miércoles, 1 de agosto de 2012

T ECHO D MENOS... Capítulo 12


“Empiezo a solas, sigo por ti y no comprendo nada,
desato tormentas sin rechistar, 
sácame algún día del corral, necesito salir. 
Yo me quedé con su olor, ella me arrancó la piel, 
me dijo justo al final: no quiero volverte a ver.”
EXTREMODURO, Sucede

Jueves santo. Primer día de las vacaciones de Pascua. Abril. Cielo azul. Mucho calor. Silencio. Las golondrinas chillan como vendiendo nubes y vuelan bajo el sol. Sólo eso: sol, cielo azul y golondrinas. 
No hay nadie en la ciudad. Todos se han marchado de vacaciones. Mucho menos en esas fincas del extrarradio. Allí reina el silencio y un semáforo bajo el sol, esperando a que lleguen coches por una calle desierta, como un vendedor de la once en el desierto.
Arriba. Cerca de las golondrinas. Esperando a que sople algo de brisa. Tomás y Paula toman el sol en la terraza. Han pasado tres semanas desde la última que les hizo Leo. Y nada más. Sorprendentemente. Todo ha desaparecido como la gente en vacaciones. De hecho, nada sucede, aburrimiento bajo las golondrinas.
Ella lleva su bikini negro desatado por el cuello.
Él, unos piratas demasiado viejos.


- Nunca había vivido nada así.


Ambos hablan tumbados, bocarriba, paralelos, con los ojos apretados mirando al sol:


- ¿Así cómo?
- Este aburrimiento. 


A Tomás le molesta un poco el comentario y decide interrogarla.


- ¿Qué hacías antes en Pascuas?
- No sé, siempre nos íbamos por ahí. Si salía malo, pues nos íbamos a esquiar a un apartamento que tenemos en Sierra Nevada, en Granada.
- ¿Y si hacía calor?
- Pues, o nos íbamos al extranjero, a Alemania, a Suiza, a Eurodisney… o, los últimos años, a un chalé que teníamos en Ibiza, en primera línea de playa.
- Ah.
- Buff… cómo echo de menos todo aquello.
- Ya.
- Y ahora, mira, en una terraza del extrarradio aquí contigo.
- Ya.
- ¿Y tú, antes, dónde te ibas de vacaciones?
- Yo era muy pequeño, no me acuerdo. Creo que fuimos una vez a Benidorm con mi abuela, pero no me acuerdo.
- Ya.
- Pero a mí sí que me gusta esto.
- ¿Esto, qué? ¿Pasarnos los días aquí mirando al cielo los dos solos?
- Sí. A mí me gusta.
- Buff… yo lo estoy empezando a odiar. Y eso que sólo llevamos un día. Imagínate lo que nos queda.
- Si quieres, podemos ir a la biblioteca.
- Uy, sí, mira qué plan. Que no habrá nadie. Allí los dos solos a leer.
- Pues a mí me gusta. 
- Ya.
- O podemos ir luego al centro en el autobús.
- Sí, ¿a qué? Ni siquiera tengo dinero para comerme un helado. ¿A qué? ¿A pasear como los abuelos?
- No. No sé, a mí me gusta sentarme en las escaleras de la catedral y ver a la gente.
- Tomás, a ti te gustan cosas muy raras. Ya te lo he dicho muchas veces. A la gente normal, en Pascua, le gusta irse a esquiar, a la playa, al extranjero, viajar, conocer otros países… no sentarse a ver gente.
- Ya.
- ¡Para con el ya de una vez!
- Perdona.
- Buff… qué aburrimiento, de verdad. Además, que me pongo a pensar en el verano y es que me pongo mala. ¿Qué voy a hacer? ¿Morirme aquí de asco mientras todo el mundo está en la playa?


Le hubiera gustado contestarle que no, que seguro que no iban a ser todos los días así porque él estaba maldito, porque cada vez que había sido un poco feliz, alguna desgracia le sucedía para arrebatárselo todo. Pero se calla, aunque no se equivoca. Tomás se levanta, tiene toda la espalda sudada.


- ¿Adónde vas?
- Me bajo a mi casa. Tengo que pintar.
- Ah, ¿también dibujas?
- No, tengo que pintar las paredes.
- Vale, yo me quedo aquí. Hasta luego.


Al cabo de un rato largo, como es lógico, Paula baja también a casa de Tomás. Es cierto que ya se la conoce de hacer deberes con él, pero esta vez ha arrinconado los pocos muebles en una habitación y está empezando a pintar la suya, completamente desnuda, con un rodillo blanco.


- ¿Me dejas que te ayude?


Las golondrinas también se oyen allí al estar todas las ventanas abiertas.


- Vale. Tienes pinceles en ese bote.
- ¿De dónde has sacado la pintura?
- Había botes en casi todos los pisos vacíos, se ve que la gente siempre guarda, y como todos son blancos… Pero te vas a manchar el bañador si pintas así.
- Ah, pues me lo quito. Ya te gustaría a ti, eh…


Tomás se calla.


- Bah, da igual, si este bikini es del año pasado. Y total, para las veces que voy a ir a la playa…


Pero Paula miente, no tiene muchas ganas de pintar, en realidad, mientras Tomás se esfuerza por recorrer todo el techo con el rodillo, ella juguetea con el pincel dibujando corazones, caras… dejando goterones de pintura blanca por el suelo negro.


De repente, Tomás nota un brozacho a lo largo de su espalda. Paula se está riendo.


- No hagas eso.
- ¿Por qué? 
- Pues porque tengo poca pintura y si tú la malgas…


Paula le pinta la boca.


- Paula…
- ¿Qué…?


Paula le pinta el ombligo.


- Estate quieta.
- No.


Paula le pinta en el cuello.


Tomás se harta, coge un pincel pequeño, lo moja y le pinta a Paula el ombligo.
Paula se ríe y le pinta a él en el pecho.
Tomás le pinta a ella una línea oblícua desde el hombro hasta la cintura. Paula mira su bikini manchado y sonríe.


- Ahora sí que te la has ganado.


Y coge su pincel goteante de pintura para pintar todo el cuerpo de Tomás mientras él se defiende, moja el suyo y hace lo propio con el cuerpo sudado de ella, hasta que, al final, la pelea acaba con los dos en el suelo, manchados de pintura blanca y sudor, jadeantes, riendo, haciendo fuerza con los brazos, él encima de ella, su bikini mal colocado, su risa, sus labios…


- ¿Qué haces? 


Tomás podría haber dicho cualquier cosa: quererte, besarte, lo que siempre he querido desde que te conocí, tocar el cielo, morirme, pero sólo contesta:


- Creía que tú también querías.
- Aparta. ¡Aparta! 


Tomás calla.


- ¿Por qué lo has hecho, por qué lo has tenido que hacer? ¡Ahora la has fastidiado! ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué? ¡Contesta!




Tomás despierta de su sueño sofocado en su cama, se incorpora. Sopla ese viento extraño de primavera por las noches, se asoma a su ventana abierta y allí está ella, insomne, como siempre, despierta, tomándose un poleo en pijama. Ambos susurran por el deslunado:


- ¿Qué haces?
- No puedo dormir.
- ¿Por qué?
- No sé. ¿Y tú?
- Yo tampoco.
- ¿Por qué?
- Porque te quiero.
- ¿Qué?
- Que tengo miedo.
- Ah, no te había entendido.
- ¿Qué?
- Que yo también.

Texto: Álvaro García Hernández
Ilustración: Laura López Ruiz