A veces, Tomás, que ya tiene casi dos años, se me escapa corriendo desnudo de la bañera y, cuando lo consigo atrapar, se enfada y entre llanto y llanto, algún que otro pedo se le escapa. Yo no recuerdo nada de eso de mi infancia, de hecho, mi primer recuerdo se encuentra escondido entre dos sofás que tenía mi madre, mi primer recuerdo es la sensación de esconderme del mundo. Mundo en el sentido de personas.
Sentir aprecio por el mundo es como tener un hormiguero por mascota, de lo cual se deduce que no hay mayor sinceridad que la del cínico.
Con diez años, le informé a mi peluquero de que habían dejado de gustarme las corridas de toros, y aquel viejo sucio me llamó crío; ese día tuve que buscar en el diccionario la palabra cínico y apuntar su significado en la libreta. Evidentemente, jamás lo hice, buscarla sí; apuntarlo no, siempre me ha dado mucha pereza escribir.
El hombre más sabio que he conocido nunca era un terrible cínico abocado al alcoholismo y las meretrices tras dar sus maravillosas clases de filosofía en mi instituto; de él aprendí muchas cosas que ya he podido olvidar, aunque su trabajo me han costado, pero sobre todo aprendí que hay muy muy pocas personas interesantes en este mundo.
Yo me largué de mi pueblo con dieciocho años y la firme convicción de que jamás volvería; también con el error de que ya había conocido a todos sus habitantes y concluido que no me valía la pena conocerlos más. Con la llegada a la universidad mi imaginación se expandió como una galaxia en día laborable pensando que allí conocería a las personas más increíbles del mundo...
Y no, las personas más interesantes del mundo, como mi querido cínico profesor de filosofía me descubrió, son aquellas a las que no les preocupa nada, ni la religión, ni la historia, ni la política, ni el futuro... nada, esa es la esencia de todo. A todas las personas les preocupa al menos una cosa: dejar de ser la persona que creen que son, dejar de ser la persona que se han creado, por eso te mentirán si te dicen que ya nada les preocupa.
A mí me preocupa todo, yo el primero. Eso te lleva a pensar que, del mismo modo que por mucho andar junto a un atleta jamás conseguirás aprender el salto con pértiga, lo mismo sucede con la ataraxia o el cinismo, que no se pegan por mucho que los entiendas. De adolescente me preocupaba mucho morirme yo, ahora me preocupa más que se mueran los demás, por lo que no tengo claro si era más egoísta entonces u hoy. Sin embargo, hablarlo con otras personas no suele funcionar, pues si tú le cuentas a alguien tus preocupaciones, inmediatamente, él o ella dejará de escucharte y empezará a comparar las con las suyas, descubriendo, de paso alguna nueva que te debería agradecer. Y lo que es peor, si se te ocurre sentarte con un adulto y confesarle que nada te preocupa, inmediatamente te tomará por mentiroso y, en lugar de alegrarse por ti, por haber descubierto él una de esas escasísimas personas interesantes que han llegado al cinismo y a la ataraxia por la vía del conocimiento, lo único que te dirá es que menuda suerte la tuya, frase que siempre debemos reconocer como la antesala a esperemos que mañana te pase algo malo o tendré que compararme finamente contigo para asegurarme de que yo tengo más razones para ser feliz que tú o empezaré a desearte desgracias. Ahí está el error, y me da igual que ya lo dijera Chateaubriand, no es tu felicidad lo que me angustia sino la causa de que no sea mía.
A día de hoy, sólo conozco a una persona a la que nada le preocupe, sólo una, y se me suele escapar desnudo por el pasillo y cuando lo atrapo se le escapa algún pedo.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.