jueves, 26 de mayo de 2011

EL FUNAMBULISTA COJO

Despierto repleto de océanos abandonados, y es que anoche me dejé el alma encendida toda la madrugada esperándote a que regresaras como quien espera que vuelva una paloma a la que le pegaron un tiro por la espalda. 

Orino, me miro, me ducho, me peino, sonrío, me duermo, bostezo, me giro, me visto, me acuerdo, me voy.

En mar que nado para ir a desayunar cada día te encuentro, todavía empapado de sal y gotas de agua, te doy los buenos días.

Paula está harta de la lluvia ese verano, del charco en medio de la calle, de que no se le seque la ropa bajo el plástico en el deslunado, de que no la llamen de ningún trabajo y siga sin saldo en el móvil y sin trabajo. 

- Te he comprado una gallina -repito la frase en mi cabeza esperando a tener fuerzas para levantármela y decírsela- esta gallina, para que no pases hambre. ¿Lo entiendes? Mira qué bonita que es, qué plumas más blancas tiene. ¿Serás mi novia ahora? -pero no me atrevo, de hecho, ni siquiera a mirarla de lejos.

Paula sorbe a pequeños tragos el café con leche en el bar mientras mira por el reflejo del cristal de la calle al zumbao de su finca que hoy ha bajado a desayunar con una gallina debajo del brazo. Lo cierto es que está harta de verlo, se lo cruza a todas horas por el barrio, ella en paro y él tonto, se ven bastante; pero también es verdad que le gustaría levantarse y preguntarle qué coño ha pasado por su cabeza esa mañana para que haya bajado al bar a desayunar con una puta gallina. Seguro que la respuesta tiene que ser de órdago.

Vuelve a llover, Paula mira a la calle con desesperación mientras la gente corre y se amaga bajo los portales, de pronto Paula se muere. Ahí mismo, sobre la mesa y el café con leche. En medio de un bar, a las nueve de la mañana, sin avisar, se ha muerto sin tener tiempo ni de desayunar.

Cuando abre los ojos, sólo ve una gallina y una sonrisa de tonto. Está en el suelo, sucio de azucarillos y migajas, a su alrededor, demasiadas cabezas mirándola. ¿Qué ha pasado?

- Este chico es un milagro -repite una vieja-.

- Decidle a la ambulancia que ya respira, decídselo -insiste un ejecutivo medio calvo-.

- Jose, no corras, no corras que la han reanimado -llama emocionado un pintor a otro con el que estaba almorzando-.

- ¿Qué me ha pasado? -acierta a pronunciar Paula entre el revuelo de satisfacción y gritos-.

- Nada demasiado grave, has sufrido un infarto de miocardio, seguramente, por el estrés, por suerte, hemos podido reaccionar a tiempo y practicarte una reanimación cardiopulmonar inmediata, que es lo que he impedido que llegaras a padecer insuficiencia de riego sanguineo en el cerebro. Ah, te he comprado esta gallina.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.

martes, 24 de mayo de 2011

HE NEVADO TANTO PARA QUE DUERMAS

- No hay nada más imposible en el mundo que recoger todos estos besos que me dejé por tu cuerpo.
- Date, prisa -dijo ella-, que se está haciendo de noche y vendrá mi marido.
- ¿Entonces, qué hago? -protestó él, en cueros- ¿Te los doy o te los quito?
- ¿Los calcetines, dices? Ni se te...
- No, mujer, los calcetines no, los besos.

- ¡Se me hizo de noche, mi marido!
- ¡Por Dios, Virtudes, no me importa quien sea éste, sin cuidado me trae, pero por el amor de Dios, dame tú una explicación convincente o al menos un motivo para justificar que ambos estéis aquí en mi cama desnudos!
- ¡No la hay, José Eustaquio, no la hay, y...!
- ¡Basta, no digas más que este hombre se está muriendo! ¡O acaso es que no ves que torna de blanco a violáceo la color de su gesto!

José Eustaquio se hace dueño de la situación, abofetea a su esposa con tal fuerza que la arroja en la cama, allí mismo se sienta y saca una botella de tequila que justamente llevaba en la americana y un vasito de cristal del calcetín. Mientras su amante agoniza, él bebe tequila levantando la barbilla, apretando los labios al tragar y mirando por la ventana que da al oscuro patio de vecinos.

- ¿Qué era? ¿Pudiente, macho, zafio, libertino o tímido para que a éste sí te lo trajeras?
- Nada de eso, mi amor, era poeta -le jusifica ella mientras se aprieta el labio sangrante con el dorso de la mano.
- ¿Y qué te hizo, si es que puede saberse?
- Me da vergüenza contártelo mientras él se muere y nos está aquí mirando.
- No veo yo que te diera vergüenza encuerarte con él en nuestro propio lecho, dirás ahora que después de todo es hablar lo más sucio que hiciste en este cuarto.
- Me dijo que me conoció a los quince años, que se enamoró de mí en la clase de Música, que una vez se sentó a mi lado, que me seguía muchas tardes al terminar el colegio, que se atrevió a escribirme mil notas de amor pero ninguna pudo esconderme en el pupitre por falta de valor, en fin, que cuando me fui, decidió suicidarse entonces o buscarme el resto de su vida.
- Tonta, ¿y tú le creíste?-José Eustaquio vuelve a dar otro trago al tequila mientras a sus pies, junto a sus zapatos recién lustrados, termina de agonizar el amante violáceo- ¿Por qué? ¿Porque era pobre?
- No, lo creí porque yo nunca tuve un primer amor.

José Eustaquio entonces sí que se sorprende, incluso más que el resto de tardes, esa respuesta es nueva, mira a su esposa y le pide explicaciones con un mohín de dolor:

-¿Qué fui yo entonces? ¿Una excusa entra la busca? 
- Tú no lo entenderías.
- No, ahí aciertas, fuese yo o sea un segundo, un tercero o el que me parezca ser ahora el último, por lógica debió haber un primero. ¿Cuál fui yo entonces?
- ¿Ves como no lo entiendes, mi amor? Tú... viniste siendo ya el segundo, aunque todo te lo di como si hubieses sido el primero y cierto es que lo debiste ser. Aunque tú no lo entiendas, yo nunca tuve un primer amor.

Entonces José Eustaquio lanzó la botella de tequila contra la pared, se levantó como sin alma, cogió por los pies al poeta ya rígido y lo lanzó, con los demás cadáveres de amantes de otras tardes, al cuarto de baño de invitados.

Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.