Despierto repleto de océanos abandonados, y es que anoche me dejé el alma encendida toda la madrugada esperándote a que regresaras como quien espera que vuelva una paloma a la que le pegaron un tiro por la espalda.
Orino, me miro, me ducho, me peino, sonrío, me duermo, bostezo, me giro, me visto, me acuerdo, me voy.
En mar que nado para ir a desayunar cada día te encuentro, todavía empapado de sal y gotas de agua, te doy los buenos días.
Paula está harta de la lluvia ese verano, del charco en medio de la calle, de que no se le seque la ropa bajo el plástico en el deslunado, de que no la llamen de ningún trabajo y siga sin saldo en el móvil y sin trabajo.
- Te he comprado una gallina -repito la frase en mi cabeza esperando a tener fuerzas para levantármela y decírsela- esta gallina, para que no pases hambre. ¿Lo entiendes? Mira qué bonita que es, qué plumas más blancas tiene. ¿Serás mi novia ahora? -pero no me atrevo, de hecho, ni siquiera a mirarla de lejos.
Paula sorbe a pequeños tragos el café con leche en el bar mientras mira por el reflejo del cristal de la calle al zumbao de su finca que hoy ha bajado a desayunar con una gallina debajo del brazo. Lo cierto es que está harta de verlo, se lo cruza a todas horas por el barrio, ella en paro y él tonto, se ven bastante; pero también es verdad que le gustaría levantarse y preguntarle qué coño ha pasado por su cabeza esa mañana para que haya bajado al bar a desayunar con una puta gallina. Seguro que la respuesta tiene que ser de órdago.
Vuelve a llover, Paula mira a la calle con desesperación mientras la gente corre y se amaga bajo los portales, de pronto Paula se muere. Ahí mismo, sobre la mesa y el café con leche. En medio de un bar, a las nueve de la mañana, sin avisar, se ha muerto sin tener tiempo ni de desayunar.
Cuando abre los ojos, sólo ve una gallina y una sonrisa de tonto. Está en el suelo, sucio de azucarillos y migajas, a su alrededor, demasiadas cabezas mirándola. ¿Qué ha pasado?
- Este chico es un milagro -repite una vieja-.
- Decidle a la ambulancia que ya respira, decídselo -insiste un ejecutivo medio calvo-.
- Jose, no corras, no corras que la han reanimado -llama emocionado un pintor a otro con el que estaba almorzando-.
- ¿Qué me ha pasado? -acierta a pronunciar Paula entre el revuelo de satisfacción y gritos-.
- Nada demasiado grave, has sufrido un infarto de miocardio, seguramente, por el estrés, por suerte, hemos podido reaccionar a tiempo y practicarte una reanimación cardiopulmonar inmediata, que es lo que he impedido que llegaras a padecer insuficiencia de riego sanguineo en el cerebro. Ah, te he comprado esta gallina.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

