- Ulises, la Odisea.
Lucía se levanta de la cama, es agosto y hace mucho calor, parece que nadie viva en la ciudad a esas horas.
- ¿Tienes hora?
Mario levanta la cabeza del libro, se incorpora un poco en el sofá de escai y le responde volviendo al libro:
- El microondas dice que las cuatro y veinte.
- Podíamos salir. Podíamos ir a la playa o algún sitio donde se esté más fresco. Estoy ahogada de calor.
- No. -A veces hablas, a veces las palabras de escapan volando de tu boca y quisieras matarlas a pisotones como quien chafa sujetadores vivos.
- ¿Por qué no, Mario? ¿Por qué no quieres ir a la playa?
- No tengo bañador.
Lucía esperaba algún trauma como respuesta, la obviedad la deja perpleja como a un ahorcado en una paquetería.
- Da igual, bajo a los chinos y te compro uno.
Mario sigue parapetado detrás de Homero.
- El bañador era una excusa, no quiero ir a la playa.
- Dame un motivo.
- Me empalmo.
- Dame uno de verdad.
- No quiero ir.
- Me da igual, me bajo a los chinos a comprarte un bañador.- Mientras toma la decisión, Lucía se peina el vello púbico sin depilar, estuvo desnuda todo el tiempo frente a él, como una astronauta desnuda frente a él.
Pero es cierto, al cabo del tiempo, Mario se alegra en silencio por volver a oír la puerta al abrirse con las llaves de ella, se alegra como se alegraría un cura de ver a una beata un miércoles en su iglesia. Vuelve a esconderse detrás de Homero.
- No te asustes, en los chinos sólo había esto.
- Me niego a ponerme eso.
Lucía le muestra un bañador que parece unos calzoncillos rojos de niño con un dibujo de un cohete.
- No te quejes, mira lo que me he tenido que comprar yo.
Lucía saca ahora de la bolsa una especie de bikini de rayas azules y blancas con el dibujo de un pony rosa y un arcoíris.
Por algún motivo extraño, Mario deja el libro sobre la mesa, despega su espalda sudada del sillón de escai y se fija en los pelos mojados de Lucía enmarcándole la sonrisa, en su bolsa blanca todavía llena, en ese bikini de niña que le muestra poniéndoselo por encima.
- Lucía, ¿no lo entiendes? Es verano, es agosto, todo el mundo vive sus vacaciones ideales en playas maravillosas y nosotros estamos aquí encerrados en un piso viejo, muertos de calor y con unas bragas y unos calzoncillos de niños. ¿Qué quieres que hagamos para ser más desgraciados?
Lucía sonríe todavía más:
- ¡He comprado una piscina!
Son las cinco y media de una tarde infernal de agosto, la ciudad está desierta como si una bomba atómica hubiera abrasado a todos sus habitantes; en la terraza de una finca vieja del centro, con su suelo rojo ardiendo por el sol , Lucía y Mario han llenado una piscina de plástico, se han puesto sus bañadores infantiles, y se han encajado eluno contra el otro para caber dentro de ese círculo de agua bajo el cielo azul.
- Seguro que alguien nos está viendo y hasta nos está haciendo fotos.
- No digas tonterías, Mario, todo el mundo está en la playa, estamos solos.
- Si lo digo por ti, a mí me da igual, pero se te salen las tetas por el bikini.
- Ya, me da igual, tú imagina que estamos en... ¿qué libro era? Ah, que estamos en las islas griegas, que nos estamos bañando en el mar griego ese, que somos náufragos y que nadie nos ve.
- Yo me lo imagino, pero...
- ¿Cómo se llamaba la mujer de Ulises? Ah, ya me acuerdo Penélope. ¿Esa no era la que tejía y destejía por la noche para no casarse?
- Sí, más o menos.
- Pues mira, estira de aquí.-Lucía le entrega a Mario uno de los lazos de su bikini de niña mientras se retira el agua de la cara que se acaba de mojar.
- ¿Para qué quieres que estire?
- Pues... tú estira, así yo seré Penélope y esto será un mar en medio de las islas griegas y no una terraza en medio de los tejados.
- Y si estiro, ¿esto será un mar?
- Claro, estira.
Mario estira.
- Ahora estira de aquí.
- Lucía, nos tienen que estar viendo.
- No me importa, no hay nadie en este mar, y si alguien hay, será otro náufrago como nosotros, ¿a quién crees que le podrá contar que nos ve desnudos en una piscina de plástico? No lo hará, -Lucía arroja el resto del bikini al suelo rojo ardiente que lo recibe secándole las manchas de agua con rapidez-, no lo hará porque entonces tendrá que confesar que estaba perdiendo un día de agosto de su vida mirando solo por la ventana a las terrazas. No lo hará.
Y sus blancos cuerpos desnudos dentro de la piscina de plástico se fueron alejando sobre la terraza de suelo rojo ardiendo hasta convertirse desde las alturas en que nos ven los dioses del Olimpo como náufragos de un mar desierto de tejados y antenas.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.



