Son horas tempranas de la mañana, el aire todavía está fresco: horas de panaderos, de periódicos y de cafés con leche. Mario entreabre perezosamente los sucios ojos y el sol le ciega con fuerza, los vuelve a cerrar, permanece así unos minutos, luego se gira, se deja casi caer de la cama y se levanta como un fantasma de cine mudo.
Lucía llega a eso de las ocho, lleva llaves pero llama; después de varios intentos abre. Le gusta el olor de ese piso, huele a tiempo sucio y viejo, a polvo tras los rincones, a ceniza bajo las sillas, a café eternamente frío, a sofá muerto, a cama tibia. Mario sale en ese momento del baño, ella le saluda como si viniera de comprar el pan, él la mira y busca el tabaco encima de la nevera. Quizás esté enfadado.
Lucía y sus pies fríos. Tiene el pelo largo e inmensamente negro, lo lleva sucio, lo cual no le resta un delicado atractivo; no es su delgadez la que le da ese aire frágil, ni la blancura de sus brazos desnudos hasta los codos, ni sus labios rosados, cortados y mordidos, casi blancos, ni sus pies pequeños dentro de las sucias sandalias negras, ni sus ojos azules tan apagados que parece que se van a borrar a cada parpadeo, ni su nariz pequeña, ni sus dedos delgados y largos; es ella, algo al andar, como si flotara, como si fuera tan ligera y volátil dentro de su descolorido vestido añil que el viento se la pudiera llevar en una ráfaga; por eso hay que hablarle bajito y suave.
Lucía se queda un instante mirando a Mario moverse por la cocina como un anciano moribundo y cansado, y piensa... nada. Le vuelve a hablar pausadamente, esperando alguna escueta respuesta:
- Voy a ducharme... estoy empapada... ¡hace un calor!... no hay toallas limpias, ¿Verdad?... Me secaré con la sábana.
Mario ni siquiera la ha mirado, está en el balcón con la vista perdida en la sucia pared, fumando ese primer cigarro; ella coge la sábana y se mete al cuarto de baño. Le oye descorrer las cortinas de plástico, le quiere oír quitándose la camiseta y desabrochándose el sujetador, le oye abrir el agua de la ducha, le oye levantar la tapa del water...
Lucía se queda clavada observando los restos secos de bilis y sangre que todavía se esconden en los recodos de la taza, como si alguien no se hubiera molestado en limpiarlos...
La rabia le sube por el pecho, limón en la garganta y sal en los ojos; sale impulsivamente del aseo, tan sólo las bragas y sus pechos blancos agitándose al andar, se queda plantada en medio de la salita con la sábana en la mano. Mario no se girará, lo sabe, lo odia, odia esa actitud, su falta de reacción; ya no sabe qué gritarle para hacerle reaccionar.
- ¿Por qué? ¿Por qué coño lo tienes que hacer? ¿ Qué es lo que quieres? ¿Qué coño es lo que quieres?¡Joder! ¡Contesta! Me dijiste que estabas curado, me prometiste que si te volvía a pasar irías al médico. Es sangre, Mario, te estás desangrando por dentro... ¿Pero es que no te das cuenta? Vomitando no vas a conseguir nada; no tienes que demostrar... No me tienes que demostrar... No lo hagas. No lo hagas, Mario. ¿Por qué lo tienes que hacer? ¿Por qué lo haces? Dime, ¿por qué? - Llora como una mujer estéril en un paritorio.
Mario permanece de espaldas a ella, en el balcón, fumando, mirando a los tejados, a las palomas de la buhardilla, callado; un ligero estremecimiento recorre su cuerpo a medio vestir: Llora, llora del mismo modo que mira al suelo del deslunado, sin darse cuenta. Sigue fumando, las lágrimas caen una a una, se precipitan desde su barbilla hasta el suelo, lentamente, lejos de todo. Lucía calla, el estruendo de las lágrimas ha apagado su sollozo.
Mientras se ducha intenta oír algo, pero le ensordecen las gotas rodando por el sumidero; se deja empapar por el agua fría de la ducha, no quiere pensar, no quiere sentir nada más que el agua fría resbalando por su blanca piel, desnudándola y vistiéndola. Se ha sentado en la pequeña bañera, deja que el chorro de agua escarbe en su interior, aunque sabe que esa sensación de suciedad no se irá nunca, no con agua, no con tiempo.
Piensa en Mario, lo llama. Él llega a sus pies como un violador al confesionario, Lucía le mira a los ojos, le pregunta tantas cosas que siente meterse dentro de él, pero Mario sigue al pie de la bañera, con esa expresión suya que no dice nada, que te deja completamente blanco, como cuando intentas violar a la muerta ahogada en el río.
- Estás loco, te vas a destrozar, ¿por qué no reaccionas de una vez? Así no vas a llegar a ningún lado. ¿Cuándo te vas a dar cuenta? No te puedes sentar en la acera a ver la vida pasar. Busca esas razones que dices que has perdido, hay mil cosas, lucha por vivir, por favor... La vida vale la pena, créeme.
Texto: Álvaro García