jueves, 17 de noviembre de 2011

ANA YNADA: QUE TE MIRASEN ESTAS MANOS



Son las cuatro de la madrugada, Mario permanece de pie apoyado en la pared de la habitación observando a Lucía en silencio: su cuerpo blanco brilla a la luz de la suave luna:  entre la sábana que la envuelve asoma uno de sus tímidos pechos sobre el que destaca atrevido un pezón, como una gota de sangre en una taza de leche. No recuerda cuanto tiempo lleva observando ese pecho, ese pezón; la pierna se le ha dormido, se sienta en el frío suelo, alarga la mano y coge el paquete de tabaco y el mechero que están sobre la silla, se enciende un cigarro y comienza a hablar solo. Mientras, Lucía intenta no abrir los ojos.

Texto: Álvaro García
Ilustración: Gabriel Pacheco

sábado, 12 de noviembre de 2011

ANA YNADA: ¿DÓNDE DORMISTE, AMOR?

LUNES POR LA MAÑANA
Un estridente despertador estalla en gritos a las siete de la mañana, un grueso y  blanco brazo lo apaga de un manotazo, después da un brusco codazo a la joven que está a su lado, ésta abre los ojos, mira un instante a su alrededor y luego los vuelve a cerrar rápidamente, permanecerá así unos minutos y luego se levantará. 
El gordo cincuentón está en el water, no cierra la puerta, mientras mea carraspea y escupe en la taza, ella entra y abre el grifo del lavabo, se lava las manos, la cara y se peina con los dedos. Se queda tras él esperando. 
- Joder, ya voy.- Ella le sigue hasta la habitación, él la mira de reojo mientras coge el dinero de un comodín. - Ten.
Ella ya está en la escalera, la puerta está a punto de cerrarse cuando él reaparece: 
- ¡Eh!, tú, espera ¿Podrás hacer eso la semana que viene o busco a alguien?- Lucía asiente como una niña de comunión, baja las escaleras, abre la pesada puerta, sale a la calle y el sol de la mañana la ciega; vuelve a abrir su bolso y busca las gafas de sol redondas, se las pone y  echa a andar por la acera como tanta otra gente a esas horas.

- Espera un momento, ¿vas a comer aquí?
Mario cierra la puerta.
Son casi las cinco de la tarde, Lucía está acurrucada en la mecedora mirando hacia la sucia pared de enfrente a través del balcón abierto, se oye el zumbido de las moscas en el comedor, el crujido de la mecedora moviéndose nerviosamente. El balcón es tan estrecho que no cabe una silla; cuando pasas la mano por la barandilla de hierro los dedos se te ensucian de polvo negro y rascan los desconchados de la débil pintura azul y cuando te apoyas en las contraventanas de madera, las varillas se te clavan en la espalda. Cuando llueve, las gotas parecen romper los cristales de las ventanas, pero si llueve mucho puedes ver cómo el agua se va calando entre la vieja madera azul y tienes que poner trapos en el suelo para que el piso no se inunde. Sólo puede hacer eso, abrir las ventanas y las contraventanas y sentarse en la mecedora a  contemplar la sucia pared de enfrente.
Hace demasiado calor, el aire cuesta de respirar ; Lucía lleva una gastada camiseta blanca y nota cómo las gotas de sudor resbalan desde sus axilas. Tiene un libro entre las manos, está absorta mientras lee; lleva horas así, apenas ha comido algo, sólo se levanta de vez en cuando para sacar una vieja botella de Coca-cola del congelador: Ya no tiene, está llena de agua, pero no la bebe, está demasiado fría, sólo se moja la boca y los labios luego la escupe en la pila, cierra el congelador y vuelve a la mecedora. 
Hora tras hora. Páginas lentas. Dolor de cuello.Vuelve a coger el libro.
Ya de pequeña (nadie le preguntó por qué) se encerraba en el oscuro despacho de su abuelo (hora tras hora) con un libro (páginas lentas) y hasta que no se lo acababa no salía (dolor de cuello), no respondía a nadie (tampoco nadie preguntaba), no reaccionaba. Para ella los libros eran como una ventana por donde podía escapar; no una excusa para olvidarse o distraerse, sino la única salida posible. Cada cierto tiempo necesitaba leer cualquier cosa; si no, si se lo impedían o no podía, le daban ataques, lloraba, gritaba, se tiraba al suelo y comenzaba a patalear, a chillar y a echar espumarajos por la boca hasta que se desmayaba (también le pasaba a la niña de un cuento); entonces su abuelo la llevaba a la cama y cuando despertaba tenía un nuevo libro a sus pies y el pijama puesto (pero a la niña del cuento no le ponía el pijama su abuelo).
Pero de aquello ya hacía mucho tiempo (según decía ella). Los ataques desaparecieron (también los libros). El abuelito estará con la abuelita (haciéndose pajas). Ya todo ha pasado (o está por pasar...).
Se frota los ojos porque le escuecen, los tiene irritados y lacrimosos, siempre ha llevado gafas, desde pequeñita, su madre le compró unas rosas, unas gafitas rosas, las únicas gafas que ha tenido en su vida, los últimos años ya no se las ponía, se moría de la vergüenza, se reían de ella, estaba ridícula, parecía que se las había robado a una niña del parbulario, necesitaba unas gafas nuevas, pero su abuela decía que no, no, no y no. Nada más. Cuando se marchó las tiró al water.
Pasa otra página y continúa siguiendo su dedo bajo la línea: “...pues todo nos lleva a admitir que también las sensaciones dolorosas, como en en general todas las displicientes, se extienden a la excitación sexual y originan un estado placentero que lleva al sujeto a aceptar de buen grado el displacer del dolor.” Vuelve a repasar el párrafo, nota como abejas en el estómago, cierra el libro y se queda pensativa mirando la sucia pared.

Texto: Álvaro García
Ilustración: Gabriel Pacheco

miércoles, 2 de noviembre de 2011

ANA YNADA: APARECE ELLA


Son horas tempranas de la mañana, el aire todavía está fresco: horas de panaderos, de periódicos y de cafés con leche. Mario entreabre perezosamente los sucios ojos y el sol le ciega con fuerza, los vuelve a cerrar, permanece así unos minutos, luego se gira, se deja casi caer de la cama y se levanta como un fantasma de cine mudo.
Lucía llega a eso de las ocho, lleva llaves pero llama; después de varios intentos abre. Le gusta el olor de ese piso, huele a tiempo sucio y viejo, a polvo tras los rincones, a ceniza bajo las sillas, a café eternamente frío, a sofá muerto, a cama tibia. Mario sale en ese momento del baño, ella le saluda como si viniera de comprar el pan, él la mira y busca el tabaco encima de la nevera. Quizás esté enfadado.
Lucía y sus pies fríos. Tiene el pelo largo e inmensamente negro, lo lleva sucio, lo cual no le resta un delicado atractivo; no es su delgadez la que le da ese aire frágil, ni la blancura de sus brazos desnudos hasta los codos, ni sus labios rosados, cortados y mordidos, casi blancos, ni sus pies pequeños dentro de las sucias sandalias negras, ni sus ojos azules tan apagados que parece que se van a borrar a cada parpadeo, ni su nariz pequeña, ni sus dedos delgados y largos; es ella, algo al andar, como si flotara, como si fuera tan ligera y volátil dentro de su descolorido vestido añil que el viento se la pudiera llevar en una ráfaga; por eso hay que hablarle bajito y suave.
                Lucía se queda un instante mirando a Mario moverse por la cocina como un anciano moribundo y cansado, y piensa... nada. Le vuelve a hablar pausadamente, esperando alguna escueta respuesta:
-          Voy a ducharme... estoy empapada... ¡hace un calor!... no hay toallas limpias, ¿Verdad?... Me secaré con la sábana.
Mario ni siquiera la ha mirado, está en el balcón con la vista perdida en la sucia pared, fumando ese primer cigarro; ella coge la sábana y se mete al cuarto de baño. Le oye descorrer las cortinas de plástico, le quiere oír quitándose la camiseta y desabrochándose el sujetador, le oye abrir el agua de la ducha, le oye levantar la tapa del water...
                Lucía se queda clavada observando los restos secos de bilis y sangre que todavía se esconden en los recodos de la taza, como si alguien no se hubiera molestado en limpiarlos...
                La rabia le sube por el pecho, limón en la garganta y sal en los ojos; sale impulsivamente del aseo, tan sólo las bragas y sus pechos blancos agitándose al andar, se queda plantada en medio de la salita con la sábana en la mano. Mario no se girará, lo sabe, lo odia, odia esa actitud, su falta de reacción; ya no sabe qué gritarle para hacerle reaccionar.
-          ¿Por qué? ¿Por qué coño lo tienes que hacer? ¿ Qué es lo que quieres? ¿Qué coño es lo que quieres?¡Joder! ¡Contesta! Me dijiste que estabas curado, me prometiste que si te volvía a pasar irías al médico. Es sangre, Mario, te estás desangrando por dentro... ¿Pero es que no te das cuenta? Vomitando no vas a conseguir nada; no tienes que demostrar... No me tienes que demostrar... No lo hagas. No lo hagas, Mario. ¿Por qué lo tienes que hacer? ¿Por qué lo haces? Dime, ¿por qué? - Llora como una mujer estéril en un paritorio.
Mario permanece de espaldas a ella, en el balcón, fumando, mirando a los tejados, a las palomas de la buhardilla, callado; un ligero estremecimiento recorre su cuerpo a medio vestir: Llora, llora del mismo modo que mira al suelo del deslunado, sin darse cuenta. Sigue fumando, las lágrimas caen una a una, se precipitan desde su barbilla hasta el suelo, lentamente, lejos de todo. Lucía calla, el estruendo de las lágrimas ha apagado su sollozo.
                Mientras se ducha intenta oír algo, pero le ensordecen las gotas rodando por el sumidero; se deja empapar por el agua fría de la ducha, no quiere pensar, no quiere sentir nada más que el agua fría resbalando por su blanca piel, desnudándola y vistiéndola. Se ha sentado en la pequeña bañera, deja que el chorro de agua escarbe en su interior, aunque sabe que esa sensación de suciedad no se irá nunca, no con agua, no con tiempo.
                Piensa en Mario, lo llama. Él llega a sus pies como un violador al confesionario, Lucía le mira a los ojos, le pregunta tantas cosas que siente meterse dentro de él,  pero Mario sigue al pie de la bañera, con esa expresión suya que no dice nada, que te deja completamente blanco, como cuando intentas violar a la muerta ahogada en el río.
-          Estás loco, te vas a destrozar, ¿por qué no reaccionas de una vez? Así no vas a llegar a ningún lado. ¿Cuándo te vas a dar cuenta? No te puedes sentar en la acera a ver la vida pasar. Busca esas razones que dices que has perdido, hay mil cosas, lucha por vivir, por favor... La vida vale la pena, créeme.

Texto: Álvaro García
Ilustración: Gabriel Pacheco

ANA YNADA: EL PRINCIPIO


Ana Ynada, tú yo somos tres

Capítulo primero
 “Es cierto, no soy Dios, pero cada día me cuesta más sonreír”.
Domingo

El balcón está abierto, la radio apagada, la cisterna del water todavía sisea y Mario fuma de madrugada apoyado en la barandilla; no queda café, hace calor y se acuerda de Gaspar al escuchar a las palomas; el deslunado está oscuro y la gorda hace rato que apagó la tele.
La noche de verano que duerme desde que se apagó la radio; la colilla que se consume y que lanza a la terraza de enfrente; las antenas, como mil tenedores, sobre los viejos tejados y la Luna, llena de recuerdos y de sueños que alguien olvidó.
Los ruidos de la inquieta ciudad se oyen lejanos, como una vieja radio en la casa del vecino asmático; Mario cierra los ojos, suspira, se mesa el pelo y vuelve a la cama.


Texto: Álvaro García
Ilustración: Mangeles Vargas

martes, 1 de noviembre de 2011

EL NOTARIO SORDO

A veces la vida te deja sordo, como un notario en medio de de una batalla, para dar fe, necesitaría al día un par de milagros más,  pero por la noche me conformo con los que tengo. 

Todos los días, a estas horas, hoy también, un ángel arrastra una maleta de plástico por debajo de mi balcón, alguna mañana le preguntaré adónde va y tal vez él me diga a mí que por qué me he quedado, se lo tendré que explicar: estoy sordo como un notario.


Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.