía haber ganado yo su confianza porque accedió a regañadientes con su mochila apretada a la camiseta de niña en la que se había embutido. Entonces yo, suavemente, me acerqué mucho más a ella, de hecho, pegué mi cabeza a la suya mientras Bruno escupía como un maldito en una feria, le pasé una mano por detrás, le cogi el pelo largo que llevaba hasta el culo y... ¡me lo puse yo así cruzándome la frente que me hizo una ilusión que casi lloro! ¡Qué pelazo! ¡Qué sensación! ¡Pero si eso era como tener una pantera en la coronilla!
Por desgracia sonó el timbre y yo me fui a mi piso alquilado pensando que quizás no había sido normal hacerle eso a una alumna, que ella se había reído, que yo siempre lo hacía en mi pueblo (hasta que un gitanazo enorme y más largo que un día sin pan se dio la vuelta en la discoteca, me vio a mí enganchado a su melenaza poniéndomela de flequillo cruzado y haciéndome una foto con el móvil y casi me acierta con la hostia que me lanzó a la calva). El caso es que todavía lo pienso, de hecho, hoy le he metido una araña a una alumna por la espalda e inmediatamente he pensado, Álvaro, ¿si te viene la madre, tú cómo coño le explicas que entre las cosas para educar a su hija se te ocurrió meterle una araña por la espalda? Pues lo mismo me sucedió al día siguiente, a la salida del colegio.
Tampoco es que hubiera sido el mejor día de mi vida, de hecho, a mi alumno Torres lo había traído la policía local al instituto, lo cual significaba que ese día sí lo habían encontrado; mi alumno Ricardo, siempre gitano, siempre comiendo y siempre vestido de traje por mi culpa había decidido darle una hostia a mi alumno Mohamed, porque en teoría, todo en teoría, Ricardo siempre le estaba dando por culo a Mohamed con lo del jamón y Mohamed había aprovechado un descuido de Ricardo al ir al baño para meter, todo esto según Kevin, mi niño petardo y Jonatan, mi ex-presidiario, la chorra dentro del bocadillo de mejillones de Ricardo, cosa que, cuando mi gitano se enteró por boca de Abelino, mi alumno amanerado, provocó que ambos se liaran a guantazos mientras que Evelyn y Vladimiro permanecían divorciados en cada punta de la clase porque a Evelyn se le había escapado una exclamación al ver la salchicha de Mohamed y por eso cuando llegué del patio Vladimiro llevaba la gorra que parecía que se la hubiera encasquetado con sacacorchos y le había dado por quemar cosas: papeles, chicles, gomas de borrar, la silla del profesor...
¡PERO QUÉ ESTÁS HACIENDO, PIRAO! Anda, dame eso, ¡que me lo des! Dámelo y siéntate ahí. Espera, espera... Vladimiro, tú... así, no te lo tomes, sin ofender... pero tú, tú te has dado cuenta, así, sin meterme yo, tú te has dado cuenta de que si Evelyn se baja un poco más los pantalones y se sube un poco más las bragas y se desabrocha un poco más la camiseta... se le va a ver el tanga por el escote. Sin ofender, eh, Vladimiro, sin ofender...
- ¡No me diga eso! ¡No me diga eso! ¡No me diga eso que la mato! ¡Yo la mato! 
- ¡VOSOTROS! ¡OS PODÉIS ESTAR QUIETOS! ¡OS LO JURO! ¡OS VOY A EXPULSAR A LOS DOS UNA SEMANA! ¡TÚ, RICARDO, CUARDA EL PUÑETERO BOCADILLO! ¡Y TÚ, MOHAMED, SÁCATE EL ESTUCHE ESE DE AURELIA DE ENTRE LAS PIERNAS Y...!
- No es mi estuche, profesor...
- Que no... Pues entonces qué lleva éste entre las piernas persiguiendo a Ricardo... ¡MOHAMED! ¡MOHAMED GUÁRDATE LA PILILA INMEDIATAMENTE! (Sí, me salió pilila, y mira que hay sinónimos).
- Vladimiro, Vladimiro, tú no les hagas caso, son sólo tonterías... ¡QUE TIRES EL MECHERO, COÑO, QUE AL FINAL HARÁS QUE ARDA LA MESA! Vladimiro, ¿qué te has (¡¡¡DEJAD A BRUNO TRANQUILO!!! enfadado con Evelyn? 
- No es eso, profesor, si yo sé que... pero no es eso, profesor.Profesor, yo sé que a las chicas les gustan los machos con mingas largas.
Yo me quedé un momento parado mientras al fondo seguía el jaleo.
- Vladmiro, ¿estámos hablando de pollas?
- Pues claro mi profesor, yo sé que ellas quieren una minga larga y la mía, la mía profe es cortita del carajo.
Idiota de mí.
- Pero bueno, Vladimiro, tú qué entiendes por cortita.
- ¿Cómo, profesor?
- Sí, que en qué parámetros te basas.
- ¿Qué dice, profe?
- Que cuáles son tus referencias, Vladimiro.
- ¿Profe?
- ¡QUE CUÁNTO TE MIDE!

Silencio sepulcral.
- ¡A mí, diecisiete!
- Abelino, cállate.
- A mí quince pero gorda.
- Ricardo, ¡que te sientes!
- ¡A Vladimiro doce!
- ¡EVELYN!

Y mi pobre Vladimiro se tiró a quemarme la mesa del profesor como un poseso de tal manera que lo tuvimos que sujetar entre todos hasta que a mí se me ocurrió una idea maravillosa:
- ¡Vladimiro, Vladimiro, calma, calma! ¡Vladimiro, eso tiene que ser porque no te la has estirado lo suficiente! 

Todos se quedaron pasmados como muñecos.
- Claro, es eso, Vladimiro, como estos no tienen novia, pues todavía se la estiran, pero tú, como ya tienes novia...

Conclusión: no voy a decir a lo que se dedicó a partir de entonces mi alumno colombiano Vladimiro con todas su fuerzas a la hora que fuera.

Pues eso, que mi día iba a acabar así hasta que salí del instituto y me vi a la madre de Aurelia en la puerta junto a ella y cada cierto tiempo, mientras salían los alumnos, le daba una hostia. Yo, escandalizado por la situación, me fui cara a ella y le pedí explicaciones de su comportamiento mientras que Aurelia permanecía con la cabeza agachada. Pero la pobre madre rumana de mi alumna Aurelia no sabía hablar más que rumano, por lo que todo quedó en agua de borrajas y yo volví a rascarme la cabeza como desde el día anterior venía haciendo a causa de unos picores extraños...
Acto seguido, el rostro de la madre de Aurelia que me vio rascarme, se descompuso y se abalanzó sobre mí cual una fiera y me tiró al suelo y empezó a arañarme que casi me mata.

Despacho del director, cinco minutos después, un traductor de Servicios Sociales presente, al madre de Aurelia hablando rapidísimo como una loca y rascándose la cabeza, cuando acaba, el traductor me deja de piedra:
- La señora Serb dice que su hija está embarazada de nuevo, que ella tenía miedo de que eso pasara sin saber quién era el padre otra vez y que por eso le dio piojos una noche. La señora Serb dice que usted se rasca como si tuviera piojos. La señora Serb piensa que usted, como profesor, ha abusado de su hija.

El director mirándome, Aurelia mirando al suelo, el de Servicios Sociales a punto de llamar al Juzgado, yo rojo como un tomate, todos mis niños mirando por la ventana de afuera... ¿Qué iba a hacer, era la vergüenza o la cárcel?
- Verá, señor director, yo es que, aunque ustedes no lo noten, me estoy empezando a quedar calvo...

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

ESTO SÓLO ME LO ARREGLO YO

He estado dándole muchas vueltas este fin de semana a lo de mi bajada de sueldo por parte del gobierno. Yo no me meto, pienso que si todos estamos jodidos, yo, como funcionario, no puedo ser tan egoísta de mirar hacia otro lado. Y, aunque haya habido algún que otro capullo que se haya alegrado de mi pérdida de poder adquisitivo, cosa que no entiendo, pues yo hipotequé ocho años de mi vida para sacarme una carrera y unas oposiciones y a nadie le pedí cuentas. También pienso que una cosa es ser honesto y otra cosa desperdiciar oportunidades. En este blog hay anuncios que yo cobro de vez en cuando, y lo he estado pensando y he llegado a la conclusión de que, a partir de ahora, os agradecería muchísimo a aquellos para los que escribo que, a cambio de mis pequeños textos (bastante es que me leáis...) por favor, haced click en alguno de los anuncios. 
Quid pro quo... un click por un relato.

Gracias.
EL AUTOR.

domingo, 30 de mayo de 2010

EL ANTOJO

Tengo la playa metida entre los dedos de los pies, le dijo él.
Vete, no quieras discutir ahora, le respondió ella desde la terraza.
Quisiera un día poder discutir tanto contigo que supieras que siempre he tenido yo la razón, le dijo él.
Si ese día llegara, yo me iría por esa puerta como esta bolsa de basura, le respondió ella desde el pasillo.
Entonces, reconoces que te has equivocado tanto, que no has sido justa conmigo, que he estado aguantando todo mientras tú lo sabías.
Por supuesto, incluso yo a veces pienso que eres un imbécil y un guarro que se deja la ropa tirada por ahí esperando a que yo la recoja.
Y yo a veces pienso que tú...
Entonces la vio desnuda en medio del comedor.
A veces pienso que tú no quieres que yo sea yo sino otro que tú puedas dominar a tu antojo.
Ven, le dijo ella, ven... que te voy a dar la razón con mi antojo.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

lunes, 24 de mayo de 2010

LA HISTORIA MÁS DEPRIMENTE QUE SE ME HA OCURRIDO JAMÁS (y eso que al empezarla pensé que me saldría graciosa...) LO SIENTO, MEJOR NO LA LEAS

Sabino era enfermero, le gustaba coleccionar fichas de aviones de combate rusos y todo el mundo en su barrio lo consideraba la mejor persona del mundo. De hecho, él mismo era consciente de que las ancianas, la panadera, el del taller mecánico... lo miraban con esa mezcla de agradecimiento y admiración que inspiran algunas personas. A veces lo pensaba, si ahora mismo le dijese a este hombre que me da asco mirarle a la cara, le provocaría poco menos que un infarto, no debo decirle eso, debo ser bueno con él pues él lo es conmigo. Y se marchaba del quiosco con su nueva ficha de aviones de combate ruso y su uniforme blanco de enfermero.
Sabino se casó joven, veintidós años, y se separó al poco tiempo cuando descubrió con todo el dolor de su corazón que sentía más compasión por las desconocidas que atendía en el hospital que por su propia esposa, a la que acabó repudiando por todos sus defectos sin recordar aquellas virtudes.
Sin embargo, Sabino se pasaba el día encontrando los motivos por los que era buena persona; y esos motivos sólo hacían que amargarle la existencia. Es decir, una noche, la señora de su finca que tenía un marido que viajaba mucho bajó en camisón al piso de Sabino a pedirle por favor que subiera porque a la niña le dolía mucho el pecho y respiraba como sofocada. Y Sabino, que llevaba dos turnos de guardia a la espalda, subió sin dudarlo no motivado por la curación de la niña, pues sabía perfectamente que era asmática y que no habría más peligros, sino que se quedó toda la noche en su cuarto, hasta que amaneció, atendiéndola con todo lujo de detalles, sólo por verle de vez en cuando los pechos a la madre cuando se agachaba junto a él a través del camisón entreabierto.
Por el mismo motivo, Sabino accedió un domingo a la hora de la siesta, a bajar a la mujer del portero a ponerle una inyección de cortisona sólo con la mínima esperanza de ver en ropa interior a la hija de la señora, adolescente de pechos turgentes que solía andar fresca por casa; y la vio, y notó que la "niña" tenía pocos reparos en ponerse una de cuclillas y mostrarle a Sabino el tanga y medio culo de infarto mientras ayudaba a la mamá.
O incluso peor en el trabajo, donde Sabino era conocido por todo el personal hospitalario como el más abnegado enfermero de todo el centro, y su preocupación siempre era la misma, ¿se darían cuenta algún día de que él se metió a enfermero porque le excitaban los escotes y esas bragas a través del uniforme o de las batas? ¿Se daría cuenta esta chica de que estaba deseando que la operaran para poder tocarla al subirla y bajarla de la camilla? ¿Se daría cuenta alguien de que siempre tardaba mucho más en hacer las camas de las mujeres que la de los hombres? ¿Se darían cuenta algún día de que era un salido sin remedio?
Sin embargo, Sabino no era tonto, sino que era consciente de que su "enfermedad" él la había convertido en virtud, pues jamás tuvo un roce más allá de lo estrictamente diagnosticado, jamás fue soez, intentó aprovecharse o tuvo comportamientos obscenos. No, simplemente le gustaba tanto mirar a las mujeres que cualquier sacrificio laboral para él era mínimo si a cambio recibía un mísero vistazo de carne.
Tampoco es que Sabino hablase jamás de eso con nadie. Era un hombre agradable en el trato pero hermético con sus pensamientos, sobre todo con esos, con los libidinosos, aquellos que podrían destruir toda su imagen.
Un día, siempre hay un día, una chica joven llegó al hospital, había tenido un accidente con el coche y lo primero que habían hecho los del SAMU había sido cortarle toda la ropa a tiras; las órdenes eran trasladarla a planta, ponerle una bata y llevarla a Rayos inmediatamente. A veces pasa en los hospitales, no había enfermeras disponibles y Sabino, que ya acababa su turno y bajaba hacia el párking, se ofreció. 
Lavar a aquella joven tendida sobre empapadores, cubierta de moratones y arañazos por los cristales, pero desnuda de todo lo que él le había ido quitando, a solas en la habitación, fue algo tan excitante para Sabino que se olvidó del tiempo, se olvidó de dónde estaba, se olvidó de quién era y disfrutó como nunca su moral le había permitido. Por desgracia, ese pequeño lapso de tiempo para él fue una eternidad objetiva que se vio interrumpida por la irrupción del médico de guardia que esperaba hacía rato los resultados de Rayos; cuando abrió la puerta y vio a Sabino frotándola parsimoniosamente con la esponja, a media luz, en esa habitación silenciosa, gritó algo, se abalanzó a reconocer a la chica y descubrió estupefacto que se había muerto hacía ya un rato. Le gritó algo a Sabino, pero el pobre enfermero, ya anciano, sólo pudo apartarse de ella y dejar ver a todos los que entraban, la mancha de su orgasmo en el pantalón de enfermero que tantos agradecimientos le había dado toda la vida.
Sabino se jubiló, también tuvo un juicio en el que intentó explicar que él siempre luchó por ser buena persona, pero nadie entonces le hizo caso y acabó sus días solo, viendo el televisor y su colección de aviones de combate rusos; sabiendo que aquel cuerpo logró que ya nadie más volviera a llamar a su timbre. Cuando Sabino murió, lo hizo convencido de que había sido bueno, de que fue bueno todos los días de su vida, menos uno, sólo uno, y tuvo curiosidad de saber a qué cielo o infierno lo volverían a mandar.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

domingo, 23 de mayo de 2010

MALDITO KARMA, David Safier

Es un libro divertido. Es la historia de una presentadora de la televisión alemana, Kim, que una noche muere al caerle el retrete de una estación espacial rusa; sin embargo, es ahí donde comienza la historia, pues Kim se reencarnará en una hormiga y deberá acumular buen karma para intentar... No cuento más. Me gusta su imaginación, su humor y la manera que tiene de describir las decisiones de la protagonista. Bueno, a mí y a más de un millón de lectores. Totalmente recomendable como regalo.

(De hecho, creo que con este libro voy a iniciar mi nueva sección de Libros Recomendados.)

Álvaro García.

miércoles, 19 de mayo de 2010

MI VIDA COMO PROFESOR (Capítulo VII)

Yo siempre quise ser guapo. Habría hecho cualquier cosas por dejar de ser invisible para las mujeres. Por desgracia, Dios no estuvo muy atento cuando me diseñó y me colocó una cara de tonto encima de un cuerpo no más alto que un buzón y, para rematarlo todo me puso ración doble de cejas. Hoy en día ya estoy acostumbrado a mi cara de tonto y mi mujer dice no me preocupe, que algunos más feos hay... o habrá. Bueno, el caso es que durante aquel, mi primer año de profesor sustituto en una ciudad de tamaño pequeño, pasaba yo muchas tardes (leyendo, haciendo footing, preparando mi tesina...) viendo la tele, me pasaba las tardes viendo programas del corazón. Y de tanto ver programas del corazón y de tanto verme la cara de tonto yo solo, llegué una tarde a la extrañísima conclusión de que debía depilarme las cejas como todos esos personajes del corazón que veía esclafado en el sofá.
Dicho y hecho, en dos pasos me puse los pantalones y me planté en la calle de al lado de mi piso alquilado para meterme sin dudar en un centro de estética:
- Pues sí, quería cortarme el pelo.
- ¿Con mechas o sin mechas?
Debo decir en mi defensa que la muchacha que me atendió llevaba piercings por todas las partes de su cuerpo, y también es cierto, una camiseta de tirantes negra tan apretada que se le distinguía hasta la rosa de los malditos pendientes por ahí dentro.
- Si tú crees que me quedarían bien...
Y la muy tunanta me añadió, así mirándome como no me había mirado una mujer que no fuese mi madre o borracha, que quizás "haciéndome" un "poquito" las cejas, me darían un look muy a lo Beckham (que como verás, ni sé cómo se escribe pues menos aún iba yo a parecerme), pero yo sólo tenía ojos y sentidos para semejante camiseta negra de tirantes y que la muchacha fuese sólo para mí aun a costa de mis cejas.
Al principio bien, pero luego, he de confesarlo, todo se hizo interminable y, de hecho, llegó un momento en que ya me estaba poniendo nervioso y la esteticién decidió darle la vuelta al asiento y seguir arrancando pelos sin que yo me viera; y es que la muy zorra, cada pelo que arrancaba se aparataba, se me quedaba mirando y volvía a acercarse con las pinzas como un cangrejo a un peluche.
Cuando llegué a mi piso alquilado y me miré en el espejo del recibidor, me quise echar a llorar, pero llevaba el entrecejo y las cejas tan rojos que me escocía si los movía, por lo que me tuve que quedar con la cara de tonto frotándome crema Nivea toda la tarde y la noche para ver si conseguía no ya que me volvieran a salir cejas en la cara, pues la moza de los pendientes me había dejado dos arquitos de pelo estilo vieja asustada por la factura del butano, sino quitarme siquiera la rojez que me hacía un antifaz en mi cara de tonto.
Tonto y más, cuando yo empecé a trabajar, pensaba que como era sustituto, no tenía yo derecho a no ir a trabajar, además, ¿qué motivos iba a dar? ¿Que me habían dejado las cejas como una vieja y el pelo como a un gay de esos que se ofrecen en los periódicos? Yo no quería ir a trabajar, yo no quería ir a trabajar, yo no quería ir a trabajar... De hecho, llamé a mi madre a las siete de la mañana y le dije que me encontraba mal, que no podía ir a trabajar; pero mi madre me echó tal bronca a kilómetros de distancia que bien tuve la sensación de que o iba al instituto o en cinco minutos se plantaría allí la buen mujer para llevarme estirándome de las orejas.
Cuando entré por la puerta, el conserje se me quedó mirando, a mi pelo rubio platino, a mis finas cejas en arco, a mi entrecejo rojo... y me dio los buenos días y luego se metió corriendo adonde el papel para revolcarse de risa entre los contenedores para reciclar.
Cuando entré a la sala de profesores, con mis mechas rubias, mi cara de Beckham de pueblo y mi mirada femenina, todos se quedaron callados, hasta el cura levantó los ojos del ABC y se me quedó observando como si yo fuese a salir del armario. En cuanto me di la vuelta, pude oír las risas a lo largo de todo el pasillo.
Cuando llegué a clase, cuando abrí esa puerta y me planté delante de mis alumnos agrupados, pensé que mis queridos niños iban a estallar en un alarido unísono de carcajadas como cuando me puse los pantalones elásticos, pero no, y mira que yo estaba ridículo con mi pelo rubio platino y mis cejas de cabaretera; pero no, todos se quedaron callados, yo avancé en silencio entre las mesas, dejé la mochila en la mía, me senté y, sin saber bien qué decir, estuve soportando cómo ellos cuchicheaban con la mayor educación y respeto. Al final, justo cuando les iba a decir que sacaran las libretas, Abelino, mi alumno amanerado levantó la mano y dijo algo jamás se me ha olvidado, dijo algo que me demostró que mis niños ya habían cambiado, que... que yo, por primera vez en mi vida me había convertido en lo que siempre había querido ser: 
- Profesor. 
- Sí, Abelino.
- Que a nosotros no nos importa. Que pensamos todos que es usted muy valiente y que le queremos mucho.

Yo, la verdad, no entendí muy bien sus palabras, pero me emocionaron tanto que, por primera vez desde que  me depilase las cejas la tarde anterior aquella zorra de la camiseta apretada, pude dejar que se me escapara una lágrima al sentir que esa silla de profesor por fin era mía. Por desgracia, también pude oír un susurro respetuoso:
- Eso es que aún le duele.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

martes, 18 de mayo de 2010

MI VIDA COMO PROFESOR (Capítulo VI)

(Pido perdón por la espera, si he tardado tanto ha sido porque tuve que mandarle la entrada original a mi antiguo alumno, Ricardo, y esperar a su contestación, que me exigió modificaciones, una vez realizadas, espero, Ricardo, que el buen nombre de tu padre torero, quede acorde con esta historia).

- Tu padre, Ricardo, ¿a qué se dedica? -todo comenzó con esa inocente pregunta a mi gordito alumno gitano, alimentado a base de latillas de mejillones.
- Es torero, profesor, pero ahora está en paro.-me contestó él guardando media barra de pan en la mochila.
- Mira, Ricardo, esto no puede seguir así. Yo entiendo... yo comprendo... yo puedo aguantar que algunos días vengas sin lavarte, que a veces huelas un poco...

- ¡Y una mierda un poco! ¡Huele que...!
- ¡QUE OS CALLÉIS VOSOTROS! -me giré y les grité a todos los demás, que se habían arrinconado en la esquina de la ventana en señal de protesta.
- ¡Pero es verdad, profesor, huele que...!
- ¡ME DA IGUAL, ESO NO ES MOTIVO PARA QUE VOSOTROS OS RIÁIS TAMBIÉN DE ÉL!
- ¡Pero...!
- ¡SILENCIO!

- Ricardo, tú en casa, ¿te puedes duchar todos los días?
- Es que... es que a veces no dormimos en casa, profesor.
- ¿Y dónde dormís, Ricardo?
- Pues... si mi padre puede, pues en la furgoneta, y si no puede... pues me quedó yo allí con él el bar y nos quedamos a vigilarlo.
- ¿Cómo que puede? ¿Cómo que vigilarlo?

- ¡Que su padre se pone pedo y no lo pueden ni echar del bar!
- ¡QUE OS CALLÉIS!

- ¿Eso es verdad, Ricardo? -no había que ser muy listo para ver cómo le brillaban los ojos.
- No, lo que pasa es que se lo vigilamos. Es que ahora que está en paro... como no le sale faena de torero, pues nos quedamos a vigilarlo.
- Pero, Ricardo, la duda que tengo yo, ¿tú, casa, tienes?
- Antes sí, pero es que era de la familia de mi madre y entonces ya no nos dejan volver y yo... pero dice mi padre que nos están haciendo una en la urbanización...

- ¡En la urbanización, jajaja!
- ¡QUE OS CALLÉIS!
- Mira, Ricardo, lo que está claro es que así no puedes seguir, o te duchas y te cambias de ropa o lo que ha pasado esta mañana en el gimnasio volverá a pasar y al final... Mira, dame el teléfono de tu padre y yo hablaré con él, sí, porque así, dime el teléfono.
- Él no tiene, pero le puedo dar el del bar, que seguro que allí saben dónde está o le dejan recao.

- ¡Sí, durmiendo en la barra!
- ¡AL PRÓXIMO QUE ABRA LA BOCA...!
- Dame el teléfono, Ricardo.
- 96 2235562. Se llama Cesáreo mi padre, Cesáreo el torero.

- Hola, buenos días, ¿podría decirme si se encuentra ahí el señor Cesáreo el torero? ¿Sí? ¿Señor Cesáreo? Sí, verá, soy Álvaro García, el tutor de Ricardo. Sí, ése, pero ya me los quité. Sí, me gustaría... no sé cómo decírselo. Verá, estamos un poco preocupados por la situación familiar de Ricardo y, quizás, si pudiera usted un día pasarse por el instituto... ¿Hoy mismo? Sí, sí, por supuesto. Muy bien, muy bien, Cesáreo, yo... yo lo espero aquí.

Es cierto que cuando entré a la sala de profesores pidiendo si podían cuidarme un momento a mis niños, el lugar quedó desierto de un modo tan fugaz que juraría, vamos, y lo puedo jurar porque me asomé y lo vi, que Hortensio, el viejo profesor de historia, se había tirado por la ventana y lo pillé limpiándose las hierbas después de haberse revolcado por los rosales del patio con tal de huir de mis niños. De modo que no me quedó más remedio que encerrarlos en el gimnasio e ir corriendo a atender al señor Cesáreo, el torero.

Yo lo miraba, no sé por qué, pero me dio por acordarme de que mi madre me había hecho patatas rellenas para ese lunes. Pero yo lo miraba: era un hombre delgado como un arañazo embutido en unos pantalones vaqueros con tal intensidad que los huevos los llevaba a un lado del pantalón y al otro un llavero sobado con la foto amarillenta de Curro Romero. Tenía la piel tan curtida y tostada que parecía que se fuera a pelar como un cacahuete arrugado. Las cejas eran dos pinceles de pelos largos que le tapaban unos ojos negros pequeñitos como de pájaro. Llevaba una camisa de cuadros roja, encorsetada por dentro de los pantalones y abierta hasta el mismísimo ombligo para lucir una mata de pelo anaranjado y canoso que más bien parecía que le hubiesen cosido un gato atropellado a las costillas. Por si eso fuese poco, el pelo, largo y cogido con una coleta apretada atrás, brillaba de roña tal que si fuese el culo de uno de esos ponys que llevan a la feria. Para acabar, el hombre tenía tres dientes y una medalla de oro de tamaño familiar entre los pelos, que yo sólo hacía que pensar que debieron perderse el resto de piños intentando hincarlos en la medalla cual si fuese una galleta las noches en que no había toreado.

El hombre era un cuadro. Lo juro. Y yo, sentado frente a él, no podía hablar ni dejar de mirarlo.
- ¡Que qué quie usté!
-  (Si se lo digo, este tío me mata y me quedo sin las patatas rellenas de mi madre).
- ¡Zagal! ¡Que qué quies decirme!
- (Si le digo a este tío que me han contado que es un borracho y que de su hijo se ríen porque lo lleva sin lavar y sin cambiarle la ropa, este tío me mata y me quedo sin las patatas rellenas de mi madre).
- ¡Mecaonlostia, tas alelaó o ta dao un quemesió! ¡Zagal! ¡O me hablas ya o...!
- (Álvaro, este tío te va a matar, le acabo de ver una cicatriz desde la teta al ombligo y al lado una navaja, Álvaro, te has quedado sin patatas rellenas).
- ¡Zagal! -y me dio el primer sopapo así suave.
En ese momento entraron el director y el conserje (armado con una escoba) que me habían estado observando a través de la ventana con cortinillas de estas de plástico.
- ¡Pero qué le pasa a este, ta alelao, pero pa esto me hacen venir!
- Señor, señor, le rogamos que se calme, el profesor... por favor, no se levante, por favor... - y mientras el director hablaba y yo olía su colonia Barón Dandy me di cuenta del pestazo a vino que hacía ese hombre.- Verá, lo que el tutor de su hijo le quiere decir es que vamos a expulsar a su hijo del instituto.
- ¡QUÉEEEEEEEEEE! -en ese santo momento, el buen señor Cesáreo, hizo honor a su nombre, se levantó y de detrás del pantalón sacó una banderilla con más mierda que el palo un gallinero y con una punta más oxidada que las gafas de un topo.
Pero por fin reaccioné.
- ¡A LA UNIVERSIDAD! A la Universidad... Que vamos a expulsar a su hijo a la Universidad.
- Zagal, o te explicas ahora mismico, o de aquí salís tos a rastras pa los chiqueros.
Incluyo el hecho de que el director y el conserje con la escoba me miraban como si yo hubiera descubierto el interruptor de la luz de la cuevas de Altamira.
- Eso, eso, que hemos visto, que le hemos hecho unos test, unos exámenes a Ricardo y hemos descubierto que es superdotado.
- ¿Mi zagal zuperdotao? Pero si ni se sabe...
- ¡Superdotado! Superdotado, superdotado, se lo digo yo.
- Me deja usted de piedra.
- Vamos superdotado, su hijo es un portento, don Cesáreo, su hijo, ahí donde lo ve, su hijo nos ha arreglado los ordenadores de todo el instituto, nos ha hecho la declaración de la renta a todos los maestros, se leyó todos los libros de la biblioteca en una tarde y hasta le dio tiempo a aprender francés para leernos las instrucciones de la cafetera el otro día... (El director me miraba como si me hubiesen salido un par de tetas).
- Me deja usté de piedra. Mi Ricardo listo...
- Listo no, señor Cesáreo, superdotado, pero superdotado de los buenos, de los de las películas. Ya le digo yo que para eso lo hemos hecho llamar, que lo hemos llevado a la Universidad y nos han dicho...
- Que mi Ricardo va a ir a la Universidad...
- A dar clase, señor Cesáero, que si puede ir él a darles clase a los de la Universidad...
- Virgen de mi arma, me lo están diciendo ustés en serio.
- Que me caiga muerto aquí mismo de miedo si miento.
- Virgen de mi arma...
- Sólo hay una pega, señor Cesaéro.
- ¿Qué paga pué haber?
- Pues que nos han dicho que para ir a la Universidad, como es tan chiquillo y no se van a creer que es superdotado, que no shan dicho que tiene que ir todas las mañanas arreglado como un pincel y de traje.
- ¿De traje? ¿De traje mi Ricardo?
- Entiéndalo, Cesáreo, es que es superdotado.
- Ya, ya, entiendo...

(Gracias por dejarme contar esta historia, Ricardo, sé que me has pedido que borrara esto, pero no he podido, de verdad, si algo recuerdo de toda esta historia, no es el miedo que pasé con tu padre, ni siquiera el sabor de las patatas rellenas de mi madre, sino lo que me reí el resto del año viéndote hacer gimansia con tu traje negro, tus zapatos de abuelo y tu pelo engominado. Un abrazo.)

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

sábado, 8 de mayo de 2010

MI VIDA COMO PROFESOR (Capítulo V)

- Álvaro, ha llamado la madre de de tu alumno Kevin (el niño-petardo, pensé yo), que va a venir a las doce a tu hora de atención a padres.- Me dijo el conserje nada más entrar por la puerta del instituto.
- Álvaro, luego a las doce tienes te vendrá la madre de Kevin a hablar contigo.- Me dijo el secretario cuando pasé hacia la sala de profesores.
- Álvaro, ¿te han dicho que va a venir la madre de Kevin a las doce? - Me informó el jefe del departamento cuando entré a la sala de profesores.
- Álvaro, ¿te viene hoy la madre de Kevin, no? -Me dijo un tío que estaba meando cuando me metí al water a hacer lo propio.
- ¡Pero bueno! -dije yo.- ¿Qué pasa con la madre de Kevin? ¿Que es una asesina en serie o qué? Que ya me estáis metiendo miedo todos, joder.
- Ah, que tú has visto nunca a la madre del Kevin...
- Pues no, ¿que qué le pasa?
- Y el muy cabrón se largó con una sonrisita sin decirme nada...

Encontrar a mis alumnos después del patio solía ser tarea fácil, pues normalmente estaban escondidos en el callejón del patio haciendo cosas que les podían gustar más o menos, léase: hacer palmas y cantar canciones de gitaneo, hacer como si fumaban tabaco, ponerse música de discoteca en los móviles, bajarse los pantalones y subirse los calzoncillos, escupir, escupir más, gritarse tonterías, revolcarse por el suelo, pintar tonterías en las paredes con rotuladores gordos, sentarse encima de sus mochilas, comerse bocadillos de metro y medio, reñir, subirse los unos encima de los otros, caerse, volver a reñir, volver a poner música, hacerse fotos con el móvil, reñir, escuchar música con los mp3, reñir, hacer palmas, revolcarse por el suelo... Actividades varias que solían provocar que nadie del resto de alumnos del instituto se acercase por allí. Menos yo, que tenía que ir a buscarlos porque el resto de profesores no se atrevían porque ellos usaban a Bruno para que escupiera al profesor o se cagara encima por su culpa en el caso de que se les ocurriera chillarles.
- Escuchadme. Escuchadme. ¡Escuchadme! ¡¡Escuchadme!! ¡¡¡ESCUCHADME!!!
Todos acabaron quietos por fin y me miraron cuando ya hacía rato que el timbre había sonado y el patio estaba desierto.
- Vale, que no ha venido Elvira (la profesora de Matemáticas); que está Hortensio de guardia (el viejo profesor de Historia) y, según sus palabras textuales, antes prefiere que le vuelvan a mirar la próstata que volver a quedarse de guardia con vosotros. De modo que os voy a llevar al aula 23 y os pongo una peli.
- ¡Otra porno, profesor! -Saltó enseguida mi alumno gitano llamado Ricardo.-Que se estaba acabando una latilla de mejillones sorbiendo el caldo.
- No, Ricardo, aquella no era una película porno.
- ¡Pero salió una teta, que la vi yo! -Insistió mi alumno amanerado llamado Abelino.
- ¡Yo me hice una... ! 
- ¡No quiero saber lo que te hiciste, Atid ni era una película porno! ¡ERA UN DOCUMENTAL SOBRE EL HAMBRE EN ÁFRICA Y EL TERCER MUNDO!
- ¡Pero salió una teta! -IInsistió Ricardo.
- Pues yo me hice...
- Y yo.
- Y...
- ¡YA ESTÁ BIEN! ¡VENÍOS TODOS CONMIGO QUE OS PONGA UN DOCUMENTAL SOBRE LA CAZA DE BALLENAS! ¿Qué quieres ahora, Ricardo?
- ¿Que si salen...?
- ¡A LA MIERDA, TODOS A LA 23! Que yo tengo que hablar con la madre del Kevin. 
Y los muy cabroncetes empezaron a hacer comentarios cada vez más soeces mientras que los llevaba al aula 23 hasta que el Kevin empezó a pegarles a todos y le tuve que pedir al Jonatan y a Atid que lo metieran a ratras.

-Álvaro , la madre de Kevin te espera en la sala de atención a padres.- Me informó el conserje con una palmada en el hombro que ya no pudo mosquearme más y dejarme meridianamente claro que lo que me iba a encontrar en ese cuarto iba a ser...
- ¡VIRGEN SANTA! -pensé.
Mientras tanto, mis alumnos ya estaban pasando el documental de las ballenas hacia delante buscando si no tetas, al menos que alguna ballena se comiera a algún marinero, mientras Abelino se dejaba pintar las uñas por Aurelia (mi alumna rumana) y Evelyn y Vladimiro se enrollaban como si quisieran dedicarse a cirujanos.
- ¡Hola, buenas... (si llego a decir lo que pensaba me pega una hostia) buenos días, soy... (su esclavo si usted quiere), soy Álvaro, el profesor de castellano de Kevin y su tutor para lo que usted quiera (esto sí que se me escapó).
Y entonces la madre del Kevin se levantó, se acercó a mí y me dio dos besos y yo me acordé de la película porno que les había puesto del hambre en África y pensé que esa mujer podía acabar con el hambre en África ella sola. ¡MADRE DE DIOS Y QUÉ DOMINGAS MÁS BIEN PUESTAS TIENE TU MADRE, KEVIN!
- Pues, pues bien, dígame, de qué quiere que hablemos.
- De mi hijo, ¿no?
- Ah, sí, sí, claro, claro (y yo pensando en que me dejara hacerle una foto con el móvil para enseñársela a mis amigos).
- Pues verá, yo no puedo venir todo lo que quisiera a hablar con usted por el trabajo, pero sí me gustaría (que me dé el teléfono, que me dé el teléfono), sí me gustaría poder llamar de vez en cuando para...
- Claro, claro, claro... y vive usted sola, digo viene usted sola, digo que si viene su padre.
- No, no, soy madre soltera. Pero yo lo que le quería decir es que no he venido hasta ahora porque como con usted Kevin sí que aprueba los exámenes, pues ya yo vivo más tranquila y me he descuidado un poco...
- Ah, no. No, no, no. Ha suspendido. Ha suspendido. El último examen lo suspendió.
- Huy, qué disgusto, pero si él me dijo.
- Miente. Miente, miente. Lo ha suspendido todo.
- ¿Cómo que todo? Pero si trajo el boletín... (y la señora se agachaba a sacar el boletín del bolso).
- Mentira. No, no, pero busque, busque el boletín. Mentira digo que seguro que lo falsificó. 
- Ay, no me diga eso, no me diga eso que me da un disgusto. (Y la madre del Kevin se echó a llorar y yo... y yo... ¡Y YO LE DI UN ABRAZO!) 
- No llore, señora, no llore (madre mía, no había abrazado yo a una mujer así en mi vida, madre mía), mire, no llore, lo que vamos a hacer, si usted puede, va a ser que venga usted todos los días como hoy y así yo la voy viendo, digo que voy viendo cómo va el Kevin...
- Ay, pero es que yo no puedo, yo trabajo todo el día y me cuesta mucho venir...
- Pues, pues no se preocupe, si quiere, si algún día lo vemos muy urgente, pues yo me puedo acercar a su trabajo y nos tomamos algo, un café, digo yo, y ya lo hablamos.
- ¿De verdad haría usted eso?
- (Señora, si le dijera yo lo que le haría a usted...) Por supuesto, señora, por supuesto. Y, ¿dígame, dónde trabaja usted? 
- Pues, conoce usted el gimnasio Altader.
- (Yo que me cambio de acera cuando paso por un gimnasio) Monitora de aerobic, ésta tenía que ser monitora de aerobic, con lo prieta que está... -Pensaba yo sin soltarla del abrazo.
- Me permite.
- Ah, sí, sí, claro, claro (estas manos no me las lavo yo en una semana).
- Pues allí...
- Ah, es usted monitoria de aerobic...
- No, no, qué dice, no. Soy masajista. Le iba a dejar a usted mi tarjeta y, si es tan amable, pásese y, si quiere, para que no le sea tan pesado, cuando sepa notas de exámenes de Kevin, pues me llama usted y se acerca si usted quiere.

Doce minutos y una dolorosísima despedida después entré en el aula 23 justo a tiempo de que se mataran o rompieran el proyector de vídeo.
- ¡QUIETOS TODOS! ¡QUIETOS! ¡VLADIMIRO, SACA LAS MANOS DE AHÍ! ¡NO FUMÉIS AQUÍ, JODER! ¡JONATAN, SACA EL ORDENADOR DE LA MOCHILA, EL MONITOR TAMBIÉN! ¡CALLAOS! ¡MAÑANA TENÉIS UN EXAMEN!

Todos pusieron cara de sorpresa.

- Pero, profesor, si no hemos hecho nunca...
- ¡YA LO SÉ, ME DA IGUAL, MAÑANA EXAMEN, Y A PARTIR DE AHORA, TODOS LOS DÍAS... bueno, todos los días no, que es mucho, TODOS LOS VIERNES TENDRÉIS EXAMEN! Kevin, Kevin, ven aquí, hijo, tú no te olvides de decírselo a la mamá, recuerda, cariño, todos los viernes examen con Álvaro...

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.