domingo, 13 de junio de 2010

EL MEJOR ANUNCIO DE COCA-COLA

En 1986, Dorio Cifuentes era uno de los principales publicistas de este país; perteneciente a la alta burguesía catalana por méritos propios y matrimonio, toda su vida se vio truncada a finales de ese año cuando su mujer y su hija fallecieron por culpa de un vergonzoso error médico. 
Ahí comenzó la segunda vida de Dorio Cifuentes, pues desapareció. Lo que parecía increíble, después de todo el revuelo que la prensa formó alrededor de su desgracia, lo fue. Nadie más volvió a saber de él. Cerró SupraMar, su empresa de publicidad, el edificio de oficinas de Paseo de Gracia fue abandonado e inmediatamente ocupado por la nueva Sede del Banco Pastor en la capital condal y, en definitiva, nadie pudo saber qué fue de Dorio Cifuentes a partir de esa fecha.
En realidad, lo que hizo Dorio Cifuentes fue coger un tren de madrugada hacia Lleida y volver al que había sido su refugio durante las peores etapas de su vida, que claro que las hubo, una antigua masía de campo perdida en el interior de la provincia, de tan difícil acceso que, cuando la compró, lo hizo sabiendo que sólo un camino descendía hasta ese pequeño valle que él iba a poseer y, consecuentemente, cerrar para que nadie más lo molestara. 
Allí había comenzado la segunda vida de Dorio Cifuentes, una vida dedicada por entero al autoabastecimiento de su masía y a la soledad; lo primero lo consiguió a base de madrugones y frugalidad, pues hizo renacer los huertos con nuevas verduras, las pocas vides fueron podadas e injertadas, compró una par de vacas y algunas cabras que pastaban a su aire por los terrenos acotados con vallas de madera o muros de piedra. Es decir, del mismo modo que en su otra vida Dorio consiguió convertirse en el perfecto publicista, en ésta su nueva etapa, había renacido como el perfecto payés. 
Sin embargo, un día, una muchacha joven, estudiante de publicidad y al mismo tiempo hija del notario de Lleida, había logrado dar con unas escrituras de propiedad en el despacho de su padre que no hacían allí otra cosa para ella que revelarle el nombre que tanto tiempo se había convertido en un mito en la facultad y esas escrituas le llevaron por una senda un día de lluvia cargada con una mochila y un montón de preguntas.
Encontró, por supuesto a don Dorio Cifuentes mucho más viejo y curtido que en las fotos, pero enseguida vio en su manera de hablar y de cuidar aquella masía, que era el mismo hombre perfeccionista y sabio que ella había buscado. 
No se atrevió ella a preguntarle por los motivos de la huida, pues le eran de sobra conocidos, pero sí, al recibir la hospitalidad de pasar la noche a aquellas horas de la tarde lluviosa, se atrevió a preguntarle por una posibilidad de vuelta. Le habló de los veinte años que habían pasado, de que todavía se estudiaban sus campañas de publicidad de cava catalán en la facultad, de que sus fotos y sus anuncios aparecían en todos los libros.
Pero Dorio el dijo que no, que no tenía intención de volver, nunca, bajo ninguna condición. Y ella insistió, insistió en el motivo:
- Verás, la vida no es un éxito o un fracaso, no se mide por el dinero, los premios, los triunfos o las derrotas; la vida es simplemente tiempo, hay gente que vive los minutos, gente que vive las horas, gente que vive los días y hasta gente que vive los años. Cuando te enamoras, vives los minutos que la tendrás a tu lado; cuando te casas, vives las horas que estarás separado de ella; cuando la pierdes, vives los días que la tuviste; cuando todo eso acaba, sólo te queda vivir los años que te faltan para volver a verla.

Esa chica no dijo nada más, no le reveló a nadie que había encontrado a un anciano payés que se hacía llamar Dorio Cifuentes, no volvió allí, pero sí que logró, al año siguiente, llevarse el Primer Premio en el Festival de Publicidad de San Sebastian con un anuncio que todos vimos por televisión ese año para anunciarnos una bebida de cola.
Ese mismo año murió un viejo payés en el más completo anonimato.

Texto: Álvaro García.

JABALINAS ANTISORDERA

Janica  Petrovic se incorporó al aula de 1A después de Navidad. La recuerdo asustada, callada, muy callada y temblorosa. Parecía asustarse por cada palabra que oía, como si le calleran piedras del cielo. El resto de alumnos, curiosos por su mudez y belleza exótica (era extremadamente preciosa) no cesaban en el empeño de dirigirse a ella gritándole las sílabas a la cara, una a una, como jabalinas antisordera. Pero Janica no estaba sorda, ni era tonta. Demostró en tan sólo dos meses, justo antes de las vacaciones de Pascua, una capacidad insospechada para el aprendizaje de nuestra lengua.  Ya no se estremecía cuando le preguntaban su nombre o edad.  Jugaba con soltura a sortear jabalinas chillonas lanzadas al aire. Cuando las tenía todas, las devolvía con un castellano impoluto.

Un día, a la hora del patio, me la encontré llorando en un rincón del pasillo. ¿Qué ocurre Janica? Pero ella no dejaba de llorar, le caían unos lagrimones enormes. En proporción, pensé, a esos ojos verdes inmensos. ¿Ha ocurrido algo? ¿Alguien te ha molestado? Y seguía lloviendo por sus mejillas. Ni una palabra. Entonces le agarré la mano, estiré, pues no quería seguirme, y la llevé hasta mi departamento. Allí le di un papel y un lápiz y le dije que me dibujara su país.

Un bumerán, dibujó un bumerán. He de reconocer que había olvidado este dato geográfico. Sabía que Croacia tenía kilómetros y kilómetros de costa adriática, pero lo del bumerán…Ahora dime dónde está tu ciudad y cómo se llama. Y le cambió la cara mientras escribía Karlovac en el centro mismo del bumerán.  Dejó de llorar, de golpe. Entonces comprendí el daño, todavía reparable.

Sonó el timbre, el patio había finalizado, le dije que cogiera el papel y que me siguiera. Entramos en el aula y tras cinco minutos de árduo empeño por conseguir un silencio caro me dirigí a la clase. Hoy Janica nos va a hablar de su país, de su ciudad natal y de su familia y quiero que todos la escuchemos con la misma atención con la que Janica, en estos últimos meses, ha estado empapándose de  nuestro idioma y cultura. Tuve miedo, miedo a la traición. Miedo a los resoplidos adolescentes. Miedo a la ironía burda y cruel. Pero nada de eso sucedió. Janica destapó con un castellano casi perfecto un baúl de emociones contenidas, de recuerdos asfixiados, de imágenes heladas que ahora escapaban de su boca y de sus manos mientras dibujaba en la pizarra, sin parar, uno a uno los 19 condados de su país. Se la veía tan feliz y orgullosa, seguramente algún maestro de escuela se los había hecho aprender, y ella no sólo los dibujó sino que les puso nombre. Y nos quedamos tiesos de admiración ante un bumerán lleno de nombres impronunciables.

Supongo que entonces todos comprendimos que si nos viéramos obligados a emigrar a Croacia y la gente allí nos gritara esos nombres impronunciables a la cara y además nos hiciera aprenderlos  de memoria nos sentiríamos extremadamente tristes e impotentes al principio.

Janica finalizó el curso con todo aprobado.  Y nosotros aprendimos a decir Zdravo!  ,  živio! , Dobro jutro!, Laku noć
                                          Sretan put!


Texto: Eva Jorge que no podía dormirse.
Ilustración: Turcios. http://turcioshumor.blogspot.com/

miércoles, 9 de junio de 2010

PHILOSOPHIAE NATURALIS PRINCIPIA MATHEMATICA

- En realidad, lo que me repatea de verdad, Adelino, son todos aquellos críticos de nueva ola que siguen insistiendo en que Pablo Neruda se ubicó en una postura machista al redactar Me gusta cuando callas porque estás como ausente, no lo soporto, de verdad, los pondría a todos a picar piedra.-Le espetó Sigfrido mientras abría la acequia del agua y dejaba que su huerta se inundara a manta esa tarde de junio.
- Eso es porque los lees, Sigfrido. Yo hace mucho que cancelé mi suscripción al Reader's Digest y que renuncié a leer filosofía más allá del Idealismo Alemán. Uno no puede estar constantemente poniendo en deliberación o en tela de juicio todo lo dicho hasta ahora. El mundo ya estaba hecho cuando Andrés Bello redactó su gramática, José Cuervo dijo todo lo que se tenía que decir sobre los americanismos y ya, si me apuras, la Física Cuántica me parece un exceso.- Le respondió Adelino mientras abría los caballones de tierra mojada para dejar que el agua transparente inundara sus patatas.
- ¿Nunca has pensado que hemos nacido en una época equivocada?
- Constantemente, Sigfrido, constantemente. Yo por mí, con tener Los Episodios Nacionales de Galdós en sus cinco series y el Philosophiae naturalis principia mathematica de sir Isaac, me sobro y me basto, de verdad, Sigfrido, que la mente humana, el ansia de conocimiento que el intelecto inyecta en el individuo no necesita más para saciarse que cuatro leyes lógicas del comportamiento y la física. ¿Para qué más?
- Cuánta razón tienes, Adelino. Se te está saliendo el agua por ese lado de la huerta.
- Bah, no te preocupes, Sigfrido, si el Mundo es redondo como yo pienso, lo mismo que se cae por allí, dará la vuelta y volverá a entrar por este lado.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.                               

martes, 8 de junio de 2010

LA SERRANA (versión neorrealista italiana)

Yo, cuando me muera, que me muera de golpe, nada de angustias, un cerrar los ojos , y ya está, sin padecer, pensaba aquel viejo cartero, todavía por jubilar, mientras daba pedaladas sobre esa extensión de hierros, alambres  y dos ruedas que había ido dejando de ser, con los años, bicicleta, para convertirse  en parte de sí mismo.
Tosió un poco más, se rascó la frente sudada y siguió subiendo la cuesta de la acacia.
Ya nadie vivía por allí, y menos recibía cartas; desde que cerraron la antigua fábrica de mantas, ya nadie vivía por allí.
Tosió un poco más, se rascó la frente sudada y siguió subiendo la cuesta de la acacia.
Antes sí, cuando él empezó, todo eran cartas comerciales, administrativas, del Gobierno, incluso alguna que otra del extranjero trajo; pero ahora ya nadie vivía por allí.
De pronto apareció de un salto un muchacha en pelota viva, pero una maciza como su madre la había traído al mundo y más grande que un caballo. El pobre cartero se quedó petrificado sobre la bicicleta y suerte tuvo de no precipitarse de culo cuesta abajo por donde tanto la había costado subir.
-          ¡Alto ahí, quién es usté!
El cartero, con los ojos como dos platillos de carajillo, ni hablar podía ante semejante hembra con semejantes ubres y tan hermosote conejillo, que lo más cerca que había visto el pobre cartero uno de esos así en vivo había sido cuando la Mili en Ceuta.
-          ¡Que dónde vas!
Por fin pudo reaccionar y mirar a los ojos a aquella hermosura de hembra:
-          Pues el cartero soy y a entregar una carta venía.
-          ¡Pata quién es la cata!
Aquí es cuendo se dio cuenta el viejo servidor postal de que esa moza tetas tenía para amamantar ella sola a un regimiento, pero luces, luces, lo que se decía luces, puede que tuviera hasta menos que su bicicleta.
-          Pues aquí la llevo. Y aquí le leo que la carta es para don Apolinar Rodríguez de Cepeda.
-          ¡Esa es pa mí! –gritó la moza abandonando la postura en jarras y adelantándose con todo su cuerpo en cueros hacia el asombrado cartero.
El asombrado cartero no tenía ni idea aún de lo que podía esperarle ese día, pues la serrana lo cogió en volandas como quien aventaba paja de garbanzos, se lo echó al hombro, bicicleta incluida y con él en el interior de la fábrica y tirado al suelo todavía enganchado a la bicicleta, lo violó, lo violó tanto que el pobre viejo a punto de jubilarse, no es que bajase la cuesta de la acacia temblándole las piernas, sino que al día siguiente, la subía de buena mañana como si tuviera quince años menos, sonriendo y resoplando,  y con el acuse de recibo por firmar en la otra mano.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.                          
                                                      

domingo, 6 de junio de 2010

PLATERO Y YO (una segunda opinión)

Platero es pequeño, peludo y suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Hace un tiempo se puso enfermo y tuvimos que llamar al médico, pero al final, cuando ya parecía todo que se iba a morir, sus espejos de azabache volvieron a abrirse y salió de nuevo a trotar con su bailecillo alegre por la ladera verde de amapolas rojas.

Esta mañana, hemos llevado a Platero a montar a la burrita de don Anselmo, y él se ha puesto tan contento que le arrastraba el badajo rojo por toda la era llenándoselo de polvo y granos de trigo molido; la burrita se ha puesto nerviosa al verlo como una novia en primavera, pero Edelmiro, el mamporrero, los ha sabido juntar con sus manos fuertes y Platero la ha cubierto tan loco como un mozo borracho una madrugada de verbena; relinchando y rezongando encima de ella con las patitas por encima de su grupa como si no quisiera que se fuera, con la boca abierta mordiéndole a la burrita las orejas de algodón como si le quisiera decir: -¿Quédate quieta que ya verás como no lo tengo todo de algodón?

Después, Platero se ha ido contento a la cuadra, se ha quedado dormido de costado, yo me he acercado a la sombra de su cuarto y sólo he visto sus ojos de azabache mirándome como diciendo: -Lo que me hiciste perderme, Juan Ramón...

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt. 

viernes, 4 de junio de 2010

EL MEJOR LIBRO DE AUTO-AYUDA

Durante mucho tiempo espié a la vecina cuando salía de la ducha a las siete y cuarto de la mañana; de hecho, mi motivo para madrugar era aquel espectáculo de albornoz verde abierto, bragas subiendo y sujetador abrochado que llegó a convertirse en una rutina. 
Un domingo de septiembre, cuando yo estaba preparando el examen de Retórica Medieval, aquella ventana apareció cerrada y jamás se volvió a abrir. 
Yo madrugué como un poseso, trasnoché como un imbécil, me aposté en el balcón como un condenado; pero aquella ventana jamás se volvió a abrir.
Entonces fue cuando me compré todos los libros de auto-ayuda que me recomendaron en un foro de Internet, desde El alquimista hasta Dios vuelve en una Harley, desde Martes con mi querido profesor hasta... pero yo lo que quería eran más lunes con mi querida vecina. 
Y me deprimí como un eunuco en una orgía.
Una tarde de diciembre, llamaron al timbre de arriba, era una chica joven con tres ratas y un tatuaje de un dragón en la espalda (eso no lo pude descubrir por la mirilla); en realidad, no me acordé ni me acuerdo de cómo me dijo que se llamaba, pero yo la dejé pasar para que me soltara su rollo de que me cambiara de compañía de teléfono. Sorprendentemente, cuando le expliqué que mi teléfono estaba de adorno, que era un estudiante más pobre que una rata, ella soltó un resoplido y se esclafó en mi sofá, encima de mi manta de la siesta, como si lo hubiera hecho toda su vida. A continuación, debió descubrir mis libros de auto-ayuda por el suelo y soltó:
- Ah... tú también los has leído.
Yo, volviendo a encender el calefactor eléctrico porque era un día muy frío, le contesté:
- Lo he intentado, pero no me he acabado ninguno.
Y ella, sin el más mínimo interés de hojearlos, contestó:
- Yo los saqué todos de la biblioteca, pero no sirven para nada, te lo digo yo. 
Luego me miró como si me examinara. De arriba a abajo. 
Cierto es que yo siempre me he puesto el pijama para echar la siesta, cierto es que me había dejado el plato de macarrones con chorizo reseco encima de la mesa con la botella de Coca-cola llena de agua y la piel del plátano. Pero ella añadió:

- Estoy harta de tocar a timbres hoy, ¿te apetece que follemos?

Cierto es que yo tenía la cama sin hacer y cubierta de ropa sucia hasta arriba, que hubo que poner el calefactor en la habitación porque estaba helada, que ella no era, ni de lejos, la mujer más hermosa del mundo ni yo, ni mucho menos, el mejor amante que hubiese conocido; cierto que le olían los pies como a un mendigo descalzo, que a mí me olía el aliento a chorizo, que no era ni de lejos la mujer más limpia que había desnudado; cierto que tampoco nos caímos muy bien por lo poco que hablamos; cierto que nos despedimos casi sin mirarnos; pero yo descubrí una cosa de los libros de auto-ayuda aquella tarde: que sólo valen para que alguien descubra que...

¡Qué narices! No aprendí nada, pero... ¡me acosté con una tía sin tener que salir de casa! Ningún estúpido  libro de auto-ayuda te dará eso, y seguramente era eso lo que necesitabas cuando fuiste a la librería, lo elegiste dejándo que esa morena bajita te viera escoger con el dedo y se lo diste a la cajera rubia  con cara de interesante para que te cobrara...



Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.          RECUERDA