domingo, 31 de octubre de 2010

EL MEJOR ESCRITOR DEL MUNDO

El escritor más brillante de la historia contemporánea, la más prodigiosa mente que Dios pudo crear para la novela y el relato corto, la imaginación más ingente y elaborada que existió para la literatura en estos dos últimos siglos de existencia; insisto, el escritor más brillante, aquel cuyo don se encontraba sobrevolando desde el infinito la miserable torpeza de los que hoy consideramos grandes maestros de la literatura; el mejor escritor del mundo fue un niño analfabeto de nueve años llamado Peter Smith que agonizó y murió trabajando entre vagonetas bajo el techo de carbón de una de las galerías de aquellas minas del condado de Durham de la Inglaterra de la industrialización sin haber escrito una sola letra.


Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.                           

lunes, 11 de octubre de 2010

OMBLIGOS Y MANAZAS

- No consigo olvidarme de tu ombligo.

- ¿Has probado a dejar de pensar?

- Sí, por supuesto, pero vivir más sólo significaría más tiempo sufriendo el recuerdo o el olvido de tu ombligo.

- Y, ahora que es todo irremediable, ¿crees que yo tengo más parte de culpa que tú en esto?

- No hay nada irremediable, nada de lo que yo pueda acordarme ahora mientras te hablo, pero lo que intentaba era quitarle importancia para tener tiempo de poder pensar una respuesta adecuada como por ejemplo que yo nunca quise ser un héroe que habría vivido mucho más feliz sin tener al mundo entero mirando cada uno de los actos o las cosas que hago, no sé cómo decírtelo.

- Te entiendo, a mí a veces también me pasa, y sobre todo cuando me giro y me acuerdo del escribano este que llevamos a todas partes, que no me importa tenerlo al lado cuando estoy dando a luz a Abel o al pequeñito, que no me importa tenerlo al lado cuando estamos haciendo el amor y él se pone ahí a anotar todo lo que me tocas con mucho detalle que espero que nada de eso salga luego en el libro pero... lo que me quieres decir es que te arrepientes de lo del otro día en el árbol.

- No, en absoluto, durante mucho tiempo intenté llamarte hija de puta cuando más me dolía a ver si se me pasaba, pero luego comprendí que uno no puede luchar contra su destino, y que en última instancia fue Dios quien me dio a mí ojos y a ti no te dio ombligo, y lo del árbol ya está olvidado, de verdad, no creo que nadie se vuelva a acordar de eso ya nunca.


Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.                               

lunes, 4 de octubre de 2010

UN HORMIGUERO POR MASCOTA

A veces, Tomás, que ya tiene casi dos años, se me escapa corriendo desnudo de la bañera y, cuando lo consigo atrapar, se enfada y entre llanto y llanto, algún que otro pedo se le escapa. Yo no recuerdo nada de eso de mi infancia, de hecho, mi primer recuerdo se encuentra escondido entre dos sofás que tenía mi madre, mi primer recuerdo es la sensación de esconderme del mundo. Mundo en el sentido de personas.

Sentir aprecio por el mundo es como tener un hormiguero por mascota, de lo cual se deduce que no hay mayor sinceridad que la del cínico. 

Con diez años, le informé a mi peluquero de que habían dejado de gustarme las corridas de toros, y aquel viejo sucio me llamó crío; ese día tuve que buscar en el diccionario la palabra cínico y apuntar su significado en la libreta. Evidentemente, jamás lo hice, buscarla sí; apuntarlo no, siempre me ha dado mucha pereza escribir.

El hombre más sabio que he conocido nunca era un terrible cínico abocado al alcoholismo y las meretrices tras  dar sus maravillosas clases de filosofía en mi instituto; de él aprendí muchas cosas que ya he podido olvidar, aunque su trabajo me han costado, pero sobre todo aprendí que hay muy muy pocas personas interesantes en este mundo. 

Yo me largué de mi pueblo con dieciocho años y la firme convicción de que jamás volvería; también con el error de que ya había conocido a todos sus habitantes y concluido que no me valía la pena conocerlos más. Con la llegada a la universidad mi imaginación se expandió como una galaxia en día laborable pensando que allí conocería a las personas más increíbles del mundo...

Y no, las personas más interesantes del mundo, como mi querido cínico profesor de filosofía me descubrió, son aquellas a las que no les preocupa nada, ni la religión, ni la historia, ni la política, ni el futuro... nada, esa es la esencia de todo. A todas las personas les preocupa al menos una cosa: dejar de ser la persona que creen que son, dejar de ser la persona que se han creado, por eso te mentirán si te dicen que ya nada les preocupa. 

A mí me preocupa todo, yo el primero. Eso te lleva a pensar que, del mismo modo que por mucho andar junto a un atleta jamás conseguirás aprender el salto con pértiga, lo mismo sucede con la ataraxia o el cinismo, que no se pegan por mucho que los entiendas. De adolescente me preocupaba mucho morirme yo, ahora me preocupa más que se mueran los demás, por lo que no tengo claro si era más egoísta entonces u hoy. Sin embargo, hablarlo con otras personas no suele funcionar, pues si tú le cuentas a alguien tus preocupaciones, inmediatamente, él o ella dejará de escucharte y empezará a comparar las con las suyas, descubriendo, de paso alguna nueva que te debería agradecer. Y lo que es peor, si se te ocurre sentarte con un adulto y confesarle que nada te preocupa, inmediatamente te tomará por mentiroso y, en lugar de alegrarse por ti, por haber descubierto él una de esas escasísimas personas interesantes que han llegado al cinismo y a la ataraxia por la vía del conocimiento, lo único que te dirá es que menuda suerte la tuya, frase que siempre debemos reconocer como la antesala a esperemos que mañana te pase algo malo o tendré que compararme finamente contigo para asegurarme de que yo tengo más razones para ser feliz que tú o empezaré a desearte desgracias. Ahí está el error, y me da igual que ya lo dijera Chateaubriand, no es tu felicidad lo que me angustia sino la causa de que no sea mía.

A día de hoy, sólo conozco a una persona a la que nada le preocupe, sólo una, y se me suele escapar desnudo por el pasillo y cuando lo atrapo se le escapa algún pedo.


Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.