domingo, 20 de febrero de 2011

TQMC? 36

Es tarde, mucho, madrugada de grifos que gotean y Pablo camina por las calles desiertas; tan sólo una ambulancia con las sirenas apagadas y las luces encendidas se cruza con él mientras sigue caminando encogido de frío hacia casa de Marta.

Todos nos hemos escapado alguna vez de casa, la distancia hasta donde llegamos es lo de menos, pero todos nos hemos escapado.

Cuando llega frente a su ventana, mira la hora en el móvil y comprueba que son las dos y cuarto de la madrugada:

- Esto me va a costar bastante para despertarla.- piensa mientras busca piedras.

No... no... no... no... no... no... no... sólo un adolescente llamaría veinticuatro veces a una ventana pensando firmemente que todavía no le han oído. 

Y sólo una adolescente necesitaría veinticuatro piedrecitas en su cristal y una farola del vecino rota para despertarse.

- ¿Qué quieres?

- Nos vamos.

- Vale.

Pablo se queda un poco desilusionado con la respuesta de Marta; él esperaba algo más exagerado, alguna reacción de "¡Tú estás loco!", "¡Es una locura!", o al menos un ... Pero ¿dónde vamos a ir...? Pero un simple "vale" más le hace pensar que Marta lo estaba esperando y que si no se hubiera fugado la habría decepcionado.

De hecho, Marta baja peinada, vestida y con la maleta hecha en apenas un minuto.

- ¿Marta... tú me estabas esperando?

- Sí.

- Ah... y... adónde tenías pensado que nos fuguemos.

- Al apartamento de mi tía en Denia. ¿Tú sabes conducir?

- ¿Es que tienes coche?

- ¿Tú sabes conducir? 

- Sí.- miente Pablo.-¿Y el coche?

- Aquel, es de un abuelete que está en el hospital y vive solo, lo sé porque mi madre lo cuidaba y tengo las llaves.

La pregunta de Pablo no es estúpida.

- ¿Y por qué no nos quedamos en casa del abuelete?

Y Marta lo mira...

- Pablo, ¿y tú dirías luego que te has fugado conmigo? ¿A la casa de un abuelo moribundo? ¿Si tñu me vas a secuestrar, quiero que me secuetres adonde yo quiera?

El coche, un viejo Volkswagen Golf blanco, tarda un poco en arrancar porque Pablo suelta la llave demasiado pronto y luego vuelve a darle y hace ruidos extraños, pero al final arrancó, el pobre vehículo sufrió a trompicones toda la calle porque evidentemente, Pablo había mentido aunque Marta iba como una reina en su coche robado. Al final, cuando Pablo consiguió llegar a la autovía, meter quinta y descubrir la inmensa soledad de la noche, su única preocupación fue conducir, pues ya se consideraba un experto capaz de correr y... le asaltó un temor peor.

- ¿Marta?

- ¡Marta!

- ¿Qué...?

- ¿Tú sabes ir a Denia...?

Marta mira a Pablo como con resignación, con sus quince años, el pijama rosa por dentro de los pantalones, la osita de peluche apoyada en la puerta como de almohada, la mochila del instituto llena de bragas y calcetines y, cargada de autoridad, le responde:

- ¿Quieres que conduzca yo?

Continuará...

jueves, 17 de febrero de 2011

TQMC? 35

De manera desgraciadamente habitual, cuando algo puede salir mal, seguramente salga mal. 

El profesor de castellano piensa en esa maldita ley de Murphy mientras soporta, sentado en el despacho del director, el interrogatorio al que lo están sometiendo éste y el inspector de educación, hombre mayor que fue llamado desde la propia residencia de menores, cuando Vera informó a los educadores de que le habían mandado interpretar el papel de una prostituta en el instituto...

- Le vuelvo a repetir, ¿por qué usted eligió a esta muchacha para representar el papel de... Celestina... era?

- No, señor inspector -debe puntualizar el director- de Elicia, una de las prostitutas de la obra.

- Pues eso, de Elicia, ¿por qué demonios escogió usted a esa chica para el papel?

- Ya se lo he dicho -intenta defenderse el profesor de castellano-, yo no elegí a ninguno de los personajes. La Celestina es un libro clásico de la literatura y está en el currículum de 3º de la ESO, ¿qué hay de malo en que los alumnos la representen?

- Yo no le estoy preguntando eso, eso ya lo sé. Lo que le estoy preguntando es ¿por qué esa muchacha, Vera, dice que usted la eligió para representar a una prostituta y que se le escapó una sonrisa cuando vio que ella no sabía nada del personaje?

- Hay una prostituta porque la Tragicomedia de Calisto y Melibea se subtitulaba y de la vieja puta Celestina, ¡aparecen putas en ella, no pueden culparme a mí de lo que escribió Fernando de Rojas en 1599!

- Haga el favor de bajar usted la voz y de dejar de evitar la pregunta.

- ¡Se sonrió usted!

- ¡Sí! ¡Digo, no! Quiero decir, me sonreí al ver que otra de mis alumnas sí que sabía quién era Elicia y se sonrió ella, yo me sonreí al ver que esa alumna se había sonreído.

Ahora es cuando nadie sonríe en el despacho del director.

- ¿Es usted consciente de lo que acaba de decir?

- Claro, no sé, ¿de qué quieren que sea consciente?

- Director, ¿podría localizarme a esa alumna que dice se sonrió?

- ¿A Marta? Pues... precisamente, Marta hoy no... 

- ¿No ha venido a clase?

- No, sí, ha venido a primera hora, a la clase de este hombre, pero luego la hemos estado buscando y no ha aparecido, ni ella ni su novio, Pablo.

Mientras tanto, en ese mismo momento, Marta y Pablo han acabado en el cuarto de seguridad del Centro Comercial. Y, aunque ellos no conocen eso de que si algo puede salir mal..., tampoco tienen muchas esperanzas de sobrevivir a ese vigilante gordinflón y a esa dependienta malaleche.

- ¡Os lo vuelvo a preguntar por última vez! ¿Dónde están todas las prendas que tenían los plásticos antirrobo de este bolso?

A Marta y a Pablo, aquellos gritos, les resbalan como un tsunami de mariposas, pues ellos están juntos, sentaditos en la mesa blanca, cogidos de las manos tan fuertemente como siempre han querido estar, no oyen, no ven, sólo sienten los latidos del otro que vuelven a ser uno.

Por eso, mientras el guardia de seguridad les grita, ambos están ausentes, recordando el momento de esa primera clase de la mañana a la que Vera no ha venido (estaba empeñada en poner inmediatamente una denuncia contra el profesor de castellano), en la que se han podido volver a sentar juntos, como siempre, con la naturalidad de quien sabe los deseos del otro porque son los mismos; y además, han podido hablarse, contarse, tocarse, porque el profesor no venía.

- Tengo un problema, Marta. Necesito que me ayudes.

- ¿Cuál?

- He perdido mi DNI pero sé dónde está.

- No te entiendo.

Pablo entonces le explicó a Marta cómo Vera lo había estado manipulando esos días para que le obedeciera (es cierto que Pablo ha evitado ciertos detalles como besos) hasta el punto de esconderle el DNI en el bolso del Bershka con los antirrobos de las prendas que ella había robado.
Evidentemente, Pablo esperaba que le preguntase por el tipo de bolso, la tienda, el número de bus para llegar...

- ¿Y tú te metiste a los probadores con ella?

- Sí.

- ¿Y me quieres colar que para eso también te tuvo que obligar?

- No.

- Que no te tuvo que obligar o que no me lo intentas colar.

- Que no, que me equivoqué.

- Vale, ¿y ahora te crees que por decirme que te equivocaste y ponerme esa cara que ya está todo??

- No, no está nada.

- !Encima no me des la razón como a los tontos!

- Vosotros dos, callaos.-Es el profesor de guardia.

- ¿En qué tienda fue?

- En el Bershka del Centro Comercial.

- Vale, yo me voy a tomarme la medicación al baño. Tú dile que estoy tardando mucho y que si puedes ir a buscarme a ver si me ha pasado algo. Te espero fuera, por el lado de la valla roto, ¿vale?

Y una hora después estaban en el Bershka con el problema de que Pablo no entiende mucho de bolsos y que apenas hay gente comprando a esas horas tan tempranas de la mañana. Al final, después de entrar y salir cinco veces sin que le dé ningún reparo, Marta vuelve a preguntarle por le bolso y esta vez sí parece que ha acertado pues pesa bastante y, al abrirlo con disimulo, sí aparecen los malditos antirrobos rotos y el bendito DNI de Pablo. Pero detrás está la dependienta, que los había estado observando todo el rato. De hecho, nada más que Pablo se levanta del banco enfrente de la tienda, descubre que también él tiene detrás al guardia de seguridad.

Ahora ambos están soportando las amenazas, Marta insiste en que no sabe nada de la ropa robada, en que ella acababa de meter el DNI de Pablo por gastarle una broma. 

Pablo la mira sorprendido, nunca imaginaría la frialdad de ella en esos momentos cuando cualquiera que la viera andando pensaría que es tan frágil que el aire se la va a llevar como a una bolsa de plástico. Sin embargo, es su palabra contra la suya, ella en realidad no llevaba nada robado, ni siquiera el bolso, ella sólo lo había abierto... Les vuelven a gritar. Van a llamar a la policía local. Les vuelven a gritar. Ellos siguen apretando sus manos, felices, bajo la mesa. Les vuelven a gritar.

Y el profesor de castellano vuelve a responder que si le van a expedientar y a suspender de empleo por haber intentado representar la Celestina en clase de castellano es como si expedientan al profesor de música por silbar.

Quizás en el mismo momento, los tres estén pensando que si algo malo puede suceder, seguramente suceda; o quizás ninguno de los tres haya comprendido todavía que sus destinos han sido unidos por una muchacha preciosa llamada Vera que al mismo tiempo está sentada en una comisaría. Quizás todavía no lo han comprendido...

Continuará...

martes, 15 de febrero de 2011

TQMC? 34

Hay algo en Marta que la empuja al dolor; no son las circunstancias, es ella, ella sola en una búsqueda continua de motivos para comprender su amargura. De hecho, Pablo llegó acercarse a esa amargura, la tocó y ella lo expulsó de su lado. Pues Marta se siente cómoda sabiendo que tiene motivos para esa depresión constante, lo que la aniquila es barrer esos motivos, desnudarse de todo y mirarse al espejo le aterra porque quizás la amargura sea ella misma y no hagan falta los motivos. Por eso, por ese complicado eso, se siente cómoda con esa situación de motivos constantes para llorar, por eso, quizás, no hace nada para remediarlo y sigue viendo los días pasar mientras Pablo se aleja de ella, se va convirtiendo, clase a clase, en un desconocido.

Pablo es aquel que ha cambiado, de hecho, ni él mismo se reconoce, como un vampiro al sol, sólo se siente el mismo cuando se hace de noche, cuando se encierra en su cuarto y se habla para comprender lo que le está pasando. Se observa, repasa sus comportamiento a lo largo del día como los actos de un mal actor que quiere abandonar la serie. A veces se siente como si otro yo usara su cuerpo de traje, y lo llevara al instituto, y lo arrastrara por pasillos detrás de Vera mientras él, el verdadero Pablo sólo es dueño de sus pensamientos que le dicen que no es esa vida la suya, que no quiere ser esa otra persona. 

Pero también es cierto, no hay ningún clavo ardiendo al que aferrarse. No hay nadie que le diga qué es lo correcto o qué camino era el suyo ahora que anda perdido. Ni siquiera es que esté cambiando, que las circunstancias le hagan crecer. Tan sólo es eso, que no hay nadie más a quien hacer caso en su vida, nadie que le diga cómo era él antes, aparte de Vera. 

Por eso ambos no duermen, por eso se miran como si no se vieran, por eso, esta mañana, Marta pasó a su lado y le rozó la mano y él alcanza en el cruce casual a rozar los dedos que hubiera querido coger para detenerla y decirle no solo que la echa de menos, eso ella ya lo sabe y le sirve, sino que echa de menos al niño que sigue enamorado de ella.

En ese momento, el profesor les pide a todos que se sienten, va a comenzar la clase, pobre hombre, no comprende que sus alumnos están viviendo sus vidas a segundos mientras él sigue repitiendo la misma clase de siempre sobre La Celestina. 

- ¡Marta! Por fin despiertas. Marta. ¿Que si quieres hacer tú de Melibea y Pablo de Calisto en una pequeña representación de La Celestina que haremos la semana que viene.

- Emm... ¿tengo opción?

- No.

- Ah, entonces, vale.

- Muy bien, ¿alguna voluntaria para los papeles de Areusa y Elicia? 

- Celestina lo interpretaré yo, por lo que, si queréis salir, ahora es el momento. ¿Alguna voluntaria para Areusa y Elicia?

- Sí, yo.

- Muy bien, Vera. ¿Cuál de las dos prefieres?

- Me da igual, la que se quede con el chico.

- Vera, ¿tú me has escuchado mientras explicaba el argumento de La Celestina?

- Sí, sí, claro.

- Muy bien, entonces, ¿no tienes ningún problema en interpretar a Elicia o Areusa, no?

- No, no. La que usted quiera.

Marta, mientras sonríe por dentro, también cree pillarle una sonrisita que se le escapa al profesor de castellano cuando se gira hacia la pizarra. Ella sí que se leyó La Celestina en el hospital, ambos saben cuál es el oficio que tendrá que interpretar Vera... 

lunes, 14 de febrero de 2011

TQMC? 33

Hay días en que sólo te apetece hacer aviones de papel, ver películas malas y rascarte por debajo de la ropa; se suelen llamar días domingos, y los peores de todos ellos son los que te sorprenden un martes a la hora del patio.

Marta ha huído a primera hora de clase, nada más ver entrar a Pablo detrás de Vera como un perrito faldero y recibir la mirada de reinona de ella, le han entrado ganas de vomitar y le ha pedido al profe si podía salir al cuarto de baño. Evidentemente, no ha vuelto, al contrario, se ha colado por la puerta rota de las escaleras del gimnasio y ha acabado subida al tejado de grava blanca del instituto. Desde ahí, Marta ha tenido más de dos horas para pensar en cómo vengarse de ella.

Y, sorprendentemente, se ha descubierto muy imaginativa. Sin embargo, poco a poco, conforme su ira se iba enredando con su imaginación, Marta ha ido calmándose y comprendiendo que si Pablo ha preferido estar con ella, es algo totalmente lógico, y ha seguido haciendo aviones de papel con todas las cartas que le escribió ayer, pero vuelan poco ese día de viento y se quedan posados, arrastrándose a saltos sobre las piedras del tejado. De hecho, cualquier chico preferiría estar con ella. Y sigue haciendo aviones de papel con cartas de amor.

Sin embargo, por encima de la rabia y los celos de imaginárselos juntos, besándose, Marta siente un dolor hasta entonces desconocido, y lanza otro avión que cae casi a sus pies, es el deseo incontrolable de que Pablo la toque, la bese, en definitiva, de que le mienta. Y no lo comprende, hace otro avión, lo lanza y sigue sin volar, ¿cómo puede haberse vuelto tan estúpida como para tolerar ese desprecio? 

Pero es cierto, si Pablo subiera en ese momento al tejado, ella dejaría el avión que tiene entre manos y le pediría por favor que nada importa, que no le dé explicaciones, que no quiere excusas, que soportará el compartirlo, pero que... por favor... que no la deje sola. Marta se oye y no se cree a sí misma, pero sigue haciendo aviones con cartas de amor.

Le gustaría que él subiera, que intentara mentirle y que al menos, rendida a sus pies, le permitiera la oportunidad de luchar a besos por su cariño contra esa zorra, lanza otro avión que no vuela; piensa en bajar y pegarle un empujón por las escaleras, piensa en desmayarse a sus pies y morirse en sus brazos para que siempre se arrepienta de todo el dolor que le ha hecho y así nunca pueda estar con ella, piensa... piensa que hay algo en ese pobre chico que le dice que debe seguir confiando en él, que se lo diría incluso aunque lo viera encerrado con ella en un cuarto de baño. 

En ese momento suena un sms en su móvil, como ella desea, es de él, que ha debido notar que ella lo está maldiciendo allá arriba mientras hace aviones de papel.

De Pablo: "Quería hablar contigo pero te has ido. No me dejas otra manera de dejarlo. Cuidate mucho."

Marta aprieta los labios como si quisiera sacarle el agua a las lágrimas que se muerde, se levanta en el tejado, allá abajo todos juegan en el patio, se acerca a la cornisa, está muy alto, de repente una ráfaga de viento recorre el tejado, empuja a Marta que levanta los brazos, como en un momento de magia, sus aviones despegan en remolino a su alrededor e inundan el cielo del patio como una bandada de cartas de amor por ella mandada con los brazos en cruz. 

Desde abajo, todo el recreo puede ver a Marta en la cornisa, como si quisiera ser un pájaro volando y sus cientos de cartas volando y cayendo como aviones de lágrimas contra el suelo de un patio de colegio. Pablo, que almuerza solo, también se ve sorprendido por la lluvia de aviones y recogerá, quitará, pedirá, arrancará, recuperará de la basura... todos los que pueda, sin saber, en realidad, por qué lo está haciendo, por qué le provoca placer el dolor de ella.

domingo, 13 de febrero de 2011

TQMC? 32

La adolescencia es aquel septiembre en el que aprendimos a arrepentirnos, aquel verano en que quisimos ser eternos, aquel invierno en que intentamos suicidarnos, aquel lunes en que comprendimos que ya habíamos crecido.

El móvil de Pablo no deja de vibrar en su bolsillo, sabe que es Marta, de hecho, tiene tiempo para imaginársela preocupada llamando bajo la mesa en el instituto al comprobar que ni él ni Vera han ido a clase. Pero Pablo no puede cogérselo, no porque Vera se lo haya prohibido, sino simplemente porque no sabría qué decirle y nunca fue bueno en eso de mentir.

A primera hora, en Matemáticas de Marta, Pablo notaba el móvil vibrar sentado en el autobús amarillo que los llevaba al Centro Comercial, a su lado, Vera en toda su expresión, mirando por la ventanilla a los coches que se atascaban a su lado en el semáforo y esperando recibir miradas de todos ellos.

A segunda hora, ha debido retrasarse el de Inglés, porque Marta ha estado cinco minutos sin dejar de llamar y Pablo ha empezado a pensar, mientras Vera lo arrastraba por el paso de cebra, que pronto se iba a quedar sin batería. Como una reina el día de su cumpleaños, las puertas de los comercios se abrían al paso de Vera ante ellos y ella se siente pletórica, Pablo lo nota y piensa en que tampoco debería sentirse mal por ir de la mano de una chica tan guapa entre la gente, de hecho, ha podido notar cómo algún grupo de chicos lo miraba   entre la risa y la envidia al verle con ella. 

Pero el móvil vibrando en su bolsillo le recuerda que sí, que debe sentirse mal.

Antes de entrar a las tiendas, Vera quiere desayunar en una cafetería, Pablo se rasca las monedas en el bolsillo sabiendo que sólo tiene un euro y medio, que poco puede desayunar con eso sabiendo que debe volver en el bus que lo ha traído.

- No te preocupes, yo invito.

Pero él no puede sentirse nervioso al comprobar la espectacularidad del desayuno que a Vera le traen, y en el que él también está incluído: zumo de naranja, cruasanes, tostadas, tarta de arándanos, café con leche, una ensalada y un café solo.

- Qué ganas tenía de volver a desayunar como una persona normal. ¿No quieres nada?

- No.

- ¿No me digas que te da vergüenza pagarlo? No te preocupes por eso, tengo la tarjeta de mi padre.

Y, efectivamente, Vera le explica con muchísima naturalidad al camarero que su padre está en el garaje porque al Mercedes no dejaba de sonarle la alarma y que les ha dicho que subieran a desayunar, que lo estaban esperando pero que ya su café solo se lo podían llevar y que iban a bajar porque les salía el teléfono de él sin cobertura al estar en el subterráneo. Que si era tan amable de cobrarle a la tarjeta que les había dejado por si acaso. Y el camarero, por supuesto accede.

Una vez desayunados, Vera se encuentra llena de energía mientras Pablo se deja arrastrar vibrándole el bolsillo hasta el Zara, energía que gasta sin contemplaciones en revolver ropa, colocársela encima, mirarse en todos los espejos, pedir opinión para inmediatamente tirarla en un montón y volver a repetir el proceso con otra prenda hasta el infinito mientras Pablo sólo hace que recibir llamadas y mensajes que no quiere leer.

Por fin acaban, parece ser que de Zara no le ha gustado nada.

La siguiente tienda es Bershka, allí es donde empieza a torcerse todo, pues Vera empieza a emocionarse cogiendo prendas de ropa y cuando llega a la chica de probadores, ésta le dice que sólo puede entrar con seis prendas como máximo; ni corta ni perezosa, y delante de ella, Vera se queda con esa cantidad y le da otras seis a Pablo, lo coge de la mano y se lo mete al pasillo de probadores.

- Tú ve dándome conforme yo te pida.-Le ordena cerrando la cortina.

Pablo empieza a pensar que si ese es su castigo, que por un día no está mal pasarse la mañana viendo a Vera probarse ropa, pero no todo iba a ser tan sencillo...

- Dile a la chica que de ésta, ésta y ésta, que si tiene una talla menos, y deja ésta, y tráeme un blusón negro y gris que había a la entrada. Ah, y devuelve estos pantalones y tráeme una talla menos.

Como un obediente criado, aunque algo tardón, vuelve Pablo a los probadores con las nuevas prendas, pero Vera no se conforma ni le importa salir medio desnuda al pasillo para decirle a la chica:

- ¡Perdona! ¡Perdona! Me puedes traer el bolso color chocolate del mostrador que tenéis, es que se lo he explicado a él pero no se aclara.

La chica no pone muy buena cara pero... accede y al cabo de unos minutos le trae el bolso. Justo, en ese preciso instante, el móvil de Pablo se queda sin batería, la chica le entrega el bolso y Vera, con total naturalidad, se lo mete al probador. Justo, en ese preciso instante, Pablo sabe que puede pasar cualquier cosa. Pero no eso:

- Abre el bolso. 

Vera empieza a meter en el interior del bolso piezas de plástico antirrobo de algunas de las prendas, y además, a toda velocidad sigue probándose, cortando, metiendo prendas rotas a su otro bolso, cambiándose de ropa ante los ojos atónitos de Pablo, que ve con el mismo asombro cómo no le importa romper las prendas para quitarles el plástico antirrobo y cómo no le importa quedarse prácticamente...

-  ¿Qué miras?

Pablo está rojo como un semáforo, Vera se levanta todavía por acabar de vestirse y, cuando la chica les dice que por favor salgan, cuando les vuelve a insistir, cuando se harta y se acerca al probador y se harta de advertirles, abrirá la cortina y descubrirá a ambos comiéndose las bocas como si el mundo se fuese a acabar. 

Evidentemente, la chica y una compañera los echan del Bershka, sorprendentemente, el enorme bolso de Vera no pita al cruzar la puerta, sorprendentemente, se acabaron las compras aunque ella no le suelte la mano a Pablo en ningún momento, sólo ya en el autobús de regreso, para sacar su botín del bolso, y Pablo puede girarse un poco para mirar por la ventana.

Cuando ella ha acabado de repasar las prendas robadas, el autobús ya está saliendo de la autovía:

- Sé lo que estás pensando ahora, no te preocupes, yo no diré nada de lo que has hecho si tú no dices nada de lo que hemos hecho. Sin embargo, si eres tan estúpido de traicionarme, te advierto una cosa. Tu DNI lo he metido en ese bolso lleno de plásticos antirrobo, no, no lo busques, te lo he cogido cuando te has ido la primera vez; escúchame, ese bolso es tan feo que nadie lo comprará nunca, pero, si mañana me obedeces tan bien como hoy, yo misma entraré a esa tienda a cogerlo, de verdad; pero si te estás arrepintiendo y no quieres, piensa, guapo, ¿vas a tener narices de volver allí sabiendo como saben que has robado? Y encima, ¿te vas a acordar tú de cuál era el bolso que hemos usado?

- ¿Qué quieres que haga mañana?

- Así me gusta, no te preocupes, será un secreto, mañana lo sabrás.

Mientras tanto, Marta sigue y sigue llamando a un teléfono apagado.


Continuará...

miércoles, 9 de febrero de 2011

TQMC? 31

Solemos creer que los problemas se solucionarán si resistimos. Solemos deformar la realidad para que se parezca a la felicidad, pero no queremos ver, no nos atrevemos a abrir los ojos y comprobar que somos quijotes desnudos mirándonos el ombligo.

La madre de Lucía no avisó a nadie de lo de su hija, la encontró un coche patrulla de la Policía Local con síntomas de hipotermia y en estado de shock. La madre de Marta, enfermera, sí estaba de guardia esa noche cuando la ambulancia entró con Lucía inconsciente, buscó entre sus pertenencias y no le encontró el móvil, por lo que fue a la taquilla y llamó ella misma con el suyo a la madre para avisarla y tranquilizarla. Pero la madre de Lucía, una vez en el hospital y ya con "la niña" consciente en la habitación, le pidió a la madre de Marta que no le contara nada a su hija, por favor. Lo cual significaba que Lucía iba a pasar esos días en el hospital sola.

Cuando Pablo llegó a la residencia con su bañador mojado y su toalla blanca en la mochila, se encontró con Nacho, su educador, esperándole en recepción, ni siquiera le dio las buenas noches:

- No sé lo que pasa aquí, pero te aseguro que me voy a enterar. No sé lo que os lleváis entre manos pero te aseguro que lo sabré. Vera está en mi despacho, no sé por qué, pero quiere hablar contigo antes de que lo haga yo. Me da igual lo que habléis, Pablo, te aseguro que esto no va a quedar así.

Evidentemente, Pablo no entiende nada y pasa al despacho de Nacho para cerrar la puerta tras él y quedarse a solas con Vera en una habitación llena de estanterías, un botiquín, un equipo de música y un sofá rinconero donde duerme muchas noches el educador de turno.

- ¿Qué tal con Marta en la piscina?

- Bien, ¿qué pasa?

- Pasa que has sido tú el que me ha robado el Iphone y te lo has dejado encendido y te lo hemos descubierto en tu habitación, eso pasa.

- ¿Qué? ¿De qué vas?

- ¿Que de qué voy... (En ese momento, Vera, mientras le contesta, saca su famoso móvil y le enseña un sms que ella misma acaba de escribir: "El mvil l h scondido yo xra exarte la culpa, ellos piensan q lo has robado y no t vn a creer. Si hacs lo q yo quiero dire q m lo deje n clase y tu lo has traido xra dvolvermlo.")... Voy de que me has robado el Iphone y estaba en tu escritorio y te hemos pillado porque te lo has dejado encendido. Imbécil.

- ¿¡QUÉ!? ¡Tú estás loca!...(Pablo rechaza escribirle un mensaje de contestación a Vera en el móvil como ella le está ofreciendo y se conforma con plantarle el dedo anular extendido delante de la cara en inequívoca señal de que no está de acuerdo)... Yo no te he robado nada.

- ¡Pero cómo puedes decir... (Vera le vuelve a dar el Iphone con otro mensaje: S tu ultima oportunidad, si dices q era xra devolvermlo t salvas, si m vuelvs a sacar l dedo, m pego un puñetazo y Nacho t manda a un reformatorio x ladrón y pegarm)... eso! 

Pablo está mirando a los ojos a Vera, intenta reconocer en ellos a la muchacha con la que pasaba las noches riendo en su cuarto y contándose la vida en pijama, pero no, sólo ve dos profundos agujeros negros que se lo quieren tragar, odio, tanto odio que comprende que es capaz de cualquier cosa. Se equivoca, asiente.

Vera sonríe y le indica por gestos que diga en voz alta su coartada.

- ¡El móvil me lo encontré en el instituto, te lo traje para dártelo, cómo te voy a quitar el móvil! -Todo ello dicho siguiendo las instrucciones que Vera le va diciendo al oído tras sentarse a su lado llena de felicidad. Inmediatamente, salta al otro lado del sofá y Nacho, que, por supuesto, había estado escuchando con la oreja pegada a la puerta, la abre de golpe y parece estar convencido de que ha sido todo un error. Es lógico, si la mentira nos va a dar más problemas que la verdad, nos creeremos antes la mentira e incluso nos convenceremos de ella.

Una vez en su habitación, sentado en la cama pensando que no hay problema, que...
Pablo recibe dos SMS prácticamente seguidos. 

De Marta: "Ha sido la mjor tard d mi vida. Gracias. TQ :-)"
De Vera: "Mañana m acompañaras a comprarm ropa."

Y lo que es peor, Pablo seguirá pensando toda esa noche que algo sucederá y el mundo se arreglará durmiendo...

Continuará...

lunes, 7 de febrero de 2011

TQMC? 30

A menudo solemos equivocarnos pensando que Dios sólo nos mira a nosotros, que se aburre con nuestro aburrimiento, que se entretiene con nuestros sueños... Es posible que eso sea cierto, pero nos pasa a todos, por eso nos equivocamos.

En un residencia de menores, una chica de quince años llamada Vera está cometiendo una estupidez, saltando de su balcón al piso de abajo para colarse en el cuarto cerrado de su compañero Pablo.

A unas doce calles de allí, una chica gordita llamada Lucía está equivocándose tanto que puede que no lo cuente esa noche.

Entre ambos lugares, en la piscina cubierta del municipio, dos adolescentes de quince años, se encuentran al salir de los vestuarios y se echan a reír al verse lo ridículos que están ambos con sus bañadores ajustados.

Cuando Vera era tan pequeña como para no acordarse, sus padres se separaron, sin embargo, su madre renunció a la custodia, incluso a la compartida, para irse a vivir a Andorra con el director de un hotel, Vera apenas la volvió a ver. Toda su infancia la pasó con su padre, y él, un hombre dedicado a su trabajo como arquitecto, dejó prácticamente de hablarle a su hija, culpándola en su interior de haberle separado de quien fue el amor de su vida. 

Vera siempre ha buscado el afecto paterno, es un cuadro casi clínico de psicología, al que habría que añadirle tantos detalles escabrosos que se convertiría en un expediente psiquiátrico demasiado voluminoso y cruel para una niña preciosa de quince años.

Lucía no recuerda haberse gustado nunca, toda su vida ha estado gorda y odia con toda su alma encontrarse con un espejo, de hecho, se peina, como se peina, cuando todavía el vaho del cuarto de baño le impide verse reflejada nítidamente. Tampoco es que Lucía coma en exceso, es, simplemente, que le ha tocado ser gorda, como a que le toca el de la lotería. Cuando empezó el instituto, ese año, decidió comenzar también un régimen, y se pasó casi tres meses comiendo pechuga de pavo y vomitando, se quedó en los huesos, la tuvieron que ingresar, pero ni siquiera así se llegó a gustar frente al espejo; y mira que aquel año se lo pasó frente al grande de su habitación. 

El segundo año en el instituto fue diferente, Marta y ella estuvieron más unidas que nunca y, quizás para sí, como un secreto, llegó a pensar que Marta nunca la traicionaría porque era más desgraciada que ella debido a su enfermedad y a que se iba a morir; pero lo cierto es que se le fueron las ganas de hacer nada y, si ya la habían pasado el año anterior por los problemas que había tenido, ese curso ya no le tuvieron en cuenta nada y le tocó repetir y ver cómo Marta se marchaba.

Hay un momento en la vida de Lucía en que decidió no hacer caso a nadie, en que pensó que estaba harta de todo, que no quería escuchar, no quería obedecer, no quería nada más que sentarse en un banco y fumar uno tras otro todos los porros del mundo. Es aquí donde se encuentra en estos momentos, rodeada de gente que apenas conoce, compartiendo nada con caras y voces que antes no existían y con las que sólo tiene en común esa sensación de borrachera ilegal.

Pablo ya está metido dentro del agua, en la parte de la piscina para niños pequeños, rodeado de padres y bebés pañales y manguitos. Marta no se atreve a descender por la escalerilla, uno de los monitores la está animando con calma. Por fin, Marta desciende los escalones y acaba arrojándose al agua entre los delgados brazos de Pablo, que la sujeta.

- No me sueltes, por favor, no me sueltes.

- No te voy a soltar.

- ¿Seguro?

- Seguro, ahora, deja de estrangularme y haz lo que nos ha dicho el monitor, estira el cuerpo y empieza a mover las piernas.

- No puedo, tengo miedo, si me suelto, me hundo.

- Marta.

- ¿Qué? 

- Hay bebés nadando aquí. No te puede pasar nada.

- ¿Seguro?

- Seguro, confía en mí.


Mientras tanto, en la Resi:

- Nacho, ¿puedo hablar contigo un momento?

- Sí, claro, Vera. ¿De qué se trata?

- Me han robado el Iphone.

- ¿Y sabes si ha sido aquí?

- Sí, cuando he entrado lo llevaba porque he venido escuchando los cascos. Y ahora, cuando he bajado de tender la ropa, ya no estaba.

- ¿Estás segura, Vera?

- Sí.

- Vale, has probado a llamarte.

- No, ¡cómo voy a llamarme!

- Espera, seguramente, si te lo han robado, lo habrán apagado. Pero si simplemente lo has perdido, sonará y podremos encontrarlo. Dime tu número... ¿A ver? Sí, da tono. Venga, sube conmigo a ver si lo encontramos.

Mientras tanto, en un banco del parque, bajo una farola encendida, un grupo de chicos y chicas fuman porros frente a un par de scooters:

- ¡Eh, tú! ¿Qué haces? ¡Eh, mirad, a la gorda le ha dado algo!

- Joder, que me está chafando la pierna. 

- Espera, ¡espera! No ves que así se va a caer.

- ¿Pero qué vais a hacer, dejarla ahí, ponerla recta por lo menos, si se vonita se puede ahogar?

- Qué va, tía, si le ha dado un amarillo, ya está, cuando se le pase que se despeje y se vaya a su casa y au.

- Joder, pero no la vamos a dejar aquí.

- Sí, ¿qué quieres, que me la suba yo en la moto? Jaja.

- ¡JAJAJA!

- ¿Qué gilipollas que sois? Por lo menos coger y llamar a sus padres por lo menos, su madre es la de la guardería que me llevaba a mí de pequeña.

- Hostia tú, mira qué móvil lleva.

- Josete, joder, tío, encima no...

- Pero qué, si se lo voy a guardar, si se lo dejamos aquí seguro que pasa alguien y se lo roba. ¿No? Pues se lo guardo yo y ya se lo daré.

- ¡JAJAJA!

- ¿Qué capullo que eres? ¿Pero no veis que está mal? ¡Joder, "coger" la moto y "acercaros" al ambulatorio y decirles que venga alguien?

- Yo paso, siempre tengo que ser yo el que vaya a todos lados por la moto, que le den, ya se le pasará, ve tú que vas andando.

- ¿Qué asco que dais? Pero si encima ha sido ella la que os ha pillado el chocolate porque vosotros estabais pelados.

- Hostia, es verdad. Tú, mírale y se lo coges no sea que se lo roben también.

- ¡Hostia, cien euros, tío. Qué te digo. Hostia qué guapos. 

- ¡Pero cómo podéis dar tanto asco! 

- Mira, tía que te den, yo tengo cien euros y un móvil, ésta tía mañana se le habrá pasado y se comprará otro móvil y otros cien euros, y ni se acordará, y que ni te tengo que escuchar ni me rayes. Yo me voy. Si quieres tú te quedas con ella hasta que se le pase, nosotros nos vamos.

- ¿Tú también te vas?

- Joder, yo no la conozco de nada, yo paso. Avisa tú si quieres a la ambulancia.

- Sí, diles que hay una gorda en un banco que le ha dado un yuyu de porros.

- ¡JAJAJA!

Mientras, en la piscina:

- Marta, Marta. Levanta el culo. Tú dale con los pies pero levanta el culo.

- No puedo.

- Pues saca más la cabeza. Mira cómo lo hace ese niño.

- Vete a la porra.

- Mira, saca la cabeza, dale con los pies.

- No me sueltes.

- No te suelto, así, saca la cabeza. Piensa que todos esos bebés llevan meándose en esta piscina toda la tarde, si bebes el agua... 

- Ay, no seas guarro, y no me hagas reír que aún me ahogaré y tendrás que llamar a una ambulancia.

Mientras tanto, en la residencia:

- Vera, ya hemos mirado en toda la planta. Me voy a quedar sin batería y yo te puedo asegurar que tu móvil aquí no está, y si está es porque lo tenías en modo silencio y no te acuerdas.

- Que no, que sí que me acuerdo, que lo tengo en alto con una canción de Mika. ¿Y si probamos en la planta de abajo?

- ¿En la de los chicos quieres probar? ¿Por qué? ¿Piensas que alguno te lo ha podido coger?

- No sé, pero si no está aquí...

- Está bien, pero en cuanto se me acabe la batería ya está, si quieres, mañana te acompaño a llamar a la policía porque a lo mejor los que te lo han cogido llevan toda la tarde riéndose de nosotros viendo las llamadas.

- Pero vamos a probar.

- Que sí... venga, sube, pincha tú al uno y yo sigo llamando.

- ¡Lo oigo! ¡Está sonando!

- ¿Estás hablando en serio, Vera?

- ¡Sí, suena por ahí! ¡Por aquí! ¡Aquí detrás de esta puerta! ¡Abre!

- Vera, esta es la habitación de Pablo.

- ¡En serio!

- Vera, ¿me estás diciendo que Pablo, tu amigo Pablo, te ha robado el móvil?

- ¡Pero si está sonando, yo qué quieres que te diga!

- Nada, pero quiero que me digas que sabes que robar en una residencia de menores es falta grave, expulsión  y, dependiendo del caso, vista oral e internamiento en un centro de menores vigilado. Eso lo sabes, ¿no? 

Vera se queda unos instantes callada mientras Pablo le pregunta a Marta en el agua si sabe que la quiere mucho y en un banco Lucía está empezando a dejar de respirar en una fría noche de octubre en la que Dios parece que ha dejado de mirarnos.

- Sí, lo sé.

domingo, 6 de febrero de 2011

TQMC? 29

Describirte es como ir quitándole nata a un pastel para buscarle el hueso, puesto que cualquier detalle que de ti digo será diminuto comparado con el infinito que me dejo.

- ¿Por qué me dijiste que me echabas de menos?

- No te entiendo.

- El mensaje. ¿Por qué me lo mandaste si era mentira?

- Yo no te mandé nada, pero tampoco hubiera sido mentira. Te echaba de menos.

- Entonces por qué no me mandaste un mensaje.

- Tú dices que sí que te lo mandé.

- ¿Pero me echabas de menos?

- Sí.

En la inmensa mayoría de grandes momentos de nuestras vidas, con suerte, nos quedaremos sin palabras; y si no la hay, diremos cualquier estupidez que nunca jamás dejarán de recordarnos.

- Me he cortado el pelo, ¿te gusta?

- Sí. Yo me he cortado esta tarde las uñas de los pies.-En el instante preciso en que la boca de Marta pronunciaba uñas, su cerebro ya estaba pensando que la tierra la tragara.

- ¿Las llevabas muy largas?

Marta junta así las cejas para arriba como poniendo cara de pensar:

- No, pero es que siempre me las cortaba mi madre y ha sido la primera vez que me las cortaba yo.

- Ah. A mí me las cortaba mi abuela en la bañera, después, cuando están blanquitas y blanditas.

- ¿Te has enrollado con Vera?

- No.

- Ah. Y ahora, ¿tenéis unas tijeras de las uñas para todos en la residencia o cada uno la suya?

- Pues... no lo sé, yo me llevé las de casa de mi abuela.

- Ah.

- ¿Llevas algo en la mochila?

- No.

- ¿Qué has hecho esta semana, entonces?

- Lo de la mochila.

- ¿Y qué es?

- Nada. ¿La bicicleta es tuya?

- Bueno, sí. Creo que era de mi abuelo o de mi tío, siempre ha estado en el garaje de mi casa.

- No sabía que no sabías ir en bici.

- Ni que mi madre me cortaba las uñas... sí, soy una caja de sorpresas.

- ¿De verdad quieres aprender?

- Sí, antes de morirme quiero hacer, por lo menos, una de las cosas que me apunté.

- ¿Qué cosas?

- Cosas.

- Ah.

- Pero ella sí que quiere enrollarse contigo.

- ¿Vera? No lo sé. A veces pienso que sí, otras pienso que está loca, otras me da pena, otras me baja a la habitación en pijama y se quiere quedar a dormir...

- No tendrías que haber dicho eso último; sin eso, bien, pero lo último ha dolido bastante.

- ¿Por qué, no soy yo?

- No pasa nada, entiendo que tuvieras ganas de contárselo a alguien, pero precisamente a mí era a la última persona que...

- Lo siento, no lo he hecho aposta. Además, que...

- Deja el tema, déjalo.

- Vale... Oye, ¿y el pez? ¿Sigue vivo?

- Sí, en una ensaladera. Le puse nombre, se llame Engel.

- Un nombre un poco raro, ¿no?

- No, significa ángel en noruego, creo... De todos modos, lo llamo de diferentes maneras cuando estoy enfadada contigo... zorromostro... bombilla... topacio... como es naranja...

- Ah... Y... ¿Qué más cosas te apuntaste que querías hacer antes de morir?

- Pues... no sé: aprender a ir en bici, dormir en un tren, visitar París, ver amanecer en una playa, mi primer beso, conducir sin carnet, viajar a La India, aprender a nadar...

- ¿No sabes nadar?

- No. Madre hiperprotectora.

- Y...

- ¿Y qué?

- Que estaba pensando que...

- ¿Qué es eso?

- ¿Esto? Papeles, los papeles que te quise enseñar el otro día.

- ¿Cómo? ¿Vas siempre con esos papeles? Tú estás loco.

- No, pero es lo que te dije, estuve investigando. Si pudieras decirme... quiero decir... hay una posibilidad de autotrasplante de médula que...

- Pablo, déjalo, por favor.

- Pero sólo es saber si...

- Déjalo, déjalo, déjalo.

- Está bien.

- ¿Todavía no lo entiendes, no? Mira, yo misma me sé esos documentos de memoria, claro que sé que la leucemia se puede curar con quimioterapia y un transplante de médula. Pero nadie, absolutamente nadie de mi familia es compatible conmigo, de modo que, para que te enteres de una vez, si inicio el tratamiento de quimioterapia, me voy a pasar la vida envenenada, ¡eso es la quimio! ¡Envenenarte el cuerpo entero para así debilitar al cáncer! Pero mi  leucemia no se debilita y... además... no tengo posibilidad de donante. ¿Lo entiendes? ¡Sería toda mi vida envenenada! ¡No quiero vivir así! ¿Lo entiendes? Y te lo vuelvo a pedir por última vez, si me quieres de verdad, deja de empeñarte en que no me muera.

- ¿Y si yo me ofreciera como donante de médula?

- Tú eres tonto. No me escuchas. Ya te lo dije una vez, cuando me enamoré de ti no buscaba un héroe.- Las palabras que más daño hacen no son las que pensamos la noche anterior, son las que se escapan y quisiéramos dispararles como un tiro al plato para matarlas.

- Marta, hay límites en la crueldad que yo no sabía hasta conocerte. ¿Y sabes qué es lo peor? Lo peor no ha sido espiarte todas las tardes para ver si te asomabas a la ventana de tu casa, lo peor no ha sido soportar a Vera riéndose de ti, lo peor no ha sido seguirte de lejos por los pasillos del instituto, lo peor no ha sido las horas que me he pasado esta tarde escondido allí como un imbécil sólo para verte, lo peor ha sido descubrir que tú misma eres tu peor víctima. 

- ¡Vete a la mierda!

- Marta, la leucemia es una excusa. Te podrías curar si quisieras. Como fue una excusa el buscarme para que me muriera contigo. Tú sólo quieres dar pena. Y lo consigues. Te sale perfecto. De hecho, a mí me diste tanta que me tuve que alejar de ti para ver si reaccionabas. Pero eres demasiado orgullosa para reconocerlo. ¡Me oyes! ¡Tu problema es ése! ¡Que te vas! ¡QUE HUYES! ¡QUE NO TE ATREVES A VIVIR! ¡ME OYES!

Veinte minutos después, Pablo llegará por fin a la puerta del adosado de Marta, aparcará con cuidado la bicicleta que ella se dejó cuando se fue corriendo, con cuidado porque sabe perfectamente que ella, como una tortuga en un vaso de agua, lo estará espiando desde su ventana apagada. Por eso, Pablo, antes de irse, le deja el regalo que le debió dar en el campo de fútbol si aquello hubiese salido de otra manera; lo ha sacado de su mochila, es un poco grande, a Marta le cuesta distinguirlo, él lo deja en el muro de la puerta, bajo la farola redonda:

Es el jarrón pegado a trozos que ella le estampó una vez en la cabeza.

Y se va. Dejándola a oscuras en su cuarto mirando a un jarrón roto y a una bicicleta vieja.