Silbar como quien desinfla besos. Escupir a la luna. Maldecir como una gitana pariendo.
Todo eso hizo Mario el día que, en la Oficina de Empleo, le dijeron que hacía mal el amor.
- ¿Quiere usted apostar aquí mismo a que no?
Tan firme decisión vio en sus ojos y en sus puños sobre la mesa el pobre funcionario calvo que, apretando el culo en su silla, sólo se atrevió a contestar, con un hilillo de voz:
- No, gracias.
Nunca, jamás, en la vida, ni siquiera en sus peores pesadillas, alguien le había dicho a Mario lo contrario a maravilloso tras hacerle el amor, nunca. Ni siquiera aquel imbécil que todas las mañanas, en el trabajo, le tocaba las narices recordándole que había llegado tarde.
Es que ni de pequeño, en el colegio, la señorita le dijo nada nunca. Al contrario, todas las niñas llegaban a sus casas comiéndose la merienda de madalenas y chocolate y contándoles a sus madres lo bien que les había hecho el niño Mario el amor aquella tarde, que incluso a la señorita Amalia se le habían escapado algunas lágrimas.
¿Por qué, entonces, se lo decían ahora?
De hecho, hasta las doce telefonistas que le fueron preguntando los datos para darse de baja de la línea telefónica le acabaron felicitando por lo bien que les había hecho el amor por teléfono.
Es más, en el 85, en una conferencia para 540 personas que dio Mario en el teatro Reina Victoria, hasta el apuntador salió de su concha para decirle, con lágrimas en los ojos, que jamás nadie había hecho el amor como él en ese teatro.
¡Por Dios! ¡Pero si, de pequeño, su abuela lo llevaba vestido de marinerito a que les hiciera el amor a todas las abuelitas de pueblo y quedaban todas encandiladas con él que se lo querían comer!
¡Cómo cojones entonces ahora se atrevían a decirle que hacía mal el amor!
Cuando Mario llegó a su casa, Elena, su mujer, enseguida le notó algo raro y le preguntó:
- ¿Qué te ha pasado, mi vida?
Sentándose en la mesa camilla, Mario se lo contó antes de hundir la cabeza entre las manos.
Ella, sorprendidísima, se sentó frente a él en la mesa y le dijo:
- Pero, ¿cómo va a ser eso verdad, mi vida? A ver, házmelo a mí para que te diga.
Y entonces Mario comenzó:
- Te quiero, te quiero tanto como si mi risa viviera en la caja de zapatos de tu alma; y sin reloj, sin apetito en las manos, sin huesos en los pies me quedo al verte dormir, como ciego acariciando un deseo, simplemente, te quiero.
Y con el final, Elena, su mujer, se levantó de la mesa y lo besó:
- Cariño, no hagas caso de nadie, sigues haciendo maravillosamente el amor.
Texto: Álvaro García Hernández.
Ilustración: Alberto Montt.



