martes, 20 de julio de 2010

ANA YNADA: PENÉLOPE DESNUDA EN EL MAR

- ¿Qué lees, Mario?
- Ulises, la Odisea.
Lucía se levanta de la cama, es agosto y hace mucho calor, parece que nadie viva en la ciudad a esas horas.
- ¿Tienes hora?
Mario levanta la cabeza del libro, se incorpora un poco en el sofá de escai y le responde volviendo al libro:
- El microondas dice que las cuatro y veinte.
- Podíamos salir. Podíamos ir a la playa o algún sitio donde se esté más fresco. Estoy ahogada de calor.
- No. -A veces hablas, a veces las palabras de escapan volando de tu boca y quisieras matarlas a pisotones como quien chafa sujetadores vivos.
- ¿Por qué no, Mario? ¿Por qué no quieres ir a la playa?
- No tengo bañador.
Lucía esperaba algún trauma como respuesta, la obviedad la deja perpleja como a un ahorcado en una paquetería.
- Da igual, bajo a los chinos y te compro uno.
Mario sigue parapetado detrás de Homero.
- El bañador era una excusa, no quiero ir a la playa.
- Dame un motivo.
- Me empalmo.
- Dame uno de verdad.
- No quiero ir.
- Me da igual, me bajo a los chinos a comprarte un bañador.- Mientras toma la decisión, Lucía se peina el vello púbico sin depilar, estuvo desnuda todo el tiempo frente a él, como una astronauta desnuda frente a él.
Pero es cierto, al cabo del tiempo, Mario se alegra en silencio por volver a oír la puerta al abrirse con las llaves de ella, se alegra como se alegraría un cura de ver a una beata un miércoles en su iglesia. Vuelve a esconderse detrás de Homero.
- No te asustes, en los chinos sólo había esto.
- Me niego a ponerme eso.
Lucía le muestra un bañador que parece unos calzoncillos rojos de niño con un dibujo de un cohete.
- No te quejes, mira lo que me he tenido que comprar yo.
Lucía saca ahora de la bolsa una especie de bikini de rayas azules y blancas con el dibujo de un pony rosa y un arcoíris.
Por algún motivo extraño, Mario deja el libro sobre la mesa, despega su espalda sudada del sillón de escai y se fija en los pelos mojados de Lucía enmarcándole la sonrisa, en su bolsa blanca todavía llena, en ese bikini de niña que le muestra poniéndoselo por encima.
- Lucía, ¿no lo entiendes? Es verano, es agosto, todo el mundo vive sus vacaciones ideales en playas maravillosas y nosotros estamos aquí encerrados en un piso viejo, muertos de calor y con unas bragas y unos calzoncillos de niños. ¿Qué quieres que hagamos para ser más desgraciados?
Lucía sonríe todavía más:
- ¡He comprado una piscina!
Son las cinco y media de una tarde infernal de agosto, la ciudad está desierta como si una bomba atómica hubiera abrasado a todos sus habitantes; en la terraza de una finca vieja del centro, con su suelo rojo ardiendo por el sol , Lucía y Mario han llenado una piscina de plástico, se han puesto sus bañadores infantiles, y se han encajado eluno contra el otro para caber dentro de ese círculo de agua bajo el cielo azul.
- Seguro que alguien nos está viendo y hasta nos está haciendo fotos.
- No digas tonterías, Mario, todo el mundo está en la playa, estamos solos.
- Si lo digo por ti, a mí me da igual, pero se te salen las tetas por el bikini.
- Ya, me da igual, tú imagina que estamos en... ¿qué libro era? Ah, que estamos en las islas griegas, que nos estamos bañando en el mar griego ese, que somos náufragos y que nadie nos ve.
- Yo me lo imagino, pero...
- ¿Cómo se llamaba la mujer de Ulises? Ah, ya me acuerdo Penélope. ¿Esa no era la que tejía y destejía por la noche para no casarse?
- Sí, más o menos.
- Pues mira, estira de aquí.-Lucía le entrega a Mario uno de los lazos de su bikini de niña mientras se retira el agua de la cara que se acaba de mojar.
- ¿Para qué quieres que estire?
- Pues... tú estira, así yo seré Penélope y esto será un mar en medio de las islas griegas y no una terraza en medio de los tejados.
- Y si estiro, ¿esto será un mar?
- Claro, estira.
Mario estira.
- Ahora estira de aquí.
- Lucía, nos tienen que estar viendo.
- No me importa, no hay nadie en este mar, y si alguien hay, será otro náufrago como nosotros, ¿a quién crees que le podrá contar que nos ve desnudos en una piscina de plástico? No lo hará, -Lucía arroja el resto del bikini al suelo rojo ardiente que lo recibe secándole las manchas de agua con rapidez-, no lo hará porque entonces tendrá que confesar que estaba perdiendo un día de agosto de su vida mirando solo por la ventana a las terrazas. No lo hará.
Y sus blancos cuerpos desnudos dentro de la piscina de plástico se fueron alejando sobre la terraza de suelo rojo ardiendo hasta convertirse desde las alturas en que nos ven los dioses del Olimpo como náufragos de un mar desierto de tejados y antenas.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.                               

domingo, 18 de julio de 2010

LEER EL FUTURO

Como todos los que escribimos, llevo ya unos cuantos años escrutando el horizonte para saber si lloverán libros o archivos PDF, es decir, qué cambios sufrirá el sector editorial con la proliferación del libro electrónico, y he de reconocer, como todos, que no tengo ni puta idea. 

Por un lado, pienso que los lectores son diferentes a los oyentes, me explico: es peligroso pronosticar una revolución idéntica en las descargas de libros a la que produjo en el sector discográfico el MP3. ¿Por qué? Porque el público que creó y extendió la difusión gratutita de la música a través de Internet era muy diferente al público lector. Primera diferencia: no querían comprar discos. Es cierto, en aquellos momentos el sector discográfico cobraba más de veinte euros por un CD que ya había degenerado, puesto que, si en su origen el CD supuso una digitalización del vinilo, con el tiempo, las discográficas rompieron esa tradición. ¿Cómo? Los dicos de vinilo tenían dos caras, una cara A y otra B, normalmente estaban limitados por espacio a unas doce pistas, que se ordenaban de una manera más o menos estandarizada de la siguiente manera: en la cara A estaban grabados los dos o tres singles del disco, los éxitos que escucharías en la radio; mientras que en la cara B se solían colar temás más experimentales o malos. De modo que tú sabías que te comprabas un CD y que por lo menos tendrías varias canciones buenas, de hecho, tú, si sólo te gustaba una canción, te comprabas el single, la canción en un vinilo más pequeño y ya está. Pero el CD, como decía, no respetó esta tradición al optar por lanzar antes del CD un bombardeo por radio con la canción que iba a ser un éxito y luego rellenar todo el CD con morralla musical. Lo cual, lógicamente, provocó que se pusieran a los compradores en contra, a ver, tú te comprabas un CD por más de veinte euros y luego descubrías que sólo valía una canción, así una vez y otra vez, con lo cual, te costaba la puñetera cancioncilla de moda que habías escuchado por la radio veintipico euros. Insisto, era lógico que todos abrazásemos el MP3 como una venganza pues nos habían estado engañando y además, ni siquiera queríamos el disco entero, sólo una canción.

Respecto al mercado del libro, esa manipulación no existe, el libro no se vende a trozos con engaños y el público no está en contra de seguir comprando libros como lo estuvimos de seguir comprando discos. Al mismo tiempo hay una distinción más débil entre ambos públicos, y radica en la edad y el manejo de las tecnologías; puesto que resultó muy fácil implantar el MP3 entre el público joven puesto que ellos eran precisamente los principales consumidores de música y al mismo tiempo los pioneros en el manejo de las nuevas tecnologías. Por el contrario, los lectores de libros son un mercado mucho más maduro, con más poder adquisitivo y con mayores reticencias a las nuevas tecnologías de las que pudieran tener los adolescentes. El ejemplo es muy sencillo: cualquier adolescente que quiera una canción se pasará las horas que haga falta trasteando en Internet y descargándose los programas que hagan falta para pasársela al móvil; mientras que si un lector siente el imperioso deseo de leer Los hombres que no amaban a las mujeres y no tiene la suerte de poseer un Libro Electrónico, antes que ver en ello una excusa perfecta para adentrarse en el maravilloso mundo de las descargas digitales, meditará mucho si no le cuesta menos ir a la librería y comprárselo. Sé que es una diferencia poco consistente y víctima del paso del tiempo pero, a día de hoy, hay que seguir teniéndola en cuenta.

Antes de meterme en el mundo de los escritores y las editoriales, todavía me queda una diferencia en los lectores que debo analizar y que no sé muy bien cómo hacerlo. Es la manera en que Internet a cambiado nuestro modo de leer. Pensemos por un momento en un lector ideal, uno de esos que se lee todos los días por Internet los cinco o seis periódicos de más tirada del país, ¿cuánto tiempo tarda en hacerlo? ¿Media hora? ¿Cuántos de nosotros recurrimos cada vez más a la lectura rápida de titulares por el simple interés de la actualización inmediata? Prueba de ellos es el crecimiento continuo de los lectores digitales del periódico 20 Minutos, periódico que no es un periódico al uso sino un periódico que se lee los otros periódicos y te los resume con titulares amarillos, poca letra y muchos comentarios. Es cierto, ha cambiado el modo en que leemos la prensa, de hecho, ya casi no la leemos, más bien la miramos. ¿Cómo va a afectar eso al libro digital? Modestamente pienso que al formato no le va a afectar en nada, pero que sí va a afectar y, de hecho, está afectando a los Blogs, de hecho, es una constatación que las entradas cortas en cualquier Blog de difusión cultural tienen más lectores que las largas. Ahí es donde yo pienso que el relato corto va a convertirse en un género de éxito tanto a través de los Blogs, donde ya ha cultivado a sus lectores, como en una posterior evolución hacia las novelas. Pero esto es algo difícilmente pronosticable, pues lo mismo se decía de los libros infantiles (que cada vez eran más cortos), y de una llego Harry Potter y les rompió a todos los esquemas.

Bien, respecto a los otros implicados en este negocio, vayamos dando leña. Por un lado, las editoriales no van a desaparecer, pero van a convertirse en algo inútil (lo cual es parecido pero no lo mismo), me explico, las editoriales se conciben como una empresa que selecciona a los mejores escritores, los imprime y te los vende; la googlelización del mundo es totalmente contraria a esa criterio decimonónico. Internet deja que publique todo el que quiera y que sea el público quien elija. Cierto es que la publicidad y los Medios de Comunicación todavía tienen que decir mucho a la hora de manipular el mercado estético y artístico, pero es una tendencia anacrónica con estos tiempos. Y, por otro lado, si ya no necesitamos de alguien que nos cobre por decirnos qué libros debemos leer, menos aún les vamos a pagar por descargárnoslos. Vamos, si no lo he hecho con ninguna canción, lo voy a hacer con un libro por muy fácil que me lo pongan. La piratería llegará a las descargas casi antes que las tiendas que ya se anuncian. De modo que, el único reducto de vida que les va a quedar a las editoriales va a seguir siendo o bien el libro interactivo (me río igual que me reí de las cámaras para videoconferencia en el móvil) o bien aferrarse al libro tradicional y premiar a su público fiel. Es decir, rezar para que sigamos comprando libros de papel en las librerías en lugar de bajárnoslos.

Y por último, respecto a los autores, siento pensar que todo eso que les están vendiendo de que se llevarán un amplio porcentaje del precio por descarga digital es humo puesto que nadie va a pagar por descargas. Evidentemente que el Best-Seller lo seguirá siendo en ambos formatos, digital e impreso, y se forrará en los dos con un sólo libro que reviente índices de ventas, pero los demás, y los demás va desde los más modestos como yo a los menos modestos como todos, esos sólo van a vivir de lo que vendan en las librerías. Y lo digo yo, que cobro aquí por gusto.

Admito réplicas.


Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.                               

viernes, 16 de julio de 2010

LA PRINCESA ANCIANA

La Princesa solamente tenía una teta, gorda como una calabaza en agosto, pero sin compañera en el escote. La culpa fue del brujo, a quien en su primera vida como gato negro, habían capado para que no se escapase. No sé muy bien, a mi abuela se le iba bastante la cabeza cuando se pasaba con las pastillas y nos contaba estos cuentos, no sé muy bien qué relación tenía el hecho de que el brujo no tuviera escroto con lo que le hizo a la Princesa de pequeña. 
Porque la teta como una calabaza se la puso con ocho años, cuando la niña todavía iba jugando por los pasillos del castillo y se caía de morros muchas veces porque aún no sabía correr bien con la teta. Recuerdo siempre que, llegado este momento del cuento, mi abuela miraba hacia atrás, hacia la puerta de la habitación y acto seguido se sacaba una botella de anís del Mono y le pegaba un trago rápido y luego nos dejaba a los niños probarlo un poquito.
Y el Príncipe tenía una chorra asííííííí de larga, ese gesto siempre lo recuerdo con la botella de anís del Mono en una de las manos, y mi abuela se echaba a reír; y todos lo sabían porque el Príncipe un día se había ahogado y lo sacaron y cuando las mujeres del puerto lo hicieron resucitar embadurnándolo con aceite de oliva le descubrieron que la chorra se le caía por la cama y le llegaba al suelo, que una de ellas se la pisó al acercarse a ver si respiraba. Es que mi abuela fue maestra y creo yo que mezclaba los cuentos con la misma facilidad que mezclaba las pastillas y el anís del Mono.
Y cuando el padre del Príncipe y la Princesa supo que se querían casar... En ese momento del cuento, los niños siempre interrumpíamos a la abuela para decirle que no podían casarse porque eran hermanos. Entonces la abuela se quedaba pensando y, con un nuevo trago y un brillo en la mirada nos revelaba que en realidad el Rey siempre había sido un impotente y un eyaculador precoz y que la tenía asííííí de pequeñita y que por eso la Reina le había puesto los cuernos y que entonces no eran hermanos y que sí que podían casarse. 
- Abuela, abuela, explícanos qué es un eyaculador precoz.-Siempre era la misma pregunta de todos los niños a coro.
- Eso es un hombre que la tiene tan pequeña que...
Entonces siempre solía entrar mi abuelo con cara de enfadado a ordenarnos, mirándonos a los ojos, que nos durmiéramos ya o sacaría la correa. Muchas mañanas, al día siguiente, la abuela no podía levantarse de la cama ni salir de la habitación, y tenía que ser mi hermana la que nos calentara la leche porque era la única a la que le dejaban encender el gas. Mi abuela murió poco tiempo después de cáncer de mama, pese a que le habían extirpado ya un pecho, ni las pastillas ni el anís del Mono pudieron evitar que se extendiera al otro y que muriera poco tiempo después. Apenas la recuerdo cuando miro las fotos en blanco y negro, pero creo que de aquellos cuentos extraños viene mi similar afición a la mentira escrita. 

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.                               

martes, 13 de julio de 2010

COLLIGE VIRGO ROSAS

A veces, miro fotos mías de cuando era adolescente. Hace mucho, quizás desde entonces que decidí no hacerme más.
A veces, meto tripa e intento encontrarme los abdominales que un día tuve. Sé que están, pero algo me impide verlos.
A veces, mientras me afeito, me fijo en mi cara en el espejo y no me reconozco, no me acostumbro a ser feo. 
A veces, miro a mis amigos de la infancia y descubro que se han hecho mayores, que parecen señores calvos con bermudas y chanclas; y pienso, con dolor, que igualmente me verán ellos a mí.
A veces, me encuentro con viejas adolescentes con las que alguna vez tuve algo, y siento lástima por cómo el tiempo las ha tratado, por cómo han acabado convirtiéndose en sus madres hasta con el mismo peinado.
Sé que tengo treinta y cuatro años, que hace mucho que dejé de tener veinte; sé que soy mucho mejor de lo que fui entonces, y que todo indica que el tiempo me hará cada día mejor persona. Pero es difícil, es tremendamente difícil comprobar cómo te vas volviendo invisible a las miradas en la playa, cómo ya no eres tan hermoso como fuiste y, lo que es peor, que todo indica que el tiempo me hará cada día más feo.
Collige virgo rosas (coge las rosas de tu juventud, muchacha mientras la flor todavía esté fresca), es un tópico que ya plasmó Ausonio hace un montón de siglos, y aunque siempre preferí la versión cruel de Góngora (por muy hermosa que seas ahora en la juventud, acabarás dando asco en la vejez y muriéndote como todas), hoy no la veo tan cruel, pues no creo que de anciana ya le preocupe eso.
Es cierto que somos hermosos en la juventud por lógica biológica (como animales, es nuestro momento del celo y es cuando más atractivos y fuertes debemos estar para competir con el resto de congéneres), pero ello no le quita crueldad a esta eterna juventud que hemos creado de manera artificial (y costosa: cremas, operaciones, dietas, depilaciones...) para pretender seguir siendo efebos a los cuarenta. Sin embargo, cada día me resulta más ridículo peinarme como mis alumnos, calzarme sus zapatillas, descubrir que llevo la misma camiseta que ellos y que enseño los mismos calzoncillos. Debería ser otra cosa, debería dejar que el tiempo pasara y acostumbrarme a ser feo, creerme lo que les enseño de la belleza interior, de que el físico no se merece pero la personalidad sí, todas esas... paparruchas. Adaptando una magistral frase de Miguel Delibes: A partir de los treinta, cualquier cambio que descubras en tu físico, no va a ser para mejor.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.