lunes, 18 de abril de 2011

EL HOMBRE QUE HACÍA MAL EL AMOR

Silbar como quien desinfla besos. Escupir a la luna. Maldecir como una gitana pariendo. 
Todo eso hizo Mario el día que, en la Oficina de Empleo, le dijeron que hacía mal el amor.
- ¿Quiere usted apostar aquí mismo a que no?
Tan firme decisión vio en sus ojos y en sus puños sobre la mesa el pobre funcionario calvo que, apretando el culo en su silla, sólo se atrevió a contestar, con un hilillo de voz:
- No, gracias.

Nunca, jamás, en la vida, ni siquiera en sus peores pesadillas, alguien le había dicho a Mario lo contrario a maravilloso tras hacerle el amor, nunca. Ni siquiera aquel imbécil que todas las mañanas, en el trabajo, le tocaba las narices recordándole que había llegado tarde. 

Es que ni de pequeño, en el colegio, la señorita le dijo nada nunca. Al contrario, todas las niñas llegaban a sus casas comiéndose la merienda de madalenas y chocolate y contándoles a sus madres lo bien que les había hecho el niño Mario el amor aquella tarde, que incluso a la señorita Amalia se le habían escapado algunas lágrimas.

¿Por qué, entonces, se lo decían ahora?

De hecho, hasta las doce telefonistas que le fueron preguntando los datos para darse de baja de la línea telefónica le acabaron felicitando por lo bien que les había hecho el amor por teléfono. 
Es más, en el 85, en una conferencia para 540 personas que dio Mario en el teatro Reina Victoria, hasta el apuntador salió de su concha para decirle, con lágrimas en los ojos, que jamás nadie había hecho el amor como él en ese teatro.
¡Por Dios! ¡Pero si, de pequeño, su abuela lo llevaba vestido de marinerito a que les hiciera el amor a todas las abuelitas de pueblo y quedaban todas encandiladas con él que se lo querían comer!

¡Cómo cojones entonces ahora se atrevían a decirle que hacía mal el amor!

Cuando Mario llegó a su casa, Elena, su mujer, enseguida le notó algo raro y le preguntó:
- ¿Qué te ha pasado, mi vida?

Sentándose en la mesa camilla, Mario se lo contó antes de hundir la cabeza entre las manos.
Ella, sorprendidísima, se sentó frente a él en la mesa y le dijo:
- Pero, ¿cómo va a ser eso verdad, mi vida? A ver, házmelo a mí para que te diga.

Y entonces Mario comenzó:
- Te quiero, te quiero tanto como si mi risa viviera en la caja de zapatos de tu alma; y sin reloj, sin apetito en las manos, sin huesos en los pies me quedo al verte dormir, como ciego acariciando un deseo, simplemente, te quiero.

Y con el final, Elena, su mujer, se levantó de la mesa y lo besó:
- Cariño, no hagas caso de nadie, sigues haciendo maravillosamente el amor.

Texto: Álvaro García Hernández.
Ilustración: Alberto Montt.

sábado, 9 de abril de 2011

LA MISMA LLUVIA

Es un atasco interminable bajo el aguacero de una noche de septiembre entrando a la ciudad, los semáforos parpadean en ámbar intermitente y los coches iluminan con sus luces blancas las luces rojas del siguiente. Es como si pudieses elegir:
Renault Megane gris: ella tiene un lunar en el ombligo, odia tirar la basura y vive sola en un apartamento de caravista hipotecado de por vida, hace poco que volvió a trabajar como administrativa en un almacén de muebles, tuvo un novio en el pueblo que le duró hasta el año pasado cuando él le puso los cuernos, sus amigas le dicen que salga, pero todavía no se atreve, baja un poco la ventanilla y saca los dedos para tocar la lluvia.
Seat Toledo rojo con un golpe en el lado izquierdo: se llama Ramiro, llegó a España hace cinco años convencido por su primo que trabajaba de albañil, un año después, se trajo a su esposa y a los tres niños, hace dos que está en paro, últimamente, reforma de vez en cuando la casita de campo de unos abuelitos entre naranjos, en la cena de fin de año, su primo le dijo que habían visto a su señora con otro en su casa, desde entonces duerme mal.
Fiat Punto blanco: en el colegio le llamaban el Tirillas porque siempre se enfadaba enseguida, se casó con Maribel en cuanto pudieron, luego vino Héctor y luego la pequeña, Beatriz, hace más de dos años que no trabaja un solo día, viene de casa de sus suegros, de pedirles otra vez dinero, pues en el banco ya le han vuelto a llamar y le están saliendo canas cada vez que llega a casa y todo son malas caras y la puta amenaza de me voy a poner a fregar escaleras, él contesta que hará lo que sea, de hecho, le suena el móvil, es ella aunque la pantalla está rota, el problema es que no sale ni lo que sea.
Entre los coches, bajo la lluvia, muletas de aluminio y pierna vendada: se llama Álex, nació en Rumanía no hace tanto, toda su familia son mendigos, él se casó el año pasado, cuando consiguieron que los padres de ella la dejaran venir a España, viven en una chabola dentro de una antigua fábrica de cervezas, no odia a la gente, les sonríe con su diente de oro, tampoco siente curiosidad, su oficio es ése, y ahora ella está embarazada y mañana irán a una asociación de médicos que les han dicho para saber cómo va a dar a luz, les toca en los cristales pero hoy nadie baja la ventanilla a pesar de que él sonríe con su diente de oro.
Mercedes Clase C 220: no mira al mendigo rumano que le toca a la puerta, ni a la solterona del coche de al lado que sólo hace que mirarse la tripa, ni al panchito de al lado que se le ha parado el coche, ni al del Fiat de atrás que está discutiendo a gritos por teléfono, tan sólo escucha Radio Nacional bajo la lluvia y mira al llavero de plástico azul que tiene entre las manos, como lleva haciendo todo el día en el concesionario donde trabaja, le gustaba su trabajo, de hecho, en cuanto ha salido de los juzgados con la sentencia de divorcio en la cabeza, se ha ido a trabajar, bueno, a mirar ese maldito llavero de un apartamento que se ha tenido que alquilar mientras que se arreglen las cosas.
Ford Fiesta rojo de tercera generación: ella le mira a él y quisiera confesarle que tiene un lunar aquí que anoche no vio, que le gustaría tener dos hijos, un niño y una niña, que le gustaría un día viajar a América todos juntos y cruzar el océano en un trasatlántico, que no le importa el dinero, que no le importa cómo será su piso donde la lleva a pasar la segunda noche de enamorados desde que se conocieron en el taller de reparaciones, que está enamorada, eso le gustaría decirle mientras él, dándole de vez en cuando al limpiaparabrisas, piensa en el coche de la izquierda, en el Mercedes que lleva, en la envidia que le da.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

martes, 5 de abril de 2011

ABRIENDO CAMAS FUERTES

Quererte es sencillo, cuando vuelves de puntillas de la ducha por el pasillo, quererte es sencillo, cuando duermes sin sábanas y yo me hago el dormido, quererte es... ¿quién será ahora?

- Buenas tardes, señora, tiene un segundo, por favor.
- Estaba leyendo, ¿qué quieres?
- Verá, tiene usted contrato de línea telefónica.
- Ah. Entiendo.
- ¿Perdone?
- Mira, chaval, ¿ves este número encima de mi puerta? ¿Qué pone? 7, ¿no? Pues mira, coge tú y todos tus putos compañeros comerciales fracasados de mierda y apuntároslo en la puta agenda como que aquí no hay que llamar nunca, pero nunca de en vuestra puta vida llaméis aquí porque la próxima vez que un pardillo como tú llame a mi timbre aunque sea para decirme que se está incendiando la finca y que soy la única que queda por rescatar, aun en ese caso, al próximo que vuelva a tocar le voy a pegar tal hostia nada más abrir la puerta que va a estar dando vueltas hasta Navidad. ¿Te ha quedado claro? Pues hala, a tomar por culo, campeón.

Quererte es sencillo, cuando pronuncias mi nombre, sonríes, yo el tuyo, tú el mío, quererte es sencillo, porque no recuerdo mi vida hasta haberte conocido, porque quererte es.¡Mecagonlaputamadredetodoslosquetocanaltimbre!

- ¡Qué quieres!
- Buenas tardes, señora. Perdone que le moleste, me podría decir con qué compañía tiene usted contratado el gas.
- ¡Con la de tu puta madre, chaval!

Quisiera un día que aparecieras, que llegaras a mi alma como una cucharada de piel caliente, que te quedaras en mi regazo como una tormenta de besos, que aparecieras, como un fantasma desnudo en el espejo, como un violador vergonzoso en el confesionario de mis pe... ¡pero es que no me van a dejar en paz!

- ¡Y tú qué vendes!
- Hola, soy Ulises. Y he recorrido el mundo buscándote.
- Ah, sí. ¿Y qué vendes?
- Mi alma por haberte visto.
- Déjate de tonterías y dime qué quieres.
- Verte dormir entre mis brazos, saber que siempre estarás bien, saber que nada malo te puede pasar si estás a mi lado.
- ¿De qué va todo esto?
- Va de ti, sólo de ti, yo sólo quiero cruzar tu puerta y protegerte del mundo.

Media hora después, en la puerta de la finca, los demás le esperan, por fin sale a la calle, su cara de satisfacción lo dice todo, pero a él le gusta explicarse:

- Ya os lo dije, chicos, Ulises, seguros del hogar, nunca se rinde. Ahora, pagad la apuesta.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

domingo, 3 de abril de 2011

ORDEÑANDO PATOS

Pese a que siempre estaba leyendo a Balzac, desde mi modesto punto de vista, Jacinto era un imbécil y su hija una zorra. Y con ello no quiero ofender a nadie. 

El primer día que conocí a Jacinto, me contó que le gustaba leer a Balzac, a cambio, yo le acabé confesando hasta lo de aquel episodio vergonzoso con Benjamín el invertido en la verbena de agosto. Cuando me volví a mi cuarto, me fui con ese mal sabor de boca que te dejan algunas personas. Y decidí que no volvería a hablar con él jamás.

Al día siguiente, fue Jacinto quien vino a preguntarme por esos problemas míos de impotencia los miércoles, y aunque, en un principio, yo intenté darle largas a la conversación; al final, el muy tunante, acabó llamando al resto de habitantes de la pensión para pedirles veredicto a mi íntimo problema, ahora público, gracias a él.

El tercer día no salí de mi cuarto.

Al cuarto día, fue la hija de Jacinto la que vino a tocarme a la puerta para presentarse bastante descaradamente y comentarme que era miércoles. Yo, que por algo estoy realizando un doctorado sobre Marcel Proust y la jardinería parisina del siglo XIX en relación directa con las franjas horarias comarcales durante la República, enseguida caí en la cuenta de que lo que la hija de Jacinto quería era reírse de mi impotencia. Y le dije firmemente que por favor se marchase. Aunque me quedé con ese regusto amargo, provocado por su sonrisa malévola, que te dejan ciertas personas cuando se marchan y les habrías gritado hasta hacerlas llorar pero no lo hiciste a tiempo.

El quinto día, ya con hambre de huelga, decidí bajar al comedor antes que el resto de habitantes de la pensión, pensando, lógicamente, que a eso  de las seis de la mañana no encontraría a nadie desayunando todavía. Me equivoqué, y me tocó las narices, pues allí estaba el imbécil de Jacinto con su sonrisita anunciándome de buena mañana que todos me estaban esperando pues el debate se había mantenido durante toda la noche en torno a ese problemilla mío que le comentase hacía unos días sobre aquella maravillosa muchacha adolescente que me rompió el corazón con catorce años al confesarle yo que la amaba y ella que yo le daba bastante pena por confesárselo. Es cierto, cierto es que me senté a desayunar e intenté por todos los medios conducir la conversación hacia un terreno en el que pudiera ofender, reírme, humillar y hasta insultar al imbécil de Jacinto con su libro de Balzac siempre en la mano; pero he de decir que el resultado fue totalmente inverso y acabé con unas sinceras ganas de llorar y una madalena a medio masticar en la boca.

Hoy voy a bajar al comedor, de hecho, estoy esperando que sean las dos aquí en mi cuarto y en el resto de la pensión, espero también que esté su hija, voy a bajar las escaleras, voy a empujar la puerta batiente del comedor, voy a entrar, voy a saludar a todos, voy a pegarle un puñetazo en los dientes a Jacinto y a llamar zorra a su hija.

- Buenos días a todos.
- Buenos días, Esteban.
- Buenos días, Jacinto.
- Buenos días, Esteban.
- Buenos días, Mercedes.
- ¿Qué tal todo, Jacinto?
- Bien, gracias, ¿cómo va usted con su libro de Balzac?
- Bien, bien, como siempre. ¿Y usted? ¿Ha conseguido ya descubrir por qué en el colegio le bajaron los pantalones en medio de la clase de Matemáticas?
- Emm... no, no. Todavía no.
- ¿Y había chicas, Jacinto?
- Emm... sí, sí, había chicas, Mercedes.
- ¿Y le vieron la pichulilla todas, Jacinto?
- Emm... sí, imagino que sí.
- ¿Y también estaba la chica que a usted le gustaba tanto, Jacinto?
- Emm... sí, sí, claro que ella estaba.
- Y, si me permite la pregunta, Jacinto, ¿no sería ese día un miércoles, por casualidad?
- Emm... pues... es posible, Jacinto, ahora que lo pienso, es posible.

Al día siguiente, todos se extrañaron de que Esteban, ese estudiante tan simpático de la habitación 13, se hubiese mudado sin decir nada a nadie y prácticamente a escondidas, todos se extrañaron pues, a razón de los razonamientos de Jacinto y su querida hija Mercedes, ahora que habían entablado una sincera amistad con él, justamente cuando más interesados estaban en ayudarle, él cogía y se marchaba a hurtadillas; de hecho, un poco les quedaba el mal sabor de boca de no haberle llamado desagradecido si lo hubieran sabido por toda la atención que le habían prestado. De modo que, siguieron hablando de él.

Por cierto, esa misma noche, un desconocido asaltó a Jacinto cuando volvía del Ateneo y le saltó dos dientes de un certero puñetazo para robarle simplemente el libro de Balzac que luego, fíjate tú lo que son las cosas, apareció roto y pisoteado dos esquinas más abajo. Dejándole por fin, a Jacinto, un terrible mal sabor de boca.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.