A menudo solemos equivocarnos pensando que Dios sólo nos mira a nosotros, que se aburre con nuestro aburrimiento, que se entretiene con nuestros sueños... Es posible que eso sea cierto, pero nos pasa a todos, por eso nos equivocamos.
En un residencia de menores, una chica de quince años llamada Vera está cometiendo una estupidez, saltando de su balcón al piso de abajo para colarse en el cuarto cerrado de su compañero Pablo.
A unas doce calles de allí, una chica gordita llamada Lucía está equivocándose tanto que puede que no lo cuente esa noche.
Entre ambos lugares, en la piscina cubierta del municipio, dos adolescentes de quince años, se encuentran al salir de los vestuarios y se echan a reír al verse lo ridículos que están ambos con sus bañadores ajustados.
Cuando Vera era tan pequeña como para no acordarse, sus padres se separaron, sin embargo, su madre renunció a la custodia, incluso a la compartida, para irse a vivir a Andorra con el director de un hotel, Vera apenas la volvió a ver. Toda su infancia la pasó con su padre, y él, un hombre dedicado a su trabajo como arquitecto, dejó prácticamente de hablarle a su hija, culpándola en su interior de haberle separado de quien fue el amor de su vida.
Vera siempre ha buscado el afecto paterno, es un cuadro casi clínico de psicología, al que habría que añadirle tantos detalles escabrosos que se convertiría en un expediente psiquiátrico demasiado voluminoso y cruel para una niña preciosa de quince años.
Lucía no recuerda haberse gustado nunca, toda su vida ha estado gorda y odia con toda su alma encontrarse con un espejo, de hecho, se peina, como se peina, cuando todavía el vaho del cuarto de baño le impide verse reflejada nítidamente. Tampoco es que Lucía coma en exceso, es, simplemente, que le ha tocado ser gorda, como a que le toca el de la lotería. Cuando empezó el instituto, ese año, decidió comenzar también un régimen, y se pasó casi tres meses comiendo pechuga de pavo y vomitando, se quedó en los huesos, la tuvieron que ingresar, pero ni siquiera así se llegó a gustar frente al espejo; y mira que aquel año se lo pasó frente al grande de su habitación.
El segundo año en el instituto fue diferente, Marta y ella estuvieron más unidas que nunca y, quizás para sí, como un secreto, llegó a pensar que Marta nunca la traicionaría porque era más desgraciada que ella debido a su enfermedad y a que se iba a morir; pero lo cierto es que se le fueron las ganas de hacer nada y, si ya la habían pasado el año anterior por los problemas que había tenido, ese curso ya no le tuvieron en cuenta nada y le tocó repetir y ver cómo Marta se marchaba.
Hay un momento en la vida de Lucía en que decidió no hacer caso a nadie, en que pensó que estaba harta de todo, que no quería escuchar, no quería obedecer, no quería nada más que sentarse en un banco y fumar uno tras otro todos los porros del mundo. Es aquí donde se encuentra en estos momentos, rodeada de gente que apenas conoce, compartiendo nada con caras y voces que antes no existían y con las que sólo tiene en común esa sensación de borrachera ilegal.
Pablo ya está metido dentro del agua, en la parte de la piscina para niños pequeños, rodeado de padres y bebés pañales y manguitos. Marta no se atreve a descender por la escalerilla, uno de los monitores la está animando con calma. Por fin, Marta desciende los escalones y acaba arrojándose al agua entre los delgados brazos de Pablo, que la sujeta.
- No me sueltes, por favor, no me sueltes.
- No te voy a soltar.
- ¿Seguro?
- Seguro, ahora, deja de estrangularme y haz lo que nos ha dicho el monitor, estira el cuerpo y empieza a mover las piernas.
- No puedo, tengo miedo, si me suelto, me hundo.
- Marta.
- ¿Qué?
- Hay bebés nadando aquí. No te puede pasar nada.
- ¿Seguro?
- Seguro, confía en mí.
Mientras tanto, en la Resi:
- Nacho, ¿puedo hablar contigo un momento?
- Sí, claro, Vera. ¿De qué se trata?
- Me han robado el Iphone.
- ¿Y sabes si ha sido aquí?
- Sí, cuando he entrado lo llevaba porque he venido escuchando los cascos. Y ahora, cuando he bajado de tender la ropa, ya no estaba.
- ¿Estás segura, Vera?
- Sí.
- Vale, has probado a llamarte.
- No, ¡cómo voy a llamarme!
- Espera, seguramente, si te lo han robado, lo habrán apagado. Pero si simplemente lo has perdido, sonará y podremos encontrarlo. Dime tu número... ¿A ver? Sí, da tono. Venga, sube conmigo a ver si lo encontramos.
Mientras tanto, en un banco del parque, bajo una farola encendida, un grupo de chicos y chicas fuman porros frente a un par de scooters:
- ¡Eh, tú! ¿Qué haces? ¡Eh, mirad, a la gorda le ha dado algo!
- Joder, que me está chafando la pierna.
- Espera, ¡espera! No ves que así se va a caer.
- ¿Pero qué vais a hacer, dejarla ahí, ponerla recta por lo menos, si se vonita se puede ahogar?
- Qué va, tía, si le ha dado un amarillo, ya está, cuando se le pase que se despeje y se vaya a su casa y au.
- Joder, pero no la vamos a dejar aquí.
- Sí, ¿qué quieres, que me la suba yo en la moto? Jaja.
- ¡JAJAJA!
- ¿Qué gilipollas que sois? Por lo menos coger y llamar a sus padres por lo menos, su madre es la de la guardería que me llevaba a mí de pequeña.
- Hostia tú, mira qué móvil lleva.
- Josete, joder, tío, encima no...
- Pero qué, si se lo voy a guardar, si se lo dejamos aquí seguro que pasa alguien y se lo roba. ¿No? Pues se lo guardo yo y ya se lo daré.
- ¡JAJAJA!
- ¿Qué capullo que eres? ¿Pero no veis que está mal? ¡Joder, "coger" la moto y "acercaros" al ambulatorio y decirles que venga alguien?
- Yo paso, siempre tengo que ser yo el que vaya a todos lados por la moto, que le den, ya se le pasará, ve tú que vas andando.
- ¿Qué asco que dais? Pero si encima ha sido ella la que os ha pillado el chocolate porque vosotros estabais pelados.
- Hostia, es verdad. Tú, mírale y se lo coges no sea que se lo roben también.
- ¡Hostia, cien euros, tío. Qué te digo. Hostia qué guapos.
- ¡Pero cómo podéis dar tanto asco!
- Mira, tía que te den, yo tengo cien euros y un móvil, ésta tía mañana se le habrá pasado y se comprará otro móvil y otros cien euros, y ni se acordará, y que ni te tengo que escuchar ni me rayes. Yo me voy. Si quieres tú te quedas con ella hasta que se le pase, nosotros nos vamos.
- ¿Tú también te vas?
- Joder, yo no la conozco de nada, yo paso. Avisa tú si quieres a la ambulancia.
- Sí, diles que hay una gorda en un banco que le ha dado un yuyu de porros.
- ¡JAJAJA!
Mientras, en la piscina:
- Marta, Marta. Levanta el culo. Tú dale con los pies pero levanta el culo.
- No puedo.
- Pues saca más la cabeza. Mira cómo lo hace ese niño.
- Vete a la porra.
- Mira, saca la cabeza, dale con los pies.
- No me sueltes.
- No te suelto, así, saca la cabeza. Piensa que todos esos bebés llevan meándose en esta piscina toda la tarde, si bebes el agua...
- Ay, no seas guarro, y no me hagas reír que aún me ahogaré y tendrás que llamar a una ambulancia.
Mientras tanto, en la residencia:
- Vera, ya hemos mirado en toda la planta. Me voy a quedar sin batería y yo te puedo asegurar que tu móvil aquí no está, y si está es porque lo tenías en modo silencio y no te acuerdas.
- Que no, que sí que me acuerdo, que lo tengo en alto con una canción de Mika. ¿Y si probamos en la planta de abajo?
- ¿En la de los chicos quieres probar? ¿Por qué? ¿Piensas que alguno te lo ha podido coger?
- No sé, pero si no está aquí...
- Está bien, pero en cuanto se me acabe la batería ya está, si quieres, mañana te acompaño a llamar a la policía porque a lo mejor los que te lo han cogido llevan toda la tarde riéndose de nosotros viendo las llamadas.
- Pero vamos a probar.
- Que sí... venga, sube, pincha tú al uno y yo sigo llamando.
- ¡Lo oigo! ¡Está sonando!
- ¿Estás hablando en serio, Vera?
- ¡Sí, suena por ahí! ¡Por aquí! ¡Aquí detrás de esta puerta! ¡Abre!
- Vera, esta es la habitación de Pablo.
- ¡En serio!
- Vera, ¿me estás diciendo que Pablo, tu amigo Pablo, te ha robado el móvil?
- ¡Pero si está sonando, yo qué quieres que te diga!
- Nada, pero quiero que me digas que sabes que robar en una residencia de menores es falta grave, expulsión y, dependiendo del caso, vista oral e internamiento en un centro de menores vigilado. Eso lo sabes, ¿no?
Vera se queda unos instantes callada mientras Pablo le pregunta a Marta en el agua si sabe que la quiere mucho y en un banco Lucía está empezando a dejar de respirar en una fría noche de octubre en la que Dios parece que ha dejado de mirarnos.
- Sí, lo sé.