En 1986, Dorio Cifuentes era uno de los principales publicistas de este país; perteneciente a la alta burguesía catalana por méritos propios y matrimonio, toda su vida se vio truncada a finales de ese año cuando su mujer y su hija fallecieron por culpa de un vergonzoso error médico.
Ahí comenzó la segunda vida de Dorio Cifuentes, pues desapareció. Lo que parecía increíble, después de todo el revuelo que la prensa formó alrededor de su desgracia, lo fue. Nadie más volvió a saber de él. Cerró SupraMar, su empresa de publicidad, el edificio de oficinas de Paseo de Gracia fue abandonado e inmediatamente ocupado por la nueva Sede del Banco Pastor en la capital condal y, en definitiva, nadie pudo saber qué fue de Dorio Cifuentes a partir de esa fecha.
En realidad, lo que hizo Dorio Cifuentes fue coger un tren de madrugada hacia Lleida y volver al que había sido su refugio durante las peores etapas de su vida, que claro que las hubo, una antigua masía de campo perdida en el interior de la provincia, de tan difícil acceso que, cuando la compró, lo hizo sabiendo que sólo un camino descendía hasta ese pequeño valle que él iba a poseer y, consecuentemente, cerrar para que nadie más lo molestara.
Allí había comenzado la segunda vida de Dorio Cifuentes, una vida dedicada por entero al autoabastecimiento de su masía y a la soledad; lo primero lo consiguió a base de madrugones y frugalidad, pues hizo renacer los huertos con nuevas verduras, las pocas vides fueron podadas e injertadas, compró una par de vacas y algunas cabras que pastaban a su aire por los terrenos acotados con vallas de madera o muros de piedra. Es decir, del mismo modo que en su otra vida Dorio consiguió convertirse en el perfecto publicista, en ésta su nueva etapa, había renacido como el perfecto payés.
Sin embargo, un día, una muchacha joven, estudiante de publicidad y al mismo tiempo hija del notario de Lleida, había logrado dar con unas escrituras de propiedad en el despacho de su padre que no hacían allí otra cosa para ella que revelarle el nombre que tanto tiempo se había convertido en un mito en la facultad y esas escrituas le llevaron por una senda un día de lluvia cargada con una mochila y un montón de preguntas.
Encontró, por supuesto a don Dorio Cifuentes mucho más viejo y curtido que en las fotos, pero enseguida vio en su manera de hablar y de cuidar aquella masía, que era el mismo hombre perfeccionista y sabio que ella había buscado.
No se atrevió ella a preguntarle por los motivos de la huida, pues le eran de sobra conocidos, pero sí, al recibir la hospitalidad de pasar la noche a aquellas horas de la tarde lluviosa, se atrevió a preguntarle por una posibilidad de vuelta. Le habló de los veinte años que habían pasado, de que todavía se estudiaban sus campañas de publicidad de cava catalán en la facultad, de que sus fotos y sus anuncios aparecían en todos los libros.
Pero Dorio el dijo que no, que no tenía intención de volver, nunca, bajo ninguna condición. Y ella insistió, insistió en el motivo:
- Verás, la vida no es un éxito o un fracaso, no se mide por el dinero, los premios, los triunfos o las derrotas; la vida es simplemente tiempo, hay gente que vive los minutos, gente que vive las horas, gente que vive los días y hasta gente que vive los años. Cuando te enamoras, vives los minutos que la tendrás a tu lado; cuando te casas, vives las horas que estarás separado de ella; cuando la pierdes, vives los días que la tuviste; cuando todo eso acaba, sólo te queda vivir los años que te faltan para volver a verla.
Esa chica no dijo nada más, no le reveló a nadie que había encontrado a un anciano payés que se hacía llamar Dorio Cifuentes, no volvió allí, pero sí que logró, al año siguiente, llevarse el Primer Premio en el Festival de Publicidad de San Sebastian con un anuncio que todos vimos por televisión ese año para anunciarnos una bebida de cola.
Ese mismo año murió un viejo payés en el más completo anonimato.
Texto: Álvaro García.





